Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Me tocó la frente, me abrió los párpados y después me tiró del pelo.

—¿Qué haces, enano?

—Comprobar que eres tú. Que no estás enfermo o que no eres otra persona disfrazada de mi hermano.

—Idiota.

—Me gusta que hayas vuelto, Juraj. Te echábamos de menos. Y creo que todo esto se lo debemos a tu novia.

—No es mi novia —bufé.

Y, aun así, fue en ella en quien pensé en ese momento.

La puerta se abrió y apareció Anica. Nos miró como si hubiera entrado en una dimensión paralela. Normal: Matej y yo no solíamos compartir sofá. Si yo estaba en el salón, él solía estar en su cuarto o al revés.

—¿Y Kels?

—Hola a ti también —solté—. ¿Qué os pasa a todos con Kelsey? Es lo primero que preguntáis al entrar por la puerta.

—No seas celosillo —apuntó, tirando la mochila en el suelo—. Mola mucho. Nos gusta tu novia.

—Que no es mi novia —repetí, aunque ya sabía que era inútil. Esos dos tenían una capacidad increíble para ignorarme—. Tenía trabajo. ¿Necesitas algo?

—No, cosas de chicas.

«¿Cosas de chicas?»

¿Cuándo habíamos llegado a ese punto?

—Anica —intervine—, ya que no quieres compartir, ¿qué te parece si nos ayudas tú?

Se quedó mirándonos, sorprendida de verdad.

—¿Yo? ¿Vosotros queréis mi ayuda para algo?

Y ahí, sin querer, confirmé que Kelsey no se había equivocado con ella ni un milímetro. Sonrió, se sentó entre nosotros y nos pasó un brazo por encima de los hombros, emocionada.

—Venga, contadme. Soy toda oídos.

—Matej va a ir esta tarde a casa de los Hughes —expliqué—. Caden va a echarle un cable con lo del dibujo. Van a hablar de técnicas y esas cosas.

Anica miró a su mellizo y se sonrieron como cuando eran pequeños, con ese lenguaje propio que siempre habían tenido.

—El problema es Summer —añadí—. ¿Crees que podrías quedarte con ella un rato?

—Hecho. Me cae bien —se levantó de un salto—. Voy a cambiarme.

—Oye —dije cuando nos quedamos solos de nuevo, recostándome en el sofá y fingiendo una calma que no sentía—, ¿por qué no invitas mañana a tu novio a casa?

Matej se atragantó con su propia saliva.

—Venga ya, Juraj. ¿Ahora quieres analizarlo?

—No —negué despacio—. O bueno, claro que me gustaría conocerlo. Pero no va de eso. No es el punto.

Me incorporé un poco en el sofá y lo miré de frente.

—Quiero que tengáis libertad. De verdad. Que podáis traer a esta casa a quien os dé la gana: amigos, parejas, lo que sea. Pensé que te apetecería. Y que Anica haga lo mismo —hice una pausa—. ¿Ella tiene novio o novia?

Matej soltó una pequeña risa, más nerviosa que divertida.

—Ja. No, que yo sepa. Aunque con Anica nunca se sabe —se encogió de hombros y después me miró con más seriedad—. Pero me gusta el plan.

—¿Sí?

—Sí —asintió—. Es su primer año de universidad y está siendo complicado vernos. Entre horarios, trabajos y todo —suspiró—. Poder traerlo aquí, sin esconderme, sin prisas, estaría bien.

—Puede quedarse a dormir, si quieres.

Se quedó mirándome como si no me hubiera oído bien.

—¿De verdad?

—De verdad. Y cierra la boca.

—Ya estoy —informó Anica apareciendo otra vez.

—Anica —continué—, estaba diciendo que mañana podéis invitar a quien queráis a casa.

—¿Es en serio?

Miró a su hermano. Él asintió.

—Creo que voy a traer a mi… —Matej dudó un segundo— a mi novio.

—¿Tienes novio? —preguntó ella, sorprendida, pero sin un gramo de juicio.

—Sí. Es algo nuevo para mí. Solo lo sabéis vosotros y Kelsey. No estoy preparado para decirlo en el instituto.

—Tranquilo —lo apoyó Anica—. No te presiones. La verdad, no me sorprende.

—¿Por qué?

—Porque, aunque siempre estabas rodeado de chicas, mirabas más a los chicos. Incluso viendo películas.

—Eso no es verdad —bufó—. Te lo estás inventando ahora.

Le revolvió el pelo a su hermana y se levantó.

—Voy a por mis cosas.

Anica ocupó su sitio en el sofá cuando se fue.

—Juraj. ¿Qué ha pasado con Kels? Vuestras versiones no cuadran. Le he escrito y me ha dicho que no venía porque estaba con Mia y se quedaba a dormir allí.

«Mierda».

No iba a volver esa noche. Y yo necesitaba hablar con ella. Pedirle perdón.

—No pasa nada —mentí—. Tiene su vida. Es normal.

—Si no es tu novia —insistió—, ¿por qué está en esta casa? No me vendas lo de que es tu amiga. Eso no es así. Que yo no diga nada no significa que no vea las cosas.

Suspiré. Ya no tenía sentido seguir ocultándolo.

—Kelsey y yo no somos nada —le recordé; dolía decirlo—. Formamos parte del mismo grupo y nos vimos envueltos en unas acusaciones injustas en el club. Fingir que éramos pareja fue la forma de protegernos. Por eso se mudó aquí. Cuando todo se arregle, se irá.

—¿Eso es lo que quieres, Juraj?

—Es lo que tiene que pasar.

—No. —Negó con la cabeza—. Porque te gusta.

Mucho. No te he visto mirar a nadie como la miras a ella.

Estás pendiente, sonríes cuando no te das cuenta.

Desde que está aquí eres más feliz. Incluso tu carácter ha cambiado.

Os vi a punto de besaros en el gimnasio.

Vi cómo la tocas fingiendo que es casual.

—Creo que tienes demasiada imaginación.

—Sabes que no. Y también he visto cómo ella te mira cuando cree que no la ves. Se pone nerviosa, le sube el color, le tiemblan las manos. Ella siente lo mismo. Cuando alguien no te importa, no finges. Y yo aprendí a descifrar a la gente desde lejos.

Eso último me partió en dos.

Así se había sentido ella. Invisible.

—Anica, tú siempre has importado. Siempre. Siento no habértelo demostrado. Para mí has sido un pilar, aunque no lo creas.

—¿Eso piensas de mí?

—Sí. Eres la que pone calma, la que sostiene todo cuando los demás nos desmoronamos. Te quiero. Muchísimo.

Se lanzó a abrazarme con fuerza.

—He sido un hermano pésimo. Pero va a cambiar. Te lo prometo.

—¡Estoy listo! —gritó Matej desde la entrada—. ¡Nos vamos!

Nos separamos. Anica se secó los ojos y, antes de irse, se giró.

—No la pierdas, Juraj. Convierte esa mentira en verdad. Los dos lo queréis.

Los vi marcharse mientras Matej la interrogaba sobre cómo sabía que era gay. Sonreí.

Cogí el móvil y escribí:

Perdóname, princesita de los followers. Soy un gilipollas. Tenías razón en todo lo que me dijiste anoche. Estoy intentando hacerlo mejor, pero no puedo si huyes de mí.

Escribí «vuelve a casa» y lo borré antes de enviarlo.

Visto.

Otra vez.

—Joder, Kelsey —murmuré—. No me voy a rendir.