Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Nos metieron en la sala de vídeo nada más llegar a las instalaciones.

Luces bajas, la pantalla encendida, el logo del club congelado antes de que empezara la reproducción.

El cuerpo técnico quería revisar el partido de la noche anterior: entradas tardías, errores de cobertura, decisiones precipitadas en la segunda línea. Lo de siempre.

El vídeo empezó a rodar. Mi imagen apareció en pantalla, patinando hacia atrás, estudiando la jugada. Escuché la voz del entrenador señalando un fallo en la transición defensiva, algo que normalmente habría analizado al milímetro. Asentí por pura costumbre.

Aunque no estaba allí.

Mi cabeza volvía una y otra vez a la misma escena.

A la misma habitación.

A la misma sudadera.

«La cagaste».

«La prejuzgaste».

«La perdiste».

Apreté la mandíbula y forcé la vista en la pantalla. Nada. Las imágenes pasaban sin captar mi atención. Cambios de línea. Un face-off ganado. Un pase limpio que acabó en gol. Ni siquiera sentí el orgullo.

Había intentado localizar a Kelsey desde primera hora.

Nada.

Ni un mensaje.

Ni una llamada.

Pregunté a Mischa antes de entrar en el visionado. Me dijo que Kelsey había salido a una reunión.

—Aquí —señaló Conor, pausando el vídeo—. Novák, esta anticipación fue buena, pero llegas demasiado forzado.

Sentí varias miradas clavarse en mí.

—Sí —respondí, automático—. Lo veo.

Mentira.

No veía nada.

Veía su cara cuando la acusé.

Veía el brillo furioso de sus ojos antes de abofetearme.

Veía su espalda al marcharse.

El análisis continuó. Correcciones. Indicaciones tácticas. Cuando por fin dieron la sesión por terminada, me levanté antes que nadie.

Salí al pasillo. Caden caminaba unos metros por delante, revisando algo en su móvil, ajeno a todo. Sin pensarlo, alargué el brazo y lo agarré por el antebrazo, obligándolo a detenerse.

—Hughes.

Se giró despacio, arqueando una ceja al verme la cara.

—Joder, Novák. Tienes pinta de no haber dormido una mierda.

—Necesito hablar contigo. O mejor dicho, que veas algo.

Caden frunció el ceño al instante.

—Dime. ¿Va todo bien?

—Sí, eso creo. —Dudé un segundo—. El caso es que hace poco descubrí que mi hermano dibuja. No tenía ni idea. Yo de esto no entiendo una mierda, pero —saqué el móvil del bolsillo— creo que tiene talento.

Le mostré la foto que le había hecho esa misma mañana, a escondidas, mientras Matej se duchaba. Caden la tomó sin decir nada. Pasó a la siguiente. Y a la siguiente. Amplió detalles, retrocedió, volvió a avanzar. Sus dedos se movían con cuidado, como si estuviera tocando algo frágil.

Guardó silencio más tiempo del que esperaba.

—No hay muchas cosas que le apasionen —continué, incómodo—, pero esto le hace bien. Se nota. Está bastante perdido y yo no tengo ni idea de cómo ayudarlo.

Caden ladeó la cabeza, me miró de reojo y volvió a la pantalla.

—Es bueno —dijo por fin—. Muy bueno, en realidad. La técnica es básica, claro, aunque eso se aprende. Lo difícil es lo otro.

—¿Lo otro?

—La mirada —explicó—. Tiene algo propio. Hay intención en cada trazo, emoción. Eso no se enseña. Si prueba distintos estilos, si mezcla referencias, si se permite equivocarse, puede crecer mucho. El arte va de eso, buscar sin miedo.

Me devolvió el móvil.

—¿Entonces me ayudarás? —pregunté, directo.

Sonrió y me dio una palmada en el hombro.

—Cuenta con ello. Me apetece charlar con alguien que viva el arte desde dentro.

—Hizo una mueca—. Esta tarde podría pasarse por mi casa, pero mierda.

River quedó con Jordan y se llevará solo a Kai.

Seany tiene clase de piano y mi padre siempre aprovecha para hacer planes con él, mientras yo me encargo de Summer.

Resopló.

—Te juro que todos huyen y me la encasquetan a mí con la excusa de su fanatismo por el hockey. Y espera, que no sabes la última. Desde que Prescott dejó el equipo de Chicago, ¿sabes de quién se ha hecho fan? De los Toronto Wolves.

No pude evitar soltar una carcajada.

Si algo recordaba bien de Summer era que, cuanto más intentaban encarrilarla, más rebelde se volvía. Tenía un carácter arrollador en un cuerpo diminuto.

—Ni puta gracia, Novák —gruñó—. A veces pienso que está poseída. Le propuse a River echarle agua bendita, pero no me dejó.

Me reí todavía más.

—Tío, esos pulmones y esa energía no son normales. En ese cuerpecito hay algo más. Ninguno de mis otros hijos es así.

—¿No te has planteado que quizá los otros dos no sean tuyos? —bromeé—. Son demasiado tranquilos.

La colleja llegó rápida.

—Au. Vale, vale, ya sé de dónde sacó el carácter Summer. No hay duda de que es hija tuya.

—Cállate, capullo —protestó, aunque ocultaba la sonrisa.

—Es una pena que te hicieras la vasectomía —seguí—. Hubiera sido interesante ver cómo salía el cuarto o la cuarta.

Intentó golpearme otra vez, aunque fui más rápido.

—Oye —añadió—. Estaba pensando. Podrías decirles a los mellizos que vengan los dos. Mientras yo estoy con Matej, Anica puede quedarse con Summer. Las dos están locas por el hockey.

