Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—¿De mi caso? —reí, histérica—. Esa mujer solo quiere asegurarse de que no diga nada que los perjudique. Serían capaces de cargarme todo a mí con tal de salvarse. No, no otra vez.

Las lágrimas empezaron a caer sin control. Esas dos personas que se hacían llamar padres habían sido las que más daño me hicieron y, aun así, durante años seguí volviendo a ellos como una idiota, creyendo que esta vez sería distinto.

—Tranquila, cariño. No vas a reunirte con nadie. Te he llamado para avisarte y para que nos preparemos.

—Tengo miedo, Mia —confesé—. ¿Y si…?

—No —me interrumpió—. No te va a pasar nada. Buscaremos un buen abogado y demostraremos que tú también fuiste una víctima.

—No tengo dinero —le recordé, rota—. Se lo llevaron todo. ¿Cómo voy a pagar a alguien?

—Venderé la escuela si hace falta.

—No —negué enseguida—. Eso no. No puedo permitirlo.

—Kels —pronunció con una ternura que me destrozó—, tú eres mi familia.

Y ahí ya no pude más. Porque Mia siempre había estado. Desde que era pequeña. Nunca me dejó atrás, nunca me abandonó.

—Buscaré un vuelo —comenté al final, intentando recomponerme.

—Hay uno a las seis cuarenta y cinco.

—Envíame el billete. Te quiero, Mia. No sé qué sería de mí sin ti.

—Yo también te quiero. Recuerda que juntas podemos con todo.

—Con todo —repetí antes de colgar.

Abrí las maletas en el suelo y empecé a tirar la ropa dentro sin orden ni cuidado, con rabia.

No podía más.

¿Cuánto más iban a romperme mis padres?

—Eh, eh… —sentí unos brazos rodeándome y frenando mis movimientos mientras intentaba zafarme.

Estaba tan fuera de mí que ni siquiera fui consciente de que Juraj estaba allí ni de cuándo había empezado a perder el control. Solo sentía dolor. Más dolor. Un peso en el pecho que no me dejaba respirar.

Me volvió hacia él y me sujetó con firmeza, inmovilizándome. Mi cabeza quedó atrapada contra su pecho y mis puños, apretados, empezaron a golpear su torso sin que pudiera evitarlo. Hasta que me rompí del todo.

—Suéltalo —murmuró—. Todo.

Empezó a acunarme despacio, como si yo fuera algo frágil a punto de hacerse añicos.

Poco a poco, la rigidez de mi cuerpo fue cediendo.

Rodeé su cintura y me aferré a él, necesitándolo más de lo que me habría gustado admitir.

Sus labios se posaron en mi cabeza una y otra vez mientras me dejaba llorar sin decir nada.

Empapé su camiseta, recién seca, con mis lágrimas.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. Solo sé que no me soltó hasta que mi respiración empezó a calmarse. Cuando por fin levanté la mirada, avergonzada por haberme desmoronado de aquella manera, esperaba quizá una broma, una frase incómoda. Algo.

Sin embargo, me miraba con comprensión. Con ternura.

Había escuchado todo, seguro. Con lo alterada que estaba, no debí medir el tono con Mia.

—¿Te sientes mejor? —indagó en voz baja, apartándome el pelo aún húmedo de la cara.

Asentí.

—Gracias… y perdona por el espectáculo. No sé qué decir.

—No tienes que disculparte por sentir —aclaró con calma.

Me separé un poco de él. De repente me sentía patética. Al mirar alrededor y ver el caos de maletas abiertas y ropa por el suelo, deseé que la tierra me tragara.

—Creo que será mejor que te vayas —me mordí el labio, nerviosa—. Esta noche no va a acabar como pensábamos. Tengo que coger un vuelo en unas horas y preparar todo.

—Te llevo al aeropuerto.

Parpadeé. No me lo esperaba. ¿De verdad iba a quedarse sin que hubiera sexo de por medio?

