Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

JURAJ

​ Nueve años antes…

La noticia llegó casi un año después de la huida de mi padre. Para entonces ya nos habíamos acostumbrado a vivir sin hacer preguntas, a aceptar que en nuestra casa nada era estable y que el silencio era una forma de protección.

Lo encontraron en el sur de Italia, cerca de un puerto pequeño.

Había usado documentación falsa; sin embargo, no fue suficiente.

Al final alguien unió los puntos y el nombre real salió a la superficie.

Era él. De Levi no se supo nada. No apareció ningún cuerpo ni hubo confirmación alguna.

Vivo o muerto, quedó en el aire, como tantas otras cosas.

En Bratislava nadie había sospechado nada durante meses.

Mi padre siempre había viajado por trabajo y su ausencia no resultaba extraña.

Cuando en el colegio preguntaban, Vera se presentaba.

Sabía qué decir y cuándo hacerlo. Hablaba de problemas familiares, de viajes imprevistos, de una situación temporal. Nadie indagaba más.

La prima que oficialmente debía «cuidarnos» simplemente desapareció. Vera ocupó su lugar. Pagaba las facturas, firmaba autorizaciones, respondía llamadas. Durante un tiempo logramos sostener toda esa farsa y tapar lo que no debía verse.

Aunque, cuando mi padre murió, todo salió a la luz.

Servicios sociales apareció una mañana. Recuerdo el tono educado, las preguntas estudiadas, la forma en que miraban la casa.

Matej no soltaba la mano de Anica. Andrej hacía un esfuerzo visible por no llorar.

Yo respondía como podía, con la sensación de estar hablando de una familia que no terminaba de reconocer como la mía.

Ese mismo día nos llevaron a un centro de menores. Habitaciones impersonales, normas pegadas en las paredes, camas alineadas. No fue el lugar lo que más dolió, sino la incertidumbre. No sabíamos si nos separarían, si aquello era temporal o si ya no volveríamos a estar juntos.

Andrej se vino abajo.

Matej se encerró en sí mismo.

Anica lloraba asustada por las noches.

Yo me limité a aguantar.

Vera no se fue.

Siguió viniendo, habló con quien tuvo que hablar y presentó todo lo que le pidieron.

Decía que quería hacerse cargo de nosotros porque ya lo había hecho antes, aunque nadie lo hubiera visto.

El proceso fue largo. Hubo entrevistas, informes, visitas.

Dudaron, y era lógico que lo hicieran: cuatro niños, una madre muerta, un padre encontrado sin vida en otro país y una historia llena de huecos.

Al final aceptaron.

Volvimos a casa con ella.

Nada sería como antes, pero al menos seguíamos juntos. Habría condiciones, supervisión y controles. Y allí estábamos los cuatro, sentados en la sala, frente a Vera y a Cole.

—Chicos, a partir de ahora todo va a ser distinto —explicó Vera mientras tomaba asiento en la mesita de café—. Estamos en el punto de mira. Cualquier error y todo esto se vendrá abajo, y entonces no podré hacer nada por vosotros.

Nos miró uno a uno, deteniéndose al final en su hijo. Fue el único que no asintió.

—No podemos dar un solo paso en falso. ¿Lo entendéis?

—Haremos lo que haga falta —respondió Andrej sin dudar—. No pueden separarnos.

—Bien. Lo primero es que me mudaré a esta casa. Tiene que haber un adulto aquí en todo momento. Además, la mía está en venta.

La miré, desconcertado. Aquello no lo había mencionado antes. Pero también era cierto que, cuando venía a vernos, nunca hablábamos de su vida. Todo giraba en torno a nosotros, a cómo íbamos a salir adelante. Fue Cole quien rompió el silencio.

—¿Qué estás diciendo, mamá? ¿Te has vuelto loca? Me prometiste que nos iríamos a Estados Unidos. En dos meses empiezo la universidad allí.

Nos señaló con desprecio.

—Y ahora tiras todo por la borda por ellos. No son tus hijos. Tu hijo soy yo.

