Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

JURAJ

La observaba desde la distancia. Kelsey seguía hablando con Kieran Price, excompañero de equipo y viejo amigo de Nathan en Chicago.

Desde el mismo instante en que se reencontraron se fundieron en un abrazo demasiado efusivo para mi gusto y, desde entonces, no parecían capaces de separarse.

Reían, se interrumpían, gesticulaban como si intentaran condensar toda una vida en apenas unos minutos.

Antes de entrar en la primera fiesta de cumpleaños de la pequeña Rachel habíamos llegado a un acuerdo.

Para no levantar sospechas sobre nuestra farsa y evitar escenarios incómodos o análisis innecesarios, lo mejor era mezclarnos con los invitados, no permanecer juntos toda la velada.

Interactuar. Dispersarnos. Pero no quedarnos anclados durante horas con la misma persona, como estaba haciendo ella. Eso no formaba parte del trato.

Escuchaba las voces de mis compañeros, las bromas de siempre. Sin embargo, mi atención seguía fija en ella y en el rubio que tenía al lado.

Los vi acercarse hasta donde estaba Prescott, con su hija en brazos.

Nathan cambiaba por completo cuando estaba con Jordan o con la niña.

El hombre impenetrable desaparecía y emergía ese padre dulce, casi ridículamente tierno.

Kelsey tomó a la pequeña y Kieran se colocó a su espalda para asomarse también, rodeándolas.

Los tres componían una escena demasiado cercana.

Decir que me sentía mal era quedarse corto.

Las bromas no tardaron en aparecer: que si Kieran Price iba a quitarme a la novia, que si hacían mejor pareja, que si Kelsey saldría ganando con el cambio, que todavía no entendían cómo era capaz de aguantarme.

—Paso de vuestras gilipolleces —bramé—. Voy a por una bebida.

Necesitaba aire.

Me escabullí hacia el jardín y fue entonces cuando los vi: River y Caden jugando en la hierba con sus tres hijos. Reían, se ensuciaban, se empujaban sin cuidado, como si nada más en el mundo importara. Solo ellos.

Pensé en mis hermanos. En mí. En cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos tenido unos padres como los Hughes.

Imaginé a Anica con una madre a la que poder confiarle sus cosas.

Aún recordaba el día en que tuve que hablarle de la menstruación, improvisando como si yo mismo la sufriera cada mes.

Y el tema del sexo con los mellizos fue aún peor.

Creo que hice el mayor ridículo de mi vida; lo pasé peor que ellos.

Vi a Seany saltar sobre su padre y pensé en Matej, más tranquilo, más centrado, más feliz. Me imaginé disfrutando del hockey solo como una afición, estudiando medicina, cumpliendo ese sueño que se quedó por el camino.

Y Andrej…

Andrej estaría vivo.

Cerré los ojos con fuerza, reteniendo las lágrimas. Aquella imagen era demasiado perfecta. Demasiado dolorosa. Me alejé de allí, siguiendo el sendero del jardín hasta la casa de la piscina. Y, sin quererlo, los recuerdos de aquella noche con la princesita regresaron, nítidos, insistentes.

—Me cago en mi vida —resoplé.

Mirara donde mirara, todo parecía empeorar.

—Joder.

Una voz, demasiado familiar, me hizo girar la cabeza. Caminé hacia el origen del sonido y lo vi: Conor, golpeando la pared con ambas manos, descargando su frustración sin ningún cuidado.

Al parecer, no era el único al que aquella fiesta se le estaba haciendo cuesta arriba.

—Puedes intentarlo todas las veces que quieras, pero me da la impresión de que los cimientos de esa casa son lo bastante sólidos como para que tus puños no consigan moverlos —solté a modo de saludo.

Conor giró la cabeza hacia mí, aún con las manos apoyadas en la pared, y me lanzó una mirada de advertencia.

—No me toques los cojones, Novák. No estoy para gilipolleces.

—Ya somos dos.

Caminé hasta los primeros escalones del porche y me senté. Conor me siguió. El silencio se prolongó un buen rato, cómodo, porque ninguno de los dos tenía prisa, hasta que él decidió romperlo.

—Liam lleva un tiempo muy raro. No hace más que viajar a Canadá.

—¿Y qué tiene eso de extraño? —respondí sin mirarlo, con la vista fija al frente—. Es canadiense. Su familia está allí. ¿No había retomado la relación con su madre después de lo de su padre?

—Lo curioso es que ninguna de las veces me permitió acompañarlo. Te juro que al principio pensé que simplemente no se atrevía a presentarme oficialmente. Que su madre seguía sin aceptar quién era su hijo y que él lo estaba permitiendo.

Hizo una pausa. Tragó saliva.

—Y me enfadé. Me dolió mucho. Aunque casi habría preferido que fuera solo eso a que se estuviera viendo con otro.

Me giré del todo, incapaz de ocultar la incredulidad. Liam siendo infiel a Conor no encajaba en ningún escenario posible.

—Primero fueron las llamadas a escondidas —continuó—. Mensajes encerrado en el baño. Y luego, en un par de ocasiones, lo escuché hablar con alguien llamado Caleb. ¿Quién coño es Caleb? ¿Tú conoces a alguno? Porque yo no.

No dije nada. Tampoco parecía esperar respuesta. Todo lo que contaba era extraño, aunque mi cabeza insistía en buscar una explicación que no tuviera que ver con cuernos.

