Capítulo 21 #2
—Shh —llevé mis dedos a sus labios. Definitivamente, una pésima idea. Aun así, no los retiré—. Juraj, quiero hacerlo, pero me da miedo. No es por ti, sino porque dormir juntos es algo muy íntimo, como bien dijiste en Aspen.
—Lo sé —envolvió mi mano y la apretó contra su pecho—. Para mí esto también es nuevo. Nunca he dormido con nadie que no fueran mis hermanos.
Abrí los ojos.
—¿Sorprendida? —añadió—. Muchas veces las cosas no son lo que parecen.
—Bueno, yo tampoco voy por ahí durmiendo con cualquiera —aclaré—, pero no me esperaba que tú, con todo tu bagaje, no lo hicieras.
—Princesa —soltó una ligera carcajada—. Digamos que las camas cumplían otro tipo de función.
—¿Y por qué conmigo sí quieres hacerlo? Espera, ya sé la respuesta. Porque no follamos.
—Podría escudarme en eso, sí. Pero la verdad es que no lo sé. ¿Y tú? ¿Por qué aceptaste?
—Tampoco lo sé.
—Entonces, ¿qué hacemos con tantas incógnitas? —su cuerpo se acercó un poco más al mío. Nuestros pies se enredaron. Con la mano libre tiró del edredón y nos cubrió a los dos.
—No lo sé —repetí. Ambos sonreímos en la oscuridad.
—Kelsey, te estás mordiendo el labio —señaló de pronto—. Solo haces eso cuando estás muy concentrada en algo. ¿Qué sucede?
Ese comentario me dejó completamente descolocada.
Era un gesto que pasaba desapercibido para todo el mundo, excepto para mí. Muchas veces incluso acababa haciéndome sangre.
—Me gustaría preguntarte algo. Cuando te fuiste, Vera Davenport estuvo hablando conmigo.
Sentí cómo su mano se cerraba alrededor de la mía.
—¿Qué te dijo? —preguntó, y el nerviosismo se le notó en la nuez al tragar.
—Poca cosa, aparte de contarme con cuántas mujeres habías estado dentro de los Rift. Dijo que todas se fueron por tu culpa, que la única que seguía allí era Zoey y que yo solo era otro número más en tu lista.
Apretó con más fuerza. Se dio cuenta, aflojó el agarre y tensó la mandíbula.
—Maldita mujer —bramó, con la respiración acelerada—. No, Kelsey. No eres un puto número. Ni lo fue ninguna de las personas con las que estuve. Esa mentalidad arcaica me revuelve el estómago. He estado con mujeres, sí. Igual que ellas conmigo. Nos apetecía. Punto. No hay nada más que explicar.
—Como lo que tú y yo tuvimos en Aspen —sostuve, y me dolió incluso pronunciarlo.
Se giró boca arriba, frustrado.
—Joder, no sé qué decirte.
—No hace falta. Ese día ya me dejaste claro lo que era y yo lo acepté.
—¡Mierda! —volvió a girarse hacia mí—. No, no fue así. Ese día intenté que todo fuera como siempre, pero no lo conseguí. Me involucré más de lo habitual, perdí el control, y eso no me pasa nunca.
»La última vez que estuvimos juntos no se pareció a nada anterior. Jamás había besado a alguien así ni me había quedado horas en silencio abrazando a nadie.
»No sé qué demonios es todo esto —señaló el espacio entre nosotros—. Estás en mi cama, y no porque quiera follarte, que obviamente quiero, sino porque me gusta tenerte cerca. Tu presencia me exaspera, me sacas de quicio, eres un incordio monumental y, aun así, me calmas. Contigo puedo respirar.
El corazón me latía desbocado. No esperaba esas palabras. Quise decirle que para mí Aspen fue mucho más que sexo. Que los besos en la casa de la piscina de Jordan habían sido los más intensos de mi vida. Que me moría por volver a perderme en sus labios, por sentir el peso de su cuerpo sobre el mío.
Pero no podía; al fin y al cabo, todo aquello tenía fecha de caducidad.
—No quiero que vuelvas a acercarte a Vera Davenport —continuó—.
Ni a Zoey. Con esta última estuve un par de veces cuando llegué al equipo, pero se obsesionó.
Y, con cada chica con la que yo estaba, ella se encargaba de acosarlas hasta que dimitían.
No se fueron por mi culpa. ¿Por qué lo harían si sabían exactamente lo que ofrecía?
De pronto, todo encajó. Recordé aquella conversación en el despacho de Davenport, las miradas tensas, las palabras cómplices. El presidente de los Rift estaba al tanto del asunto.
—Mantente fuera de su radar —concluyó—. Son peligrosas las dos.
—Juraj, ¿qué pasa con Vera Davenport y su hijo Cole?
—indagué con cuidado—. En la fiesta de Nathan te pusiste muy tenso al verlos.
En el coche te dio un ataque de ansiedad.
Hoy estabas fuera de ti. Nunca te había visto así.
Y ella no parecía intimidada en absoluto.
Al contrario, daba la sensación de que jugaba contigo.
Se separó por completo. Sus pies, que no se habían alejado de los míos en ningún momento, se apartaron. Se tumbó boca arriba.
—No me gustan —aclaró con frialdad—. No solo le están haciendo la vida imposible a Davenport. Cole ha hecho daño a mis amigos. River estuvo en peligro por su culpa.
—¿Y Vera?
—Es suficiente, Kelsey.
—Lo siento. No pretendía incomodarte.
Me giré, dejando un espacio frío entre los dos. Escuché cómo se movía, rebuscaba en la mesilla. A continuación, se acercó e ingirió una golosina de melatonina.
—¿Qué te parece si probamos a ver si estos ositos hacen su magia? Voy a necesitar toda la ayuda posible.
Sonreí. Era su forma de acercarse. De pedir tregua.
Juraj tenía su propio lenguaje y yo empezaba a entenderlo.
—¿Te importa si te abrazo? —preguntó a mi espalda.
No respondí.
Tomé su brazo y lo coloqué alrededor de mi cintura, entrelazando nuestros dedos. Pegó su pecho a mi espalda. Su cabeza acabó en mi almohada. Sus pies volvieron a buscar los míos.
Cerré los ojos y me dejé envolver por aquella sensación nueva.
Cálida.
Real.
Hermosa.
E increíblemente aterradora. Tan aterradora como la confesión que vino después.
—Vera fue nuestra tutora.