Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Sus dedos delinearon con sumo cuidado el hombro que antes había aprisionado y apoyó su frente contra la mía.

—¿Te duele? —murmuró, con el aliento rozándome el rostro, mezclado con el agua que caía sobre nosotros.

Negué, con la respiración entrecortada.

—Lo siento muchísimo. Nunca te haría daño de manera consciente. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —afirmé, mientras mis manos apresaban sus muñecas. No para apartarlo, sino para sostenerme.

Continuó por mis brazos y después por mi espalda. Sentí su pecho pegado al mío. Me habría gustado poder ver su rostro, pero era imposible con aquel río de espuma que no cesaba.

Sus manos descendieron hasta mi trasero. Sentí el calor de sus dedos colarse bajo mis vaqueros y, antes de retirarse, apretó mis nalgas con firmeza, pegándome aún más a su cuerpo. Se me escapó un pequeño sonido que le arrancó un gruñido bajo.

Siguió bajando por mis piernas, agachándose frente a mí. Su aliento chocó contra mi ombligo y me erizó la piel por completo. Tuve que apoyarme en sus hombros para no perder el equilibrio.

Mi cuerpo temblaba.

Y me odié por ello.

No sabía en qué maldito momento había pasado de estar enfadada a jodidamente excitada.

Jordan tenía razón. Cuando ese hombre estaba cerca, yo dejaba de actuar de forma coherente. No pensaba. Mi mente se nublaba.

Sus manos ascendieron de nuevo. Sus dedos rozaron mi abdomen y tuve que morderme el labio. Siguió subiendo, cerca de mis pechos, pero sin llegar a tocarlos, y sentí una punzada de decepción. Me habría gustado que calmara mis pezones, endurecidos por su contacto.

Regresó a mi cabeza y esta vez aclaró el jabón. Cuando sentí que solo era agua lo que me recorría, abrí los ojos.

Los suyos me observaban con las pupilas muy dilatadas. Su respiración era agitada; su pecho subía y bajaba con fuerza.

Tiró de mi cintura y me envolvió con un brazo. Con la mano libre apartó mi pelo del cuello y bajó la cabeza.

—Mucho mejor —murmuró.

Olfateó mi piel y recorrió mi cuello con los labios. Mis brazos lo rodearon por la cintura; mis manos descendieron hasta su trasero, rozando esos glúteos espectaculares.

Su boca comenzó a ascender despacio. Cuando levanté la vista, me encontré con sus ojos fijos en los míos, atentos, contenidos, mientras el agua seguía cayendo sobre nosotros. Acercó sus labios a los míos y los rozó, lo justo para que notara el contacto y, al mismo tiempo, la ausencia.

Se apretó contra mi cuerpo sin darse cuenta —o quizá siendo demasiado consciente— y su erección chocó contra mi abdomen. El gesto me arrancó un gemido que no pude controlar. Entreabrí los labios, respirando hondo, sintiendo cómo mi cuerpo reaccionaba antes de que mi cabeza pudiera ordenar nada.

«Dios».

Aquello era una tortura. Dulce, intensa y muy caliente.

Pum. Pum. Pum.

Los golpes en la puerta del baño nos hicieron cerrar los ojos. Apoyamos las frentes un instante antes de separarnos.

Juraj cortó el agua. Salí de la ducha y me envolví en una toalla que se empapó enseguida sobre la ropa mojada.

Cuando abrí la puerta, Anica estaba al otro lado. Nos observó un segundo con los ojos muy abiertos y después estalló en carcajadas.

—Perdón —carraspeó, intentando recomponerse mientras centraba la atención en su hermano, que se cubría el torso con una toalla y llevaba los pantalones deportivos empapados—.

He venido a ver cómo estabas, pero está claro que la ducha te ha sentado de maravilla —añadió, incapaz de ocultar la sonrisa—.

Y también te he traído un poco de sopa con una pastilla.

—Gracias, me siento mejor —aseguró él.

Anica se giró para marcharse; sin embargo, se detuvo de golpe y nos señaló con gesto incrédulo.

—¿Se puede saber por qué os habéis duchado vestidos?

Y, bueno, algo de razón tenía. La gente solía ducharse desnuda. Si decía que nunca en mi vida me había visto envuelta en situaciones más surrealistas que las que había vivido con el Thor del hielo, no mentiría. Con Juraj, todo era un completo absurdo.

—Cállate, enana —gruñó él, lanzándole la toalla a la cara.

Anica desvió la mirada de su hermano hacia mí, esperando una explicación. No necesariamente lógica, pero una explicación, al menos.

—Tu hermano estaba un poco inestable y lo ayudé a sostenerse —dije. «Más bien la desestabilizada era yo con sus manos en mi cuerpo», pensé—. Y, en cuanto a la ropa, sería bastante incómodo estar desnudos siendo amigos.

—Ja —se partió de risa—. Kels, lo de la amistad cuéntaselo a lo que mi hermano tiene entre las piernas, porque, por cómo está, diría que no te ve precisamente como amiga.

Rojo. Ese debía de ser el color exacto de mi cara. No necesité mirar donde señalaba; podía hacerme una idea bastante clara de la situación.

—Lárgate, niña —gruñó Juraj—. No me provoques, que puedo cambiar de opinión con lo de la fiesta.

—Eso es abuso de autoridad.

—Es lo que hay, así que cierra la boca.

—Eres insoportable —bufó ella… y me arrancó una carcajada. Volvían a su estado habitual, hasta que añadió—: No sé cómo una tía tan enrollada como Kels puede aguantar a un rancio como tú.

—Voy a contar hasta diez. Como no saques el culo de aquí, olvídate de salir. Uno…, dos…,

—Kels, necesito que me ayudes a prepararme para la fiesta.

—¿Qué? —Juraj paró de contar—. Anica, deja de tocarme las narices. No necesitas ponerte como un árbol de Navidad lleno de luces LED.

—Si fuera por ti, iría con una bolsa de papel en la cabeza y me encerrarías aquí para siempre.

—No me des ideas.

—¡Ya está, parad los dos! —intervine antes de que aquel ping-pong no tuviera fin—. Juraj, cámbiate de ropa y tómate la sopa. Anica, acompáñame a mi cuarto; vamos a ponerte todavía más guapa para esa fiesta —le lancé una mirada de advertencia al eslovaco—. Y tú, cierra la boca.

Por primera vez, desde que estaba en esa casa, me sentí parte de su familia. Era agradable. Me gustaba esa sensación. Y más cuando vi que él esbozaba una leve sonrisa…, sonrisa al fin.

Oculté la mía bajando la cabeza y cerré la puerta tras de mí.