Capítulo 25 #2
—En la fiesta había alcohol. Yo nunca había bebido. Escondía los vasos, los vaciaba. Sin embargo, en un juego de retos me tocó encerrarme en una alacena con David. Me besó. Fue mi primer beso. Fue horrible. Estaba tan nerviosa que lo percibió.
Apreté la trenza sin querer.
—Tengo casi dieciocho años y nunca había besado a nadie… y se suponía que tenía que hacer lo otro. Por suerte hubo una pelea y me libré. Pero hoy me dijeron que debía terminar el reto si quería seguir en el grupo. Por eso falté a clase. Y acabamos aquí.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
El instituto no perdonaba a nadie. Siempre castigaba a los más vulnerables. Pensé en Jordan y Liam. En mí. En Anica. En todos los que habían tenido que sobrevivir a reglas absurdas impuestas por gente que necesitaba aplastar a otros para sentirse alguien.
—Ven —tiré suavemente de ella para que se sentara conmigo en el sofá—. Escúchame bien. No tienes que ser quien otros quieran que seas. No debes hacer nada que no quieras.
—Eso es fácil para ti… o para alguien como mi hermano —susurró—. No para mí.
—No, cielo —negué—. Yo fui como tú. Viví un infierno. Por eso sé de lo que hablo. Ese mundo no importa tanto como parece. Lo que viene después es mucho más grande.
Me miró por primera vez.
—¿Me lo contarías?
Me quedé pensativa. Quizá había llegado el momento de no esconder más esa parte de mí. Tenía voz. Tenía medios. Jordan y Liam lo intentaron en su día. No funcionó. Pero quizá muchas voces juntas sí podían hacer ruido.
—No solo te lo voy a contar a ti —dije al final—. Se lo voy a contar al mundo.
Cogí el móvil.
—Ayúdame. Voy a hacer un directo.
***
Estaba tumbada en la cama, revisando el teléfono. La red social explotaba de notificaciones, una detrás de otra, sin parar. El directo había tenido mucha mejor acogida de la que esperaba y todavía me costaba asimilarlo.
Al principio hubo hate , como siempre. Comentarios de mierda. Que si ahora iba de intensa, que si victimismo, que si «ya no eres divertida». Nada nuevo. Sin embargo, poco a poco, algo cambió. La gente empezó a quedarse. A escuchar. A escribir de verdad.
Alargué el directo más de la cuenta. Tanto que Matej llegó a casa y seguíamos en vivo. Se sentó al lado de Anica, cogió un rotulador y empezó a dibujarme en una hoja mientras leía el chat por encima. De vez en cuando levantaba la vista y escribía algún comentario irónico que hacía reír a la gente.
Hablé de cosas que nunca había dicho en voz alta delante de tantas personas.
De lo que pesa crecer en un hogar roto. De cómo la responsabilidad de ser padre no se acaba cuando das de comer o pagas facturas.
De que hay personas que dependen de ti emocionalmente y que tus decisiones pueden marcarles la vida entera, para bien o para mal.
Traté también el tema de las malas compañías, de lo fácil que es dejarse arrastrar cuando solo quieres formar parte de algo. De la crueldad que en ocasiones mostramos a otros sin darnos cuenta de que muchas veces es solo un reflejo de lo que se vive puertas adentro.
Y, sobre todo, lancé un mensaje que necesitaba escuchar yo misma: no pasa nada por no encajar. No pasa nada por ser raro, intenso, torpe o ir a destiempo. Fingir cansa. Fingir te rompe por dentro.
Ese día no había vídeos de humor jugando a que vivía en un château francés, ni bromas sobre títulos nobiliarios inventados, ni ropa extravagante para llamar la atención. No había personajes. No había filtro. Solo estaba yo. Tal cual. Desnuda, pero de verdad.
La respuesta fue bestial.
Empecé a recuperar seguidores. El buzón se llenó de mensajes de gente contando historias parecidas, agradeciendo la visibilidad, la honestidad. Personas que decían: «Gracias, pensé que solo me pasaba a mí».
Algunos compañeros también escribieron.
Asher me dijo que se alegraba de verme de vuelta, que sentía si alguna vez me había hecho daño. Que siempre me había tenido cariño. Yo también se lo tenía. Las circunstancias habían sido complicadas para los tres en aquella relación tan poco convencional. Le felicité por su primer papel en el cine.
Pierre y Owen me mandaron audios larguísimos, emocionados, diciéndome lo orgullosos que estaban, que era increíble y que me querían con locura.
Jordan me escribió algo que me removió por dentro.
Me confesó que le gustaría hacer un directo conmigo hablando de todo aquello.
Que quería que su hija pudiera verlo algún día.
Que no repitiera errores. Que no permitiera que nadie le destrozara la vida.
Y añadió que esa misma noche hablaría con Nathan para postularse al puesto de médica deportiva en los Rifts. Era hora de volver a tomar las riendas.
El resto de mis amigos estaba jugando en Las Vegas, así que evidentemente no lo habían visto.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí bien. Ligera. Libre.
