Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

KELSEY

​ Tres años antes…

Jordan mantenía mi mano entre las suyas. La acariciaba con el pulgar y, a veces, la apretaba un poco, intentando transmitirme calma mientras la sala de espera parecía encogerse a mi alrededor. Respiré hondo varias veces, sin demasiado éxito.

Llevaba semanas sometiéndome a evaluaciones psiquiátricas: entrevistas, test y extensos cuestionarios.

Todo para pedir una segunda opinión sobre aquel diagnóstico que me habían puesto años atrás: Trastorno Límite de la Personalidad.

Tres palabras que me habían acompañado como una pesadilla, explicándolo todo y, a la vez, no explicando nada.

Cuando empecé a salir con Owen, el miedo reapareció con fuerza.

Tenía terror a repetir patrones, apegarme demasiado, idealizar, depender emocionalmente, perderme en el otro.

Me vigilaba constantemente, analizaba cada emoción, cada gesto, cada pensamiento, buscando señales de que «otra vez estaba pasando».

Nuestra historia había empezado de la forma más inocente posible: redes sociales, colaboraciones, mensajes que se alargaban más de la cuenta, risas. Una amistad que creció sin prisa y que, cuando quisimos darnos cuenta, se convirtió en algo más. Mucho más.

Lo que me aterraba era confesarlo. No solo porque compartíamos casa, sino porque no éramos solo nosotros dos: Asher, Mischa. Un paso en falso podía hacerlo saltar todo por los aires. Me repetía que no debía sentir lo que sentía, que era peligroso, que mi cabeza me estaba engañando.

Hasta aquella noche: una gala, luces, gente segura de sí misma. Influencers , sonrisas, focos. Y, entre todo eso, fuera del alcance de las cámaras, Owen me miró, me tomó la mano y, sin pensarlo, nos besamos.

Fue mágico. No hay otra palabra. Nunca había sentido algo así: sin urgencia, sin miedo. Solo calma y ternura.

Owen era un sueño del que no quería despertar. Dulce. Cariñoso. Divertido. Bueno. Tenía todo lo que podía estar bien en una persona.

Las cosas fueron despacio. Incluso el sexo fue distinto a lo que había conocido antes. No había vacío después. Había abrazos, risas y amor.

Y aun así, yo vivía asustada de mi propia cabeza.

Jordan fue la primera en decirlo en voz alta:

—No cuadra. Nada de esto encaja con ese diagnóstico.

Mischa la apoyó sin dudar. Pero lo que terminó de empujarme fue hablarlo con Owen. Él sabía todo; jamás le oculté nada. Siempre me decía lo mismo: «Iremos despacio, como tú necesites. Sé sincera. Lo arreglaremos juntos».

Y así acabé allí, sentada en aquella sala, con los nervios desbordados, diciéndome que no debía temer nada. ¿Qué podía pasar? ¿Que confirmaran lo que ya sabía desde hacía años?

Sin embargo, tenía miedo. Mucho. Volver a escuchar esas palabras sería como retroceder, como borrar todo lo que había conseguido dejar atrás. A esa Kelsey rota, a esa versión de mí que había intentado olvidar.

Una auxiliar se acercó y pronunció mi nombre.

—Ya pueden pasar. El doctor Miller las está esperando.

Entramos. Saludamos. Nos sentamos frente a él.

Nos explicó los resultados con calma. Demasiada para mi impaciencia.

—Después de todas las pruebas, consideramos que el diagnóstico de Trastorno Límite de la Personalidad fue erróneo.

Jordan me miró. Yo la miré. Sentí que el suelo se movía bajo la silla.

—¿Cómo? —intervine, incrédula—. Entonces ¿qué me pasa? ¿Por qué soy así? ¿Por qué necesito tanto afecto?

El doctor me habló de mi infancia. De la negligencia emocional. De crecer aprendiendo que solo valía cuando alguien me miraba. De confundir la intimidad física con la afectiva. De aceptar relaciones no por deseo real, sino por esos segundos en los que alguien me hacía sentir querida.

Me aseguró que nunca había perdido el contacto con la realidad. Que no manipulaba. Que no tenía impulsividad extrema. Que mi perfil no se ajustaba a ese trastorno.

—Tu percepción es clara —concluyó—. Lo que falla no eres tú. Es el guion emocional que aprendiste cuando eras niña.

Salimos de la consulta y nos abrazamos como dos crías. Reímos, dimos pequeños saltos y lloramos. Todo a la vez.

