Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

JURAJ

​ Quince años antes…

Toqué la puerta de la habitación de mi madre y entré con cuidado. Todo estaba en penumbra. Los mellizos no dejaban de llorar; sus sollozos sonaban como un ruido constante, desesperante. En una esquina, en el suelo, se movían inquietos. Miré hacia la cama.

Mi madre estaba tumbada, cubierta hasta el cuello, con las manos apretadas contra los oídos, como si así pudiera detener el llanto de sus hijos.

—Mamá —corrí hasta ella—. ¿Estás bien?

Abrió los ojos y me agarró la muñeca con fuerza.

—Juraj, haz que se callen. No lo soporto más.

La miré a ella. Después a los mellizos. No supe qué hacer. Me quedé paralizado.

Entonces la voz ronca de mi padre irrumpió en la habitación. Corrió las cortinas de un tirón y la luz entró de golpe.

—Eliška, levántate de la cama. Tenemos invitados —ordenó, retirando el cobertor con brusquedad.

—No me encuentro bien, Dušan —rogó ella, llorando—. Discúlpame con ellos.

Él le agarró el brazo y la obligó a incorporarse.

—Hoy no es el día para una de tus estúpidas crisis. Te vas a arreglar y vas a bajar a celebrar el cumpleaños de tu hijo —exigió, señalándome.

—De verdad que no puedo —sollozó, buscándome con la mirada como si yo pudiera salvarla.

—Mamá… —murmuré, acercándome.

Mi padre me puso la mano en el pecho y me empujó hacia atrás con un golpe seco.

—Coge a tus hermanos y sácalos de aquí. Abajo están Levi y su familia esperando para felicitarte.

—Pero…

—¡Que salgas, te he dicho!

Alzó la voz y los mellizos se sobresaltaron. Los agarré de la mano y los arrastré conmigo. Antes de salir, mi mirada se cruzó una última vez con la de mi madre.

Al alejarnos, los gritos de mi padre se escucharon por toda la casa. Después vinieron los golpes, cosas cayendo al suelo. Siempre era igual. Perdía el control, lo rompía todo y, más tarde, se calmaba como si nada hubiera pasado.

Abracé a los mellizos, intentando tranquilizarlos. Ellos aún no comprendían lo que ocurría en nuestra casa. Los únicos que vivíamos esos momentos éramos Andrej y yo. Y cada vez que nuestro padre se ponía así, el miedo se apoderaba de Andrej y acababa haciéndose pis encima.

De mi madre, creo que el único que conservaba recuerdos vagos de su sonrisa era yo. Aunque quien tenía con ella un vínculo más profundo era Andrej. Se quedaba a su lado en silencio, tumbado junto a ella, abrazándola durante horas, como si así pudiera consolarla de algún modo.

—¡Juraj! ¿Qué pasa? —Andrej apareció corriendo. Sus ojos se desviaron hacia la puerta cerrada del dormitorio—. ¿Mamá? ¿Él… está con ella?

Asentí sin soltar a los mellizos.

—¿Por qué la dejaste con él? —me zarandeó—. Tienes que hacer algo.

Las lágrimas me corrían por la cara y no fui capaz de responder.

—Hola, chicos.

La voz de Vera, la mujer del socio americano de mi padre, nos interrumpió. Andrej y yo nos tensamos al instante. Sabíamos que, si mi padre nos veía allí, su enfado solo iría a más.

—¿Qué estáis haciendo todos aquí? La fiesta está en el jardín —sonrió—. Andrej, cielo, ve a ayudar a Levi. Mi marido es un peligro con la barbacoa. Y llévate a los mellizos para que Cole se ocupe de ellos.

Andrej asintió y me miró nervioso. Le devolví el gesto, intentando tranquilizarlo.

Cuando se marcharon, Vera se sentó a mi lado en las escaleras.

Yo mantuve la vista fija al frente, clavada en un estúpido cuadro: una foto de mi familia bajando aquellas mismas escaleras, sonriendo, como si alguna vez hubiéramos sido eso.

—Conmigo no tienes que fingir, cielo —me rodeó con un brazo y me atrajo contra su pecho—. Sé lo que está pasando.

Levanté la mirada hasta encontrarme con sus ojos.

—Digamos que mi marido es muy parecido a tu padre —continuó en voz baja—. La diferencia es que Levi no está obsesionado conmigo. Yo soy menos que nada para él.

Suspiró.

—No me hagas caso. Eres demasiado joven para entender lo que quiero decir.

Era joven, sí. Un niño. Aunque entendía cada palabra, como todo lo que ocurría en mi casa.

