Capítulo 24 #2
—Fui a su casa para romper con ella —empecé—. No aguantaba más la presión. Su madre me abrió y me informó de que estaba en su cuarto. Subí como siempre. Nunca fue un problema.
Hice una pausa breve.
—Estaba en la ducha. Escuché el agua correr. No le dije que estaba allí porque… no quería que intentara abrazarme, besarme, convencerme de que fuera al baño. Yo no iba a reconciliarme, iba a terminar algo.
La terapeuta asintió, sin interrumpirme.
—Di un par de vueltas por la habitación. Había fotos nuestras por todas partes. Me senté en la cama, muy nerviosa, y cogí su portátil. Estaba abierto. Tenía apuntes de clase. Los minimicé sin pensar y apareció una foto nuestra de fondo.
Bajé la mirada.
—Fui a documentos. Y vi carpetas. Muchas. Con mi nombre. Kels. Kelsey. Fechas. Lugares. Meses. Abrí algunas… y había fotos. Montones. No sabía que hubiera tantas.
Respiré hondo.
—A continuación, vi una carpeta que ponía «Kels fiesta». No recordaba ninguna fiesta con ella. La abrí. Había dos vídeos.
El silencio en la consulta se volvió más denso.
—El primero era el que se difundió en el instituto. El otro era más largo. Lo adelanté y vi el momento exacto en el que empujé a Ethan y salí de la habitación. Él cayó sobre la cama borracho. La puerta se abrió de nuevo y vi a Ellie entrar. Se acercó a la cámara. Y ahí se cortaba.
La terapeuta apoyó suavemente las manos sobre la mesa.
—¿Qué ocurrió después?
—Salió de la ducha. Me arrancó el portátil de las manos, aunque ya era tarde. Empecé a gritarle, a llorar. No podía creer que hubiera sido ella. Mi mejor amiga.
—Y tu pareja —añadió la terapeuta con suavidad.
—Sí. Eso también.
—¿Qué te dijo cuando la confrontaste?
—Que había ido a la fiesta para hacer las paces conmigo.
Que escuchó a unos chicos del equipo de baloncesto decir que habían puesto cámaras en las habitaciones.
Que alguien mencionó que Kane y yo estábamos en una.
Cuando me vio salir corriendo entró…, observó a Ethan inconsciente y robó la tarjeta «para ayudarme».
La terapeuta frunció ligeramente el ceño.
—Pero no fue así. ¿Con qué fin la utilizó realmente?
—Me confesó que vio la oportunidad de separarme de Kane. De ese grupo. Que nunca pensó que todo se saldría de control. Que después ya no pudo decir nada porque tenía miedo.
—¿Cómo te sentiste tú?
No tuve que pensarlo.
—Traicionada. Humillada. Como si, otra vez, yo no importara.
La terapeuta me observó unos segundos antes de preguntar:
—Kelsey, ¿por qué no denunciaste?
—Porque no habría servido de nada. Al día siguiente me advirtió en el instituto que no intentara nada contra ella. Que se había deshecho de cualquier dispositivo donde estuviera el vídeo.
—¿Fue entonces cuando te cortaste el pelo?
—Sí. Pero no fue solo por ella. Fue porque mi vida se volvió una pesadilla. Porque estaba sola. Porque quería huir y no podía. Porque no encajaba en ningún sitio. Y porque cuando me miré al espejo… odié a la persona que vi. Quise borrar esa imagen.
La terapeuta tomó nota.
—Quiero preguntarte algo importante —dijo después—. Me has hablado de dos relaciones en las que tengo la sensación de que no estabas enamorada. ¿Por qué estabas con ellos?
Sentí como el estómago se me revolvía de los nervios.
—Porque no quería estar sola.
—¿Has mantenido contacto físico con alguien solo para sentirte querida?
—Sí.
—¿Desde cuándo ocurre esto en tu vida?
Pensé en mi infancia. En los eventos constantes de mis padres. En los silencios en casa.
—Desde siempre.
—¿Cómo describirías tu nivel afectivo?
—Vacío. Como si siempre faltara algo.
—¿Practicas sexo por deseo… o para sentirte querida?
No pude sostenerle la mirada.
—Para sentirme querida.
La terapeuta cerró la carpeta despacio.
—Gracias por tu honestidad, Kelsey. Ahora voy a pedir que pase Mia.
Mia entró unos minutos después. Me dedicó una sonrisa tranquila. Se sentó a mi lado. La terapeuta le explicó brevemente lo que habíamos estado hablando y, poco después, propuso hacer una videollamada con mis padres.
Acepté sin pensarlo demasiado. En ese momento solo quería que alguien adulto dijera que lo que me pasaba tenía una explicación. La que fuera.
La pantalla se encendió y los mostró tal como eran: elegantes incluso después de un vuelo, comedidos, aunque visiblemente tensos. Escucharon con atención, interrumpieron en algunos momentos y negaron en otros. Resultaba evidente que el desarrollo de la conversación no les complacía.
—Por lo que he visto —explicó la terapeuta—, Kelsey presenta rasgos compatibles con un Trastorno Límite de la Personalidad: dificultades en la regulación emocional, miedo intenso al abandono, relaciones inestables, una autoimagen muy frágil…
Sentí cómo el corazón se me detenía.
—No significa que esté «rota» —continuó—, pero sí que necesita un marco claro, límites consistentes y acompañamiento constante. Es importante evitar reforzar conductas de dependencia emocional y trabajar en su autonomía afectiva.
«Autonomía afectiva».
La palabra me sonó enorme. Inalcanzable.
Mia me tomó la mano bajo la mesa, la apretó un poco, como recordándome que seguía ahí.
La terapeuta dio pautas, rutinas, límites, responsabilidades, espacio. Afecto, sí, pero controlado.
A mis padres no les gustó. Se notaba. Asintieron con rigidez, hicieron un par de preguntas prácticas y dieron por finalizada la llamada.
Salimos de la consulta en silencio.
Horas más tarde fue cuando abrí la cuenta en redes.
No porque tuviera un plan ni porque supiera lo que estaba haciendo. Simplemente necesitaba empezar de nuevo, un lugar donde nadie supiera quién era yo antes.
El primer vídeo lo grabé con Mia, en su habitación. Estábamos haciendo el tonto, sin más. Riéndonos de cualquier cosa, exagerando gestos, inventándonos una coreografía horrible. Yo decía tonterías, ella se burlaba de mí y las dos acabábamos riendo sin poder parar.
Lo subí casi sin pensarlo.
Y no sentí ansiedad. Yo estaba a salvo, detrás de una pantalla.
Ahí no había forma de confundir afectos. La gente miraba, comentaba, se reía…, pero no llegaba hasta mí. No podía hacerlo. Y yo tampoco tenía que acercarme a nadie.
Sin darme cuenta, empecé a construir una versión de mí que era fácil de querer. Siempre divertida. Siempre segura. Siempre con todo bajo control. Una Kelsey que parecía tenerlo todo claro.
Y esa Kelsey funcionaba.