Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

KELSEY

Durante todo el camino estuve intentando contactar con los números de teléfono que Amelia me había facilitado.

Nada. Algunos no contestaban y otros decían no saber nada de Anica.

Con cada llamada que terminaba igual me iba inquietando más.

No sabía a dónde acudir, así que acabé conduciendo hasta casa.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que la alarma estaba desconectada.

Estaba segura de haberla activado esa mañana; lo había hecho con los chicos antes de salir.

Entré sin quitarme la chaqueta y recorrí la estancia.

Había un silencio casi perturbador, demasiada calma.

Mis pies, casi por instinto, me llevaron escaleras arriba. Entonces escuché un golpe.

Me dirigí hacia el origen del sonido y fue ahí cuando la voz de Anica se alzó.

—Para. He dicho que no. No quiero hacer esto. Dijiste que íbamos a conocernos un poco más.

—Eso es lo que intento —respondió una voz masculina—. No puedo estar con alguien si no sé si vamos a funcionar en la cama.

—Eres asqueroso. Lárgate y déjame en paz.

—Y tú una maldita estrecha. Deberías estar agradecida de que esté aquí perdiendo mi tiempo. Además, besas fatal, y eso solo significa que no tienes ni puta idea de cómo se hace. Así que tienes dos opciones: o acabamos lo que hemos empezado o mañana todo el mundo sabrá lo mojigata que eres.

Aquello fue como un déjà vu . Imágenes del pasado vinieron a mi cabeza, ser juzgada, castigada, señalada por culpa de personas capaces de destrozar a otros con tal de conseguir lo que querían. Gente como él había marcado los días más oscuros de mi vida.

Sin pensarlo, abrí la puerta.

Ambos se sobresaltaron. Anica estaba contra el cabecero de la cama, encogida, llorando, visiblemente aterrada. Él, en cambio, se pavoneaba sin el menor rastro de vergüenza.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —pregunté.

Miré a Anica; iba a hablar, avergonzada, pero no le di tiempo. Caminé hacia el impresentable, recogí la ropa que había en el suelo y le entregué la de ella para que se cubriera. A continuación, me giré hacia él.

—Quiero que me lo cuentes tú —lo señalé con dos toquecitos en el hombro.

—Kelsey, sigo tu contenido, es increíble —intentó desviar la atención hacia mis redes—. Siento el malentendido. Anica y yo solo nos estábamos liando, no pensábamos que habría nadie en casa.

—¿Cuál es tu nombre? —curioseé con un tono falsamente amable.

—David, aunque todos me llaman Dave.

—Entiendo. ¿Y cuántos años tienes, David?

—Dieciocho. ¿Por qué?

—Porque estoy pensando seriamente hasta qué punto puedo joderte la vida.

Se quedó blanco.

—¿Qué… qué estás diciendo?

—Que tengo dudas entre exponer tus hazañas en mis redes o enseñarle a tu polla, por las malas, el significado de «no es no».

—Ha sido un malentendido —balbuceó—. No iba a obligarla a hacer nada.

—Chantajearla para conseguir lo que quieres es obligarla, pequeño cabrón.

—Vale, vale, lo siento. No volverá a ocurrir. Pero no subas nada, por favor.

—Las disculpas no son para mí —señalé hacia la cama.

Anica seguía sin moverse. Se me encogió el corazón; parecía un cervatillo asustado.

—Lo siento, Anica. Te prometo que no volverá a pasar. Olvida todo lo que he dicho —miró hacia mí buscando aprobación.

Negué con la cabeza.

—No suena muy convincente —chasqueé la lengua—. Y no es suficiente.

—¿Qué más quieres, joder?

—Abre tus redes. Vas a subir un post explicando que no sabes tratar a las mujeres y que eres un pedazo de mierda, pero de los grandes.

—Estás loca. ¿Quieres que todo el mundo se ría de mí?

—Exactamente. Mira, David, tienes dos opciones: o lo subes tú y luego lo borras cuando salgas por esa puerta, o lo subo yo en vídeo y será un placer etiquetarte. Chantaje, ¿recuerdas? Justo lo que acabas de hacer con Anica.

—Eres una zorra —escupió mientras sacaba el móvil y empezaba a teclear lleno de rabia.

—Mide tus palabras. No querrás enfadarme más.

—¿Contenta? —me enseñó la publicación—. Ahora dame la ropa. Quiero irme y no volver a veros nunca más.

—Te acompañamos hasta la puerta. Vamos, Anica.

Caminé con la ropa en la mano y tuvo que seguirnos descalzo hasta el patio, donde estaban los contenedores de basura.

Necesitaba hacer algo para que Anica dejara de sentirse pequeña.

Nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a colocarla en ese lugar.

Yo ya había estado ahí y no iba a permitir que a ella le pasara lo mismo.

—Dame la puta ropa —intentó arrebatármela.

Negué despacio con el dedo.

—Como me entere de que vuelves a acercarte a Anica, no solo tendrás que vértelas conmigo. También con sus hermanos. Y te aseguro que no te irá bien.

Me giré hacia ella.

—Anica, ¿qué hacemos con la ropa? Tú decides.

La cogió de entre mis manos sin dudar y la lanzó a uno de los contenedores, de donde salió un olor intenso a pescado pasado.

—Ahí la tienes. Un placer conocerte. Espero que sigas disfrutando de mi contenido.

