Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

KELSEY

Me sorprendió el silencio al abrir la puerta de casa. Los mellizos solían revolotear por la planta baja mientras Amelia cocinaba, salvo cuando ella ya se había ido y Juraj estaba al mando, algo bastante probable después de haber abandonado el estadio tan enfadado.

Me quité el abrigo y colgué el bolso cuando escuché las voces alteradas de los mellizos.

Supuse que seguían con la discusión de aquella mañana, durante el desayuno, cuando le habían pedido permiso a Juraj para ir a una fiesta y él se había negado.

Entendía que quisiera protegerlos, que se preocupara por ellos, pero aislarlos del mundo, impedirles enfrentarse a la vida como cualquier otro joven, no era la solución.

Subí las escaleras preparada para presenciar otra guerra fraternal. Porque aquellos tres, que se querían con locura, parecían incapaces de ceder: Juraj con sus normas estrictas, Anica en pleno modo rebelde, Matej provocador por naturaleza.

Pero al llegar al pasillo me encontré con una escena que no esperaba.

Los mellizos estaban frente a la puerta del dormitorio de Juraj. Anica la golpeaba con fuerza mientras las lágrimas le corrían por el rostro. Matej, con un destornillador en la mano, intentaba forzar la cerradura.

Corrí hacia ellos, alarmada.

—Chicos, ¿qué está pasando?

—Kels… —Anica se lanzó a mis brazos, temblando—. Juraj llegó a casa muy mal. Se tambaleaba, se agarraba el pecho… Se encerró y ahora no responde. A mi hermano le pasa algo.

Matej volvió a golpear la puerta y, frustrado, lanzó el destornillador al suelo.

—Hay que romperla. Esto no se abre y no sé dónde está la maldita tarjeta de las puertas exteriores.

Entonces lo recordé: la había dejado en mi habitación.

—Escuchadme los dos —dije con firmeza—. Voy a entrar. La tarjeta la tengo yo. Vosotros vais a quedaros aquí hasta que abra esta puerta.

—¡No! —protestó Matej, rompiendo a llorar—. En Bratislava una puerta no se abrió a tiempo y mi madre murió al otro lado. Ella se encerró. Hizo lo mismo que él.

«Oh, Dios mío».

Estaban aterrados. Y yo temí que Juraj estuviera sufriendo un ataque de ansiedad, algo que no quería que ellos presenciaran.

—Matej —me agaché frente a él—, esto no es Bratislava y Juraj no es tu madre. Confía en mí. Dame solo cinco minutos. Nada más.

Asintió, aunque con dificultad.

—El tiempo está corriendo —apuntó, señalando el reloj.

Anica se abrazó a él y Matej la rodeó con los brazos. Aquella imagen me partió el alma.

Entré en mi cuarto, abrí la puerta que daba a la terraza sin molestarme en cerrarla y, con la tarjeta, accedí a la habitación de Juraj.

Y allí lo vi.

Hecho un ovillo en el suelo, a los pies de la cama.

Me senté a su lado y traté de apartarle las manos del rostro.

—Juraj, por favor… soy Kels. Tus hermanos están al otro lado de la puerta, muy preocupados. Yo también lo estoy. Mírame.

Dejó de resistirse. Descubrí su rostro: los ojos apagados, húmedos, llenos de desesperación.

—Ya pasó… shhh —murmuré, besándole la frente.

Estaba ardiendo. Todo su cuerpo lo estaba, preso de la ansiedad.

—Nunca pasa —susurró antes de apoyar la cabeza en mi regazo y romper a llorar.

Juraj estaba llorando.

No sabía si era por el agotamiento o por algo más profundo, pero aquella era una parte suya que jamás me habría permitido ver: vencido, superado.

—Todo pasa —le aseguré mientras le acariciaba el pelo empapado en sudor—. Incluso lo peor. A veces solo necesita más tiempo.

Me incliné y besé su sien. Su respiración empezó a acompasarse, aunque su cuerpo seguía temblando de vez en cuando.

Unos golpes fuertes en la puerta y la voz de Matej me devolvieron a la realidad.

—¡Kels, abre la puñetera puerta!

—No lo hagas —me pidió Juraj con voz quebrada—. No pueden verme así. Se van a asustar.

—Ya están asustados —confesé con suavidad—. Me hablaron de tu madre.

Se tensó al instante.

—Joder… Por eso no deben entrar —tragó saliva con dificultad—. Mi madre tenía una depresión tan fuerte que la consumió. Hasta que no pudo más y se tragó un arsenal de pastillas.

Apretó mi muslo con fuerza.

—Escúchame —tomé su rostro entre mis manos—. No van a parar hasta comprobar que estás bien. Así que saca fuerzas de donde sea y convéncelos, si no quieres que sepan la verdad. Tus hermanos están muertos de miedo. Tú puedes.

—Yo puedo —repitió, incorporándose con esfuerzo hasta alcanzar la cama, tomando aire.

En cuanto retiré el pestillo, los mellizos irrumpieron como un tornado. Anica saltó directamente sobre la cama, aferrándose a él. Matej se quedó paralizado, con los ojos humedecidos, observándolo con atención, sin atreverse a dar un paso más, aunque se moría por hacerlo.

—Chicos, no pasa nada —aseguró Juraj—. Me quedé dormido. En el entrenamiento me encontré mal, me exigí demasiado y empeoré. Creo que tengo algo de fiebre.

Mintió con una convicción admirable. Anica apoyó la mano en su frente y notó el calor que emanaba de su cuerpo, lo que hizo su versión aún más creíble.

—Ahora me voy a duchar, me tomo una pastilla y mañana estaré mejor.