—Tengo que entrar ahí —intenté ponerme en pie—. Mi madre me necesita.

Vera me sujetó con firmeza.

—Juraj, no puedes hacer nada. Él es más fuerte que tú —dijo sin rodeos—. Y tienes que pensar en tus hermanos. Ellos también te necesitan.

Hizo una pausa y murmuró, más para sí misma que para mí:

—Algún día esos dos cabrones caerán y nosotros estaremos ahí para verlo.

Cuando llegamos a la planta baja, me soltó la mano y me entregó mi regalo.

Lo abrí sin demasiado entusiasmo, bajo la mirada expectante de mis hermanos y los ojos cargados de odio de Cole.

Era un stick , con su puck . Me gustaba el hockey.

En el hielo todo desaparecía. Allí solo era yo. Nadie gritaba. Nadie rompía nada.

Mi padre bajó las escaleras sonriente, justo cuando Levi entraba en la sala.

Eran socios y amigos íntimos. Siempre viajando juntos, siempre planeando algo.

Negocios entre Estados Unidos y Eslovaquia, inversiones, acuerdos que nunca comprendí del todo y que con los años descubriría que eran mucho más de lo que aparentaban.

Quizá por eso Vera y mi madre se habían vuelto tan cercanas: pasaban demasiado tiempo solas, esperando a hombres que nunca estaban.

—Abre también el nuestro —ordenó mi padre.

Lo hice sin mirarlo, para que no viera la rabia que sentía por dentro. En el interior de la caja estaba el resto de la equipación de hockey.

—Tengo ganas de verte jugar otra vez —comentó Levi—. Tienes madera, chaval.

A continuación, rio.

—No como el idiota de mi hijo. Ese no sirve para nada. Pero claro, toda la culpa la tiene su madre, que lo consintió demasiado.

Vi cómo Cole apretaba los puños. Siempre ocurría lo mismo. Su padre lo humillaba y a mí me ensalzaba, y sin quererlo yo me había convertido en el blanco de su odio.

Meses antes nos habíamos peleado. Se burló de Andrej después de que se meara en los pantalones y estallé. No lo pensé: lo tiré al suelo. Cole era mayor, sí, pero yo tenía su misma estatura y una rabia que aún no sabía controlar.

Todavía recuerdo el sonido seco de la bofetada que Levi le dio. Los gritos. Y a Vera corriendo hacia mí primero, comprobando si estaba bien, antes de obligar a su hijo a pedirme disculpas.

Mientras me abrazaba en un gesto falso de paz, Cole me susurró al oído:

—Antes no te soportaba porque mi padre te prefería a ti. Ahora te odio porque mi madre también lo hace.

Nunca entendí cómo un adolescente podía odiar a un niño siete años menor.

—¡Mamá! —exclamó Andrej, corriendo hacia ella al verla bajar por las escaleras y abrazándola con tanta fuerza que casi la tira.

Ella sonrió, pero fue una sonrisa forzada.

—Felicidades, hijo —se dirigió a mí, dándome un beso en la cabeza.

Ese gesto me lastimó más que cualquier grito. No era natural. No era sincero. Era una actuación. Y lo peor no fue eso, sino no saber quién era realmente mi madre. Porque siempre llevaba una de sus dos máscaras: la que se escondía a oscuras en su cuarto y la que sonreía delante de los invitados.

—Id a la cocina y preparad el acompañamiento para la carne —ordenó mi padre.

Ambas asintieron. Mi madre fue la primera en desaparecer, con Andrej colgado de su mano.

—Cole, ve a ayudar a tu padre y a Dušan —añadió Vera.

Cole salió de mala gana al jardín. Cuando nos quedamos solos, ella me sostuvo el rostro entre las manos.

—Eres muy valiente —susurró—. Un gran chico. Y quiero que sepas que siempre podrás contar conmigo.

Me besó la mejilla.

—Feliz cumpleaños, cielo.

Después me senté en el suelo con los mellizos. Matej se acercó y me entregó dos folios doblados. Eran dibujos, uno suyo, otro de Anica. Sus regalos. Me rodearon el cuello y se apretaron contra mí.

—Eh, falto yo —protestó Andrej, lanzándose encima de mí y tirándonos al suelo—. Feliz cumpleaños.

Levantó el puño del jersey y me mostró dos pulseras iguales. Se quitó una y me la puso en la muñeca.

—Ahora es la hora de las cosquillas —bramó.

Los mellizos se unieron al ataque, riendo, luchando por ganarme. Y mientras rodábamos por el suelo, pensé que ese, solo ese, fue el único recuerdo bonito de mi noveno cumpleaños.