Capítulo 20
JURAJ
Diez años antes…
El funeral fue católico. En Eslovaquia casi todos lo eran, aunque nadie se detuviera a pensar si la persona que entierran creía realmente en algo. El ataúd estaba cerrado y me alegré de que así fuera. No necesitaba verla para saber que ya no estaba.
Matej y Anica se colocaron a cada lado de mí. Me abrazaban sin llorar, rígidos, como si no supieran qué se suponía que debían hacer. Yo miraba el ataúd y no sentía nada. Ni tristeza ni rabia. Solo vacío. El vacío de unos padres ausentes.
Todo empezó a desmoronarse en casa después del aborto.
No de golpe, sino poco a poco. Mis padres discutían cada vez más.
Mi madre empezó a tomar pastillas para la depresión.
A veces seguía el tratamiento; otras lo abandonaba.
Y mi padre, cuando las encontraba, se las quitaba.
Creía que así la ayudaba. Pensaba que exageraba, que tenía que reaccionar, que no podía rendirse.
Un día dejó de levantarse de la cama y de comer si no la obligábamos. Teníamos que asearla nosotros. Darle la comida en la boca. Hablarle aunque no respondiera. Andrej fue quien más se ocupó de ella. No se separaba. Dormía a su lado. Era un niño cuidando de una mujer que ya no estaba del todo allí.
El día que murió yo tenía un partido importante. Vera llevó a mis hermanos a verme jugar. Mi madre se quedó sola en casa. Aprovechó ese momento. Se encerró en su habitación, atrancó la puerta con muebles y se tomó todas las pastillas que tenía.
Cuando conseguimos abrir, ya era demasiado tarde.
No dejó ninguna nota. Ni una palabra para nosotros. Nada. Como si no hubiéramos significado nada para ella. O como si solo hubiéramos sido su castigo.
Durante la ceremonia, Andrej no paraba de llorar.
Estaba sentado entre mi padre y mi hermana.
Mi padre le apretaba el brazo, pidiéndole que se controlara, aunque Andrej no podía.
Lloraba por esa madre que nunca fue madre, pero a la que él cuidó, protegió y quiso con una intensidad que quizá ella no merecía. O quizá sí. Nunca supe qué pensar.
Cuando se llevaron el ataúd para enterrarlo, Andrej se levantó y se lanzó hacia él.
Lo abrazó con desesperación. Me acerqué a él.
Mi padre intentó detenerme, pero no lo permití.
Lo abracé. Matej y Anica corrieron hacia nosotros y se unieron al abrazo.
Fue un momento que desgarró a todos, aunque duró poco.
Mi padre fue el siguiente en acercarse, más por obligación que por dolor. Andrej, fuera de sí, lo empujó y gritó delante de todos:
—Tú la mataste.
La bofetada sonó en toda la iglesia, cruel.
Andrej salió corriendo. Yo fui detrás; los mellizos también. Por mi madre ya no se podía hacer nada; sin embargo, por mi hermano sí. Él era mi prioridad.
Cuando lo alcanzamos, volvió a derrumbarse.
—Lo odio —bramó entre sollozos—. Lo odio. Ojalá se muera.
Tenía solamente doce malditos años.
Desde lejos, los cuatro abrazados, vimos cómo enterraban a mi madre. Andrej se despidió. Los mellizos no entendían qué estaba pasando. Yo no hice nada.
Mi despedida había sido mucho antes.
El día en que algo se rompió para siempre en aquel hospital.
El día en que no solo abortó, sino que también nos rechazó a todos.
***
La puerta de mi habitación se entreabrió y la suave luz del pasillo se coló, iluminando los rostros de los mellizos, que dormían en colchones tirados en el suelo. La figura de mi padre apareció por la rendija. Negó con la cabeza al verlos allí y me hizo un gesto con la mano para que saliera.