—Nos asustamos mucho, Juraj —susurró Anica abrazándolo—. No respondías… como mamá.

—Siento haberos preocupado. —Besó la frente de su hermana y, a continuación, miró a Matej, que seguía paralizado.

Después desvió la vista hacia mí, en busca de apoyo. No se sentía bien. Tenía la frente perlada de sudor y el labio le temblaba.

—¿Veis? Todo está en orden. Solo fue un susto —intervine—. Y creo que hoy teníais una fiesta. Os vendría bien distraeros después de este mal rato.

—¿Tú crees que estamos para socializar? —protestó Matej—. Además, te recuerdo que no tenemos permiso para casi nada.

Intentaba recuperar su pose dura, ese escudo que tanto se parecía al de su hermano mayor.

—Por esta vez podemos hacer una excepción —habló Juraj.

No le hacía ninguna gracia mi ocurrencia, aunque sabía que no tenía muchas alternativas. Aquellos dos no lo iban a dejar solo ni de broma.

—¿Hablas en serio? —Anica lo miró incrédula—. Aquí pasa algo. Esto no es propio de ti.

—Si por mí fuera, no habría cambiado de opinión —admitió—, pero Kels ha hablado conmigo esta mañana y me ha convencido. Dice que confíe en vosotros. Y eso voy a hacer. No la caguéis, si no queréis que sea la última vez.

«Muy astuto, meterme a mí en medio», pensé, mientras los dos hermanos se miraban.

—No os preocupéis —añadí—. No me voy a mover de su lado. Si pasa algo, os aviso. Tendré el móvil encima. Podéis escribirme. Salid tranquilos.

Me costó separarlos. Tiré suavemente de Anica; le dio un beso rápido a Juraj antes de levantarse. Empujé a ambos fuera del cuarto y cerré la puerta.

En cuanto nos quedamos solos, Juraj y yo respiramos al unísono.

—¿Dejarlos ir a una fiesta? —protestó él, algo más repuesto—. Podrías haber recurrido a otra cosa, Kelsey.

—Cierra la boca. No estás en posición de decirme nada —resoplé—. Desde que te cruzaste en mi camino no hago más que ocultar cosas y mentir.

Intentó sonreír mientras se quitaba los zapatos. Se puso en pie, algo mareado, y se deshizo de la sudadera. También se quitó la camiseta, quedándose solo con los pantalones deportivos del equipo, caídos peligrosamente sobre sus caderas y dejando al descubierto sus oblicuos.

«Oh, por Dios».

Tuve que sacudir la cabeza y apartar la mirada. Cada línea de su abdomen, de sus brazos, de su espalda… Definitivamente, ese tío era Thor.

Se tambaleó al caminar hacia el baño. Corrí a sujetarlo. Me rodeó con un brazo y, al llegar a la ducha, abrí el grifo. De pronto sentí su mano apretándome el hombro con fuerza, haciéndome daño.

Me giré.

Su rostro estaba tenso, la mandíbula apretada, las pupilas dilatadas. Estaba como en trance.

Intenté soltarme; sin embargo, apretó más.

—Juraj, me estás lastimando —golpeé su pecho—. ¡Me haces daño!

Su mirada volvió a enfocarme. Bajó los ojos hasta donde me sujetaba y me soltó de golpe, como si acabara de darse cuenta.

Se metió bajo el agua, se frotó el rostro y la cabeza, asustado. La ira se transformó en miedo y dolor.

—Lo… lo siento mucho —balbuceó—. No quería lastimarte, de verdad… Yo… joder.

Golpeó la pared y apoyó la frente contra ella.

Extendí la mano bajo el agua y, con cuidado, la posé en su espalda.

—No pasa nada. No eras tú.

—¡Claro que pasa! —estalló—. Te he hecho daño y ni siquiera era consciente. Ese olor…, ese puto olor.

—¿Olor? —fruncí el ceño.

—Sí. A pachulí. ¿Por qué hueles así? Jamás has usado ese perfume.

—Yo no llevo perfu… —me detuve—. A no ser que se me haya quedado el de Vera Davenport.

Sus ojos se entrecerraron. Y, cuando los abrió, tiró de mi brazo, haciéndome quedar bajo el agua con él.

—¿Pero qué haces?

—Desnúdate.

—¿Qué? —me tensé—. Definitivamente no estás bien.

Me giré para salir, pero volvió a tirar de mí, esta vez chocando con su pecho.

—No soporto ese puñetero olor. Y no quiero que nada en esta casa huela así. O te quitas la ropa… o lo hago yo.

—Vete al infierno. No me voy a quitar nada —alcé la barbilla, plantándole cara.

Todo con ese hombre era una locura. ¿De verdad estaba montando un numerito por el pachulí?

—Muy bien —dictó en un tono peligrosamente bajo—. Tú lo has querido.

Y en ese momento tuve claro que, si se le ocurría ponerme una sola mano encima para desvestirme, acababa de firmar el final de nuestro acuerdo.

Esperando un gesto por su parte que no vi venir, sentí de pronto el chorro del gel mezclándose con el agua caerme sobre la cabeza, el rostro y el cuerpo. Abrí la boca por puro instinto y tuve que cerrarla enseguida antes de que el jabón me entrara.

Sus manos fueron a mi cabello, revolviéndolo sin miramientos, haciendo espuma. Con los ojos completamente cerrados por el jabón, le di un manotazo, intentando que no me lavara como si fuera el pelo de un perro que se acaba de revolcar en el barro.

Pero entonces bajó al cuello, embadurnando cada centímetro de mi piel, y ahí los movimientos cambiaron. Se volvieron más lentos, más conscientes. Casi caricias.