Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 27
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Capítulo 27

JURAJ

El vuelo de regreso a Seattle se adelantó a la madrugada.

Entre el cansancio acumulado del partido y la amenaza de tormenta sobre la costa, el cuerpo técnico no quiso arriesgarse a quedar atrapado en Las Vegas un día más. Nada más terminar, nos lo comunicaron: salíamos esa misma noche. Sin discusión.

Así que ahí estaba, entrando en casa con el cuerpo machacado y la cabeza en otro sitio.

No había dormido prácticamente nada durante el vuelo; entre partidas absurdas para matar el tiempo y un vídeo improvisado para TikTok —Mischa insistió, decía que era «un encargo de Kelsey»—, el trayecto se me pasó sin darme cuenta.

Estaba cansado, sí, pero también inquieto.

Siempre me pasaba lo mismo, necesitaba comprobar que todo estuviera en orden para poder respirar tranquilo.

Sabía que Amelia llevaba el día complicado con los papeles de inmigración y que Kelsey se había ofrecido a hacerse cargo de los mellizos.

Acepté, aunque a regañadientes. No porque no confiara en ella, sino porque no quería cargarla con responsabilidades que no eran suyas ni permitir que nos acostumbráramos demasiado.

Porque ella se iría. Y después solo quedaría el vacío.

Ese vacío jodido que conocía demasiado bien.

Sin embargo, esa noche fue distinto.

Mis ganas de volver no tenían nada que ver con el orden de la casa ni con la rutina. Tenían nombre propio.

La princesita de los followers no solo se había colado en mi hogar y en mi familia; se me había metido en la cabeza.

Y, sin pedir permiso, también en el pecho.

Pensaba en ella más de lo que jamás admitiría.

No entendía qué demonios había hecho conmigo.

Toda mi vida había manejado un único lenguaje con las mujeres: el de la cama. Fácil. Directo. Sin consecuencias.

Con ella no.

La deseaba, joder que sí. A veces tanto que me planteaba romper mi propia norma de no meter sexo bajo el mismo techo que mis hermanos.

Y besarla… me moría por hacerlo cada vez que veía esos labios.

Pero sabía que, si cedía, no habría vuelta atrás.

Perdería el control. Y el control era lo único que me había mantenido en pie durante años.

Aun así, ella seguía ahí. Viendo partes de mí que me avergonzaban.

Partes que yo mismo no sabía manejar. Y no se iba.

Esa sensación de que con ella estaba a salvo, de que era un refugio, me aterraba.

Porque todas las personas en las que confié terminaron traicionándome.

Al final, siempre estaba solo. Lo acepté durante mucho tiempo.

Hasta ahora.

Kelsey estaba removiendo mis cimientos, mis normas, mi forma de sobrevivir. Y estaba creando un caos casi perfecto.

Apagué la alarma con cuidado y abandoné las maletas en la entrada. La casa estaba en silencio absoluto. Avancé despacio, con una tensión extraña en el pecho que no supe explicar. Al llegar a la altura de su habitación, no pude evitarlo. Abrí la puerta con cuidado.

Oscuridad.

La cama intacta.

Su móvil en la mesilla.

Un puñado de nervios golpearon mi estómago.

Pensé que no había respondido a mis mensajes porque estaba dormida, aunque aquello no cuadraba. Todos mis miedos se activaron de golpe. Fui directo al cuarto de Anica. Abrí la puerta con más brusquedad de la necesaria y solté el aire que llevaba reteniendo al verla dormida, tranquila.

«Menos mal».

Entonces pensé en Matej.

Abrí su puerta y el mundo se me vino encima.

La habitación era un desastre: ropa por el suelo, un cuaderno abierto con un dibujo de Kelsey, otro más con su rostro. Dos pares de zapatillas. Y en la cama, ellos. Durmiendo juntos. En la misma puta cama.

El corazón me golpeó con tanta fuerza que pensé que me iba a faltar el aire. Llevé la mano al pecho, aturdido, incapaz de procesar la escena. Nunca imaginé que ella pudiera… que ellos…

—Dios —murmuré, apretando los puños.

Cerré los ojos con fuerza, como si al abrirlos todo fuera a desaparecer. No ocurrió.

Rabia. Dolor. Algo parecido al odio. Eso fue lo que sentí solo de pensar que se hubiera aprovechado de Matej.

Me acerqué a la cama y le cubrí la boca con la mano. Kelsey abrió los ojos sobresaltada. Le hice un gesto para que guardara silencio y señalé la puerta. Se levantó despacio, todavía medio dormida, y antes de salir cubrió a mi hermano con la manta.

Ese gesto fue lo que terminó de romperme.

Llevaba puesta una sudadera de él que le llegaba hasta los muslos. No sabía —ni quería saber— si estaba desnuda debajo. Me giré, incapaz de soportarlo. El pecho me latía demasiado rápido. Bajé las escaleras apoyándome en la barandilla, convencido de que en cualquier momento me iba a desplomar.

«Ella no».

«Joder, ella no».

Abrí la puerta del exterior y permití que el frío de la madrugada me golpeara la cara. Necesitaba aire. Necesitaba no explotar. Me quedé allí, respirando hondo, con el corazón desbocado y la cabeza hecha pedazos.

—Eh, Juraj, ¿estás bien?

Su mano se apoyó en mi espalda. Me miró a los ojos. A los malditos ojos.

