Capítulo 16 #2
Mi sueño de estudiar Medicina se había roto mucho antes.
Se esfumó la noche en que me dieron las últimas calificaciones.
Recuerdo salir del cuarto a oscuras, esquivando los cuerpos dormidos de mis hermanos, y sentarme en la entrada con el papel entre las manos.
Lloré en silencio, arrugándolo hasta casi romperlo.
Andrej me observó desde la puerta. Rara vez me veía flaquear. Nunca delante de ellos. Alguien tenía que mantenerse en pie, ser el ancla a la que todos se agarraban.
Se sentó a mi lado, me quitó la bola de papel de las manos y leyó las notas.
—Nunca seré médico —murmuré, sin mirarlo.
Él no pensaba en el futuro. Nada parecía ilusionarlo.
Cuando hablábamos de irnos de allí, los mellizos decían cualquier cosa: Anica aseguraba que sería jugadora de hockey y, cuando se retirara, entrenadora de un equipo de la NHL.
Me hacía sonreír, aunque sabía que llegar tan lejos era casi imposible. Matej cambiaba cada día de idea.
Sin embargo, Andrej siempre decía lo mismo.
Que él iba a cuidar de mamá.
Ese era su único plan. Y cada vez que lo repetía sentía miedo. Miedo al vínculo que estaba creando con ella, a cómo se iba perdiendo poco a poco en ese rol que había asumido.
—Puede que no cures ni salves al mundo —comentó al fin—, pero ya has hecho algo muy grande: ocuparte de nosotros.
Giré la cabeza. Él también estaba llorando.
—Lo eres todo para los mellizos y para mí.
Eres quien nos mantiene juntos, quien nos cuida, a quien siempre podemos acudir.
Y siento que no puedas cumplir tus sueños por nuestra culpa.
Me duele que seamos una carga. Ojalá yo fuera tan fuerte como tú para ayudarte, aunque no lo soy —se secó los ojos con la manga del pijama—.
Pero nunca olvides que, para nosotros, eres todo nuestro mundo y te queremos muchísimo.
Señaló la pulsera que llevábamos los dos, descolorida por el agua, pero entera.
—Siempre juntos.
Fue entonces cuando lo comprendí. Mi verdadero objetivo era sacarlos de allí. Mis sueños ya no importaban; solo estaban ellos, mis hermanos.
Por eso, sentado en aquellas gradas vacías, me prometí que lo daría todo en el hockey. Que no me rendiría. Que algún día mis hermanos tendrían la vida que se merecían y que, con el tiempo, olvidarían todo lo que estábamos viviendo. Y serían felices.
Sentí pasos acercarse y, antes de que llegara a mi altura, ya tenía claro quién era.
El olor la delataba: un perfume intenso, cargante, que me mareaba sin que pudiera evitarlo.
Con los años descubrí que era el pachulí.
Siempre me repugnó. Tanto que, si alguna chica lo llevaba puesto, era incapaz de acercarme a ella.
Era extraño, absurdo incluso, juzgar así a alguien por un aroma, pero para mí tenía un significado que, con el tiempo, entendería.
Vera se sentó a mi lado. Guardamos silencio unos segundos antes de que hablara. Supuse que esperaba que fuera yo quien lo hiciera, aunque sinceramente, lo último que pretendía era abrirme. Solo quería quedarme allí, en silencio, solo.
Aun así, escuché. Porque ella era buena.
Estaba de nuestro lado. Cuando mi padre y su marido, Levi, se iban de viaje, pasaba mucho tiempo en nuestra casa, intentando tirar de nuestra madre.
Los mellizos casi no le prestaban atención, y a ella no le interesaba demasiado jugar o ensuciarse con ellos; su apariencia era importante para ella.
Sin embargo, conmigo y con Andrej era diferente.
A mi hermano ya lo había ganado por completo: solo con preocuparse de nuestra madre, para él, Vera era la mejor.
Y conmigo… parecía entenderme, aunque yo no contara nada.
