Capítulo 12 #2
Sentí una presión en el pecho que no tenía nada que ver con el plan ni con quedar expuesto. Era otra cosa.
Corrí hacia la entrada, abrí uno de los cajones y cogí una de las tarjetas magnéticas bajo la atenta mirada de mis hermanos. Volví a subir, crucé mi habitación y salí a la terraza. Caminé hasta la de Kelsey, pasé la tarjeta por el lector y la puerta se desbloqueó.
Ese sistema lo había mandado instalar por si alguno de mis hermanos se encerraba. Todas las habitaciones de la planta superior se conectaban por la terraza. En Bratislava aprendimos demasiado bien lo que puede pasar cuando una puerta se cierra y nadie puede abrirla.
Puede que fuera paranoia.
Pero tenía mis razones.
Al entrar, ella salía del pequeño vestidor con la ropa entre las manos. La imagen me llevó de golpe al pasado: la última noche que pasamos juntos, cuando tuvo que irse a Nueva York de urgencia. Recordaba demasiado bien aquel día… o quizá llevaba meses intentando borrarlo de mi cabeza.
Fue distinto. No hubo sexo, pero sí besos.
Besos desesperados, necesitados. No sabría qué palabra usar para describir ese momento en el que mi boca buscaba la suya y nuestras lenguas se entrelazaban como si el mundo fuera a acabarse después.
Tampoco sabría explicar lo que vino luego: conversaciones demasiado íntimas, silencios, permanecer abrazados sin decir nada.
Un nivel de cercanía al que no deberían llegar dos desconocidos que, en teoría, solo se juntaban para follar.
Con Kelsey todo se salía siempre del carril. Por eso las normas, los límites, la distancia. Por eso quizá dejarla marchar habría sido la decisión correcta. Para mis hermanos. Para ella. Para mí.
Y, aun así, verla meter sus cosas en la maleta me provocó una sensación incómoda.
Algo dentro de mí gritaba que la detuviera.
Y, como casi siempre, mi cuerpo fue por libre: mis pies avanzaron antes de que pudiera pensarlo y mi mano se cerró alrededor de su muñeca.
Mi cabeza protestaba, pero mi instinto ya había tomado partido. Una vez más, a favor de la princesita.
—¿Cómo has entrado aquí? —se soltó de mi agarre y sujetó una prenda al azar. Una braguita. La agitó en el aire mientras hablaba, furiosa—. ¿Es que no tienes límites? ¿Crees que puedes ir por la vida haciendo lo que te da la gana y que el resto del mundo tiene que aceptarlo?
Bajé la cabeza para ocultar la sonrisa al verla ponerse roja cuando se dio cuenta de lo que tenía en la mano. La escondió de inmediato entre el resto de la ropa. Carraspeé y me obligué a ponerme serio.
—Las tarjetas abren las puertas exteriores de la casa. Es por seguridad. Tengo hermanos pequeños y necesito poder llegar a ellos si pasa algo.
—Alucino —negó con la cabeza—. Eso no es seguridad, es control.
—No es cierto —apreté los dientes. No sabía nada y no pensaba explicárselo.
—¿Ah, no? —me miró de frente—. Te pedí que te largaras. No estaba en peligro. Y aun así entraste, invadiste mi espacio y te dio igual lo que yo quisiera.
Suspiré y me senté en el borde de la cama.
—Vale. No ha estado bien. Pero estoy desesperado. Tenía que hablar contigo antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde? —repitió, sentándose a mi lado.
—No te vayas. Quédate con nosotros —me froté el rostro y, cuando la miré, la voz me salió más baja, casi suplicante—. Por favor.
Vi cómo su enfado flaqueaba un segundo antes de recomponerse. Se levantó y regresó a la maleta.
—No puedo. Esto no va a funcionar.
—Los comienzos nunca son fáciles. Podemos encontrar un equilibrio si los dos cedemos un poco.
Me miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
—Juraj, no.
Me incorporé, frustrado. Ya había bajado la guardia más de lo habitual. La sujeté por la cintura y la acerqué a mí.
—¿Por qué?
—Porque me has hecho sentir incómoda desde que llegué —reconoció con la voz temblorosa—. No sabes lo que es estar en un lugar donde no te quieren. Ya lo viví con mis padres. No voy a repetirlo.
—Yo… no pretendía hacerte sentir así.
—Pues lo hiciste. No me permites acercarme a tus hermanos, vivo siguiendo unas reglas que desconozco y aun así nunca es suficiente. Siempre me haces sentir que estorbo, que no formo parte de nada. Y aunque mi estancia sea temporal, no puedo seguir viviendo así.
Una lágrima se deslizó por su mejilla.
Me sentí un imbécil. La senté en la cama y me agaché frente a ella.
—Perdón. Soy un gilipollas. Cuando se trata de mis hermanos, pierdo el control. Son todo para mí. Solo intento protegerlos.
—¿De mí? —susurró.