Decir que «empezaba» la universidad era generoso.

Cole tenía veintiún años y apenas había aprobado dos asignaturas de Medicina.

Medicina. Siempre me había resultado irónico: era la persona menos empática que conocía.

Durante años pensé que la había elegido por pura competencia, porque su padre insistía en que yo sería médico y uno bueno.

No como él, decía. Quizá por eso Cole nunca terminó de encajar.

Lo último que supe era que iba a cambiarse a una relacionada con el mundo empresarial, aunque no tenía ni idea de que se marcharía del país.

—Cole, escúchame —intentó Vera.

—No —la interrumpió—. Me aseguraste que esto sería temporal. Sacarlos del centro, nada más. No jugar a las casitas con ellos.

Vera se levantó. Caminó hacia él con esa elegancia casi automática. Le colocó las manos en los hombros y, como si tuviera un interruptor, Cole se tranquilizó.

—No te he mentido. Es temporal. Pero no puedo abandonarlos y mirar hacia otro lado. Los he visto nacer. Si tú estuvieras en su lugar, me habría gustado que alguien hiciera lo mismo por ti.

—No —negó, dolido.

—Nuestros planes no cambian —continuó ella—. Solo tomarán otro camino.

—¿Qué camino? —preguntó él, desconfiado.

—Empezarás la universidad como estaba previsto. Aunque yo no iré contigo por ahora. Cuando todo esté en orden aquí, me reuniré contigo en Seattle.

—No lo acepto.

—Vas a tener que hacerlo —su voz se volvió fría, firme—. No tienes otra opción. A menos que quieras quedarte en esta casa, rodeado de rumores sobre tu padre. Tienes la oportunidad de empezar de cero en un sitio donde nadie te conozca. No la desperdicies.

—Esto no te lo voy a perdonar —se apartó—. No eres mejor que papá. Él siempre los prefería a ellos. Y tú también.

Salió dando un portazo.

Vera soltó el aire despacio. A continuación, recompuso el gesto, nos sonrió y volvió a sentarse como si nada.

—¿Por dónde íbamos?

Nos miramos los cuatro, descolocados. Entonces hablé.

—Cole tiene razón —dije—. No tienes por qué hacer esto. Él es tu familia. Si vuestro plan era marcharos, no deberías renunciar a él.

—Cielo —me apretó la pierna con suavidad—. Cole es adulto. No puede vivir siempre bajo mi ala. Si en algo tenía razón Levi es en que lo protegí demasiado. Ahora le toca volar. Aunque hoy lo vea como una traición, algún día lo entenderá.

Hizo una pausa.

—Y a vosotros no voy a abandonaros. Ahora también sois mi familia.

Abrió los brazos.

—Un abrazo colectivo, chicos.

Andrej fue el primero en levantarse.

—Gracias, Vera —murmuró—. Eres la mejor.

Anica y Matej me miraron, esperando una señal. Asentí y se unieron al abrazo. Yo fui el último. No me salía de forma natural. No era gratitud lo que sentía, sino una deuda, y eso siempre me había incomodado. Odiaba sentir que alguien tenía poder suficiente para obligarme a algo que no quería.

Cuando finalmente me acerqué, Vera apoyó la mejilla en la mía y susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo:

—Ya no estás solo. Vamos a sacar esta casa adelante. Yo cuidaré de ti.

***

Solté el asa de la bolsa y la dejé caer al suelo sin cuidado. Cerré la puerta detrás de mí y me quité la chaqueta mientras el ruido del televisor —o, más bien, de la consola— me aporreaba los oídos. Ese sonido rápido, repetitivo y cargado de disparos.

No tuve que avanzar mucho para confirmarlo.

Matej estaba sentado en el suelo, demasiado cerca de la pantalla, con la espalda encorvada y los hombros tensos.

Jugaba en línea, completamente absorto, con los dedos moviéndose a toda velocidad.

