Capítulo 17 #2
—Te acompaño, JoJo —me levanté—. Tengo que bajar a la pista a grabar contenido del entrenamiento para redes y preparar un par de vídeos con los chicos para la campaña del fin de semana.
Tras despedirnos del resto, Jordan y yo seguimos nuestro camino con toda la atención puesta en la pequeña Rachel. Íbamos comentando sus gestos, sus balbuceos y esas caritas que ponía cuando algo le llamaba la atención. Al llegar a la sala infantil, nos detuvimos en seco.
En la puerta estaban Mia y Davenport.
La escena ya resultaba llamativa: el presidente de los Rift conversando de manera distendida con la que había sido mi niñera. Mia sonreía con esa expresión amplia que le nacía de dentro, mientras él hablaba animado, cercano, demasiado cómodo. Y entonces ocurrió.
Davenport levantó la mano y, con un gesto lento y natural, apartó un mechón de cabello rubio del rostro de Mia para colocárselo detrás de la oreja.
Fue suficiente.
Me quedé paralizada. Mis ojos buscaron los de Jordan, que parpadeaba, igual de sorprendida que yo.
—¿Has visto lo mismo que he visto yo? —murmuré.
Ella asintió con una sonrisa ligera.
—Creo que aquí está surgiendo algo. Y me alegro por Mia. Se lo merece. Es una gran mujer.
—¿Pero qué estás diciendo? —repliqué en voz baja—. Fijarse en él es un error. Le va a romper el corazón.
—Davenport no es ese tipo de hombre —le restó importancia—. No va seduciendo a sus empleadas. Es buena persona. Jamás jugaría con los sentimientos de nadie.
—No se trata de él, JoJo, sino de su situación —insistí—. Está casado y lleno de problemas. Piénsalo. ¿De verdad quieres que se meta ahí?
—Esto no va de lo que tú o yo queramos, sino de lo que ella siente. Es una mujer adulta, capaz de tomar sus propias decisiones. Y precisamente porque la aprecio, me gusta verla así, sonriente, con ese brillo en los ojos.
—Alucino contigo y con tu vara de medir —arremetí—. Eso —señalé discretamente hacia Mia— lo ves bien, pero cada vez que mencionan a Juraj es como si vieras al mismísimo demonio y yo tuviera que salir corriendo si no quiero arder en el infierno.
—No puedes comparar, Kels —bufó.
—Juraj es un hombre libre. Davenport está casado.
—Ja —soltó—. Ese «hombre libre» no se compromete con nadie. Y encima a ti te atrae de una forma que me asusta.
—No digas tonterías —negué—. Que nos acostáramos en el pasado no significa nada.
—Significa más de lo que quieres admitir —me cortó—. Cuando el eslovaco está cerca, cambias. Eres impredecible. Si hasta te has ido a vivir con él y jugáis a las casitas.
—Vale —susurré, bajando la voz—. Es cierto que saca una parte de mí que no conocía, pero que siempre estuvo ahí. Solo que la tenía escondida. Quiero descubrir quién soy, JoJo. Me gusta no pensar, dejarme llevar. Y con él eso es fácil.
—Claro que quieres dejarte llevar porque te gusta —se frotó la frente—. Yo diría que más que eso. Te has pillado por él. Lo sabía.
Negué con la cabeza.
—Estás equivocada. No hay nada entre nosotros. Nada. Sé que te preocupas por mí, pero no hace falta.
—Puedes mentirme a mí si quieres, pero no te mientas a ti misma. Tienes sentimientos hacia él. Y cuanto antes lo aceptes, mejor. Porque este jueguecito de las parejitas es solo eso: un juego. Y cuando te estampes contra la realidad, te darás cuenta de que ese hombre no es para ti.
Cada una de sus palabras me golpeó con fuerza, porque sabía que, en el fondo, tenía razón.
Estaba siendo dura para protegerme, para evitar que me ilusionara y acabara haciéndome daño.
Todo lo que rodeaba a Juraj era una mentira, y yo era la única que estaba sintiendo cosas que no debía.
Cada gesto, cada roce, cada silencio me arrastraba un poco más hacia algo que no podía tener.
—Hola, chicas.
La voz de Davenport nos sobresaltó. Me di cuenta entonces de que, absortas en nuestra conversación, habíamos dejado de prestar atención a lo que ocurría frente a nosotras. Él se agachó y empezó a jugar con la pequeña Rachel, arrancándole una risita.
Miré a Jordan. Ella me observaba con atención, evaluando cómo estaba tras lo que acabábamos de decirnos.
—Tengo que seguir con el trabajo —anuncié, acercándome a Rachel para besarle la manita.
Davenport me sonrió. Le devolví el gesto, aunque algo forzado, antes de darme la vuelta y marcharme.
Aproveché el final del entrenamiento para moverme alrededor de la pista secundaria. Cámara en mano, estuve sacando fotos y algunos clips cortos de los chicos sobre el hielo: giros rápidos, choques contra la valla, disparos. Ese caos que tanto me fascinaba del hockey.
Subí una de las fotos a mi cuenta privada, una imagen del hielo levantándose tras un frenazo brusco, con el texto:
Ice, sweat and adrenaline .
Boy Aquarium mode: ON .
Fuerza, pasión y el mejor trabajo del mundo.
Me gustaba compartir esos pequeños momentos, la adrenalina, la sensación de estar justo donde quería estar.
Mientras revisaba el encuadre de otra foto, mis ojos se desviaron, casi sin querer, hacia Juraj.
