Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

JURAJ

​ Doce años antes…

Los gritos de mi madre ceñían la casa entera. Rebotaban en las paredes, en el suelo, en mi cabeza. Venían de su habitación, de ese cuarto del que ya casi nunca salía. Sonaban rotos, como si algo dentro de ella también se estuviera fracturando.

Andrej se encerró con ella. Siempre lo hacía.

Era el que se quedaba a su lado, el que le hablaba en voz baja, el que intentaba calmarla poco a poco.

Se desvivía por hacerla sentir mejor, aunque casi nunca lo conseguía.

Con el paso de los días, aquella tristeza acababa arrastrándolo también a él, dejándolo igual de cansado, igual de apagado.

Yo fui a por los mellizos.

Lloraban asustados, con un llanto desbordado que nacía del miedo.

Los gritos de nuestra madre los partían por dentro, los hacían encogerse, buscar un refugio sin entender nada.

Los cogí como pude, uno en cada brazo. Eran pequeños.

Demasiado pequeños para vivir en una casa así.

Me habría gustado taparles los oídos, cerrarles los ojos, sacarlos de la vida que nos había tocado.

Sobre todo cuando él estaba allí.

Bajé a toda prisa y los llevé al jardín. Los gritos seguían oyéndose, aunque más lejanos. Aun así, se te metían en el pecho y se quedaban clavados.

—Juraj… —Matej hipaba—. ¿Qué le pasa a mamá?

—Está enferma —expliqué.

—¿Se va a morir?

Negué con rapidez.

—No. Cuando tome la medicación se pondrá mejor.

Anica no decía nada. Me miraba con los ojos muy abiertos.

—Me da miedo —murmuró—. Cuando grita y cuando no grita. Cuando se queda callada y me mira.

La abracé. Anica pensaba que mamá era algo parecido a un espectro, un ente que podía aparecer por la noche y hacerle daño.

Por eso dormía con Matej. Y cuando nuestro padre regresaba de viaje y todo se volvía aún más complicado, dormíamos los cuatro juntos: a veces en colchones en el suelo de mi habitación; otras, si hacía buen tiempo, en la tienda de campaña del jardín.

Ese era su lugar seguro, donde últimamente pasaban más tiempo.

Lo que no sabían era que no existían los lugares seguros.

—Mamá no va a lastimarte —intenté tranquilizarla, aunque no tenía la certeza de nada—. Y si alguien intenta haceros daño, no lo voy a permitir. ¿Me oyes? Nunca.

—¿Y papá? —preguntó Matej en voz muy baja—. Tú no puedes con papá.

No supe qué contestar.

—Él pegó a Andrej —continuó—. Yo lo vi. No quiero que vuelva de los viajes. Cuando vuelve, mamá grita más.

Se me encogió el pecho. Recordé mi cara el día que regresé feliz del partido de hockey en el que había destacado. Había marcado un gol y dado una asistencia, y todavía estaba eufórico cuando entré en casa pensando en contárselo a mis hermanos.

Pero todo se evaporó al cruzar la puerta.

Encontré a Andrej con el labio roto, el pómulo hinchado y restos de sangre en la cara. Estaba sentado en el suelo, abrazando a los mellizos, que lloraban asustados. Todo por haber intentado salvar la medicación de mamá. Aunque al final no sirvió de nada: acabó toda en el retrete.

—Matej, nadie os va a tocar. A ninguno. Te lo prometo.

Lo abracé fuerte. Tan fuerte que quizá le hice daño.

Entonces su cuerpo empezó a temblar. Primero despacio. Después con más intensidad. Hasta que vomitó.

—Eh, eh —me agaché enseguida—. Tranquilo.

—No es nada —dijo—. Me pasa a veces.

—¿Cuándo?

No respondió.

—Mírame —le levanté la cara. No lo hizo—. Decidme qué sucede.

Silencio.

—Si no me lo contáis —mentí—, esta noche no duermo aquí.

Los dos me miraron, asustados.

—Matej… —empezó Anica.

—No —protestó él—. Me lo prometiste.

—Es que tengo miedo —aclaró ella, llorando—. Mucho.

Se pegó a mí.

—Matej se pone malo cuando gritan —confesó—. Cuando grita papá o mamá. No quiere que nadie lo sepa, porque se rieron de Andrej cuando se hizo pis.

Cerré los ojos. Me dolía todo.

En ese momento escuché un coche. El sonido del motor.

—Maldito cabrón —bramé.

—Juraj —Anica me agarró del brazo—. No vayas.

—Quedaos aquí —ordené—. Pase lo que pase, no salgáis. Prometédmelo.

Asintieron y se abrazaron entre ellos.

Cerré la cremallera de la tienda y caminé hacia mi padre.

Me dolía verlos así. Matej vomitaba ante los gritos, Anica se escondía en camas ajenas y Andrej… Andrej se meaba encima. Todo el miedo del mundo parecía concentrarse en ellos, y yo lo observaba sin poder hacer nada.

Y, además, la terrible noticia: otro embarazo. Otro niño que vendría a un hogar con padres incapaces de cuidarlo.

Hacía casi dos años habíamos pasado por algo parecido, aunque aquel embarazo terminó en aborto. Y yo, en lugar de sentir tristeza, sentí alivio. Un alivio tan grande que me avergonzaba reconocerlo siquiera en mi cabeza.

Bajó del coche despacio. Los gritos de mi madre no parecían afectarle. Sonreía, tranquilo, como si nada estuviera pasando. Dio una última calada al cigarrillo, lo lanzó al suelo y lo aplastó con el pie antes de cerrar la puerta.

