Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 26
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Capítulo 26

JURAJ

​ Ocho años antes…

Era invierno en Bratislava, de esos que te calan los huesos. Las calles estaban medio desiertas, cubiertas de una nieve sucia que crujía bajo mis botas mientras caminaba sin rumbo, con la cabeza baja y el pecho a punto de estallar.

No sé cuánto tiempo llevaba andando. Sentía las lágrimas correrme por la cara, calientes, mezclándose con el frío hasta dejarme la piel tirante. Me faltaba el aire. Inspiraba hondo, aunque no entraba suficiente. Algo me apretaba por dentro, justo ahí, en el centro del pecho.

Iba ido. Completamente.

Las palabras de Vera no dejaban de repetirse en mi cabeza una y otra vez.

«Yo os he salvado a todos porque, si no, estaríamos muertos como tu madre».

Eso fue lo que expuso. Así. Sin temblarle la voz.

Cuando le pedí que se fuera.

Cuando le dije que se mantuviera lejos de nosotros.

Confesó todo después, como si ya no tuviera sentido callarlo.

Aseguró que la gente que seguía a mi padre y a Levi la había amenazado varias veces.

Dijo que le dieron un ultimátum: o los ayudaba a dar con su paradero o la deuda que habían dejado atrás la pagaríamos nosotros.

Remarcó que la habían acorralado, que no tenía salida, que lo hizo para protegernos.

Y los delató.

Así cayeron.

Así apareció mi padre muerto.

Ella lo había provocado todo.

«Ahora estamos juntos en esto».

«Somos una familia».

«Juraj, tienes que poner de tu parte, soy vuestra tutora».

Escuchar «tutora» me revolvió por dentro.

De repente no pude más. Me detuve frente a una pared de ladrillo, vieja, húmeda, y sin pensarlo empecé a golpearla. Una vez. Otra. Otra más. Con rabia, con desesperación, con todo lo que llevaba dentro.

Sentí cómo la piel se me abría. Cómo los nudillos se me rompían. Aunque no paré. El dolor físico era mejor que lo otro.

Acabé cayendo de rodillas en la acera, con las manos sangrando y el cuerpo doblado sobre sí mismo. Grité. No sé si alguien me oyó. Me daba igual. Lloré como no recordaba haber llorado nunca, con sonidos que no parecían míos, como si algo me estuviera desgarrando desde dentro.

Me quedé ahí un rato. O minutos. O siglos.

Al final me levanté como pude, tambaleándome, con la vista borrosa y la cabeza zumbando. Seguí caminando. No sabía a dónde iba, pero mis pies sí.

El ruido empezó a llegar. Música alta, risas excedidas, gritos. Un edificio viejo, una fiesta que se oía desde la calle. Alcohol, drogas, cuerpos chocando unos con otros sin cuidado.

Ahí estaba mi hermano. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, después de intentar enfocar varias veces, avanzó hacia mí con paso tambaleante. Al llegar a mi altura me agarró del brazo, intentando empujarme hacia fuera, pero no lo consiguió.

—¿Qué haces aquí? —me soltó en cuanto me vio—. Si vienes a buscar pelea, estás perdiendo el tiempo. No me voy a ir.

—No vengo a eso —me zafé de su agarre con brusquedad—. He venido a hacer lo mismo que tú. A divertirme. ¿O es que no puedo?

Cogí una botella de cualquier mierda que había apoyada en una mesa y le di un trago largo. Aquello quemaba como alcohol puro. Asqueroso. Pero daba igual. Tenía que servir.

—¿Qué estás haciendo? —intentó quitármela sin éxito. Entonces vio mis nudillos—. ¿Qué te ha pasado?

Me agarró la mano. La aparté con violencia.

—¿Ahora te importa, Andrej? ¿Desde cuándo existe alguien más en el mundo que no seas tú?

Otro trago.

—Sabes que no es así.

—No sé una puta mierda —abrí los brazos, riéndome sin humor—. Lo único que tengo claro es que estoy solo. Siempre solo.

—No sigas bebiendo.

—¿Por qué? —bebí otra vez—. ¿Porque quizá así sea tan feliz como tú? No, espera.