—Pedazo de cabrón. Quieres usar a mi hermana pequeña para librarte de tus responsabilidades.

Caden se echó a reír y me pasó el brazo por los hombros.

—No lo llamaría así. Prefiero «hacer una buena obra por un padre agotado».

—Hablaré con ellos cuando vuelvan del instituto. —Lo miré de reojo—. Y si quieres, te consigo agua bendita. Por un poco más, un crucifijo y una biblia.

—Eres un puto camello, Novák. Con mi mujer traficabas con dulces y conmigo quieres hacerlo con artículos religiosos.

Y por primera vez en todo el día, la risa me salió de verdad.

***

Volví a mirar el teléfono. Los cuatro mensajes que le había mandado a Kelsey seguían ahí, todos en visto.

Ninguna respuesta. Estaba enfadada. No, enfadada no: estaba dolida, y eso era peor.

Dejé el móvil a un lado y me recosté en el sofá, con el antebrazo sobre los ojos, intentando apagar el ruido que tenía en la cabeza.

La puerta principal se abrió de golpe.

—¡Kels! ¡Kels!

La voz de Matej resonó por toda la casa y sentí cómo algo me hervía por dentro. Eso era lo primero que hacía al llegar: llamarla a ella. Una idea absurda y peligrosa empezó a tomar forma en mi cabeza, pero la corté de raíz antes de que me explotara todo otra vez como la noche anterior.

—Ey, Juraj —apareció en el salón con la mochila colgándole de un hombro—. ¿Has visto a Kels?

—Tenía mucho trabajo —mentí sin pestañear—. No me ha acompañado hoy.

¿Que qué iba a decirle? ¿Que la había acusado de algo horrible, que no la dejé explicarse y ahora no me hablaba porque había sido un auténtico capullo?

—Ah, vale. Bueno, ya se lo contaré luego.

—¿Contarle qué? —señalé el sofá.

Se quedó quieto un momento, desconcertado, aunque acabó sentándose a mi lado.

—Nada. Quería darle las gracias. Es increíble.

Ayer, cuando estaba a punto de rendirme con el examen de hoy, vino, me calmó y se quedó conmigo estudiando.

Me ayudó un montón. Al final cayó rendida y la dejé en mi cama.

Me dio miedo despertarla porque seguro que se ponía otra vez con los apuntes.

—Sonrió, orgulloso—. Y nada, quería decirle que me ha salido muy bien.

«Trágame, tierra».

La había acusado de lo peor cuando lo único que había hecho era cuidar de mi hermano. Sentí una presión incómoda en el pecho.

—Joder —murmuré—. Matej…

—Juraj —continuó, sacándome del pozo—. Creo que tengo un problema de concentración. Hay cosas que no puedo controlar y eso me frustra mucho.

—Kelsey me comentó algo —confesé—. No te preocupes, buscaremos ayuda. Todo va a ir bien. Y me gustaría pedirte perdón. Por no darme cuenta antes, por las broncas. Si lo hubiera sabido…

—Eh, no —me frenó—. No eres un dios para verlo todo. Eres solo un hermano un poco torpe.

Le di una palmada suave en el estómago.

—Además, yo tampoco conté nada. No es solo culpa tuya.

—Gracias —suspiré—. Pero aun así hoy hice algo que no está del todo bien. Aunque fue con buena intención.

—Habla ya.

—Vi tus dibujos. Me parecieron buenos, pero como no entiendo de esto, se los enseñé a alguien que sí sabe. Quería ayudarte.

—No tenías derecho —lanzó serio—. Es algo privado.

—Lo sé. Y no me arrepiento. Hughes confirmó lo que pensaba: tienes talento. Mucho. Y, si te apetece, esta tarde podrías ir a su casa. Tiene un taller; allí hablaréis de técnica, de colores, de lo que sea.

Se hizo un silencio incómodo.

—Venga —añadí—. Di algo. No te enfades. Solo quería apoyarte.

—No vuelvas a rebuscar en mis cosas —advirtió—. O sí me enfadaré.

—Prometido.

Sonrió.

—¿De verdad te gustaron?

—Mucho. Se nota que hay corazón en ellos. Y vi que, además de nosotros, aparecía muchas veces un chico. ¿Es un amigo?

Se tensó. Se incorporó un poco y clavó la mirada al frente, evitando la mía.

—No, no es un amigo. Es mi novio.

Me quedé en blanco. No me lo esperaba. ¿En qué momento me había perdido tanto de la vida de mi hermano? Las palabras de Kelsey volvieron a golpearme con fuerza: tenía razón. Me había refugiado en normas y control, y había dejado de mirar de verdad.

—Ah, vale —balbuceé—. Entonces tú…

—Supongo que soy gay —se encogió de hombros—. Pero no me preguntes mucho más. Esto es nuevo para mí. Solo sé que me gusta y que quiero estar con él.

Le cogí la cara con cuidado y lo obligué a mirarme.

—Quiero que confíes en mí. Puedes contarme lo que sea. A mí solo me importa que seas feliz.

—No se lo había dicho a nadie hasta ayer —confesó—. Se lo conté a Kels. Me dijo que no me forzara, que hablara cuando estuviera preparado. Creo que lo estoy, al menos para decírselo a la familia. Al resto del mundo no.

Lo abracé con fuerza, como cuando era pequeño, y él se dejó caer contra mi pecho.

—Siempre te vamos a apoyar. Nunca lo dudes. Te quiero.

—Yo también. Pero, por favor, no vayas ahora a hablar con tus amigos para que me den consejos raros. Necesito ir a mi ritmo.

Me reí.

—Ni loco te mando con los pervertidos de Liam y Conor —bromeé—. Solo si tú lo quisieras, y aun así me lo pensaría.