Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

KELSEY

​ Quince años antes…

Cuando abrí los ojos, algo duro se me clavó en el cuello desde debajo de la almohada. Me incorporé con cuidado y saqué el pequeño paquete envuelto en papel de regalo que alguien había escondido allí. El corazón empezó a latirme más rápido incluso antes de abrirlo.

Rompí el papel con torpeza.

«La Bella y la Bestia».

Era el cuento de Mia. El que me leía cada noche.

El que repetíamos una y otra vez hasta que me dormía abrazada a su brazo.

Hasta que mis padres lo tiraron a la basura.

Dijeron que ya era demasiado mayor para esos libros y que no era normal que una niña de mi edad necesitara que alguien se quedara con ella hasta que se durmiera.

Normal.

Esa palabra me perseguía, sobre todo cuando estaba sola. ¿Qué tenía yo de raro? ¿Por qué a mí no me abrazaban como a los otros niños? ¿Por qué, cuando me acercaba, siempre parecía que estorbaba?

—Cuidado con el maquillaje —decía mi madre, apartándose.

—Ahora no —protestaba mi padre sin mirarme. Siempre había un «ahora no».

Aquel libro, que había sido el favorito de Mia cuando era pequeña, se convirtió en el mío.

Soñaba con ser Bella. Con escapar a un castillo enorme lleno de libros, donde nadie me dijera que molestaba.

Un lugar en el que tuviera amigos como Lumière, Din Don, la señora Potts y su tacita Chip.

Y soñaba con la Bestia: torpe, enfadada, pero capaz de querer de verdad.

Alguien que se quedara. Alguien que no se cansara de mí.

Salté de la cama y corrí descalza por el pasillo. Al llegar a la planta baja vi a varias personas preparando mi cumpleaños. Sentí una felicidad tan grande que casi lloré de emoción. Mis padres regresaban. Me habían hecho una fiesta. No se habían olvidado de mí. Esta vez no.

Pensé que quizá, solo quizá, todo iba a cambiar.

Entré en la cocina y me lancé a abrazar a Mia. Ella me correspondió con fuerza y me subió para sentarme en la isla, como hacía cuando yo era más pequeña.

—Felicidades, cariño —dijo, depositando un beso en mi mejilla—. Veo que has encontrado tu regalo.

—Mia, ¿ya no lo leeremos juntas?

La sonrisa se le esfumó por un segundo.

—Cuando tus padres no estén, haremos una excepción. Será nuestro secreto.

Entrelazamos los meñiques. Aquel era nuestro gesto sagrado, uno que nunca se rompía.

—¿Estás contenta? —me preguntó.

—Sí —aseguré sin dudar—. Hoy va a ser el mejor día de mi vida.

Sacó la tarta de chocolate blanco de la nevera. Era perfecta. La única que siempre sabía igual que la felicidad.

—Pide un deseo.

Cerré los ojos y soplé con todas mis fuerzas. Desde que tenía memoria, mi deseo nunca cambiaba: que mis padres se quedaran, que me miraran, que me quisieran. Nunca se cumplía. Pero Mia siempre estaba ahí.

Siempre.

Cuando me explicó que debía ponerme el vestido que había elegido mi madre, sentí cómo algo se me rompía por dentro. Era rígido, incómodo, imposible correr o jugar con él.

—No voy a poder moverme —resoplé.

Busqué a Mia con la mirada. Apretó los labios y bajó la cabeza. No hizo falta que añadiera nada; su silencio confirmó que no estaba de acuerdo con aquella decisión, pero tampoco podía cambiarla.

—Tengo que bajar —me explicó—. ¿Puedes arreglártelas sola?

Asentí, porque eso era lo que siempre hacía, ser buena. No molestar.

Cuando se fue, me quedé sola frente al vestido. Me picaban los ojos. Pensé en la fiesta, en la tarta, en el libro escondido bajo la almohada. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.

Era mi cumpleaños.

Tenía que ser feliz.

No pasó mucho rato hasta que escuché la voz de mi madre en la planta baja. Era inconfundible; seguía teniendo ese acento francés tan marcado. Me miré en el espejo y salí corriendo.

Me detuve en las escaleras. La vi dando órdenes, moviéndose de un lado a otro como una reina. Mi padre se acercó, la besó en los labios y le dio un pequeño azote en el trasero. Sonreí al pensar que venía hacia mí.

Pero no fue así.

Descolgó una llamada y empezó a hablar con entusiasmo. Al pasar a mi lado me revolvió el pelo sin mirarme siquiera y siguió su camino. Sentí una punzada en el pecho, pero enseguida me obligué a pensar que no pasaba nada, que más tarde me felicitaría. Seguro que sí.