Le arranqué el porro de detrás de la oreja y me giré hacia un tipo completamente colocado a mi lado.

—Dame fuego.

Tardó demasiado en encontrar el mechero. En ese segundo Andrej volvió a intentar quitármelo. No pudo. El mechero prendió. Inhalé.

Sentí que los pulmones me explotaban. Nunca había fumado. Nunca había bebido. Aquella noche iba a ser la de las primeras veces de todo.

Cuando paré de toser, di otra calada. Esta vez mi hermano sí consiguió arrebatármelo.

—No te molestes —me reí—. Si esto no funciona, siempre me quedarán las pastillas. Como mamá. La cuestión es no enfrentarse a la realidad, ¿no, capullo?

Me empujó contra la pared. Su antebrazo me presionó el cuello.

Me reí otra vez.

—No eres tan distinto a nuestros padres, ¿sabes? Te pasaste la vida cuidando a alguien que no te quería y te olvidaste de quienes sí.

Pretendía hacerle daño. Sacar todo lo que llevaba dentro. Porque siempre lo necesité. Y no estuvo. Me dejó solo.

Me soltó. Me sequé las lágrimas con el antebrazo. Las palabras de Vera seguían golpeándome la cabeza una y otra vez, como un martillo.

«Lo he arriesgado todo por ambas familias».

«Ahora te toca compensarme».

«O lo enfrentamos juntos o todo se rompe».

«Tú decides si tus hermanos permanecen unidos o separados».

—Ya basta —me quitó la botella—. Estás fatal. Vete a casa.

—Que te jodan.

Me alejé tambaleándome. No sabía si era el alcohol, el porro o el dolor, pero estaba allí por una razón. Y no me iba a ir sin cumplirla.

Fuera había un grupo de chicas bebiendo y fumando. Me acerqué. Reían. Hablaban. No entendía nada. Tampoco me importaba. Cogí el vaso de una y me lo bebí. Ese al menos no sabía tan mal.

Una me enseñó un porro.

—¿Lo compartimos?

Asentí. Cuanto más ido, mejor.

Nos apartamos del grupo. Lo encendió y me lo pasó. Asqueroso al principio, después menos. Incluso el olor empezó a gustarme.

Jugó con los cordones de mi sudadera. Sabía lo que buscaba. Yo no hice nada. Nunca había besado a nadie. Dejé que tomara la iniciativa.

Fue raro cuando sentí sus labios sobre los míos y su lengua invadiendo mi boca. Tenía un sabor extraño. Aun así, no me costó demasiado cogerle el punto a aquello, o eso creí, porque seguramente cualquier movimiento mío fue torpe. Me daba exactamente igual.

Entre beso y calada, ella acabó de rodillas, con mi polla en la boca.

Joder, pese a que estaba flotando, era agradable lo que me hacía sentir.

Hasta que noté cómo mis pelotas se contraían y, antes de que mi cuerpo explotara, la detuve.

La levanté del suelo, pegué su cuerpo contra la pared y bajé sus pantalones.

Su trasero rozó mi glande y, aunque estaba como estaba, conseguí decir:

—¿Quieres que siga?

—Sí, joder.

Separó un poco más las piernas y así fue como follé por primera vez: en una fiesta de mierda, con una tía a la que no reconocería si me la cruzara por la calle y con los sentidos hechos trizas.

Por suerte, mi cabeza funcionó en el último momento. Hizo clic. Terminé fuera antes de liarla más, me abroché los pantalones como pude y me largué de allí.

Tropecé, caí, me quedé tirado en la nieve un rato, me levanté y volví a caer no sé cuántas veces.

Llegué al estadio de hockey; allí debí dormirme. Cuando desperté estaba helado. Perdido. Caminé sin rumbo hasta la Iglesia Azul. Mi cuerpo se rindió y me quedé dormido contra la puerta.

Amanecía cuando desperté de nuevo.

Más tarde me senté en los restos de las murallas de la Ciudad Vieja, con las piernas colgando hacia la carretera. Pensé en tirarme. De verdad que lo pensé.

