Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 29
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Capítulo 29

JURAJ

Ver a mis hermanos así de felices no tenía precio. Matej entraba y salía del salón con las bebidas junto a su novio, lanzándose miraditas cómplices y pequeños gestos cariñosos que me arrancaban una sonrisa. No recordaba la última vez que lo había visto así. Parecía otro.

Anica, en cambio, estaba en la cocina llenando boles de comida basura junto a sus dos amigas del equipo de hockey.

También estaba contenta, irradiaba alegría, pero, a diferencia de su mellizo, se le notaba nerviosa.

Supuse que era porque quería que todo saliera bien, que sus amigas se sintieran cómodas.

Era la primera vez que venían a casa. Y en ese momento me arrepentí de no haberles dejado hacer algo así antes.

Pero enseguida mi cabeza se fue a otro lugar.

A mis ataques de pánico. A cómo perdía el control cuando aparecían.

Con los años —o más bien desde la muerte de Andrej— todo había empeorado.

Cuando mi mente volvía allí, a esos momentos, colapsaba.

Y ojalá Kelsey estuviera aquí. Tenerla cerca siempre me calmaba, me daba seguridad.

Aunque la muy obstinada no respondía a mensajes ni llamadas, así que sí, hice un poco de trampa.

Le pedí a Anica que hablara con ella y la invitara.

—Anica —la llamé desde el umbral de la cocina, haciéndole un gesto para que se acercara.

Se apartó de sus amigas y se plantó frente a mí.

—¿Te ha respondido? —pregunté, intentando sonar casual.

—Sí, hace ya un rato —contestó como si nada.

—¿Y no se te ocurrió comentarlo? No sé, quizá me interese. Es solo una suposición —ironicé.

Ella se echó a reír.

—Estás muy pillado —me pellizcó el moflete—. Pero lo siento, vas a tener que currártelo más. No va a venir.

—¿Así, sin más? ¿Te rechazó?

—Eh, cálmate. Va a salir a tomar algo con sus amigas y se queda a dormir en casa de Mischa. Como tú dices, tiene una vida. Y además…, no sois nada.

—Cállate, enana descarada —le pasé un brazo por la cintura y le revolví el pelo, justo lo que más odiaba.

—¡Ya llegaron las pizzas! —anunció Matej desde el salón.

Y ahí estaba yo, rodeado de adolescentes, flotando en un mar de comida basura mientras llevaban media hora discutiendo qué película poner.

—A ver, Anica, tengo una idea —dijo Matej—. Vemos primero la peli que hemos propuesto nosotros —señaló a su novio y a él— y luego os dejamos el salón. Incluso podéis traer los colchones hinchables y montar aquí vuestra… no sé, fiesta de pijama. Y dejáis de dar la lata un rato.

—Cállate —le lanzó una patata—. ¿Podemos hacer lo que dice? —me miró directamente—. Prometemos no hacer ruido.

—Por mí no hay problema —me encogí de hombros—. Si estáis cómodas, adelante.

Las tres asintieron encantadas y Matej, satisfecho, puso la película que quería. Apostaría lo que fuera a que su novio prefería la de Anica, aunque no comentó nada.

Cogí el móvil. En redes había una foto de Kelsey con sus amigas, cócteles en mano, en un local bastante conocido de Seattle. Entré en los mensajes, saqué una foto del salón —los chicos, la comida esparcida por todas partes— y se la envié.

Ojalá estuvieras aquí. Todo esto es gracias a ti. Te echamos de menos.

No tardó en dejarme en visto.

—Maldita mujer… ¿quieres jugar? Juguemos.

Entré en la publicación y comenté:

Princesa, esta noche estás espectacular. Nada que ver con cómo te levantas cada mañana, despeinada y con legañas.

No tardó en escribir.

Princesita

¿Te has vuelto loco? Borra eso. ¿Qué van a pensar?

Yo

Que no tienes buen despertar, pero sigues siendo preciosa. Tranquila.

Princesita

Idiota. Me da igual eso. Lo que no quiero es que se piensen que tenemos algo.

Yo

No te preocupes, puedo cargar con el peso de ser tu novio de mentira.

Princesita

Juraj, no tiene gracia. Bórralo ya .

Yo

Solo si vuelves a casa.

Princesita

No.

Yo

¿Y hablar conmigo?

Princesita

No.

Yo

Pues ahí se queda.

Princesita

…escribiendo

…escribiendo

Dejó de escribir. Me ignoró otra vez.

Pasé el resto de la película enfadado. Encima, la muy lista eliminó la publicación entera y subió otra. Iba a comentar de nuevo cuando sentí la mano de Anica quitándome el teléfono.

—No lo hagas —susurró—. Lo siguiente será que te bloquee.

—¿Entonces qué se supone que debo hacer para que me hable?

—¿Has visto el directo que subió? —me preguntó en voz baja.

Negué.

—Deberías verlo. Así entenderás muchas cosas.

—¿Os podéis callar? —protestó Matej.

Le lancé un cojín, me puse los auriculares y pasé olímpicamente de esa película infumable.

Y entonces la vi de verdad. Sin nada que esconder, sin adornos.

Era ella, tal cual, hablando delante de todo el mundo como si no tuviera miedo, o como si el miedo ya no pudiera con ella.

Me dolió escucharla, pero también sentí algo parecido al orgullo, uno muy raro, muy hondo.

Cuando mencionó el diagnóstico erróneo, Aspen se me vino encima de golpe y me odié por cómo había reaccionado aquella noche.

No supe hacerlo mejor. No estuve a la altura. Y no debí actuar así, no con ella.