Sobre la mesita había restos de chocolate, envoltorios arrugados y una lata de Coca-Cola a medio vaciar.

Sentí cómo algo me quemaba el pecho.

Me planté delante del televisor y apagué la consola sin decir una palabra. La imagen se desvaneció de golpe.

—¡¿Qué haces?! —gritó—. ¡Quedábamos solo otro superviviente y yo! ¡Lo iba a machacar! ¡Por tu culpa he perdido!

—Me importa una mierda el juego, Matej —le respondí, con la voz ya dura—. ¿Has hecho los deberes?

Silencio.

No me miró. Tenía la cabeza baja, balanceando ligeramente el cuerpo. Siempre igual: incapaz de mantener la atención, saltando de una cosa a otra, viviendo con la cabeza en mil sitios menos en el que debía. Si algo le llamaba la atención, el resto del mundo dejaba de existir.

—Te he hecho una pregunta —subí el tono—. ¡Responde!

—No… —murmuró al fin—. Pensaba hacerlos después de cenar.

—Hemos hablado de esto mil veces. Los deberes son lo primero. Y tampoco puedes tomar azúcar ni cafeína antes de dormir.

Se encogió de hombros, nervioso.

—Pasa ahora mismo a tu cuarto y ponte con los deberes —ordené—. Y como sigas así, te juro que me cargo la puñetera Play.

—Uf, me tienes harto —protestó, lanzando el mando contra el sofá antes de marcharse.

Me quedé quieto unos segundos, respirando hondo. Odiaba gritarle. Me dolía convertirme en ese hermano que solo da órdenes y pone castigos. Ojalá pudiera ser el cómplice, el que se sienta a su lado y se ríe con él. Sin embargo, no podía. No con todo yéndose a pique.

Vera no hacía más que consentirlos. No sabía si lo hacía para ganarse su cariño o simplemente para que no la molestaran, pero aquello era un desastre.

Matej no dormía, al día siguiente se caía de sueño en clase y ya habían llamado varias veces del colegio.

Y no podíamos permitirnos más avisos con los servicios sociales todavía rondando.

—Hola, cielo —saludó Vera, apareciendo desde la cocina—. ¿Qué tal el entrenamiento? Hoy llegaste antes.

Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Me tensé. Me incomodaban esas muestras de cariño, sobre todo viniendo de alguien que no fueran mis hermanos. Y ella insistía una y otra vez, como si quisiera ocupar un lugar que no le pertenecía.

—¿Qué es esto? —señalé la mesita—. Mi hermano no puede tomar estas cosas. No le hacen bien.

—Fue una excepción —aclaró, cogiendo la lata y dejándola otra vez en su sitio—. Solo un sorbo. No pasa nada. Relájate un poco, Juraj. Son niños.

—No me relajo —solté—. No puede tomar eso y punto. No se lo vuelvas a dar.

—Vale, tranquilo. No volverá a suceder.

No sonó convencida.

—¿Dónde está Anica?

—Bañándose.

—¿Y Andrej?

—Ha salido a dar una vuelta con unos amigos.

—¿Le has dejado salir con esa gente? —pregunté—. ¿No viste cómo volvió la última vez?

Todo iba cuesta abajo. Y yo no podía más.

Pero si había alguien que de verdad me quitaba el sueño era Andrej.

Desde la muerte de mi madre se había hundido.

En el centro de menores estaba apagado, casi invisible.

Y más tarde, con la llegada de Vera, algo cambió, aunque no para bien.

Se volvió más seguro, sí, pero también más imprudente.

Se juntó con gente complicada. Primero fueron las borracheras.

Después el tabaco. A continuación, la hierba.

No había cumplido ni trece años y ya había probado más cosas que yo siendo mayor.

—Me ha prometido que se portará bien —aseguró Vera—. Dice que son compañeros de clase.

—Genial —ironicé—. Y tú le creíste.

Me dirigí hacia la entrada y cogí la chaqueta.

—La cena casi está —me sujetó del brazo—. ¿Adónde vas?