—Hace un momento salió de la fiesta —añadió—. ¿Sabes para qué? Para hablar. ¿Y con quién? Con el puto Caleb.

—¿Escuchaste la conversación?

—Sí. Y no me vengas con moralismos. Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo.

Tenía razón. Yo el primero.

—Le decía que ir a Toronto era muy arriesgado. Que se le complicaba mucho volar hasta allí, demasiadas horas. Que quizá, si buscaban un lugar más «seguro» para verse en Vancouver, podría ir más seguido.

Solté el aire despacio.

Loco. Así me había quedado. Porque estaba claro que Liam ocultaba algo, y todo apuntaba a que su relación con ese tal Caleb era, como mínimo, demasiado cercana.

—¿Se lo has contado a los otros? —indagué.

—No. No puedes desenterrar a un muerto sin pruebas.

Además, estoy acojonado, tío. Primero, porque temo que, si saco a la luz mis sospechas, se hagan realidad; y segundo, porque, si son infundadas, siento que voy a joder la relación.

Nos costó mucho superar el bache que tuvimos a cuenta de la adopción.

—¿Y por qué yo?

Conor se giró hacia mí por primera vez desde que había empezado a hablar.

—Porque una de las pocas cosas buenas que tienes es que sabes escuchar. No te entrometes. No das consejos vacíos ni ánimos falsos. Y, lo más importante, no dices lo que crees que el otro quiere oír.

Suspiró.

—Y a veces eso es lo único que necesitamos. Hablar sin que nos juzguen.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros hasta que unas carcajadas lo rompieron.

—Aquí, aquí —la voz de Kelsey sonó clara, alegre.

La vi entrelazar los dedos con los del defensa de Chicago y arrastrarlo hasta uno de los columpios. Lo soltó enseguida, colocó el móvil apoyado en la estructura y ambos empezaron a grabar un vídeo.

—¿Van a estar así todo el puñetero día? —gruñí para mis adentros.

Intenté disimular, aunque mis manos me traicionaron.

—Deja de apretar los nudillos —murmuró Conor, sin mirarme—. Los vas a reventar.

Soltó una risa breve.

—Te has pillado por Kels. El jueguecito del romance dejó de serlo.

—¿Qué mierda dices? Entre ella y yo no hay nada.

—Díselo a tu cara —contraatacó—. Y a tus manos. Están gritando que estás muerto de celos.

Lo fulminé con la mirada.

—No estoy celoso.

—Claro. Solo estás observando cómo se ríe con otro tío guapo, rubio, con ojos bonitos, sonrisa sexy y pelo despeinado, rollo surfero. No es un armario como tú, pero es todo fibra. Está muy bien.

—¿Ahora también te pone a ti?

—No, tranquilo —rio—. A mí solo me ha gustado un hombre en mi vida. La única persona de la que me he enamorado. Liam. Aunque eso no significa que esté ciego.

Resoplé.

—Lo que me molesta es que, delante de todos, Kelsey y yo somos pareja. Y verla tan cercana con otro tira por tierra nuestra mentira.

—Ajá.

—¿Sabes de qué se conocen?

—Novák, eres demasiado obvio.

Me dio una palmada en la espalda.

—No conozco al chaval más allá del hockey y de una vez que tuvimos un encontronazo peculiar.

Pero casi seguro que los presentó Prescott.

Price y él están muy unidos. Su historia es parecida a la de Nathan: padre poderoso, presión constante.

Y Kelsey pasaba mucho tiempo en Chicago con Jordan, así que quién sabe. Igual coincidieron más de una vez.

Le di un codazo.

—Te estoy vacilando —rio—. Salía con la hija del presidente del club. Puede que esté libre o puede que no.

—Eres un capullo.

Conor me rodeó la nuca en un gesto casi fraternal.

—Yo dejaría de hacer tantas elucubraciones y me centraría en esa preciosidad que vive en tu casa. Cuanto antes reconozcas que te gusta, mejor. Porque si tardas mucho, aparecerá otro como Price y no se lo pensará tanto como tú.

—No siento nada por ella. Nuestro vínculo se limita a un acuerdo.

—Uno que sellasteis follando contra una cristalera en Aspen.

Mierda.

—Sí, os vi. Fue tan jodidamente caliente que cuando volví al cuarto tuve que despertar a Liam.

—No sigas. Ahórrame los detalles. ¿Quién más lo sabe?

—Nadie. No me gusta meterme en la vida de los demás. Solo intervengo cuando veo a mis jugadores perder el norte o a mis amigos hechos polvo.

Se puso en pie.

—Conor —lo detuve—. No sé qué está pasando con Liam, pero te quiere. De eso estoy seguro.

Sonrió, asintió y dio un par de pasos antes de girarse.

—Deja de engañarte. Esa tía te gusta. Y te hace bien. Eres menos gilipollas cuando está cerca.

Se fue.

Mis ojos volvieron a ella. Kelsey seguía en el columpio, balanceándose despacio frente a Price. Él sacó el móvil y empezó a hacerse selfies con ella.

«A la mierda».

Me levanté y caminé hacia ellos. Estaban tan concentrados que no me vieron llegar. Agarré la mano de Kelsey, la atraje hacia mí y la besé.

Reconocí al instante la suavidad de sus labios. Su calor. Su sabor.

No fue un beso romántico ni apasionado. Fue un aviso. Una forma de recordarle al rubio que estaba conmigo.

Sentí cómo Kelsey se tensaba. Se apartó con cuidado. Molesta. Enfadada.