Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

KELSEY

​ Seis años antes…

Todo estaba preparado para darnos un maratón de Stranger Things: comida salada, algo dulce, bebida, manta y sofá. Mia se acomodó en un extremo y yo en el otro, con todo desparramado entre las dos. Siempre me habían gustado esos momentos con ella, porque eran solo nuestros.

No llevábamos ni veinte minutos cuando la pantalla de mi móvil se iluminó.

Un mensaje de Ellie. No lo miré. No me hizo falta.

Sabía perfectamente qué diría. Intentaría convencerme de que nos viéramos.

Le había dejado claro que ese fin de semana era para Mia.

Era su cumpleaños y quería pasarlo con ella.

A Ellie no le había sentado nada bien. Decía que la excluíamos de los planes.

Primero, porque ellas dos no se soportaban demasiado.

Segundo, porque era algo nuestro. Y tercero —aunque no se lo dije— porque necesitaba respirar.

Últimamente Ellie era cada vez más demandante.

Quería que estuviéramos juntas todo el tiempo, en el instituto, fuera de él, los fines de semana.

Según ella, eso era lo normal en una pareja.

Después del incidente del vídeo filtrado, mi vida en el instituto se convirtió en un infierno.

La gente se volvió contra mí. Kane terminó abandonando el centro por un colapso nervioso; no aguantó las críticas ni las burlas y sus padres decidieron cambiarlo de instituto.

Mia insistió a los míos para que hicieran lo mismo conmigo, pero no quisieron.

Decían que era algo pasajero, que era el mejor centro.

A ellos solo les importaba con quién me relacionaba.

Así que me quedé. Aguantando la humillación.

Los insultos. Que me llamaran «zorra» por el vídeo, por haber «destrozado» a Kane, cuando habían sido ellos los que lo machacaron.

Todo el mundo me dio la espalda. Me hablaban solo cuando no tenían más remedio.

Fueron meses horribles. Una auténtica pesadilla.

Y, en medio de todo eso, Ellie no me abandonó. Nunca.

Con el paso del tiempo, una tarde en su casa, me besó.

Me confesó cuánto le importaba, que llevaba años enamorada de mí en silencio.

Entonces comprendí su actitud con Kane: estaba celosa.

No sé exactamente cuándo empezó nuestra relación.

Fue algo gradual. Día a día. Los besos, los abrazos, el sexo…

eran distintos a lo que había tenido con Kane.

Ni mejor ni peor. Solo distinto. Parte de lo que se suponía que venía incluido en una relación.

Lo que me gustaba de Ellie era que siempre me hacía sentir importante. Me decía cuánto me quería, que nadie me amaría como ella. Supongo que pensé que eso era amor.

Pero con el tiempo, algo empezó a cambiar.

Cuanto más intensa se volvía ella, más me apagaba yo.

Me sentía asfixiada. Incapaz de respirar.

Cuando estaba conmigo, sus manos, su boca…

siempre encima. Y cada vez que intentaba tomar un poco de distancia, discutíamos.

Que si ya no la quería igual, que si ella lo había dejado todo por mí cuando nadie más estuvo, que me eligió por encima de todo.

Y entonces me sentía horrible. Porque era verdad: sin ella, habría estado completamente sola. Y quizá no habría soportado todo aquello.

El móvil volvió a vibrar. Y otra vez. Y otra. Eso solo significaba una cosa: se estaba enfadando. Y cuando Ellie se enfadaba, perdía el control.

Mia seguía mirando el televisor, pero sabía que se estaba dando cuenta. A los pocos minutos empezó a llamar. Corté. Volvió a llamar. No iba a parar.

—Voy un momento al baño —mentí, poniéndome en pie.

Ella negó con la cabeza antes de pausar la serie.

En el baño abrí los mensajes. Todo eran reproches: que por qué no contestaba, que qué tan ocupada estaba para no atender a su novia, que era injusto, que la llamara, que me echaba de menos.

Me senté en el retrete y escribí:

Para ya. Te dije que iba a estar con Mia. Cuando me vaya a dormir te escribo. Pero no sigas. Dame un respiro.

Apagué el teléfono al instante. La conocía demasiado bien. No se iba a detener hasta tenerme enganchada.

Volví al salón, me senté y me tapé con la manta, depositando el móvil sobre la mesa. Mia me observó con preocupación.

—¿Va todo bien, Kels? —comentó con suavidad—. Si quieres hablar, estoy aquí. Ya lo sabes.

—Sí —mentí—. No es nada. Un trabajo de clase. Ellie necesitaba saber qué temas había tocado yo.

Era una mentira absurda. Ridícula. Aunque Mia no dijo nada. Simplemente reanudó la serie.

El episodio terminó y, antes de poner el siguiente, empezamos a teorizar como siempre. Nos encantaba destripar series, inventar predicciones, hacer apuestas absurdas.

Entonces sonó el timbre.

Nos miramos desconcertadas. No habíamos pedido nada. Nadie venía nunca sin avisar.

—Voy yo —me levanté. El corazón me latía fuerte. Rogaba que no fuera Ellie.

Cuando miré por el visor, se me cayó el mundo encima.

No le abrí. Salí yo directamente, muerta de vergüenza por Mia. Al llegar al portón respiré hondo un par de veces antes de abrir.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, con la mano aún en la puerta, bloqueando la entrada sin darme cuenta.

