Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

JURAJ

Una semana. Ese era el tiempo exacto que Kelsey llevaba viviendo en mi casa.

¿Y cómo había sido todo? Un caos absoluto.

Mi vida estaba patas arriba por culpa de esa mujer. El orden, la rutina, la estabilidad: todo había saltado por los aires con su sola presencia. Y pensar que cuando tuve la brillante idea de fingir que éramos una especie de pareja jamás imaginé que algo tan simple pudiera volverse tan complicado.

La primera prueba fue contárselo a mis hermanos.

Decirles que íbamos a tener una nueva huésped durante un tiempo.

Ninguno se creyó la versión de que era solo una amiga.

Daba igual que cada uno tuviera su habitación; para ellos, aquello no cuadraba.

Yo pasé del tema. Con el tiempo se darían cuenta de que entre Kelsey y yo no había sentimientos. Solo deseo. Sexo. Nada más.

Algo que, por razones obvias, no iba a repetirse con mis hermanos bajo el mismo techo. Ya habíamos intimado demasiado en el pasado, más de lo que solía permitir. Así que la princesita de los followers estaba vetada. Punto.

O eso pensaba.

Porque aquella conversación me llevó a un lugar mucho peor: darme cuenta de lo lejos que estaban los mellizos de mí.

Desde la muerte de Andrej, ninguno volvió a ser el mismo.

Anica siempre me había visto como su héroe.

Me admiraba, así que no me sorprendió que se hubiera metido en el hockey por mí.

Matej, en cambio, en el último tiempo había conectado más con Andrej, aunque nunca me importó.

Me gustaba verlos unidos. Me gustaba pensar que éramos una familia sólida.

Hasta que todo se fracturó.

Anica se volvió distante, cerrada. Ya no sabía qué pasaba por su cabeza ni cómo llegar a ella. Y lo de Matej era aún peor. Siempre había sido inquieto, impulsivo, poco amigo de los estudios, pero ahora estaba completamente desbordado. Problemas constantes. Cero límites.

Así que cuando mencioné a Kelsey, Anica reaccionó como si no fuera asunto suyo. Como si yo tampoco lo fuera. Me dolió. Y Matej estalló. Me reprochó que nunca permitía que sus amigos se quedaran a dormir. Habló de injusticia, de lo mucho que me odiaba, de lo poco que lo entendía.

Yo me escudé en excusas fáciles de desmontar, aunque la verdad era otra.

La mayoría de mis ataques de ansiedad llegaban por la noche. Y cuando no, me pasaba horas caminando por la casa, nervioso, esperando a que aparecieran. Mi cabeza colapsaba. Me perdía. No podía hacerme cargo de más menores cuando a veces ni siquiera era capaz de sostenerme a mí mismo.

Así que no iba a cargar con más responsabilidades. Bastante tenía ya con ocultar lo que me estaba pasando.

Con esa premisa, Kelsey llegó a casa.

Y, para mi sorpresa, mis hermanos no reaccionaron como esperaba. Todo lo contrario. La reconocieron de las redes al instante. La adoraron. Como si hubiera entrado una diosa en nuestro salón.

Me quedé perplejo.

Lo único bueno fue que estaban más animados, más habladores con ella. Conmigo seguían igual. Lo malo era el riesgo de que se encariñaran demasiado. Por eso intentaba que pasaran el menor tiempo posible juntos, y siempre conmigo delante.

¿Por qué? Porque conmigo presente el ambiente se volvía más sobrio, más tenso. Si yo era el nubarrón, que así fuera. Aunque no lo supieran, estaba intentando protegernos a todos. Incluso a mí.

Crear vínculos con alguien que está de paso nunca es buena idea. Acostumbrarse a una presencia, tampoco.

Y ahí estaba yo, atrapado en un atasco, después de abandonar un partido de dobles para volver a casa.

Amelia me había llamado para decirme que se encontraba mal. Que Kelsey le había dicho que se fuera a descansar. Que ella se quedaba con los chicos.

Casi me da algo.

¿Quién se creía para organizar mi casa?

Estaba enfadado. Mucho.

—¡Por fin! —bramé cuando los coches empezaron a moverse.

Y ojalá ese hubiera sido mi único problema.

Porque cada día surgía algo nuevo. Por más que hubiéramos acordado mantener distancia y evitar espacios compartidos, era imposible. Y hubo un detalle que no tuvimos en cuenta: los partidos fuera.

Al llegar al hotel descubrimos que teníamos asignada la misma habitación.

Mischa y Kai nos ayudaron, así que ellas acabaron durmiendo juntas y yo compartiendo cama con el maldito Jones.

Mi mayor fantasía.

Era evidente que tendríamos que buscar otra solución, porque no íbamos a pasarnos toda la temporada intercambiando cuartos.

Giré hacia la urbanización cada vez más nervioso.

No debería estarlo. Seguramente mis hermanos estarían en sus habitaciones y Kelsey, quién sabía, tal vez en la ducha cantando Let’s Dance de David Bowie, como si la vida fuera una metáfora constante.

Fingiendo felicidad. Manteniendo el personaje que había creado.

Lo que sí había notado era que su actividad en redes había bajado. Y cuanto más la veía, más claro tenía que nada de lo que subía era real. Y la gente empezaba a percibirlo.

Aun así, el hate no paraba. Por sus padres. Por su ex. Comentarios llenos de stickers de Owen y Asher. Eso tenía que doler.

Había algo en mí que quería saber si todavía albergaba algún sentimiento por el «vértice» que fue su novio. Pero me recordé que no era asunto mío.