Me aparté de golpe y la acorralé contra la pared. Mi puño chocó contra la superficie, no con violencia, sino con desesperación.

—¿Cómo pudiste? Es mi hermano. Mi puto hermano. Y sigue en el instituto. Te miro y no siento otra cosa que asco. Repulsión. Pensar que fui yo quien te metió en esta casa…

—¿Qué… qué estás insinuando? —parpadeó, completamente descolocada.

Su desconcierto no parecía fingido. Y aun así no me pude contener.

—No intentes actuar, por favor. —Di un paso atrás, respirando mal—. Te vi en su cama. Con su sudadera —la señalé con desprecio—. Todo revuelto. ¿Dónde fue? ¿En el escritorio, en el suelo, en la cama? ¿Antes o después de que te dibujara?

El sonido fue seco.

Plaf.

Plaf.

Primero la mejilla derecha. Después la izquierda.

—No voy a permitir que me hables así —dijo con la voz temblándole de rabia—. Y mucho menos que me pongas en un lugar tan horrible. Me han humillado muchas veces en mi vida, Juraj, pero lo de hoy…, esto lo supera todo.

Se apartó de mí y comenzó a caminar por el porche, nerviosa, fuera de sí. Y por primera vez dudé muy dentro. Sin embargo, las imágenes seguían ahí, clavadas.

—No sé qué clase de película te estás montando —continuó—, pero tienes un problema muy serio si tu cabeza llega tan lejos.

—Vale —tragué saliva—. Si estoy equivocado y eres tan inocente como dices —marqué las comillas con el tono—, te escucho.

Se quedó mirándome como si no diera crédito.

—¿Perdón? ¿Después de acusarme de algo así ahora me concedes el honor de explicarme? Muy bien. Ahí va mi explicación: vete a la mierda.

—¿Crees que esto es un juego para mí? —me acerqué de nuevo, bajando el rostro, pegándome a ella—. Es mi deber protegerlos.

—Pues empieza por hacerlo bien. Porque les estás jodiendo la vida. Necesitan a su hermano, Juraj. Al hombre que tiene corazón. No al hombre de hielo lleno de normas absurdas que no les permite respirar.

—¿Y tú qué coño sabrás? Acabas de llegar a esta casa. ¿Te crees que por compartir cuatro comidas y dormir bajo el mismo techo los conoces mejor que yo?

—No —admitió—. Llevo aquí muy poco. Pero en ese tiempo me molesté en observarlos. En escuchar. En interesarme por ellos. Y me abrí, algo que tú no haces con nadie. Eso me dio una perspectiva que tú no tienes porque sigues atrapado en el mismo lugar desde hace años.

Apreté la mandíbula. No me gustó lo que oí.

—Anica está perdida —prosiguió—. Se siente invisible desde hace mucho tiempo.

Tú no lo ves porque siempre estás ocupado apagando fuegos más grandes.

Ella aprendió a no molestar, a quedarse en una esquina.

Intenta seguir tus pasos para que la mires, para que te sientas orgulloso, en clase, en el hockey…

Pero no tiene amigos, Juraj. No encaja en ningún sitio.

Y cuando alguien así intenta gustar, cuando quiere ser aceptada, acaba cometiendo errores que pueden marcarla para siempre.

Aquellas palabras fueron como una patada en el pecho.

—Está dejando de sentir —añadió—. Como tú. Se está convirtiendo en hielo. Y eso no es protección. Es abandono.

Negué con la cabeza, perdido.

—Y Matej… —siguió—. Le gritas por los estudios, porque se dispersa, porque empieza algo y no lo termina. Porque se levanta diez veces cuando intenta estudiar, porque no soporta el silencio, porque se frustra y explota cuando no consigue concentrarse. Nunca te preguntaste si había algo más detrás.

—¿Ahora también eres experta en salud mental? —solté, a la defensiva.

—No. Pero tengo ojos. Y lo que vi en él se parece mucho a un TDAH. No es vago ni es irresponsable. Su cabeza no para. Se siente inútil porque se esfuerza el doble para llegar a la mitad.

Me quedé mudo.

—Mientras te perdías en tus normas, no te diste cuenta de que dibuja para calmarse. De que usa el arte para procesar la muerte de Andrej. Recrea momentos importantes de su familia, de ti, de Anica… personas que ama. Cosas que guarda porque no confía lo suficiente como para contártelas.

Cada palabra era un mazazo más grande.

—Y en cuanto a mí —interrumpió mis pensamientos—, soy adulta. No dependo de ti. Eso me da la libertad de irme cuando quiera. Me da igual el trabajo, la mentira, que todo se descubra. Pero no me da igual que me humilles como lo has hecho esta noche.

—Kelsey, yo…

No terminé la frase. Entró en la casa dando un portazo.

—¡Mierda! —golpeé la pared con ambos puños antes de apoyar la frente contra ella.

El aire me faltaba en los pulmones.

Tenía que hablar con ella. Aunque no así, en ese estado.

—Mañana —murmuré—. Mañana hablaré con todos. Lo solucionaré.

Lo repetí en voz alta, como si decirlo bastara para convertirlo en verdad.

***

El día después de un partido fuera siempre era igual. Y nunca lo era.

La rutina estaba ahí: café aguado, el murmullo cansado del vestuario, cuerpos magullados moviéndose por inercia. Pero esa mañana todo me parecía distinto.