Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

KELSEY

Al abrir la puerta de la sala de los trofeos, una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro.

Mis amigas estaban sentadas alrededor de la mesa, charlando animadamente mientras tomaban café durante el descanso.

Aquello era una de las mejores cosas de vivir en Seattle: tenerlas cerca, compartir esos pequeños momentos robados al día a día y sentir que, pasara lo que pasara, siempre estarían ahí, a un paso de distancia.

Esos instantes eran especiales, igual que los que compartía con el resto del grupo.

Una sensación que nunca había tenido de niña.

Esa certeza de pertenecer a algo, de formar parte de una familia elegida, de ser una pieza necesaria dentro de un gran puzle.

Cuando me mudé, jamás imaginé que llegaría a sentirme así.

Lloré por la vida que dejaba atrás: mi ciudad, mi pareja, mi trabajo.

Todo lo conocido. Y, sin embargo, ahora entendía que aquel nuevo comienzo todavía me ofrecía una oportunidad.

Por primera vez podía ser yo misma. No había juicios ni miedo a no encajar.

Incluso estaba descubriendo partes de mí que nunca me había permitido dejar aflorar.

Y, aunque me costara admitirlo, gran parte de la culpa la tenía el Thor del hielo.

Ese hombre lleno de capas que estaba dispuesta a derretir una a una para descubrir qué escondía en ese lugar al que no dejaba llegar a nadie.

Tal vez fuera peligroso acercarme tanto, rebuscar en su interior.

Probablemente sí, porque corría el riesgo de encontrar su parte más humana, más vulnerable.

Ese corazón enorme que rebosaba amor por sus hermanos y por sus amigos, aunque se empeñara en disimularlo tras un escudo de arrogancia y sarcasmo.

Ese era el hombre que me preocupaba. Porque de ese podía enamorarme.

Mientras siguiera siendo el idiota insufrible, el arrogante de sonrisa cínica, yo estaba a salvo.

Pero cada día esa imagen se distorsionaba un poco más y, cada vez que lo miraba, tenía la sensación de que la palabra SOS aparecía escrita en su frente, como una advertencia que él mismo parecía negarse a escuchar.

Unos pequeños ruiditos me devolvieron al presente. La primera en verme fue la pequeña Rachel, que estaba en brazos de River. Al instante, todas las chicas giraron la cabeza hacia mí. Cerré la puerta tras de mí para darnos algo de intimidad.

Jordan se había acercado durante nuestro descanso para vernos.

Lo hacía a menudo. A veces la casa se le venía encima y necesitaba salir.

Dejaba a la pequeña con Mia en el estadio y aprovechaba para acudir a terapia con la psicóloga, trabajando la depresión posparto y ese pánico inesperado que le había entrado al convertirse en madre.

Poco a poco las cosas estaban mejorando.

Con la ayuda de Mia y el trabajo que estaba haciendo consigo misma, Jordan se sentía más segura, menos desbordada por ese rol de superpapá que Nathan había asumido casi sin darse cuenta.

—Ey, pequeñaja —me acerqué a la niña, rocé mi nariz con la suya y besé su cabecita. Extendí los brazos y Rachel se pegó a mí sin dudarlo. Nos sentamos al lado de Mischa.

—Pensé que ya no venías —comentó Jordan, dándole un trago a su té—. Ellas te ven porque trabajan contigo, pero de mí te has olvidado desde que te mudaste a tu nueva casa. ¿Tan ocupada te tiene el eslovaco?

—Jamás me olvidaría de ti, JoJo —le di un beso en la mejilla—. He tenido una semana infernal entre eventos, activaciones de marca y reuniones con patrocinadores. Tengo una jefa que me tiene sobreexplotada.

Le lancé una mirada cómplice a Mischa. Aunque sobre el papel fuera mi superior, entre nosotras nunca había existido un rol rígido. Trabajábamos codo con codo, como siempre, y hacerlo además con una amiga era un auténtico regalo.

—¿Os dais cuenta de que está evitando hablar de Juraj? —soltó River, divertida—. No ha hecho ni un solo comentario, a pesar de que Jordan lo ha mencionado.

Mischa asintió con una sonrisa cómplice.

—Sí, todavía no nos ha explicado qué pasó en la fiesta de cumpleaños de mi hija —añadió Jordan—. Os marchasteis sin despediros de nadie después de besaros delante de Kieran Price. Espera, que las palabras exactas del excompañero de mi marido fueron: «el delantero vino a echar la meadita».

Todas rompieron a reír y yo me hundí un poco más en el asiento, muerta de vergüenza. Puñetero Thor del hielo.

—No pasó nada, chicas —me defendí—. Fue un malentendido que ya está solucionado. Hay situaciones que nos cogen desprevenidos y no sabemos muy bien cómo reaccionar. Poco a poco nos estamos acomodando el uno al otro.

—A ver si al final os sentís demasiado cómodos y esta mentira se convierte en realidad. ¿Os imagináis? —bromeó Mischa.

River la secundó entre risas. Jordan, en cambio, permanecía seria. Era la única que sabía que Juraj era terreno peligroso.

—Es una gran persona —intervino River—. Durante todo el embarazo me consintió más que Caden.

—No, tía, no fue así —la corrigió Mischa—. Di la verdad. Era tu camello personal, cumplía todos tus antojos de embarazada. Si hasta lo vi metiéndote dulces a escondidas en el cajón de tu despacho.