Como si pudiera leer lo que pasaba por mi cabeza, ver más allá de lo que decía.
Nunca necesitaba abrirme del todo; ella siempre lo sabía.
Y agradecía cada palabra de apoyo que me brindaba, entre murmullos, como si fuéramos confidentes.
Era un apoyo real. Muchas veces se quedaba en casa con mis hermanos mientras yo entrenaba, o los llevaba a la pista. Era la única manera de que pudieran verme jugar.
La empleada que mi padre tenía contratada —una prima lejana suya— se limitaba a cumplir órdenes. Hacía las tareas, cocinaba y se marchaba. No hablaba, no preguntaba, no miraba. Como si aquella casa llena de gritos y dolor estuviera vacía.
—Andrej me llamó preocupado —empezó Vera al cabo de un momento—. Contó que os habíais peleado con vuestro padre y que habías desaparecido. Tiene miedo de que no regreses o de que hables con servicios sociales y os separen.
—Solo necesitaba calmarme y pensar —respondí, seco.
—Lo sé. Por eso le pregunté dónde podrías estar. Y el primer sitio que se le ocurrió fue este, cielo.
Apartó con cuidado un mechón de cabello de mi cara.
—Habla conmigo. No tienes que hacerte el fuerte.
—No tengo nada que decir —contesté—. Te agradezco que te preocupes por nosotros, pero estoy bien. Solo necesito un momento.
Asintió despacio.
—Está bien. Avisaré a tu hermano para que se quede tranquilo. Juraj, en dos días se irán de viaje. Yo estaré allí para Eliška, para mi amiga. Te lo juro, todo mejorará.
Me apretó la mano y me dio un beso suave en la cabeza, como si sellara una promesa.
Se levantó. Sentí sus pasos alejarse, aunque el olor de su perfume siguió flotando en el aire. Con la vista fija en las gradas de enfrente, murmuré:
—Nunca mejora. Siempre empeora.
***
Llevábamos horas en la sala de espera.
Andrej no paraba de llorar, encogido contra mí, roto por dentro. Yo lo abrazaba sin saber qué decirle. Vera estaba sentada a su otro lado, pasándole la mano por la espalda, intentando tranquilizarlo.
Los mellizos se habían quedado en casa con Cole. Pensar en eso no me ayudaba. Cole no sabía cuidar ni de sí mismo, mucho menos de unos niños pequeños, pero no teníamos a nadie más.
Nuestra madre había sufrido un aborto y la estaban operando. No tenía claro qué le estaban haciendo ni cuánto tiempo podía durar. Solo sabía que la había visto peor que la otra vez: muy pálida, ausente, como si ya no estuviera del todo allí.
La rabia me carcomía por dentro cada vez que pensaba en mi padre. Todo aquello era culpa suya. De haberla empujado hasta ese punto otra vez. De no importarle nada más que él mismo.
Vera me tocó el hombro y entonces me di cuenta de que estaba apretando los puños con fuerza. Después, pasó a abrazar a Andrej.
Cuanto más lo pensaba, más crecían mis sospechas de que aquel aborto no había sido un accidente, sino algo provocado.
Por ella. Aquella misma mañana había pasado horas con mi madre, encerradas en la habitación.
Durante ese tiempo, la casa quedó en silencio.
Mamá dejó de gritar. Luego Vera salió. Al rato volvió a entrar con una bolsa pequeña.
Y poco después, los gritos regresaron, distintos a los habituales, más agudos, de puro dolor.
La duda me rondaba la cabeza, pero, para ser sincero, no quería saberlo. Así que no iba a preguntar.
Cuando por fin salió el médico, nos informó de que la intervención había ido bien, que habían conseguido estabilizarla y que pasaría la noche en observación.
También añadió que, aprovechando el ingreso, el equipo de Psiquiatría la valoraría para ajustar el tratamiento.
Podríamos verla unos minutos cuando despertara, pero luego tendríamos que marcharnos.