Entonces llegó el mensaje de Mischa. Acababa de volver de un viaje por trabajo con Asher y Owen. Ellos se habían quedado dos días más. No le había contado nada a nadie; solo Jordan lo sabía. No quería ilusionarlos antes de tiempo.

La llamamos por FaceTime. Le contamos lo justo, lo realmente importante.

—¿Veis? —señaló, medio dormida por el jet lag —. Todo lo que hemos vivido las dos fue real. Lo que tienes con Owen es real. No confundiste nada, Kels.

Y, por primera vez, lo creí.

***

Miré el reloj. Ya era bastante tarde. Había quedado con Jordan y Mischa para salir un rato, algo tranquilo antes de que nuestra amiga volara esa misma noche a Chicago. Su chico regresaba de un partido fuera y no sabíamos cuándo volveríamos a coincidir las tres en Nueva York.

Todavía medio atontada, bostecé, me puse una sudadera por encima y caminé hacia la cocina. Olía increíble. Tortitas veganas, sin duda de Jordan. Sonreí sin darme cuenta hasta que escuché sus voces.

Me detuve en seco.

—Tengo miedo de que esto explote por algún lado —indicó Mischa, cansada—. Los tres son mis amigos y no quiero que nadie salga herido. Pero si tengo que proteger a alguien, siempre va a ser a Kels. Aunque no sé muy bien cómo hacerlo.

—No te adelantes —pidió Jordan—. No sabemos nada con certeza. Que Owen y Asher sean cercanos no significa nada. Siempre han sido así, muy cariñosos.

—No, Jordan, esto es diferente. Noto cómo se miran, cómo se tocan. Y además…

—¿Además qué, Mischa?

Contuve la respiración.

—Joder. No está bien que sea yo quien diga esto, pero no sé qué hacer. He hablado con Owen y…

Tuve que apoyarme contra la pared. El corazón empezó a latirme con fuerza, demasiado rápido. Yo también había percibido esas miradas, esas bromas íntimas, esa complicidad extraña, aunque nunca quise llevarlo tan lejos. No podía ser. Owen no me haría eso y Asher era mi amigo.

—Habla —la apremió Jordan.

—Shh, baja la voz —susurró Mischa—. Me confesó que siente atracción por Asher, que le gusta. Pero también me aseguró que jamás haría algo que pudiera hacer daño a Kels. Y que entre ellos nunca ha ocurrido nada.

Sentí un vacío en el pecho.

—Oh, no. Mierda —murmuró Jordan—. Que te atraiga alguien es humano, pero otra cosa muy distinta es que esa atracción viva bajo tu mismo techo.

No pude escuchar más.

Regresé a mi habitación y cerré la puerta con cuidado. Me dejé caer sobre la cama y cogí el móvil con manos temblorosas. Lo llamé.

«No, están equivocadas. Él me quiere a mí. Todo está bien. No va a pasar nada».

No contestó.

Me tumbé boca arriba, mirando al techo, y entonces mi cabeza empezó a traicionarme. Cada gesto. Cada risa cómplice. Cada vez que Asher estaba demasiado cerca. Porque hacía tiempo que ya no existía un «nosotros» claro. Siempre éramos tres. Y no de la misma manera que con Mischa.

Y fue la primera vez que permití que el miedo saliera de verdad.

El miedo a perderlo.

A que todo lo que habíamos construido se deshiciera sin que pudiera hacer nada.

A no ser suficiente otra vez.

Nunca lo era.

***

Observaba el cuerpo desnudo de Owen a mi lado.

Dormía tranquilo y mi mejilla descansaba sobre su pecho mientras mis dedos recorrían su rostro con cuidado.

Aparté un mechón de su pelo rubio, jugueteé con el aro de su oreja y él me rodeó con más fuerza, atrayéndome contra su cuerpo.

Llevé la mano a su corazón. Latía con calma y, aun así, sentí un miedo horrible: miedo a perderlo, a no volver a tenerlo así, a que todo lo bonito que teníamos se rompiera sin remedio.

Se removió inquieto y murmuró en un susurro:

—No… no… Asher…

Me aparté de golpe. Me senté en la cama con el corazón desbocado, alcancé una camiseta y me la puse sin pensar. Me quedé inmóvil mientras las lágrimas empezaban a caer sin que pudiera detenerlas.

Desde que habían vuelto del viaje, algo entre ellos había cambiado.

Se evitaban, fingían normalidad delante de Mischa y de mí, pero lo hacían demasiado mal.

Fue entonces cuando hablé con mi amiga y le confesé lo que había escuchado días atrás.

Analizando todo juntas lo tuvimos claro, algo había pasado cuando ella regresó y ellos se quedaron solos. De eso estábamos seguras.