Andrej dormía en mi cama. Después de horas llorando, el cansancio había podido con él. Me incorporé con cuidado, esquivando los cuerpos pequeños de mis hermanos, y salí sin hacer ruido.
Miré alrededor. La puerta del dormitorio de mis padres estaba abierta, aunque él no estaba allí.
Bajé las escaleras y, nada más llegar a la planta inferior, vi las maletas en la entrada.
Dos maletas y una bolsa. El corazón me dio un vuelco, lleno de rabia.
Acabábamos de enterrar a su mujer y ya se iba otra vez.
No es que esperara nada de él, pero mis hermanos sí lo necesitaban. Y, aun así, nunca estaba.
Lo encontré en su despacho, guardando papeles a toda prisa en un maletín. Varias carpetas ardían en la chimenea. Aquello no era normal.
—¿Qué está pasando? —indagué—. ¿Te vas?
No respondió. Seguía revolviendo documentos.
Me acerqué y lo empujé.
—¿Te vas? —repetí.
—Juraj, hijo, no tenemos tiempo para esto —comunicó sin mirarme—. Estoy metido en problemas. Levi y yo tenemos que desaparecer durante un tiempo.
—¿Un tiempo? ¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? —sentí la voz temblarme—. Ahí arriba hay niños pequeños que acaban de perder a su madre. Están destrozados. No puedes largarte así.
Me sujetó por los hombros.
—Los dos sabemos que nunca fui un buen padre. Que me quede o me vaya no va a cambiar nada. Ellos te tienen a ti y sé que lo harás bien.
—Vete a la mierda —lo empujé—. Soy menor. ¿Te has parado a pensar cuánto tardarán en intervenir los servicios sociales?
—Eso no va a pasar —aseguró—. Serán solo unos meses, te lo prometo. Vera y mi prima se encargarán de vosotros. Y, si hacéis las cosas bien, ninguna administración se dará cuenta. Mis problemas son con otra gente. Gente que, créeme, no quiere que salte ninguna alarma.
Abrió un armario del despacho. Tenía un doble fondo. Sacó un papel con números y me lo tendió.
—Memorízalo y deshazte de él.
Tecleó el código y la caja fuerte se abrió. Dentro había montones de dinero. Guardó parte en la maleta. Yo me aparté, observando la escena desde lejos. Creo que fue la primera vez que entendí de verdad que mi padre y su socio americano estaban metidos en algo turbio. Algo serio.
—Aquí hay dinero suficiente para que estéis bien, pero no te preocupes por las facturas. Mi prima tiene instrucciones y fondos para que esta casa funcione a la perfección.
«Perfección», repetí para mí. Nada funcionaba allí. Nosotros no funcionábamos. Solo sobrevivíamos. Aquella palabra no solo estaba lejos de la realidad; era un insulto.
—No voy a ensuciar a mis hermanos ni a mí con ese dinero —aseguré—. No sé de dónde ha salido, pero está claro que no lo has ganado de forma honrada.
Cerró la caja fuerte y soltó una risa cínica. Me miró fijamente.
—Chaval, te aconsejo que la dignidad la dejes a un lado. Todos tenemos un precio. Cuando la vida te aprieta, vendes tu alma hasta al mismísimo demonio. Si quieres mantener a tus hermanos unidos, ya sabes dónde está la solución.
Señaló el papel arrugado que aún tenía en la mano.
Salió del despacho. Lo seguí. Cogió las maletas y cerró la puerta de la casa sin mirar atrás. Me acerqué a la ventana. Un coche lo esperaba fuera. Juraría que Levi iba dentro.
Y así se fue.
Me apoyé contra la pared y golpeé la cabeza dos veces, sin fuerza, asustado, pensando en todo lo que se nos venía encima. En lo solos que estábamos.
De pronto sentí unos brazos rodeándome y unos sollozos estrangulados. Matej. Lo abracé con fuerza.
Fue en ese momento cuando noté un pinchazo en la pierna. Bajé la mirada. El marco que estaba en la escalera, con una foto familiar, ahora estaba en sus manos.
