Capítulo 23 #2
—Tómatelo en serio —protesté, aunque sonreí—. Owen me dijo que me ama solo a mí, que se dio cuenta tarde, pero que quiere luchar por nosotros. Que lo intentemos. Incluso habló de mudarse a Seattle.
—¿Quééé? Espera… ¿Owen te dijo todo eso y se te olvidó? Joder, Kels. ¿Y ahora qué vas a hacer?
—No lo sé. Me propuso vernos en un evento de après-ski en Francia. Y, sinceramente, no sé qué hacer. Estoy trabajando con los Rift, aunque moverme con otros influencers ayudaría a mis redes y el dinero me vendría bien.
—¿Y Owen?
—Eso es lo que más miedo me da. Tengo pánico a confundirme, a elegir mal y volver al mismo sitio de siempre.
—Eso solo lo puedes decidir tú. Si necesitas ir y despejar dudas, yo me encargo de todo aquí.
Una semana sin ti sobreviviré —bromeó—, aunque te vamos a echar mucho de menos.
En serio, Kels, no tienes que elegir entre los Rift y tus redes.
Podemos hacer que todo funcione. Si River puede con trabajo, tres hijos y un marido demandante, esto es pan comido.
—Me lo pensaré. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero. Y recuerda que siempre puedes contar conmigo y con todos. Y Jordan…, lo acabará entendiendo. Solo intenta protegerte; en el fondo se ve reflejada en ti.
Llevé el teléfono a la barbilla y di unos golpecitos distraídos contra la encimera. Entonces sentí algo firme y caliente a mi espalda. Y ese olor. Cerré los ojos por pura inercia. Cuando los abrí, unos brazos me rodearon lo justo para alcanzar la jarra y llenar el vaso. Su boca se acercó a mi oído.
—Lo que te sacó de la cama debe de ser muy importante, teniendo en cuenta que a ti siempre se te pegan las sábanas.
Juraj se inclinó un poco más. Sus labios rozaron mi mejilla y el móvil se me resbaló de las manos, torpe, traicionero. Noté su pecho moverse, como si se riera en silencio. Me giré para mirarlo. Grave error.
Estaba bebiendo. Me quedé embobada viendo cómo su nuez subía y bajaba.
Ridícula. ¿Por qué era tan condenadamente atractivo?
¿Por qué tenía ese efecto sobre mí, como si encendiera algo por dentro con solo su presencia?
Cuando retiró el vaso, sus labios estaban húmedos.
«Joder», pensé, y me invadió un impulso absurdo de secarlos con los míos.
Depositó el vaso en el mármol y apoyó las manos a ambos lados de mi cuerpo. El espacio se redujo, como siempre que estaba cerca.
—Eh… yo… —me rasqué la nuca, nerviosa—. Tenía que atender una llamada de Mischa y no quería molestar a nadie.
—Pero tu amiga no es la razón por la que huiste de mi cama anoche, ¿o sí? —se acercó aún más. Respirar empezaba a ser una tarea complicada.
—No, yo… —volví a llevarme los dedos a la nuca, ese gesto automático que me calmaba—. Escuché cuando llegaron tus hermanos. Fui a comprobar que todo estaba bien. Estuvimos charlando un rato y después me retiré a mi habitación. Dormías profundamente y no quise despertarte.
—¿Sabes qué? No te creo.
Rozó su nariz con la mía. Mentirle era inútil. Si había alguien capaz de leerme sin esfuerzo, era él.
—Creo que te asustaste.
—No —respondí demasiado rápido. Sin darme cuenta, mis manos acabaron apoyadas en su pecho. «¿Qué haces, Kels?» Sus ojos siguieron el movimiento y, a continuación, volvieron a los míos. Me aclaré la garganta y las aparté—. Quiero decir… no fue por ti.
—¿Ah, no? —cuestionó, divertido, intentando disimular una sonrisa—. ¿Entonces por qué?
Abrí la boca varias veces sin emitir nada coherente. Decir la verdad no era una opción. «Hola, Juraj, me he enamorado de ti». Solo pensarlo hizo que el corazón me golpeara las costillas.
—Como veo que esta mañana no estás muy habladora —comentó al final—, quizá podamos retomar esta conversación esta noche. Porque nos va a tocar dormir juntos —se acercó de nuevo a mi oído—. Y esta vez no pienso compartir cama con el maldito Jones.
Cogió otra vez el vaso y me miró, como si fuera a provocarme de nuevo. Me adelanté antes de que pudiera hacerlo.
—No voy a viajar con el equipo —lancé—. La llamada de Mischa era por eso. Tengo que quedarme. Hay un tema pendiente en el club: reuniones con la liga, entrevistas atrasadas, el asunto del patrocinador nuevo…
Se apartó. No mucho, pero lo suficiente para que el cambio se notara. Alzó las cejas y dio otro trago al agua. Esta vez el gesto fue brusco, casi tenso.
—Huye todo lo que quieras, pero no llegarás muy lejos. Vivimos y trabajamos bajo el mismo techo. Sea lo que sea que te pase, no podrás esconderlo para siempre.
Abandonó el vaso sobre la encimera y se marchó sin mirar atrás.
—Mierda… —bramé, soltando todo el aire de golpe mientras me apoyaba contra el mármol, con el corazón aún desbocado.
***
Colgué el teléfono furiosa y, en cuanto se cerraron las puertas del ascensor, solté un gruñido mientras apretaba los puños.
Literalmente me había quedado sin abogado.
El muy cínico había insistido, con voz calmada y condescendiente, en que lo más sensato era no seguir adelante con la investigación, dejar las cosas como estaban y evitar remover el pasado para «no perjudicarme más».