River asintió riendo.

—Es un buen tipo —continuó Mischa—, aunque lo disimule. Siempre se preocupa por los demás. Mira cómo se volcó con Kai y cómo cuida a sus hermanos.

—Creo que vosotras dos exageráis con el eslovaco —replicó Jordan—. No sé qué le veis ni por qué ahora también tiene fascinado a Nate. No ha hecho nada especial.

—¿Y a ti qué te pasa con él? —contraatacó River—. Desde Aspen lo tienes cruzado.

—No me pasa nada —respondió Jordan—. Simplemente veo actitudes y comportamientos que no me gustan. En el instituto estaba rodeada de tíos así y nunca puedes esperar nada bueno de ellos.

Aquello cayó como un mazazo. Jordan tenía miedo. Miedo a que me hiciera daño.

—JoJo —intervine, sabiendo que tenía que posicionarme—.

Sé que a veces puede parecer un idiota, pero ahora que vivo con él estoy viendo otros lados muy distintos.

Y creo que eso es solo la punta del iceberg.

En el fondo no es mala persona; más bien alguien que se está protegiendo de algo, aunque todavía no sé muy bien de qué.

—Genial —bufó Jordan—. ¿Tú también? Pues adelante. Solo espero que no te lleves una sorpresa.

—Vamos, olvidemos el tema —zanjó River—. Está claro que no vamos a ponernos de acuerdo. Dejemos que Kels saque sus propias conclusiones.

A continuación, sonrió con suavidad.

—Y ahora cuéntanos de ti. ¿Qué tal las sesiones? ¿Cómo te encuentras?

—Estoy mucho mejor, chicas. Ya le doy de comer, la baño y hasta la duermo yo sola.

Me gusta, me siento bien y tengo menos miedo de saber cuidarla.

Mia ha sido clave en todo esto; menos mal que está en casa.

Además, gracias a ella, Nathan y yo volvemos a tener algo de tiempo para nosotros dos, y eso también es agradable.

Yo no sé cómo lo haces tú, River. ¿Cómo conseguís Caden y tú tener un momento para vosotros?

—Ingenio. Mucho ingenio —declaró entre risas.

Nadie preguntó más. Era mejor así. Había demasiadas leyendas urbanas sobre sus escapadas durante los partidos fuera de casa.

—No des detalles, por favor —intervino Jordan—. Recuerda que para mí Caden es como un hermano y ya he tenido demasiada información sobre su «cosa» y su actividad sexual pasada.

Soltamos una carcajada. El Everest de Caden era como otro miembro más del grupo; siempre estaba presente cuando nos reuníamos todos.

—Chicas, me encantan estos momentos con vosotras —manifestó Jordan de pronto, sujetando la mano de River y la de Mischa—. Os echo muchísimo de menos. Os veo aquí a las tres juntas y me da envidia. Aunque sea en el trabajo, tenéis estos ratitos todos los días.

—La verdad es que tener a tus amigas trabajando contigo es un lujo —añadió Mischa.

De pronto cruzó una mirada cómplice con River. Ambas sonrieron.

—Oye, ¿y si tú también formaras parte de los Rift? —propuso Mischa—. El médico jefe no estará con nosotros la próxima temporada, se marcha a Florida y están buscando sustituto. ¿Y si te presentas? Llevas años trabajando con equipos de la NHL y con jugadores de la NBA.

—Mi mayor experiencia es como fisioterapeuta, no como médica deportiva —dudó Jordan.

—Por favor —protestó Mischa—. No empieces a buscar excusas. La solución es fácil: entras esta temporada y ves cómo funciona todo desde dentro.

—No sé. Es una locura. Además, está Rachel.

—Jordan, es una oportunidad muy buena —señaló River, apretándole la mano—. Te has preparado para esto y la tienes delante de las narices. No la dejes pasar. Y en cuanto a la maternidad, créeme, se puede compaginar. No tienes que renunciar a nada, solo encontrar el equilibrio.

—Tiene razón —intervine—. No solo estarás con nosotras, que ya sería genial, sino que además creo que te vendrá muy bien recuperar esa parte de tu vida que tanto echas de menos.

Y Nathan te va a apoyar, estoy segura. Llevas años siguiendo su carrera; ahora es su turno.

Además, él tiene mucha más flexibilidad que antes.

Piénsalo. Creo que podría ser muy bueno para ti.

Jordan nos miró una a una, con los ojos brillantes, y sonrió antes de asentir.

—Le daré una vuelta y lo hablaré con Nate. No puedo creer que me lo esté planteando, pero no os voy a mentir: me emociona. Gracias, chicas. Os quiero.

No le dimos tiempo a decir nada más. La envolvimos en un abrazo grupal, con la pequeña Rachel en medio, todavía en mis brazos.

—Uf, qué tarde es —advirtió River mirando el reloj—. Tengo que volver a la sala de fisioterapia. Me esperan dos jugadores con sobrecarga en los abductores.

—Y yo también —añadió Mischa—. Me aguarda una reunión con patrocinadores y después toca coordinar las acciones de prensa para el partido del sábado.

—Sí, vamos —se incorporó Jordan—. Dejaré a Rachel con Mia y luego iré a la clínica.