Capítulo 21
KELSEY
Llevábamos ya un buen rato en mi habitación.
Casi había terminado con las tenacillas y estaba deshaciendo las ondas de su bonito pelo rubio, tan parecido al de su mellizo.
Anica era la única con los ojos azules. Matej y Juraj los tenían color avellana, los de él más oscuros, como su cabello castaño.
Una sonrisa involuntaria se me escapó. Siempre que pensaba en Juraj acababa así, como una boba.
—Guau, qué guapa estoy —murmuró Anica, tocándose el pelo—. Gracias, Kels, eres la mejor.
—Todavía no hemos terminado —me coloqué entre el tocador y la silla y empecé a maquillarle el rostro.
Guardó silencio unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Kels, mi hermano está bien, ¿verdad? No me mientas, por favor. Vi cómo se agarraba el pecho. Mi madre también lo hacía, decía que le latía muy rápido.
Los ojos se me humedecieron, pero ella los tenía cerrados, y eso me dio un pequeño respiro.
—Anica, no puedo imaginar por lo que pasasteis —reconocí con suavidad—, pero a Juraj no le va a suceder lo mismo que a tu madre.
Le estaba asegurando algo que ni yo misma sabía. Pero había algo incuestionable: aquellos ataques eran devastadores…
—Mi hermano a veces es un gruñón —continuó—, pero es bueno. Cuando quiere, lo hace de verdad y lo da todo. Siempre antepone a los demás. Sé que sus reglas son asfixiantes, aunque lo hace porque tiene miedo, porque cree que así nos protege, como cuando éramos niños.
Hizo una breve pausa.
—Siempre se sintió responsable por la muerte de Andrej, porque no pudo salvarlo. Desde entonces se volcó aún más en Matej y en mí.
Respiré hondo. Cuanto más escuchaba, más entendía al hombre que tenía delante cada día. No al jugador distante ni al tipo arrogante de aquella piscina, sino al hermano que había crecido demasiado rápido.
—Nunca tuvo a nadie que cuidara de él —añadió—.
Por eso, cuando te veo a su lado, me alegro.
Desde que estás aquí está cambiando. Es como si estuviéramos recuperando al hermano que perdimos con la muerte de Andrej —abrió los ojos y me sujetó la mano—.
Kels, aunque a veces sea un idiota, no lo dejes.
Aquellas palabras me tocaron muy adentro. No podía prometerle algo así. Había un acuerdo. Una fecha de caducidad. Fin. Solo de pensarlo se me erizaba la piel.
Me giré para coger el rímel, buscando tiempo, pero entonces escuchamos voces en el pasillo. Juraj y Matej.
—Hablo muy en serio, Matej. Cuida de tu hermana y os quiero aquí a la hora acordada. No me decepciones. ¿Puedes contestarme cuando te hablo?
—No te lo mereces —contraatacó Matej con la voz cargada de rabia—.
Cuando yo te pedía que me contestaras, no solo no lo hiciste, sino que te encerraste en tu cuarto, igual que lo hizo ella.
Siempre dijiste que las puertas debían estar abiertas…
pues sorpresa: el primero en incumplir una de tus malditas normas fuiste tú.
Matej seguía alterado por lo ocurrido con su hermano; aún se reflejaba la desesperación que había tenido momentos antes, cuando intentaba forzar la cerradura con el destornillador.
—Mierda, se van a enfrascar en una discusión —indicó Anica, poniéndose en pie—. Son iguales.
La seguí y, cuando abrimos la puerta, nos quedamos paralizadas ante la imagen.
—Lo siento, ¿vale? —Juraj tiró de su hermano hacia él.
Matej se resistió un segundo, aunque al final cedió y se dejó abrazar.
—No vuelvas a hacer eso —murmuró, aferrándose a su hermano mayor—. No puedo perderte. A ti no.
Anica corrió hacia ellos y se unió al abrazo.
No pude evitarlo. Las lágrimas brotaron sin permiso y me las sequé con el dorso de la mano, emocionada. Cuando volví a mirarlos, Juraj y Anica habían dejado un hueco. Él alzó la vista hacia mí y asintió despacio.
Era la señal que necesitaba.
Me acerqué y me metí en aquel abrazo familiar. Y entonces todo dentro de mí se desordenó. Era cálido, sincero, protector.
Aquello era familia. Amor de verdad. El tipo de amor que no pide nada a cambio, que simplemente te hace sentir parte de ello.
—Venga, venga, chicos, tenéis una fiesta —apremió Juraj, rompiendo aquel momento tan cargado de emoción. Lo hizo a propósito, intentando encubrir lo que sentía—. Empiezo a arrepentirme de haberos dejado ir, así que yo de vosotros movería el culo.
Lo dijo en broma, aunque con ese deje autoritario tan suyo.
Los mellizos se dispersaron entre risas para coger sus cosas y, cuando por fin nos quedamos solos, me di cuenta de que Juraj aún tenía el brazo apoyado sobre mis hombros.
Mis ojos se deslizaron hasta su mano. Él siguió el mismo recorrido y los dos reaccionamos al instante, separándonos con una torpeza bastante cómica.
—Voy a acompañarlos —me aclaré la garganta—. Y, además, te he comprado algo. Creo que es el momento de dártelo. Así que, por favor, señor Novák —señalé hacia la habitación—, retírese a descansar. Ahora subo.
—Hoy está usted muy mandona, señorita Marlow —arqueó una ceja.
—¿Algún problema con eso? —me planté con los brazos en jarras y ladeé la cabeza, incapaz de borrar la sonrisa.