Apagué el motor y bajé del coche mientras la puerta automática del garaje se cerraba a mi espalda. Subí las escaleras que daban a la cocina con rapidez y, antes siquiera de entrar, escuché risas. Una de ellas era la de mi hermana.

Hacía mucho que no oía ese sonido.

Me quedé paralizado.

Estaban juntas. Abrí la puerta despacio y las vi en la isla, cocinando mientras sonaba música.

Se movían improvisando un bailecito que imaginé sería algún trend de TikTok.

Ver a Anica así me gustaba, claro, aunque toda la influencia de ese mundo no me agradaba en absoluto.

No quería a ninguno de mis hermanos metido ahí.

Abrí la puerta del todo y di un paso para detenerme en seco.

Matej estaba sentado con un cuaderno sobre la mesa. Tranquilo. Concentrado. Sonriendo mientras dibujaba. Las dibujaba a ellas.

Decir que estaba impactado era quedarse corto.

Primero, porque no sabía que le gustara dibujar.

Segundo, porque no tenía ni idea de que tuviera ese talento.

Y entonces me asaltó una pregunta incómoda: ¿cuánto desconocía realmente de mis hermanos?

¿Cómo podía ser que se abrieran más con una desconocida que conmigo?

Sentí una punzada de decepción. La sensación cruda de no estar haciendo las cosas bien.

Una carcajada de Anica, que se lanzó a abrazar a Kelsey, me devolvió al presente. Tomó su móvil y llamó a Matej para que posara con ellas para una foto.

—Van a alucinar en clase cuando sepan que vives con nosotros, ¿verdad, Matej? —comentó entusiasmada.

Él asintió y volvió a concentrarse en el dibujo.

—Kels, ¿te importaría que te presentara a mis compañeras de equipo?

—No, para nada.

Tenía que frenar aquello. Así no debían desarrollarse las cosas.

Entré en la cocina y el silencio se hizo de golpe. Aquello dolió, pero daba igual. Estaba acostumbrado a ser el malo; ese era el papel que me había tocado y lo aceptaba, siempre que eso significara protegerlos.

Le quité el teléfono de las manos a mi hermana. Protestó, intentando alcanzarlo. Era alta, sí, pero no tanto como yo.

—¿Qué has hecho, Juraj? ¡Has borrado la foto!

—Sí. La he borrado. Ella no está aquí para que presumas ni para que juegues a la influencer con tus amigas.

—Juraj, a mí no me importa, es una tontería —intervino Kelsey.

—No, no lo es. No quiero que mis hermanos se metan en ese mundo tuyo. Tienen que preocuparse por los estudios, por cosas normales de chicos. Y te voy a pedir que no vuelvas a interferir en sus vidas. No puedes llegar y alterarlo todo.

—¿Alterarlo todo? —repitió ella—. ¿Qué se supone que he hecho tan malo? ¿Preparar la cena? ¿Hablar con ellos? Dime, ¿qué es tan grave para que te pongas así?

Di un paso hasta quedar frente a ella.

—Decirle a Amelia que se fuera.

—¡Estaba enferma, por Dios!

—Perfecto. Podrías habérmelo dicho y yo habría vuelto a casa. Pero que sea la última vez que tomas decisiones que afectan a mis hermanos sin consultarme. Como esto —señalé la encimera—. ¿Qué es esta comida?

—Hamburguesas.

—Mis hermanos siguen una dieta equilibrada. Entre semana no comen este tipo de alimentos.

—Son veganas —alegó, alzando la barbilla.

—Eso no las hace más sanas.

Bajé la cabeza, acercándome demasiado a su rostro.

—¿Sabes qué? No tengo por qué tragar con esto. No tengo por qué aguantarte a ti ni a tu carácter de mierda.

Se apartó de mí, esquivándome.

—¡Joder! —golpeé la encimera.

—Gracias por fastidiarlo todo, Juraj —soltó Anica—. Otra persona a la que alejas. Llegará el día en que te quedes solo, porque nadie te soporta.

Bajé la cabeza, intentando respirar.

—No sé de qué te sorprendes —añadió Matej—. Es un capullo. Lo mejor que puede hacer Kelsey es largarse de aquí. Ojalá nosotros también pudiéramos hacerlo.

—¡Basta, joder! Nadie se va a ir a ningún lado. Y dejad de juzgarme. Estoy cansado de que me veáis como vuestro enemigo. Todo lo que hago es por vuestro bien. Si queréis odiarme, adelante. Puedo con eso. Pero no voy a dejar de hacer lo que considero mejor para vosotros.

Respiré hondo.

—Ahora poned la mesa. Vamos a cenar esas puñeteras hamburguesas veganas.

—Creo que nos podemos ahorrar un plato —consideró Anica—. La has jodido bien.

—Pon para cuatro.

Abandoné la cocina, subí las escaleras a toda prisa y me detuve frente a la puerta. Había sido brusco. Quizá injusto. En mi intento de marcar límites, todo se había ido de las manos. Y no me quedaba otra que arreglar la cagada.

Llamé suavemente.

Nada.

Volví a insistir.

—Princesita…

Mala idea.

—Venga, abre. Me gustaría hablar contigo.

—Lárgate —vociferó desde dentro—. No tenemos nada de qué hablar. Ya lo has dicho todo ahí abajo. Me voy. No quiero saber nada de esta casa, ni de tus estúpidas normas, ni de esta farsa.

Me tensé.

No. No quería que se fuera.