Cuando terminó, dejé un comentario: No puedo estar más orgulloso de ti. Abrirse así requiere una valentía enorme. Era verdad. Yo jamás podría hacer algo igual.

No esperaba respuesta.

Me levanté, esquivé adolescentes tirados por el salón entre protestas y me dirigí a la entrada.

—Chicos, tengo que salir. No sé cuánto tardaré, pero confío en vosotros.

Matej y Anica se miraron, sorprendidos.

—Eso sí —añadí mientras me ponía la chaqueta—, dejad todo recogido.

—¡Juraj! —gritó mi hermano—. Nosotros también confiamos en ti. Trae de vuelta a Kels, mola tenerla por aquí.

Pasé de ellos, sonriendo sin querer.

Porque tenía razón.

A mí también me gustaba tenerla en casa.

En mi vida.

Así fue como acabé plantándome en la puerta de Kai. Si ella no venía a mí, yo iría a ella. Tenía bastante claro que esa noche acabaría volviendo conmigo, preferiblemente por las buenas, aunque no descartaba ideas poco cívicas, tipo secuestro exprés. Todo muy sano.

Cerré la puerta del coche y allí estaba Kai, apoyado en el marco, brazos y piernas cruzados, cara de listo.

«Genial. Vaciles en tres, dos, uno… Kelsey, me las vas a pagar».

—Romeo, si vienes buscando a tu Julieta, no está aquí.

—No sé qué Julieta dices, salvo que sea tu segundo nombre. Porque vengo a por ti, capullo.

—Si quieres, puedo meterme en el papel —se colocó detrás de la barandilla, exagerando la pose.

Menuda Julieta de mierda. Cualquier Romeo con amor propio habría salido corriendo. Yo, en cambio, le lancé el hueso de juguete del perro.

Hope. Hasta para poner nombres era un blando. Thunder habría impuesto más respeto.

Kai lo esquivó riéndose, abrió una bolsita y empezó a lanzarme cosas.

Cosas.

—¿Me estás tirando comida de perro?

—Proteína, tío.

—Maldito cabrón. Si quieres otra mascota, cómpratela.

Me lancé hacia él. Kai salió por patas, saltó la barandilla y yo vi una manguera en el suelo. La agarré y lo apunté como si fuera un arma de guerra.

—Vale, vale, me rindo —levantó las manos—. ¿Qué quieres? Hago lo que sea, pero baja la puta manguera.

—Unas canastas.

—¿Estás loco? Hace un frío de la hostia. ¿No podemos hacer algo dentro?

—No. Hablas mucho y me agotas.

—Pues sigue el caminito y vete a tocarle las narices a Liam o a Conor.

—Ni de coña. Liam es una ametralladora humana. Dentro de lo malo, tú eres lo menos malo.

—Ay, qué honor —resopló—. Todo esto para matar el tiempo hasta que lleguen las chicas. Tú la lías y luego yo me como el marrón.

Volví a apuntarlo con la manguera.

—Vale, vale, voy a cambiarme. No pretenderás que juegue así, ¿no? —se giró hacia la casa—. Ve a la caseta, hay balones ahí.

Abrí el grifo a modo de amenaza. Kai entró corriendo.

Caminé hasta la caseta y, nada más abrir la puerta, confirmé que encontrar el interruptor iba a ser misión imposible.

Avancé a tientas y me estampé de lleno contra el cortacésped.

¿Quién demonios deja una máquina en medio?

Iluminé con el móvil y tardé un rato en localizar los balones.

Tiré de uno y, por supuesto, se me vino encima un donut gigante hinchable.

Un donut. Lo aparté de mala leche. No me sorprendía que todos allí se llevaran tan bien, eran igual de caóticos. Un puto desastre colectivo.

Justo cuando iba a salir, escuché una voz fuera. Cerré la puerta convencido de que serían los chicos. Era solo Liam. Hablaba bajo, casi en susurros, como si temiera que alguien pudiera oírlo.

—¿Lo has arreglado todo? —decía—. Bien, bien…

Pero será seguro Vancouver, ¿no? Claro que me fío de ti, pero nos conocemos demasiado bien.

Y te recuerdo que en la universidad, cuando decidiste que nos cambiáramos de casa, acabamos viviendo en un antro donde casi teníamos una rata de mascota —rio por lo bajo—.

Esto es importante. Nadie puede saberlo.

No puedo decírselo, Caleb. Destrozaría a Conor y él no se lo merece.

Mi cabeza se detuvo en un nombre.

Caleb.

Tardé un segundo en unir las piezas. Era el mismo del que Conor me había hablado. El mismo por el que sospechaba.

Me quedé quieto, aguantando hasta la respiración.

—Cuando acabe la temporada, todo terminará —continuó Liam—. Romperé con Conor definitivamente. Solo dame ese margen de tiempo. Después…, después seré todo tuyo, para que hagas conmigo lo que quieras. Te lo prometo.

Sentí cómo el aire me abandonaba los pulmones.

Así que era verdad.

Iba a dejar a Conor.

No estaba loco. No se lo estaba imaginando.

Liam y Caleb tenían planes. Un futuro. Una cuenta atrás.

Salí de allí en silencio, todavía intentando procesar cada palabra, cada jodida frase que nunca debí escuchar… cuando alguien me dio un empujón y pegué un bote.

—Joder —miré a Conor, partiéndose de risa—. Me has asustado.

—Novák, te he llamado como tres veces —abrió los brazos, exasperado—. ¿Has visto a Liam? Salió a hablar con su madre por teléfono.

—¿Su… su madre?

—Sí, su madre —frunció el ceño—. Tío, estás rarísimo hoy.