Entonces escuché a unos niños cruzando el puente.

Me acordé de los mellizos y la puñetera idea desapareció.

Percibí miradas curiosas sobre mí. Seguí caminando, sin mirar atrás, hasta casa.

Hasta el lugar donde firmaría mi condena.

Mi padre tenía razón.

Cuando la vida te aprieta, vendes tu alma incluso al mismísimo demonio.

***

—Está aquí —escuché la voz de Anica desde la entrada.

El primero en aparecer fue Matej. Se lanzó hacia mí y me abrazó con fuerza.

—¿Dónde has estado? ¿Por qué hueles tan mal?

En su mirada vi miedo. Miedo de verdad. Y me dolió, porque ellos eran lo que más quería en el mundo. Por ellos sacrificaría todo, incluso si al final no quedaba nada de mí.

La voz de Anica irrumpió de nuevo. Mis ojos se desviaron hacia ella.

Venía en pijama, con el pelo rubio enmarañado de dormir, sosteniendo una tarta comprada.

Algo poco habitual, porque normalmente ella y Matej se empeñaban en preparar un pastel casero con cincuenta mil ingredientes, casi siempre incomible, pero hecho con amor.

—Felices dieciséis —dijo emocionada—. Esta vez tenemos un pastel de verdad. Vera lo compró. ¿A que es bonito?

Mi mirada pasó de Anica a la mujer que estaba de pie en el umbral del salón, observándome con expectación.

—Sopla y pide un deseo —continuó mi hermana.

«Desaparecer», pensé mientras la vela se apagaba.

—Venga, vamos a probarlo. Es de chocolate, como a ti te gusta —Matej sujetó mi mano para tirar de mí, pero me solté.

—Voy a darme una ducha. Id probándolo vosotros.

Le revolví el pelo. Cuando me giré hacia las escaleras, Andrej estaba allí, plantado, mirándome.

—¿Dónde has pasado la noche? —murmuró—. Me tenías muy preocupado. Creí que te había sucedido algo. Cuando llegué a casa y Vera me dijo que no estabas, salí a buscarte y no te encontré.

—Guau —le di un golpecito en el pecho y sentí el dolor en los nudillos—. Pues esa sensación de mierda es la que tengo yo todos los días cuando sales por esa puerta con tus amigos y a ti no parece importarte.

—Juraj…

—No. No me digas nada.

Saqué la pulsera desgastada que teníamos iguales, la que me regaló años atrás y que ambos llevábamos siempre en la muñeca, y se la tendí.

—¿Qué haces? Eso es…

—Esto ya no significa nada —abrí su palma y la dejé ahí—. Puedes quedártela o hacer con ella lo que te dé la gana.

Subí las escaleras. Cuando solo quedaba un peldaño para llegar a la planta superior, escuché una voz a mi espalda. Me detuve en seco y me giré.

—¿Dónde has estado? ¿Por qué estás lastimado? ¿Por qué tienes ese aspecto? —Vera señaló mis manos, intentando rozarme.

—No me toques.

Mi voz salió baja, nerviosa.

—No tengo por qué darte explicaciones. Lo único que debes saber es que accederé a tu petición. Haré lo que me pides, pero tú no te acercarás a mis hermanos.

Se tensó.

—No creo que estés en posición de exigirme nada.

—A partir de ahora, las normas en esta casa las pongo yo. Tú solo vas a fingir delante de los servicios sociales que eres la tutora perfecta, nada más. Hasta que yo tenga edad suficiente para hacerme cargo de todo.

Di un paso hacia ella.

—Así que, como tú misma me dijiste ayer, piénsatelo bien. Porque es esto o no es nada. Si voy a arruinar mi vida, al menos quiero asegurarme de que la de ellos quede intacta.

Me encerré en el baño. Apoyé las manos en el lavabo y dejé la cabeza colgando.

Cuando levanté la vista y vi mi reflejo en el espejo, apenas me reconocí. Mi imagen era lamentable. Rota.

Y supe que, a partir de ese momento, ya no volvería a ser el mismo.

Me convertiría en todo lo que siempre había odiado.