Pasé el brazo por encima de los hombros de Anica y nos quedamos mirando cómo rebuscaba entre la basura, maldiciendo mientras se vestía con aquella peste encima.

—¡Estáis locas, las dos! —gritó.

—Nos vemos en clase, imbécil —entonó ella, mucho más firme, antes de hacerle un corte de mangas y cerrar la puerta.

Las dos soltamos una carcajada. Anica se giró hacia mí y me abrazó con fuerza.

—Gracias, Kels, y perdóname. Lo siento mucho.

—Eh —le cogí el rostro entre las manos—. No es tu culpa. No has hecho nada malo. Ese tío era un capullo.

Suspiré.

—Lo único que no estuvo bien fue faltar a clase y apagar el teléfono. Amelia y yo estábamos muy preocupadas.

—Perdón —murmuró, bajando la cabeza.

—Venga, vamos dentro. Y me cuentas quién es ese tal David… Dave para los colegas.

Nos sentamos en la sala, en el suelo, frente a la chimenea, con una pizza abierta entre las dos.

Sí, pedí lo que Juraj llamaría comida basura y, sí, me salté sus normas, aunque la situación lo requería.

El brócoli no era buena compañía para los días grises.

En esos momentos solo funcionaban los alimentos tremendamente calóricos y obscenamente ricos.

No la presioné. Hablé de tonterías, de nada importante. Le di espacio. Era algo que había aprendido de Mia, no forzar. A veces solo hay que estar. No tenía un plan B, así que confié en eso.

Tardó casi lo mismo que nos llevó acabar de comer.

Cuando me senté en el sofá, ella se quedó en el suelo, entre mis piernas, mirando el fuego.

Igual que Juraj. Evitaba el contacto visual como si así le resultara más fácil decir las cosas.

Le solté el pelo y empecé a trenzarlo despacio.

No se me daba especialmente bien, pero era una forma de tocarla sin que se sintiera expuesta. Otro truco de Mia.

—Kels —dijo al cabo de un rato—. En unos meses voy a cumplir dieciocho años y no sé cómo se supone que tiene que comportarse alguien de mi edad.

No la interrumpí. Seguí jugando con su pelo.

—Vivo en un mundo en el que no encajo. Creo que el único lugar donde esa sensación desaparece es cuando juego al hockey. Supongo que en eso me parezco a Juraj. Ahí todo lo demás deja de existir. Solo estás tú y el hielo. Es… mágico.

Guardó silencio unos segundos.

—En Bratislava siempre estaba con mis hermanos.

Matej y yo no nos relacionábamos mucho con otros niños.

No íbamos a cumpleaños ni a jugar a casa de nadie.

Nuestro hogar era… difícil, ¿sabes? Mi madre estaba enferma, pero entonces no lo entendía.

Solo sabía que me daba miedo. Mi padre también, aunque era otro tipo de miedo.

Tragué saliva.

—Cuando murieron… suena horrible decirlo, pero nunca los lloré. Porque quien nos cuidaba era Juraj. Él era todo. Sin embargo, después nada fue mejor. Estuvimos en un centro de menores y con nuestra nueva tutora las cosas empeoraron. La unión que teníamos los cuatro empezó a romperse.

Respiró hondo.

—Andrej se perdió del todo. Siempre en líos, siempre mal.

Matej —esbozó una mueca—. Él se escudaba en que no había normas claras.

Creo que era su forma de huir. Juraj se estaba volviendo loco intentando sostenernos a todos y yo…

yo pasé a un segundo plano. Nadie reparaba en mí, así que seguí ahí, sin molestar.

Mis dedos no dejaron de moverse.

—Cuando Juraj entró en el draft y firmó con Seattle pensé que todo cambiaría.

Y sí, nuestra vida es mucho mejor ahora, aunque hay cosas que no regresaron.

Perdimos a Andrej del todo. Perdimos esa unión.

Fue un golpe enorme y cada uno lo llevó como pudo.

Juraj se culpa y desde entonces sus normas son asfixiantes.

Tiene miedo. Odia dejarnos solos, incluso con Amelia.

Hizo una pausa.

—Matej se ha vuelto rebelde. Yo también lo noto perdido, pero ya no habla conmigo.

En el instituto tiene su grupo. No le importa nadie; sin embargo, lo aceptan porque siempre está provocando.

Yo sigo siendo invisible. No tengo amigos, Kels.

Bueno, las chicas del hockey, aunque Juraj no nos deja traer a nadie a casa y yo tampoco voy a la de nadie.

En clase estoy sola. Hablo con gente de algunas actividades, pero están tan aislados como yo.

Su voz tembló un poco.

—Cuando corrió el rumor de que vivías con nosotros y que eras la novia de mi hermano, la gente empezó a mirarme. Matej se enfadó. Dijo que estaba mal usarte para encajar, que debía hacerlo por mí misma. Pero él no sabe lo que es que nadie te vea. Como si fuera tan fácil.

Cerré los ojos un instante.

—Así fue como empecé a ir con su grupo. Y me di cuenta de que no era como ellas. Hablaban de chicos, de drogas, de vomitar sin que sus padres se enteraran… Yo nunca me sentí tan fuera de lugar. Un bicho raro. Mentí en mil cosas. Asentía. Fingía.

El fuego chisporroteó.