Capítulo 18
KELSEY
Siete años antes…
Siempre que sonaba el timbre y llegaba el descanso entre clases, Kane ya me estaba esperando en mi taquilla. Me abrazaba con fuerza, aplastándome contra su cuerpo, como si el instituto entero tuviera que saber que yo estaba con él.
No me gustaban las muestras de cariño en público. Me incomodaban, y más cuando venían de los jugadores del equipo de baloncesto, que parecían necesitar demostrar que su chica no era algo que nadie más pudiera mirar, como si fuéramos de su propiedad.
A muchas les encantaba salir con los más populares, formar parte de su grupo, sentirse en la cima del instituto. A mí, en cambio, me daba vergüenza. Aun así, intentaba olvidarme de todo y quedarme solo con la sensación de estar entre sus brazos.
—Dime que vendrás a la fiesta de Ethan y que te quedas a dormir conmigo —susurró, rozándome los labios.
—Kane, no puedo. Le prometí a Ellie pasar el fin de semana con ella. Lo tiene todo organizado para una noche de pelis.
Su gesto se tensó al instante.
—No me jodas. Pasa de los rollos frikis de tu amiga, la bollera.
Me aparté de golpe.
—No hables así de ella.
Odiaba cómo se refería a Ellie. Estaba cansada de la guerra entre los dos, de que no se soportaran ni disimularan.
Pensé que con el tiempo las cosas se calmarían, pero desde que Kane y yo empezamos a salir el curso pasado, todo había ido a peor.
Yo siempre haciendo malabares para que ninguno se enfadara. Y aun así, nunca era suficiente.
—Vale, vale —cedió, volviendo a rodearme—. Venga, preciosa. Tengamos nuestra noche. Me muero por estar contigo, y tú también. Ya estaba todo planeado. Que mis padres se queden en casa no tiene por qué estropearlo. La de Ethan es perfecta.
La idea era que la primera vez fuera el fin de semana anterior. Sus padres se iban de viaje y tendríamos la casa para nosotros solos. Todo era perfecto hasta que pillaron a su hermano fumando marihuana y ambos pasaron a estar vigilados como niños pequeños.
—Encontraremos algo mejor que la casa de tu amigo —intenté suavizar.
Se separó de mí, molesto.
—¿Mejor? ¿Cuándo? ¿Dónde? Porque yo lo que veo es que no tenemos ni un puto momento a solas. Mis padres por un lado y tu criada por otro, que no nos deja ni cerrar la puerta de tu cuarto.
—Basta. No hables así de Mia. No es ninguna criada, además solo se preocupa por mí.
—Me rindo —levantó las manos—. Siempre tienes una excusa. Empiezo a pensar que no sientes lo mismo que yo. Y me estoy cansando.
—No digas eso. Claro que quiero…
—¿Entonces qué? —bufó—. Paso. Ahí viene tu amiga y no me apetece aguantarla.
Me sujetó la barbilla y me dio un beso rápido.
—Te quiero, Kels. Pero una relación es cosa de dos. Y aquí parece que solo empujo yo. Si no vienes a la fiesta, entenderé que se acabó.
Se dio la vuelta y golpeó una taquilla antes de alejarse, quitándose la chaqueta del uniforme, visiblemente cabreado.
Se me llenaron los ojos de lágrimas solo de pensar que podía perderlo.
Kane había sido mi primer novio. Antes había besado a otros, incluso a alguna chica, siempre por esa necesidad constante de sentirme querida, de no estar sola.
Pero que el chico más popular del instituto se fijara en mí, que me eligiera entre tantas, me hacía sentir especial.
Los pocos momentos a solas que teníamos, cuando me abrazaba, me decía cosas bonitas, cuando juraba que me quería, esos instantes me llenaban el pecho.
La taquilla de al lado se abrió y se cerró de golpe.
Ellie.
Me sequé las lágrimas como pude y me giré con una sonrisa forzada.
Ella pasó por mi lado sin mirarme y siguió caminando por el pasillo.
—Eh —tiré de su brazo para frenarla, aunque se soltó enseguida—. ¿Qué te pasa? ¿Se puede saber qué he hecho ahora para que estés así?
—Nada. Tú nada —contestó sin mirarme—. Simplemente no aguanto al idiota de tu novio. Su mera existencia me molesta.
Siguió caminando hacia el patio.
—Para, Ellie —la agarré de la chaqueta con fuerza, obligándola a detenerse—. No soporto cuando te pones así. Me haces daño. Eres mi mejor amiga y me duele sentir que nunca estás de mi lado, que siempre tengo que elegir entre tú y él.
Suspiró, cansada.
—Precisamente porque soy tu amiga me preocupo. Ese tío no es bueno para ti y no quiero que te haga daño.
Me abrazó, rodeándome la cintura, y me dio varios besos rápidos en las mejillas.
—Te quiero mucho —susurró antes de separarse de golpe cuando unos silbidos sonaron a nuestro lado.
Genial.
Los rumores otra vez. Nunca supe de dónde salían, pero no paraban de crecer: que si yo engañaba a Kane con Ellie, que si lo nuestro no era normal. Por suerte, aunque discutíamos a menudo, Kane siempre había confiado en mí.
Vi a Ellie levantar el dedo corazón en dirección a los comentarios.
—Vámonos —le di un pequeño empujón para salir del recinto—. Te invito a un batido.
—Algo te pasa —aseguró, tocándome la frente—. Me invitas a un batido y encima te saltas el entrenamiento del idiota. Esto tiene que ser grave.
