Capítulo 15 #2
Y lo que no tenía claro era por qué.
Solo esperaba que no fuera porque él le importaba.
—¿Se puede saber a qué ha venido eso? —preguntó en voz baja.
—A recordarte algo —declaré, sin soltarla del todo.
El rubio carraspeó a nuestro lado.
—Eh… creo que sobro.
Giré la cabeza un segundo.
—Sí. Sobras.
Price captó el mensaje y se alejó con una sonrisa incómoda, fingiendo revisar el móvil.
Cuando volví a mirarla, Kelsey seguía furiosa. Demasiado.
—No soy un objeto que puedas marcar cuando te apetezca —protestó en voz baja, cortante.
—No te he marcado. Te he besado.
—¿Y por qué?
Me incliné lo justo para invadir su espacio. Lo suficiente para obligarla a alzar la barbilla y sostenerme la mirada.
—Porque estabas olvidando que, delante de todos los que están ahí dentro, tú y yo somos pareja.
Soltó una risa sin humor.
—Ah, claro. Como si pudiera olvidarlo. Me levanto viéndote la cara y me acuesto igual. Créeme, eso lo tengo bastante presente. Y te voy a pedir una cosa: que sea la última vez que haces algo así. No me gusta.
»Kieran es un buen tipo —continuó, sin darme margen—. Me estaba echando una mano con las redes. Sabe todo el hate que me está cayendo y se ofreció a subir algunos vídeos conmigo. Solo eso. Y llegas tú, marcando territorio como un cavernícola, y nos haces quedar como dos imbéciles.
—Vale —concedí—. Puede que interpretara mal la situación. Pero dime una cosa, princesita. Si fuera yo el que se pasa toda la velada con una chica, me rio, me la llevo aparte, le cojo la mano, fotito por aquí, risita por allá, ¿qué pensarías?
—Que te cae bien.
La miré de lado.
—Qué mal mientes. Lo primero que te cruzaría por la cabeza es que me la quiero follar. Vamos, niégalo.
Chasqueó la lengua.
—Es que tú eres tú y yo soy yo —repuso—. Nuestro historial sexual no juega en la misma liga.
Sonreí sin querer.
—Exactamente eso es a lo que me refiero. Si yo hago lo mismo, soy un imbécil incapaz de mantener la polla en los pantalones. Así que hagamos una cosa —me acerqué un poco más—: mientras dure esta mentira, ninguno de los dos estará con nadie más. Sea quien sea.
Y sí, eso incluía a cualquier fantasma de su pasado.
—Perfecto —me sostuvo la mirada—. A ver si es verdad que sabes mantenerla guardadita.
Se giró, indignada.
—Y ahora vámonos a casa. Como vuelva a cruzarme con él, me voy a morir de vergüenza.
La vi alejarse y no pude evitar sonreír.
Primero, porque acababa de asegurarme de que no estaría con nadie más.
Y segundo, porque la palabra «casa» había sonado peligrosamente bien viniendo de ella.
***
Golpeé el saco una y otra vez, permitiendo que cada impacto absorbiera la rabia. El cuero crujía bajo mis nudillos y el ritmo constante me ayudaba a respirar. Aquello siempre me funcionaba. El boxeo era mi manera de vaciar la cabeza, de expulsar la adrenalina antes de que me devorara por dentro.
Estaba tan concentrado en los golpes que no la oí entrar. Aunque la sentí. Siempre la sentía.
—La cena ya está —informó Kelsey desde la puerta—. Amelia no se queda. Mañana viene su hijo y quiere dejarlo todo preparado en su casa.
Me giré.
Llevaba unos pantalones deportivos holgados y una camiseta blanca que dejaba ver un fragmento de piel a la altura del ombligo.
Nada especial. Y, sin embargo, jodidamente sexy.
Se quedó mirándome un segundo de más. Yo estaba en pantalones cortos, sin camiseta, los guantes aún puestos, respirando con fuerza.