—No. Del mundo. Ya han sufrido demasiado. Y me aterra que se acostumbren a alguien que no va a quedarse, que idealicen algo que no es permanente y que luego tenga que recoger los pedazos cuando te marches.
—Juraj, no puedes protegerlos de todo. Si no soy yo, será otra persona. Amigos, parejas…, los vínculos se crean y a veces se rompen. Es inevitable.
Me dejé caer al suelo y apoyé la cabeza contra la cama.
—Joder, lo estoy haciendo fatal, ¿no?
Kelsey se arrodilló entre mis piernas y me sujetó la cara.
—No. Eres un buen hermano. Pero te exiges demasiado y te has olvidado de disfrutar de ellos.
—No puedo ser solo su hermano. Tengo que ser su padre y su madre. Un papel que no elegí.
Me abrazó. Al principio me quedé rígido, pero acabé aferrándome a ella.
—No importa el rol. Importa cómo los quieres. Y cómo te quieren ellos.
—Me odian.
—No. Te admiran. Hablan de ti constantemente.
Sentí algo cálido en el pecho. Alcé la mirada hacia ella.
—No te marches —repetí—. Y no solo por la farsa. Está bien tenerte aquí.
Parpadeó, sorprendida.
—¿Me dejarás relacionarme con tus hermanos?
—Sí. Pero habrá normas.
—Es algo que ya tengo asumido —sonrió—. Pero estaría bien que me las explicaras, porque hasta ahora me has dejado completamente al margen.
—Muy cierto —asentí—. Que coman bien es importante. No quiero que se pasen con el azúcar ni que vivan a base de porquerías. También deben cumplir con sus tareas y, sobre todo, mantenerse lejos de las redes.
—Es por mí, ¿verdad?
—Es por nosotros.
—¿Por nosotros?
—Sí. No quiero exponerlos… ni exponernos. Si empiezan a filtrarse imágenes, ¿cuánto crees que tardarán en llegar hasta nosotros? ¿Qué pasará con esta farsa? Se nos irá de las manos. Ya no fingiríamos solo para la gente de los Rift; se haría mucho más grande. ¿Lo entiendes?
Asintió despacio.
—No lo había pensado. Ni tampoco en cómo puede afectarles a los chicos. Y menos ahora, que las cosas no están muy bien para mí.
—Eh, princesita —intenté suavizar el tono—, no te pongas triste. Si esto fuera real, seguramente no podríamos ocultarlo para siempre. Pero los dos sabemos que es temporal. Y que, con suerte, acabará cuanto antes.
«Cuanto antes».
«Temporal».
Odié cómo sonaban esas palabras en mi boca. Pero era la realidad. Nuestra realidad. Y no podíamos olvidarla.
—Tienes razón. Bastante caótico es todo como para que encima os salpique con mis problemas.
—Entonces… ¿te quedas?
El silencio se alargó más de lo que me habría gustado.
—Sí —respondió por fin—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
Se levantó, cogió la tarjeta magnética y la alzó entre nosotros.
—Esto me lo quedo yo.
Sonreí y me puse en pie.
—Me parece justo. Y ahora vayamos a probar esas hamburguesas —abrí la puerta para que saliera—. Por cierto, ¿eres vegana?
En la semana que llevábamos comiendo juntos, ni siquiera me había fijado en ese detalle.
—No, soy flexitariana. Vegetariana flexible. Aunque me encanta la comida vegana.
—Habla con Amelia para que traiga lo que necesites. O lo que te apetezca.
—No hace falta, puedo adaptarme a lo que haya —negó mientras bajaba las escaleras.
Antes de entrar en la cocina la detuve por el brazo.
—Sí hace falta, Kelsey. Ahora esta también es tu casa.
Entré primero. Mis hermanos me miraron con expresión apagada; sin embargo, en cuanto Kelsey cruzó la puerta, sus rostros se iluminaron. Se miraron entre ellos antes de que Anica dijera lo que ambos estaban pensando.
—Kels, ¿eso significa que te vas a quedar?
—Sí, chicos —sonrió—. Juraj y yo hemos hablado y hemos llegado a un acuerdo. Creo que ahora las cosas irán mejor.
Se sentó y apretó la mano de mi hermana, que sonreía de oreja a oreja.
—No te emociones —intervino Matej—. Con los días te darás cuenta de que esto es una cárcel. No lo soportarás y harás lo que hoy no hiciste —añadió en voz más baja—. Solo unos meses más y ya no podrá controlarnos.
Sus palabras me golpearon en el pecho. Me dolió descubrir lo ansioso que estaba por cumplir dieciocho años, como si ese número fuera a liberarlo de mí. Y quizá lo fuera.
Sentí la mirada compasiva de Kelsey clavada en mi perfil. Ignoré el comentario como si no me importara, cogí la jarra de agua y regresé a la mesa con el rostro endurecido, enfundándome esa armadura que me ponía siempre —como en el hockey— para resistir cualquier golpe.