Mi madre me vio entonces. Me hizo un gesto con la mano. Bajé los últimos peldaños casi corriendo y la abracé, como había hecho esa mañana con Mia. Aquella vez fue distinto. Me apartó y me sujetó el cabello entre los dedos.

—¿Qué es este pelo, Kels? —protestó—. Vete con Mia para que te lo arregle o, mejor aún, que te lo recoja. No tengo tiempo para esto.

Me esquivó y se marchó por el mismo sitio que mi padre.

Empecé a hipar. No pude contener las lágrimas. Percibía las miradas de las personas que estaban trabajando clavadas en mí, escuchaba murmullos, y alguien dijo «pobre niña».

Mia apareció enseguida. Lanzó una mirada de advertencia a los curiosos, tiró de mí con suavidad y me llevó a mi habitación. Allí me sentó en su regazo y me abrazó fuerte, como si pudiera esconderme dentro de ella.

—Ya pasó, pequeña —susurró—. No estés triste.

¿Y cómo no iba a estarlo? No pensaba en los regalos que no había ni en los abrazos que nunca llegaban. Era algo más grande. Algo que ese día, el de mi octavo cumpleaños, pronuncié en voz alta por primera vez.

—No me quieren.

—No digas eso, cielo —desmintió enseguida—. Vienen de un viaje largo, están nerviosos por la fiesta. Claro que te quieren. Eres su hija.

Negué con la cabeza, aún llorando.

—¿Tú me quieres?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí. Con todo mi corazón.

Apoyó sus labios en mi frente y me besó despacio.

—Siempre vas a estar conmigo. No me vas a abandonar, ¿verdad?

Negó con rotundidad.

—Jamás.

Enredó su meñique con el mío. Nuestro juramento. Para siempre.

Me abracé a su pecho.

—Vamos, Kels —me animó al final—. Te peinamos y bajamos. Una fiesta de cumpleaños te espera.

Aquel evento no era para mí. Era para mis padres, conmigo convertida en parte del decorado, casi como si yo fuera el tema de la fiesta y no la razón. Darse cuenta de algo así con tan poca edad fue duro. Cruel.

Ninguno de mis amigos estaba invitado. Solo había adultos, todos elegantes, todos del mundo del cine, hablando entre ellos sin bajar la voz, sin darse cuenta de mi presencia.

Mirara donde mirara, yo no pintaba nada en mi propio cumpleaños.

Había una tarta, sí. Una tarta preciosa, negra y dorada, sin velas. No había globos ni payasos ni juegos. Solo gente que pasaba a mi lado sin verme. Nadie me veía. Yo, en cambio, sí los veía a ellos. A mis padres. Estaban felices, radiantes, disfrutando de su papel de anfitriones.

Entonces vislumbré a Mia. Estaba enfadada. Se acercó a mi madre; hablaron en voz baja y las dos me miraron. Mi madre asintió sin demasiado entusiasmo. Mia vino hacia mí, me tomó de la mano y me llevó a su cuarto. Me quitó el vestido y me puso ropa cómoda.

—¿Qué pasa? —pregunté, confundida.

—Nos vamos a celebrar tu cumpleaños —declaró mientras me ponía la chaqueta y salía conmigo por la puerta.

Al principio estaba muy triste. Sentía unas ganas horribles de vomitar. Sin embargo, Mia hizo todo lo posible por convertir el peor día de mi vida en uno de los mejores. Fuimos al parque de atracciones, tomamos batidos, comimos golosinas. Reí. Reí de verdad.

Pero cuando volvimos a casa, la fiesta continuaba. La misma música, la misma gente, la misma indiferencia. Y algo dentro de mí se rompió otra vez. Ese día se me partió el corazón, aunque entonces aún no sabía qué significaba eso.

Mia me llevó a su habitación y vimos películas. Ella se quedó medio dormida, agotada. Yo siempre pedía las mismas, y había una en especial que me fascinaba. Mia no entendía por qué me gustaba tanto.

Con los años comprendí que no era la historia en sí, sino una escena concreta: la familia reunida, los padres mirando a sus hijos con amor. Esa noche pensé que, si lograba ser mejor, más buena, como los niños de la película, quizá mis padres me querrían. Solo tenía que cambiar.

A la mañana siguiente fui a su habitación. Quería demostrarles que podía ser distinta. Pero no estaban. Mia apareció detrás de mí y fue entonces cuando pronunció las palabras que lo cambiaron todo: se tuvieron que ir.

Las lágrimas me cayeron sin control. Corrí a mi cuarto y me encerré. Y ahí, sin saberlo, toda mi vida cambió.

Me perdí persiguiendo la ilusión de un amor que nunca tuve y que, para mi desgracia, nunca dejé de buscar.