—A buscar a mi puto hermano —reconocí, soltándome—. Antes de que no sepa ni cómo volver a casa.

La imagen de la última vez apareció en mi cabeza: Andrej tirado en la puerta por un coche que arrancó sin mirar atrás. Perdido. Borracho. Demasiado pequeño para todo aquello.

Bratislava de noche siempre me había parecido hostil; sin embargo, aquella noche lo era todavía más.

Fui primero al parque donde se reunían los chavales mayores, con los bancos llenos de latas aplastadas y botellas rotas. Miré uno por uno, con el corazón acelerado. Nada. Seguí andando. Cada paso me ponía más nervioso. Pensaba en lo pequeño que era todavía, en lo fácil que era perderse ahí fuera.

Crucé varias calles y me metí por zonas que no me gustaban nada: portales oscuros, bares con la música demasiado alta, gente apoyada en las paredes fumando.

Lo encontré en un descampado cerca de unos edificios medio abandonados. Risas fuertes, voces arrastradas. Cuando lo vi, me quedé quieto, como si el cuerpo no me respondiera.

Andrej estaba sentado en un banco, con una botella en la mano y un porro entre los dedos. Una chica estaba prácticamente encima de él, besándole el cuello, riéndose, fingiendo ser más mayor de lo que era.

—¿Pero qué cojones haces? —me salió solo.

Todos se giraron. El ambiente cambió de golpe. Andrej me miró con fastidio, como si yo fuera una molestia.

—Joder, Juraj… ¿qué haces aquí?

—Te vienes a casa. Ahora.

Uno de los chicos se rio; otro dio un paso al frente.

—Relájate, tío. No pasa nada.

—No te metas —le advertí—. Esto no va contigo.

Me empujaron. Yo empujé de vuelta. No sé en qué momento empezaron los golpes. Solo recuerdo manos, insultos, el ruido de un puñetazo, el ardor en la cara. Estaba fuera de mí. No pensaba, solo reaccionaba.

—¡Para! —gritó Andrej, apartándome—. ¡Me estás dejando fatal delante de todos!

—¿Fatal? —le grité—. ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?

—¡No eres mi padre! —me chilló—. ¡Déjame en paz!

No llegó a decir nada más. Se dobló de repente y empezó a vomitar allí mismo, el alcohol saliéndole a borbotones. Lo agarré del brazo y lo levanté como pude.

—Nos vamos.

Protestó, me insultó, pero apenas podía tenerse en pie. Lo llevé casi arrastrando hasta casa. Cuando entramos, lo metí directo en el baño. Abrí la ducha y puse el agua fría sin avisar. Gritó, intentó apartarse, pero no cedí.

—Espabila —le dije—. Espabila de una puñetera vez.

Cuando por fin lo saqué de allí, empapado y temblando, lo llevé a su cuarto y lo empujé sobre la cama.

—Mañana hablaremos —le advertí—. Ahora duérmete.

Al girarme vi a Matej y Anica en la puerta de mi habitación. Seguían durmiendo conmigo y se habían despertado con el ruido. Me miraban asustados.

—A la cama. Todo está bien.

No lo estaba, pero obedecieron.

Bajé las escaleras con rabia, de dos en dos. Vera estaba en el salón. No pude contenerme.

—¿Sabes dónde estaba? ¿Sabes lo que estaba haciendo?

—Juraj, cálmate…

—No —la interrumpí—. No puedes dejarle salir así. No puedes hacer como si no pasara nada. No son niños normales. Todos en esta casa estamos jodidos de la puta cabeza. ¿Entiendes eso?

Me miró sorprendida, quizá por primera vez. Yo tenía las manos temblando.

—Si algo les pasa —añadí, con la voz desgarrada—, no me lo voy a perdonar nunca.

Me di la vuelta sin esperar respuesta. Aquella noche comprendí que, aunque hubiera adultos alrededor, al final seguía estando solo. Y que cuidar de mis hermanos iba a ser más duro de lo que jamás imaginé.