Estaba al final de la pista, cuando el entrenamiento ya tocaba a su fin, lanzándose el disco con Caden y Kai.
Se reían, hacían el tonto. Kai protestaba desde la portería mientras intentaba parar disparos.
Juraj le provocaba, amagaba, se burlaba con esa sonrisa que rara vez mostraba fuera del hielo.
Me quedé observándolo unos segundos de más.
Cuando terminaron, me acerqué y reuní a varios de los chicos para hacerles un par de preguntas rápidas para redes: sensaciones tras el entrenamiento, objetivos del próximo partido, alguna respuesta espontánea que siempre funcionaba bien.
Después les pasé el micro para grabar unas tomas en los vestuarios.
—Vale, juego rápido —anuncié—. Dices el nombre de un compañero y una palabra que lo defina. Sin pensar demasiado.
Aquello se convirtió en un momento muy divertido: risas, piques, palabras que tendríamos que omitir y algún que otro empujón.
Cuando terminé, salí un momento a fumar un cigarro. No lo hacía a menudo, pero aquel día lo necesitaba. El guardia de seguridad estaba cambiando turno y me ofreció uno, así que me quedé cerca de la puerta, inhalando despacio.
Al volver a entrar, el encargado de la equipación me pilló por banda, como siempre.
Me soltó una de sus charlas interminables sobre lo mal que los jugadores cuidaban el material y lo poco que se valoraba su trabajo.
Yo asentía de forma mecánica, buscando una vía de escape, hasta que Liam apareció como un salvador.
—Te buscan —me guiñó un ojo mientras tiraba de mí.
Nunca me había alegrado tanto de verlo. Después continuó su camino.
Mientras subía hacia el despacho para montar los vídeos, me di cuenta de que había dejado la carpeta con las hojas de control y mi teléfono personal en la pista, cuando salí a fumar. Maldije en voz baja y regresé sobre mis pasos.
Lo cogí todo y, antes de guardarlo, revisé redes. El post que había subido hacía un rato tenía bastante interacción. Demasiada. Comentarios, menciones, mensajes. Aunque tenía claro lo que iba a encontrar.
Hate .
Fotos manipuladas, comentarios crueles. Una imagen de unos padres tras unas rejas. Otra de Owen y Asher juntos.
Cerré la app sin leer más. No tenía fuerzas. Apreté el teléfono contra el pecho, intentando frenar ese nudo que se me formaba en el estómago cada vez que veía esas muestras de odio.
Un golpe seco me hizo levantar la vista.
Venía de la zona donde guardaban el material. El carro de los guantes se movió con otra patada violenta. Y justo ahí lo vi.
Juraj.
Estaba fuera de sí. El cuerpo tenso, los puños cerrados, la respiración descontrolada. De pronto se giró, furioso. Seguí caminando, intentando comprender qué estaba pasando, y entonces ocurrió.
Golpeó la pared con el puño, justo al lado de la cabeza de Vera Davenport.
Me impactó verlo así. Pero ella…, ella sonreía. Como si disfrutara provocándolo.
—Vete a la mierda —bramó Juraj, inclinándose hacia la mujer del presidente de forma intimidante.
Vera levantó la mano y le pasó los dedos por el rostro despacio, como si intentara calmar a un cachorro. Él reaccionó al instante: le sujetó la muñeca y la apartó con brusquedad.
—No. Me. Toques.
Estaba perdiendo el control. Igual que en la fiesta, cuando vio a aquella mujer con su hijo. Esa misma tensión peligrosa.
—¡Juraj! —intervine.
Sus ojos buscaron los míos. La rabia seguía ahí, pero algo se quebró. Retrocedió. Pasó a mi lado sin mirarme siquiera.
Volví la vista hacia Vera, que avanzaba hacia mí con paso elegante, los tacones repiqueteando sobre el suelo.
—Kelsey, ¿verdad? —dijo, tendiéndome la mano.
Tardé más de lo normal en corresponder.
—Siento que tuvieras que presenciar una situación tan desagradable —continuó—. Este chico está fuera de sí. Cada día es más incontrolable.
—Nadie se comporta así sin un motivo —declaré, rompiendo el contacto—. Y jamás lo había visto de esa manera.
—Oh, cielo, eso es porque todavía no lo conoces —sonrió—. Qué pena que seas su próxima víctima. Eres preciosa y con talento.
Me acarició la mejilla. Aquel gesto me desagradó profundamente.
—Entiendo que te impresione Novák —prosiguió—. Es guapo y lo sabe. Se aprovecha de su físico y de su posición para engordar su lista de conquistas.
—No soy un rollo —aclaré, molesta—. Soy su novia.
—No te enfades, bonita —respondió con falsa dulzura—. El título no importa. El resultado siempre es el mismo: se enamoran, él se cansa, las desprecia y se van. ¿Ves alguna por aquí? Bueno, miento. Hay una que sobrevivió al efecto Novák. Zoey.
Aquello me tensó por completo.
—Quizá yo también sobreviva —contesté—. Estoy dispuesta a arriesgarme.
—Qué mona. Te deseo mucha suerte con él.
Pasó a mi lado y, al hacerlo, se roció unas gotas que se expandieron en el aire. Un perfume denso, invasivo, demasiado intenso. Como ella.
Me mordí el labio, furiosa.
No sabía qué me molestaba más: su intromisión o la facilidad con la que me había reducido a un número más. Prescindible. Intercambiable.