Me vio.

No temblaba. Sentía rabia, un odio que crecía cada día. Y él estaba allí, firme, imperturbable, como si nuestra familia no se estuviera desmoronando en parte por su culpa.

—Tiene que volver a tomar la medicación —dije—. Está descontrolada. Los mellizos están asustados.

—No puede. Está embarazada. El tratamiento puede dañar al feto.

Ahí estaba.

Siempre su egoísmo.

Nunca nosotros.

—No se tiene en pie —repliqué—. No puede salir de la habitación. ¿Esto te parece normal?

—Ya se le pasará cuando su cuerpo se limpie de toda esa porquería que tomaba.

Lo miré y supe que no iba a escucharme.

—No voy a hacerme cargo de otro bebé —declaré—. No puedo. No quiero.

Frunció el ceño.

—Ese no es tu problema.

—Sí lo es. Porque tú te vas y ella se encierra en ese cuarto. El que se queda, el que cuida, el que se ocupa de los niños cuando lloran soy yo.

Di un paso más.

—Voy a llamar a servicios sociales. Mis hermanos no pueden seguir viviendo aquí. Esto no es un hogar.

—No sabes lo que estás diciendo —meneó la cabeza despacio.

—Lo sé perfectamente —objeté, fuera de mí—. Y no voy a cuidar de ningún hijo tuyo más. Te crees que dejándola embarazada una y otra vez la tienes atada. Que cuando te vas estará demasiado ocupada para mirar a nadie más. Pero no te das cuenta de una cosa: te odia. Como te odiamos todos.

Tragué saliva, sin apartar la mirada.

—No nos quiere. Y cuantos más somos, menos te soporta. Cada día está más perdida en su cabeza, más lejos de ti. Y ojalá pudiéramos hacer lo mismo. Ojalá todos pudiéramos escapar de este infierno que tú has creado.

Fue entonces cuando me sujetó por la camiseta y me estampó contra el coche. El golpe me sacó el aire de los pulmones. Antes de que pudiera reaccionar, su mano subió a mi cuello.

Apretó.

Intenté respirar y no pude.

El pecho me ardía, como si algo se estuviera rompiendo por dentro. Todo empezó a sonar lejano.

Pensé en los mellizos.

Pensé en Andrej.

Pensé que no podía morirme allí.

—Que… te… jodan… —logré articular, casi sin voz.

Apretó más.

—¡Suéltalo! —escuché a Andrej.

Se lanzó sobre él, intentando liberarme de su agarre, aunque era más fuerte que los dos juntos. Andrej no se rindió. Llevó la boca al antebrazo de nuestro padre y lo mordió con todas sus fuerzas. Eso surtió efecto. Me soltó un instante y pude respirar.

Caí de rodillas, jadeando, intentando recuperar el aire.

Y vi la bofetada impactar contra Andrej. Cayó al suelo de lado, incapaz de incorporarse de inmediato.

—Tened cuidado con lo que hacéis —advirtió nuestro padre, con voz fría—. Las consecuencias pueden ser mucho peores de lo que imagináis, mocosos.

Después se giró y entró en la casa, dejándonos allí, temblando, con la rabia y el miedo apretándonos el pecho.

Fui hacia mi hermano y me arrodillé a su lado.

—¿Estás bien?

Asintió, aunque no me miró.

—Pensé que te mataba —susurró.

Lo abracé.

—Quédate con los mellizos —le pedí—. No los dejes solos.

—¿Te vas?

—Tengo que hacerlo. Necesitamos ayuda. Si no, esto nos va a destruir a todos.

—Nos van a separar. Y a mamá.

—Mamá ya se fue hace tiempo —reconocí.

Me levanté.

—No puedo cargar con otro hijo más. Mira cómo vivimos, Andrej. Esto no está bien. Los mellizos, tú y yo necesitamos un hogar de verdad. ¿Te parece normal ocultarnos en una tienda? Tú pendiente de que mamá coma, yo ocupándome de los pequeños… Somos unos críos.

Andrej me agarró la pierna.

—Por favor. No puedo estar lejos de vosotros. Juraj, te necesito más que a nadie. Y los mellizos también. Solo nos tenemos a nosotros.

Me agaché y le tomé la cara entre las manos.

Lo abracé. Besé su cabeza.

Y me fui, sabiendo que yo tampoco podría separarme de ellos.

Porque eran lo único que tenía.

***

Me gustaba sentarme en las gradas y mirar la pista. Aquel día el hielo ya no estaba: fuera de temporada, el Arena de Bratislava se usaba para conciertos y otros eventos. Aun así, ir allí me tranquilizaba.

Yo todavía jugaba en la U12, entrenábamos en pistas secundarias, más pequeñas, lejos del primer equipo. Pero aquel era el corazón del club, el lugar al que todos mirábamos. Sentía que ese también podía ser mi sitio, aunque aún me quedara grande.

El hockey era mi refugio. Lo que me ayudaba a soltar la rabia y el dolor. El único momento en el que podía ser solo yo. Con el tiempo, también empecé a verlo como una salida: la forma de sacar a mis hermanos de aquella casa y construir una vida lejos de allí.

A veces fantaseaba con verme jugar en esa misma pista, con el logo del club en el pecho, como los mayores.

Sabía que a mi edad solo era un crío de cantera, uno más entre muchos, pero imaginarlo me ayudaba a respirar.

Era casi una plegaria, una esperanza a la que me aferraba porque ya no me quedaban muchas más alternativas.