Desvió la mirada demasiado rápido.
Se dio la vuelta para irse. No pensé. Simplemente reaccioné. Me quité uno de los guantes, le agarré la muñeca y tiré de ella hasta que su cuerpo impactó contra el mío.
—¿Sigues enfadada? —curioseé sin soltarla.
—¿Y tú qué crees? —alzó la barbilla, desafiante.
La mantuve ahí, demasiado cerca.
—Tengo una idea para que liberes tensión —dije, señalando los guantes—. Úsalos.
Al principio se los puso con torpeza. Me coloqué detrás de ella.
—Así —murmuré, rodeándole la cintura para corregirle la postura—. Gira el hombro. Eso es.
Mi voz le rozaba la nuca. Mis manos marcaban el movimiento. Lanzó el primer golpe. Después otro. Y otro más.
Me aparté y caminé alrededor mientras ella seguía golpeando.
—¿Sabes? —comenté—. Creo que deberías estarme agradecida.
—¿Ah, sí? —resopló sin detenerse.
—Desde que estás aquí mientes menos. Estoy viendo tu verdadero rostro. Y me gusta.
Se detuvo en seco y se giró hacia mí, con los guantes aún puestos.
—Golpear el saco no va a quitarme esta mala leche —advirtió—. Aunque sé perfectamente qué sí podría hacerlo.
Y se lanzó contra mí.
Me golpeó el pecho una vez. Luego otra. La sujeté. Forcejeamos. Perdimos el equilibrio y caímos al suelo rodando. Durante un segundo quedó encima de mí. Reaccioné rápido, la giré y la inmovilicé bajo mi cuerpo. Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano.
Quedamos demasiado cerca.
—Kelsey Marlow —susurré—. Quiero saber quién eres de verdad.
Rocé mi nariz con la suya. Bajé despacio, sin tocarla, recorriendo su mandíbula, su cuello. Su respiración se aceleró.
—¿Por qué estás tan seguro de que interpreto un papel? —protestó con la voz quebrada.
—Porque siempre actúas como los demás esperan de ti. Menos conmigo.
Echó la cabeza hacia atrás al sentir mi aliento en su clavícula.
—Es que tú sacas mi peor versión.
Me detuve.
—No me importa ser quien saque lo mejor o lo peor —aclaré—. Me conformo con sacarte algo real.
Solté sus manos, aunque sus brazos permanecieron en alto, tensos.
—Nunca llegué a conocer a mi madre —continué, sin saber por qué—. No recuerdo su risa. Ni su enfado. Ni un gesto sincero de cariño. Solo tengo dos imágenes: una mujer hundida en la oscuridad o una sonrisa falsa porque mi padre se lo exigía.
Sentí cómo se tensaba bajo mi cuerpo. Sus ojos se humedecieron.
—Y no quiero que seas un misterio para mí como lo fue ella.
Sus manos bajaron y, aún con los guantes, recorrieron mi espalda con una caricia torpe.
—Joder —gruñí, negando con la cabeza—. No sé por qué te estoy contando esto.
—Quizá porque lo necesitas.
Levanté la vista. Nuestras miradas quedaron ancladas. Las respiraciones, desacompasadas. Era una mezcla demasiado intensa de sensaciones, muchas desconocidas para mí, que me invitaban a dejarme llevar y, al mismo tiempo, me aterrorizaban. Ella me aterrorizaba.
—Ya está la cena.
La voz de mi hermana retumbó en la sala. Cerré los ojos.
Mierda.
—Bueno, no os apuréis —añadió, incómoda—. Lo siento. Creo que la próxima vez tocaré la puerta.
Dejé caer la frente sobre el hombro de Kelsey. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó el aire despacio.
Habíamos estado a un paso de cruzar una línea peligrosa. Una que cada día se volvía más difícil de ignorar.
Y los dos lo sabíamos.