—¿Qué haces con eso? —intenté cogerlo; sin embargo, Matej lo apartó con un gesto brusco. Salió corriendo hacia el despacho y lo lanzó al fuego. El cristal estalló casi al instante. La madera empezó a arder, reflejando las llamas en nuestros rostros.
—¿Por qué has hecho eso? —lo giré para que me mirara. Se secaba las lágrimas con los antebrazos.
—Porque no somos una familia. Nunca lo fuimos. Ellos nunca nos quisieron.
—Sí lo somos —aseguré—. Nosotros cuatro somos una familia, Matej. No lo olvides.
Negó con la cabeza.
—Hasta que tú también te marches y nos dejes. Porque eso va a pasar.
—Escúchame —le agarré la cara con las manos—. Jamás os voy a abandonar. Jamás.
—No vas a poder cumplirlo —susurró—. Nos van a separar. Nunca volveremos a vernos.
—Eh, no. No vuelvas a decir eso —mi voz se quebró, aunque proseguí—. Haré lo imposible para que no pase. No va a ser fácil, pero ¿qué lo ha sido alguna vez? Vamos a poder con esto. Con esto y con lo que venga. Yo no me voy a rendir. ¿Tú sí?
Negó y volvió a abrazarme.
—Te quiero, Juraj.
—Yo también te quiero.
Sentí las lágrimas a punto de salir, pero no podía venirme abajo. No delante de ellos. Tenía que ser fuerte. Por mí. Por ellos.
—Venga, vamos a la cama. Tenemos que descansar.
Lo cogí de la mano y subimos las escaleras. Mis ojos se detuvieron en el hueco vacío de la pared donde antes colgaba la foto. La pared parecía más blanca, más limpia. Como si aquella imagen nunca hubiera estado allí. Como si nuestra vida tampoco.
—Mierda —murmuré.
Andrej no estaba en mi cama. Miré hacia el dormitorio de mi madre. La puerta, que antes había quedado abierta, ahora estaba cerrada.
—Matej —me giré hacia él—, necesito que me ayudes. Quédate con Anica. No queremos que se despierte sola y se asuste. Yo voy a ocuparme de Andrej, ¿vale? Está muy mal por mamá.
Asintió, serio. Demasiado serio para su edad.
—Yo me encargo.
Cerré la puerta cuando se tumbó junto a nuestra hermana y me dirigí al dormitorio de mi madre. Al abrir, su olor me invadió de lleno. La oscuridad lo envolvía todo. Encendí una pequeña luz, como si eso pudiera cambiar algo de lo que sucedió allí.
Andrej estaba en la cama, abrazado a la almohada, llorando desconsoladamente.
El pecho se me encogió. Me faltaba el aire. Sentí pánico. Un miedo profundo y paralizante. No iba a poder con todo aquello. Era demasiado.
—Juraj —habló sin mirarme—, si vienes a convencerme de que salga de aquí, pierdes el tiempo. Me voy a quedar. A papá no le va a importar. He visto que se iba de viaje otra vez.
«No es un viaje», pensé. «Esto es peor».
Pero Andrej no estaba preparado para saberlo. No todavía.
Di un par de pasos y miré el hueco que había quedado en la cama. El lugar de mi madre. No pude tumbarme allí. Me fue imposible. Así que me senté en el suelo, apoyé la espalda contra el colchón y estiré el brazo para acariciarlo.
—No he venido para eso —admití—. He venido para estar contigo. No voy a dejarte solo.
—Duele —sollozó—. Duele mucho.
No intenté consolarlo. No dije frases vacías. No prometí nada. Solo me quedé allí, dejando que llorara.
Y, por un momento, lo envidié.
Porque yo también quería llorar. Gritar. Romper algo. Sacar todo lo que me estaba carcomiendo por dentro.
Pero alguien tenía que sostenerse en pie.
Y ese alguien era yo.