—Solo quiero pasar tiempo con mi amiga, ¿vale? ¿No puedo?
—Kels… —alargó mi nombre—. Nos conocemos. ¿Qué pasa?
Intenté suavizarlo, buscar la forma menos dolorosa de decirlo.
—Ellie, ¿te acuerdas de que te dije que estaba lista para acostarme con Kane?
Bufó.
—No estás lista. Lo haces porque ese imbécil no para de presionarte.
—No es así. Llevamos tiempo juntos y los dos queremos.
Giró la cara, molesta. Intenté cogerle el brazo para que me mirara, pero se apartó.
—El caso es que esto iba a pasar la semana pasada…
—¿Qué? —se giró de golpe—. ¿Y no me dices nada? Soy tu amiga.
—Joder, Ellie, creo que puedo guardarme algo para mí. Y más si implica a otra persona. Además, sabía que te ibas a enfadar. Pensé que, si ya hubiera pasado, sería más fácil contártelo.
—Vete a la mierda. Creí que entre nosotras no había secretos.
—Y no los hay —aseguré, con la voz temblándome—. Por eso te lo estoy diciendo. Además…, necesito tu ayuda. Kane quiere que nos acostemos en casa de Ethan y dormir allí. Sé que teníamos planes, pero solo te pido cambiar el sábado. El domingo es todo para ti.
Silencio.
—Di algo, por favor.
—No cuentes conmigo para esta estupidez —soltó al fin—. Si piensas perder la virginidad en una fiesta, te las apañarás para que Mia te deje ir. Yo no voy a ser cómplice de eso.
—Ellie…
—No, Kels. Qué pena das. Cada día te rebajas más por unas migajas de cariño.
—Te estás pasando —protesté, a punto de llorar. Ella era la única, además de Mia, que sabía cuánto me dolía que mis padres nunca me hubieran querido.
—¿Decir la verdad es pasarse? Pues ahí va más —escupió—.
No eres distinta de las chicas que usan los jugadores de baloncesto.
Te has dejado tocar, besar, aguantar su polla en tu boca solo por atención.
Y el día que consiga acostarse contigo, te dejará tirada.
Eres un reto para él. Una medallita. La chica más guapa del instituto.
Venga, regálasela. Pónsela tú misma en el cuello.
La empujé y salí corriendo. El corazón me golpeaba el pecho con fuerza y no paré hasta que me quedé sin aire.
Ellie odiaba a Kane, pero él no podía ser así. No podía.
¿O sí?
Ella me hablaba, me advertía, y mi cabeza se llenaba de dudas. Sin embargo, cuando estaba con él no veía a ese monstruo que describía.
Sabía que esa fiesta no iba solo de una decisión. Era tomar partido. Era elegir.
Y el momento que había intentado evitar estaba justo delante de mí.
***
El timbre sonó y, casi al mismo tiempo, el aula se llenó del sonido de varios teléfonos vibrando a la vez. Ese ruido me hizo llevar la mano a la chaqueta por enésima vez. Nada. Tampoco estaba en la mochila.
Solo me quedaba un sitio por mirar: la taquilla.
Sí. Definitivamente debería haberlo dejado allí.
Esa mañana lo había tenido encima, en el coche con Ellie. Me pasé el trayecto releyendo todos los mensajes que Kane me había mandado durante el fin de semana. Todos los que ignoré después de la fiesta.
Al levantar la vista, vi que mi compañero de mesa estaba viendo un vídeo, como muchos otros.
Un vídeo en el que salía yo.
Sí. Yo.
Se lo arranqué de las manos y miré la pantalla.
—Oh, Dios… No puede ser.
Los ojos se me llenaron de lágrimas al reconocer la escena.
Era la noche de la fiesta. La primera vez que Kane y yo nos acostamos.
Todo se veía torpe, impaciente, un completo desastre.
Fue incómodo, doloroso y nada especial. De hecho, me alegraba de que él apenas hubiera aguantado, porque ese día no la recordaría como algo bonito.
Estábamos solos en la habitación, aunque las voces de nuestros compañeros borrachos, la música y los golpes constantes en la puerta se colaban desde fuera.
Y, aun así, eso no fue lo peor.
Lo peor vino al terminar.
En el vídeo se veía cómo entraba Ethan en la habitación. Su habitación. Dijo que en la sala estaban con uno de esos juegos estúpidos de todas las fiestas, retos absurdos que grababan sin pensar en nada.
Kane se levantó. Se vistió rápido. Me tendió mi ropa. Me dio un beso en los labios y dijo:
—Te espero abajo, Kels.
Y se fue.
Sin abrazos. Sin palabras bonitas. Sin nada.
Bueno, miento.
Ethan, pasado de rosca, señaló la mancha roja de la cama y empezó a desabrocharse los pantalones mientras murmuraba:
—Me vas a tener que compensar por joderme la sábana. A ver qué tal se te da.
Ahí terminó el vídeo.
No aparecía cómo lo empujaba. No aparecía cómo salía de la habitación medio vestida. No aparecía cómo escapaba de allí.
Nada de eso importaba.
Los murmullos a mi alrededor aumentaron. Las miradas me atravesaban y, con los ojos llenos de lágrimas, recogí mis cosas y salí corriendo del aula.
En el pasillo todo el mundo me miraba. Me faltaba el aire. No veía bien. Solo caminaba, como si pudiera huir de algo.
Tropecé.
Mis cosas cayeron al suelo.
Me agaché a recogerlas y se me volvieron a caer.
Solo veía pies. Muchos pies.
Estaba rodeada.