Pensé en Juraj. En cómo había sido el único capaz de ver más allá de mi disfraz desde el principio. En cómo, sin proponérselo, me había dejado ser. Con él no tenía que fingir nada. Podía gritar, enfadarme, llorar, reír… incluso temblar solo con mirarlo.
Sonreí como una idiota. Tenía ganas de que llegara a casa. No sabía qué tocaría ese día, pero me gustaba eso. Con él todo era a ciegas. Nada estaba planeado. Podía haber drama, risas, tensión sexual… o todo a la vez, en una misma hora.
Los pasos de Matej subiendo y bajando las escaleras me devolvieron a la realidad. No paraba quieto. Al día siguiente tenía un examen de una optativa y, a ese ritmo, ni estudiaba ni dejaba dormir a su hermana.
Abandoné el teléfono en la mesilla y fui a verlo.
Di un par de toques en la puerta. Nada. Volví a llamar. Seguía sin contestar, pero se oía un golpeteo constante. Abrí despacio.
Tenía los cascos puestos. Golpeaba el escritorio con un lápiz, una y otra vez, mientras miraba los apuntes sin realmente mirarlos. De repente lanzó el cuaderno, se quitó los cascos de un tirón y los lanzó a la cama.
—Ey, Matej —froté su espalda—. Si sigues así vas a tirar la casa abajo.
—Lo siento, Kels —murmuró—. Prometo no hacer ruido. Es más, me voy a acostar. Es inútil. No puedo con esta mierda de asignatura.
Me senté en la cama. El cuarto era un caos: apuntes abiertos, hojas sueltas, bolígrafos sin tapa… y, en medio de todo, el cuaderno de dibujo.
—¿Puedo verlo?
Asintió.
Me quedé helada. Era muy, muy bueno. Había dibujos de momentos que habíamos vivido todos juntos. Con Juraj, con Anica, con sus hermanos. Y sabía que en muchas de esas escenas recreadas no había tenido ni papel ni lápiz.
—¿Esto lo has hecho de memoria? —señalé una hoja.
—A veces sí. Otras hago fotos sin que la gente se dé cuenta. Cuando posan se pierde la naturalidad. Ya no es real.
—Guau… ¿desde cuándo dibujas así?
Se dejó caer boca arriba en la cama.
—Siempre me gustó, pero empecé de verdad cuando murió Andrej. Me calma. Es como si mi cabeza bajara el volumen un rato.
—¿Te gustaría estudiar algo relacionado con el arte?
Soltó una risa sin humor.
—Da igual lo que me guste. Me cuesta aprobar, concentrarme. Mañana tengo examen y hoy no he sido capaz de estudiar. Fui dos horas a la biblioteca. Abría libros, los cerraba, miraba el reloj, me levantaba… al final no aguanté el silencio y me fui. Acabé dibujando.
Aquello hizo saltar todas mis alarmas. Me recordó a mi amigo Pierre.
—Cuéntame qué te pasa cuando intentas estudiar.
—Es como si mi cabeza no se callara nunca —explicó tras pensarlo—. Empiezo algo y, de repente, pienso en otra cosa. Luego en otra. Me distrae cualquier ruido. Me siento, me levanto, me frustro y, cuando me doy cuenta, ha pasado una hora y no he hecho nada.
Me miró de reojo.
—¿Me estás psicoanalizando?
—Ni de lejos —sonreí—. Ya oíste en el directo que he pasado media vida en consultas de salud mental.
—Y aun así se equivocaron contigo.
—A veces pasa. Pero no siempre.
Se quedó serio.
—¿Crees que me sucede algo malo?
—No —negué rápido—. Puede que tu cabeza funcione a otro ritmo. Solo hay que aprender a manejarlo. Pero no lo vamos a resolver esta noche.
—Una pena —bufó—. Porque mañana tengo examen.
Abrí el portátil y busqué estrategias de estudio para personas con TDAH. Sabía que estaba improvisando, aunque algo me decía que no iba tan desencaminada.
—¿Eso es lo que crees que tengo? —curioseó, leyendo conmigo.
—No lo sé —me encogí de hombros—. Pero mira…, muchas cosas cuadran.
—Demasiadas.
—¿Probamos algunos de estos tips ? —propuse—. Por ejemplo: bloques cortos de estudio, descansos frecuentes, nada de silencio absoluto, subrayar con colores, explicar en voz alta lo que lees y estudiar acompañado.
—No pierdo nada.
—No perdemos nada —le corregí—. Me quedo contigo.
Me miró sorprendido.
—¿En serio?
—Sí. Pero con la condición de que me regales uno de tus dibujos. ¿Trato hecho?
—Te los daría igual, aunque no me ayudaras.
—Venga —choqué mi hombro con el suyo—. Tenemos muchas horas por delante.
—Kels —dijo de pronto—. Me alegro de que estés con mi hermano. Le haces bien.
No lo corregí. Ninguno de los mellizos creyó nunca que solo fuéramos amigos.
Abrió una serie de test y me pasó un montón de hojas.
Suspiré.
—Genial. De vuelta al instituto —pensé.