Al cabo de un buen rato, entramos en la habitación casi en silencio.
Nuestra madre estaba medio dormida, conectada a cables y máquinas que pitaban con suavidad. Tenía la piel grisácea, frágil, como si pudiera romperse con solo mirarla.
—Mamá… —Andrej se soltó de la mano de Vera y corrió hasta la cama—. Mamá, por favor, ponte bien. No te quedes aquí. Vámonos a casa. No quiero dejarte.
Su voz se quebró. Empezó a llorar con un llanto torpe, desesperado.
Vera se acercó rápido, lo abrazó por detrás y le susurró algo al oído. Andrej negó con la cabeza, se aferró a la sábana un instante más, pero al final permitió que lo sacara.
Me quedé solo y me acerqué despacio para tomarle la mano. Era pequeña, ligera. Y, por primera vez desde que tenía memoria, me derrumbé.
Lloré.
No en silencio. No con dignidad. Lloré como un crío de doce años que ya no puede más. Permití que el miedo saliera, que todo lo que llevaba acumulado me partiera en dos.
Ella abrió los ojos despacio y me miró. Supe que me estaba escuchando. Y entonces hice algo que nunca hacía.
Supliqué.
—Mamá… tienes que ponerte bien —hablé entre sollozos—. Tienes que tomar tu medicación y curarte. Los mellizos te necesitan. Son muy pequeños. No saben lo que es tener unos padres. Si los conocieras bien, los querrías con toda el alma.
Apreté su mano, como si pudiera retenerla allí.
—Y por Andrej… Él te adora. Eres todo su mundo. Te necesita más que nadie. Siempre está buscando una caricia tuya, una mirada, que le hagas caso aunque sea un poco.
Tragué saliva. Me ardía el pecho.
—Y por mí, mamá —confesé—. Estoy agotado. No sé cuánto tiempo más voy a poder aguantar así. No puedo hacer vuestro papel. No puedo. Y por una vez me gustaría saber que cuento con alguien, que hay una persona que se preocupa por mí, que también me cuida. Tienes que volver. Conócenos. Quiérenos.
Las palabras salían atropelladas, rotas por el llanto.
Una lágrima surcó su rostro y durante un segundo pensé que había llegado a ella.
Me miró una última vez. Después cerró los ojos y giró la cabeza hacia el otro lado.
Ese gesto fue suficiente.
Solté su mano. Me sentí avergonzado por haberme abierto, por haber suplicado. Por haber creído, aunque solo fuera un instante, que podía quererme.
Caminé hacia la puerta y, antes de abrirla, sabiendo que aún podía oírme, dije:
—Puedo vivir con tu rechazo y sin tu amor, porque no se puede echar de menos lo que nunca se ha tenido.
Pero te aseguro una cosa: haré todo lo posible para que mis hermanos no te lloren, no te necesiten, no sufran por ti.
Me quedaré con ellos como deberías haber hecho tú.
Jamás notarán tu ausencia. Les daré todo lo que tú no supiste darles. Te lo juro.
Salí.
Me apoyé un segundo en el quicio de la puerta y respiré hondo, secándome las lágrimas con la manga. Vera y Andrej no tardaron en acercarse.
—¿Va todo bien? —indagó ella, acariciándome el brazo.
—Sí. Todo lo bien que puede ir. Vámonos a casa. Los mellizos estarán desconcertados con todo esto.
—He pensado que Cole y yo podríamos pedir la cena y quedarnos a dormir. Así no estaríais solos.
Negué con la cabeza.
—No es necesario. Que mi madre esté aquí o en casa es lo mismo. Nunca está con nosotros. Y no estamos solos —rodeé a Andrej con el brazo y tiré de él hacia la salida—. Nos tenemos los cuatro.
Miré una última vez el pasillo del hospital antes de irnos.
Aquella noche, si quedaba algún sentimiento hacia mi madre, murió allí. Igual que el último resto de algo parecido a una familia.
Para mí, todo se acabó en ese hospital.