Según él, intentar limpiar mi nombre y desvincularme de los delitos de mis padres era una pérdida de tiempo y de dinero.
¿En qué cabeza cabía algo así? ¿Cómo alguien que se supone que vela por tus intereses te propone rendirte?
No. Ni de coña. Yo no tenía nada que ver con aquella productora, ni con sus delitos financieros, ni con estafas, ni con nada de esa basura.
Si había una mancha, no era mía, y no pensaba cargar con ella por comodidad ajena.
Él insistía en que no llegaría a ningún sitio, que no había pruebas suficientes, que lo mejor era pasar página.
La única pérdida real había sido contratarlo.
En meses no había movido un dedo: ni una gestión, ni un avance.
Cada vez estaba más convencida de que la abogada de mis padres había metido mano.
Seguramente lo compraron. Todo cuadraba demasiado bien.
Así que se lo dije claro. Sin rodeos. Las palabras exactas fueron:
—Tus servicios finalizan aquí.
Intentó replicar, pero colgué antes de que pudiera seguir.
Volvió a llamar. Una vez. Dos. Lo bloqueé.
Estaba cansada de callarme, de tragar, de ser correcta y educada para no incomodar a nadie.
Harta de ser la chica fácil de manejar, la que sonríe y asiente para gustar y encajar.
¿Para qué? Para que nadie estuviera ahí cuando de verdad importaba.
—Oh, Dios… —murmuré, dándome un par de suaves cabezazos contra la pared metálica del ascensor.
El subidón de valentía se evaporó rápido, dejando sitio al vértigo.
Estaba jodida. Sin abogado y sin dinero para empezar de cero.
Mia ya lo había perdido todo por ayudarme y ahora…
¿qué? ¿Volver a depender de alguien? ¿De amigos?
Siempre rescatada por otros, como si no supiera cuidarme sola. El pensamiento me dio náuseas.
El ascensor se detuvo con un clic y las puertas se abrieron. Frente a mí, Zoey.
Genial. Justo lo que necesitaba.
—Qué sorpresa —ironizó ella, con esa sonrisa sarcástica que tanto odiaba—. ¿Tú por aquí?
«No me provoques. Hoy no», pensé, apretando la carpeta contra el pecho y el móvil en la mano.
—¿Ya se cansó Novák? —añadió—. Debe de ser complicado para él tenerte siempre rondando.
«Idiota. Lo complicado es verte a ti la cara».
—Con el tiempo lo conocerás mejor —continuó, disfrutando cada palabra—. Se aburre rápido, necesita cambiar. No te lo tomes como algo personal. Lo hace con todas.
Solté una risa breve, seca.
—Siento que tu experiencia fuera tan corta… y tan triste —respondí—. Una lástima quedarse solo con una noche de sexo y no conocer nada más. Pero tranquila, por mí no te preocupes. Yo estoy muy satisfecha con lo nuestro.
La expresión «lo nuestro» sonó muy extraña. No era una relación al uso, era un acuerdo, sí, pero seguía siendo un vínculo, ¿no?
—Así que te recomiendo que te sientes —añadí— y disfrutes viendo lo que no tuviste ni vas a tener.
Se quedó muda. No esperaba eso. Desde que entré en los Rift había tenido que aguantar sus comentarios, sus miradas y su abuso de poder cuando mi situación —y la de Mia— era delicada. Ya había tenido suficiente.
Pasé a su lado dando por zanjado el intercambio, pero no se detuvo.
—A él no le importas —vociferó a mi espalda—. Está contigo porque su situación en los Rift es complicada y necesita lavar su imagen. Cuando no le sirvas, te desechará como a todas. No eres especial, «princesa».
Me detuve en seco. Giré despacio.
—No pongas esa cara —siguió—. Lo he oído llamarte así y no sonaba precisamente dulce.
Me acerqué hasta quedar frente a ella.
—No sé cómo definir tu obsesión. Tal vez preocupante. Por cierto, ¿tu pareja… cómo era? —chasqueé la lengua—. Ah, sí. Henry Johnson. ¿Sabe de tu interés por Juraj?
El calor se le subió al rostro. Me di la vuelta antes de que pudiera contraatacar.
—Ten cuidado —me lanzó—. No abras una guerra que no puedes ganar.
—No hay enemigo pequeño —rebatí sin girarme.
Juro que sonreí. No callarse era liberador.
Abrí la puerta de mi despacho justo cuando el teléfono sonó. El nombre de Amelia hizo que se me encogiera el estómago. Tenía el día libre, estaba arreglando papeles de inmigración, algo rutinario. Los chicos estaban en clase. Todo debía de estar en orden.
—¡Kelsey! —exclamó, al borde del llanto—. Gracias a Dios que contestas. Estoy desesperada. Acaban de llamar del centro de estudios de Anica… no ha ido a clase. Ella nunca hace esto, es muy responsable. Estoy en la oficina de inmigración, me toca ahora y no sé qué hacer.
Se me erizó la piel al pensar en Juraj.
—Tranquila —forcé un tono de calma—. No te muevas de ahí. Yo me encargo.
—Si le pasa algo, mi muchacho se muere.
—No digas eso. La vamos a encontrar, pero necesito que me ayudes. Mándame contactos: padres, amigos, compañeras de hockey, lugares donde suela ir. Todo sirve.
—Sí, sí, ahora mismo. Te aviso cuando termine aquí.
Colgué sin despedirme y marqué el número de Anica mientras recogía mis cosas a toda prisa. Sonó. Una vez. Dos. Nada.
—Joder —murmuré—. ¿En qué estás pensando, Anica?
Y eché a correr.