Se acercó despacio. Su rostro quedó a unos centímetros del mío y su nariz rozó la mía en un gesto suave, casi provocador.
—Ninguno —murmuró—. Creo que podría acostumbrarme a sus impertinencias.
Le di un pequeño golpe en el pecho, justo cuando escuché a los chicos salir. Anica se despidió de su hermano con un beso rápido y Matej levantó la mano en un gesto seco. Ellos dos tenían una forma muy particular, y bastante extraña, de demostrarse cariño.
Cuando la puerta se cerró, me refugié en la cocina.
Saqué todo el arsenal de productos naturales que había ido reuniendo: infusiones para la ansiedad, suplementos, gominolas calmantes, pastillas de origen vegetal.
Herví el agua, preparé una de las infusiones y coloqué el resto con cuidado en una bandeja.
Mientras subía las escaleras, el pánico empezó a apoderarse de mí. Se iba a enfadar. Seguro. Y, siendo sincera, tenía motivos: me estaba entrometiendo más de la cuenta.
Al llegar a su puerta, la encontré entreabierta. Me quedé paralizada. Dudé. Estuve a punto de darme la vuelta, arrepentida, cuando su voz sonó desde el interior de la habitación.
—¿Vas a pasar o vas a quedarte ahí escoltando mi puerta?
«Mierda. Tarde. Muy tarde, Kelsey».
—Sorpresa —levanté un poco la bandeja.
Sus ojos se abrieron. Estaba recostado sobre la cama, pero se incorporó hasta quedar sentado. La camiseta blanca se le arrugó sobre el abdomen, marcando cada línea y dejando entrever la V que se perdía bajo la cintura de los pantalones.
—¿Se puede saber qué traes ahí?
«Ahí vamos», pensé.
Me senté a la altura de su cadera y deposité la bandeja sobre la mesita. Él fue cogiendo una cajita tras otra, observándome con atención.
—¿Esta es mi sorpresa? —preguntó, enseñándome el frasco de gominolas.
Asentí y, de pronto, me sentí ridícula.
—Ay, Dios. Cuando lo compré me pareció buena idea.
Asumí que, ya que no puedes tomar medicación, quizá esto te ayudaría un poco.
Cogí todo lo que me pareció interesante y, como eres tan grande, supuse que necesitarías más que una persona normal.
Y no te preocupes, nadie sabe que existen.
Bueno, Amelia sí, aunque piensa que son para mí.
—Así que mi asistenta piensa que tienes cierta… afición por las hierbas relajantes —expuso, levantando una ceja.
Me tapé la cara con las manos, muerta de vergüenza.
«Genial, Kelsey».
Juraj se inclinó hacia delante y apartó con cuidado mis manos. Abrí los ojos esperando burla o enfado.
—Gracias.
—¿Has dicho «gracias»?
—Sí. ¿Por qué te sorprende?
—No sé. Pensé que te ibas a enfadar.
—¿Por qué haría eso? —consultó con suavidad—. Te has tomado la molestia de perder tu tiempo comprando todo esto pensando en mí.
«Sí, en ti», repetí mentalmente.
—No estoy acostumbrado. Y es agradable.
La palabra me calentó el pecho mientras lo miraba como una idiota.
—Kelsey, ¿estás bien?
—Sí. Perdona.
—A ver por dónde empiezo —cogió la infusión y le dio un trago—. No está mal.
—¿No?
—No. Incluso podría compartirla contigo; tengo hierba de sobra —bromeó.
Me arrancó una carcajada.
—En serio, gracias —continuó—. No quiero que te hagas ilusiones. Dudo que esto funcione, aunque lo probaré. Prometido.
Froté mis manos antes de ponerme en pie. Estaba demasiado cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo o quizá era el mío el que ardía con su proximidad.
—Bueno, como veo que estás bien, te dejo descansar. Si te encuentras mal, llámame. O golpea la pared; estoy justo al otro lado.
—Kelsey —dijo de pronto—. Estaba pensando que podrías quedarte a dormir aquí.
—¿Contigo?
—Sí.
—¿En la misma cama?
—Sí.
—Oh.
—No me malinterpretes —se apresuró—. Hablo de dormir. No sé por qué, pero cuando estás cerca me siento más tranquilo. Me transmites seguridad y hoy ha sido un día de mierda.
—Lo entiendo, pero creo que no es buena idea.
—Estás temblando —observó—. Tienes miedo. Es por lo del hombro, ¿verdad? Te asusta que pueda hacerte daño dormido o durante uno de mis ataques.
—No, no es eso.
—Perdona —interrumpió, bajando la mirada—. No debí pedírtelo. Descansa. Vete tranquila. Te aviso si ocurre algo.
Mentía.
Obviamente no iba a avisarme de nada. Creía que le tenía miedo a él. Y no.
Era a mí a quien temía.
A lo que me provocaba tenerlo tan cerca.
A cómo se me aceleraba el corazón, a la falta de aire, a esas mariposas constantes en el estómago que no sabía cómo hacerlas desaparecer.
—Apaga la luz al salir, por favor —pidió al tumbarse de lado, dándome la espalda.
Obedecí. Pulsé el interruptor.
Aunque mi mano nunca llegó a la manilla de la puerta.
Ni mis pies salieron de la habitación.
En lugar de eso, se desplazaron hasta el otro lado de la cama.
Tomé una bocanada de aire y me recosté a su lado, girándome hacia él. Quedamos frente a frente. La luz tenue que entraba desde la terraza nos iluminaba lo justo para distinguir cada rasgo, cada línea de su rostro.
—No tienes que hacerlo —susurró.