¿Quería saber qué exactamente?

No.

Definitivamente no.

Jordan fue la que me empujó a enfrentarme a ello. En una llamada me dijo que quizá no había pasado nada físico, pero que vivir en la incertidumbre era una forma lenta de romperse. Que los problemas solo se podían afrontar cuando se hacían reales.

Hasta ese momento yo había elegido no mirar al monstruo que crecía dentro de mi relación. Preferí ignorarlo, fingir que no existía.

Sin embargo, el momento había llegado.

Me quedé sentada así durante horas, viendo cómo la noche avanzaba, imaginando mil escenarios distintos, cada uno más catastrófico que el anterior. No para sufrir más, sino para intentar estar preparada.

Aunque, en realidad…

¿quién está preparado para que le rompan el corazón?

Nadie.

—Ey.

Escuché su voz ronca, todavía dormida. Abrió los ojos, esos ojos azules que casi ni se distinguían con la luz tenue del amanecer.

—¿Qué haces ahí, preciosa? Ven.

Tiró de mí para tumbarme de nuevo. Quedamos frente a frente. Sus dedos secaron mis mejillas con cuidado.

—¿Por qué estás llorando?

—Cuando empezamos a salir —dije, con la voz desgarrada— nos prometimos dos cosas: que nuestra amistad estaría por encima de todo y que siempre nos diríamos la verdad.

—Sí —asintió—. Lo recuerdo.

Se acurrucó contra mí y me dio un beso suave en los labios.

—Quiero que seas sincero —continué—. Dime qué pasó entre Asher y tú. ¿Os habéis liado?

—¿¡Qué!? —se incorporó apoyándose en un codo—. No, claro que no. ¿De dónde has sacado eso?

—En ese caso, explícame qué está pasando entre vosotros. Desde que volvisteis del viaje no sois los mismos.

—Es una tontería. No tiene importancia.

Fui yo la que se sentó en la cama. Crucé las piernas y lo miré molesta.

—Estás rompiendo tu promesa. Ocultar también es engañar. Sé que sientes algo por él. No lo niegues, por favor.

—Kels, yo…

Se colocó frente a mí. Su sonrisa habitual había desaparecido. Estaba serio.

—Creo que me gusta —confesó al fin—. No, sé que me gusta. Y mucho.

Sentí cómo mi corazón se hacía añicos. Hubiera deseado que esas palabras nunca hubieran salido de su boca.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé. Desde que lo conocí siempre me llamó la atención. Al principio era solo atracción, nada más. No sé en qué momento fue a más. Todo se complicó cuando me habló de lo que sentía y de que era correspondido. Yo lo negué. Le dije que no, que solo te quería a ti.

Respiré hondo.

—Me dijo que lo entendía, que nos respetaba a los dos.

Que lo mejor era tomar distancia. Por eso decidió irse de casa.

Y fue ahí cuando me di cuenta de que lo que siento es más grande de lo que quería admitir.

Me duele que se vaya. Pero te juro que nunca pasó nada entre nosotros. Siempre te respeté.

—No sé qué es peor —susurré—. Que mi novio se acueste con otro o que lo ame.

—No, preciosa. Yo te quiero a ti. Tú estás por encima de todo. Pero no puedo controlar lo que siento. Quizá, aunque me duela, que se marche sea lo mejor para los tres.

—No estoy por encima de nada —contradije—. Y está claro que no soy suficiente. Que lo que te doy no te llena como debería. Quizá… —tomé aire— quizá deberías intentarlo con él. Tal vez pueda darte lo que yo no puedo.

—No —me sujetó el rostro entre sus manos—. No quiero perderte. No puedo perderte. Yo te amo.

—Pero también lo quieres a él —le recordé—. Hagas lo que hagas, perderás a uno. Y ese uno va a quedar destrozado.

—No tendría por qué ser así. Asher propuso algo. Al principio me pareció una locura, pero ahora, siendo egoísta, creo que podríamos intentarlo. Para que nadie salga herido y no tener que elegir.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, temblando.

—No tienes que decidir ahora. Solo piénsalo. Si tú quieres, lo intentamos. Si no, todo sigue igual. Nada cambia.

«Todo ha cambiado, Owen», pensé.

—¿Qué se supone que tengo que meditar?

—Una relación poliamorosa en la que yo estaría con los dos.

Mis ojos se abrieron de par en par. Sentí que me faltaba el aire.

Hablaba de momentos compartidos.

De besos.

De sexo.

De ser oficialmente tres.

Y supe, en ese instante, que nada volvería a ser como antes.