—¿Por qué has apagado el teléfono? —gritó—. ¿Qué ocultas?

—Basta, Ellie. Para un poco. Me tienes agobiada. Solo te pedí un fin de semana para estar con Mia por su cumpleaños.

—No me gusta que pases tanto tiempo con ella. Quiere separarnos. Desde que sabe que estamos juntas, no me deja dormir aquí. Siempre encuentra una excusa con esa voz de mosquita muerta. No va a parar hasta conseguirlo.

—Eso no es verdad. Mia no es así. Te estás inventando cosas y nos estás haciendo daño a las dos.

—¿Ves? —replicó—. Ya te ha puesto en mi contra.

—Estás fatal. No quiero seguir discutiendo. Hoy no.

—Ahora soy tu novia, Kels. No voy a estar en segundo plano como cuando estabas con Kane. Tienes que elegir entre Mia y yo.

—No puedes hablar en serio. Vete. Cálmate.

—No me voy hasta que me digas que me eliges a mí. Yo lo hice por ti.

—¡Yo no te lo pedí! —estallé—. Y estoy cansada de que me eches en cara todo lo que haces.

No me pongas en ese lugar. Mia ha sido como una madre para mí.

La única persona que estuvo siempre, incluso cuando mis padres dejaron de pagarle.

Nunca me abandonó. Nunca me pidió nada a cambio.

Así que contra ella no vayas. Porque siempre vas a perder.

Cerré la puerta de golpe y corrí escaleras arriba, llorando.

No tardaron en oírse unos golpes suaves. La puerta se abrió despacio. Mia entró, se sentó a mi lado y me abrazó sin decir una sola palabra.

—¿Qué pasa, pequeña? —susurró sin dejar de acunarme—. Háblame. No te guardes eso que te pesa.

—Todo está mal con Ellie —confesé al fin, con la voz destrozada—.

Es… demasiado celosa. Siento que me falta el aire.

Acabamos de discutir y tengo la sensación constante de que no me deja espacio, de que tengo que pensar y hacer lo que ella quiere.

—Aparté la cara un segundo antes de mirarla—. ¿Y lo que yo quiero?

—¿Y qué es lo que quieres tú, Kels?

—Que me quieran, aunque no así. Y cada vez que intento explicarle cómo me siento, me recuerda todo lo que ha hecho por mí. Que me eligió cuando todos me dieron la espalda. Que también es un blanco fácil en el instituto por mi culpa.

Mia suspiró despacio.

—Ay, cielo… Eres muy joven todavía, pero lo que Ellie dice sentir por ti no es amor.

Es obsesión. Cuando amas a alguien no lo atas, no lo ahogas.

Lo quieres desde la libertad. Lo apoyas, creces con él.

No hay reproches ni facturas emocionales.

Nadie echa nada en cara porque lo que se da, se da de verdad, no esperando algo a cambio.

—¿Eso existe de verdad? —pregunté en voz baja.

—Claro que existe. Y debería existir en cualquier relación: pareja, amistad, familia…

—se quedó en silencio un instante al decir «familia», y entendí que ahí estaba la raíz de todo—.

Kelsey, lo que tú sientes por Ellie tampoco es amor.

Es agradecimiento. Y eso no es justo. Ni para ella ni para ti.

Una relación no se sostiene solo con eso.

—No sé exactamente lo que siento —admití—, pero no quiero quedarme sola, Mia.

—Cariño, no estás sola. Yo estoy aquí. Y a veces tomar distancia de alguien que no nos hace bien es una forma de cuidarnos. Además —sonrió con tristeza—, yo también estoy sola, y no es tan terrible. Aprendes mucho sobre ti.

—Tú no estás sola —repetí casi sus mismas palabras—. Me tienes a mí, y te quiero con todo mi corazón.

Levanté el meñique y ella lo enganchó al mío, como cuando era pequeña.

Nos quedamos abrazadas un buen rato. Mi cabeza no paraba de darle vueltas a todo: a sus palabras, a mi relación con Ellie, a lo claro que empezaba a ver que aquello no era sano.

Pensé en la universidad, en sus planes de estudiar juntas en Los Ángeles, en cómo ella daba por hecho cosas que yo nunca había prometido.

Lo que no sabía era que yo había cambiado de decisión en el último momento.

Fuera donde fuera aceptada, no sería allí.

—Mañana hablaré con ella. Voy a romper. Sé que es tu cumpleaños, pero no quiero alargarlo más. Con las clases será peor.

—No te preocupes. Lo importante es que tú estés bien.

—Pero podemos celebrarlo hoy. Tenemos todo el día… y la noche. A las doce soplamos las velas.

—Me encanta el plan —sonrió, tirando de mí—. Vamos, arriba. Que así no celebramos nada.

***

—Cuéntame cómo fue el momento en el que descubriste la traición de Ellie —pidió la terapeuta desde el otro lado de la mesa.

La consulta era sobria. Una librería de castaño oscuro ocupaba toda la pared detrás de ella, repleta de libros subrayados, carpetas bien alineadas y algún objeto decorativo demasiado perfecto como para ser casual. Todo transmitía orden, control y seguridad.

Respiré profundo.