—No hace falta. Pediré un coche. Además, aún tengo que…

—Hacer las maletas —terminó por mí, dando un paso hacia delante—. Kelsey, no me voy a ir a ningún sitio. Te acompañaré hasta que subas al avión. Mi asistenta, Amelia, está con mis hermanos. Puedo hacerlo. Y quiero.

—¿Por qué? —pregunté en un hilo de voz.

—Primero, porque no soy tan capullo como crees. Segundo, porque no soporto ver llorar a una mujer; es mi kriptonita. Y tercero… —dudó un instante—, porque sé lo que es tener unos padres que no se comportan como deberían.

Eso me descolocó. Quise preguntar, aunque él cortó cualquier intento antes de que pudiera abrir la boca.

—Venga —dijo—. Ocúpate del equipaje. Voy a preparar algo caliente.

Salió con paso rápido y tuve la sensación de que mencionar a su familia le había removido algo que no quería tocar.

El móvil vibró. Era un mensaje de Mia con el billete. Me apresuré a recogerlo todo. Cuando cerré las maletas, pensar en volver a Nueva York me costó más de lo que esperaba.

De camino a la cocina, me recogí el pelo en un moño y entonces lo olí.

¿Chocolate?

—Llegas justo a tiempo —anunció Juraj mientras lo servía en dos tazas—. Vamos a la sala. Allí estaremos más cómodos.

Lo miré, anonadada. Esa era la palabra. No se parecía en nada al hombre que había conocido tiempo atrás. Aquella faceta suya, protectora, atenta, casi doméstica, parecía irreal.

—¿Chocolate? —cogí la taza humeante y me senté a su lado.

—No me gusta el café. Ni el té.

—Guau… jamás te habría imaginado de chocolate —sonreí antes de poder evitarlo.

—No es que lo tome siempre. Y, si puedo elegir, prefiero chocolate negro. Pero era lo que había —frunció el ceño—. Te estás riendo. Lo veo en tu cara.

—No —me defendí—. Es solo que me sorprende.

—Esperaba más de ti. No que fueras como los idiotas del equipo, siempre dándome la brasa con esto.

—Es que verte tan grande con una tacita de chocolate entre las manos es muy… —no pude contener la risa—. Lo siento.

—Al menos ha servido para sacarte una sonrisa.

—Gracias por quedarte —apoyé la mano en su muñeca y la apreté con suavidad.

Rompí el contacto en cuanto sus ojos bajaron hasta allí.

—No tenía nada mejor que hacer —aclaró, volviendo a ese tono ligero, marcando distancia.

—Aun así, te lo agradezco. Y quería pedirte algo más.

—Lo siento, después de un chocolate caliente no follo —bromeó.

—Está bien saberlo —seguí su juego—, pero no es eso. Es algo más importante.

—¿Más importante que el sexo?

—Sí. Mucho más.

—Sorpréndeme —se recostó en el sofá—. Tienes toda mi atención.

—No le comentes nada a las chicas —pedí—. No quiero preocuparlas.

—¿Vas a ocultarles todo esto? ¿No crees que deberías apoyarte en ellas?

Suspiré, cansada.

—Mira sus vidas. Las que no están inmersas en embarazos o niños están intentando recomponer sus relaciones. ¿Para qué inquietarlas sin saber siquiera a qué me enfrento? Lo haré cuando llegue el momento.

—Joder —resopló—. ¿Siempre piensas en los demás, incluso cuando eres tú la que está jodida?

No respondí. Me limité a clavar la vista en la taza, como si el chocolate pudiera darme alguna respuesta.

—Princesita —se frotó la barbilla, pensativo—, no quiero sonar entrometido, pero por lo poco que he escuchado parece un asunto serio.

—Todo lo que tiene que ver con la familia Marlow lo es —me dejé caer contra el respaldo, agotada.

—Si te sirve de consuelo —murmuró sin mirarme—, la familia Novák tampoco es ningún ejemplo a seguir.

Rozó mi mano con la suya, un gesto involuntario, casi tímido, donde ambas descansaban sobre el sofá.

Y fue ese contacto mínimo, junto a aquella confesión dicha en voz baja, como si le costara sacarla de dentro, lo que terminó de romper algo en mí.

El empujón que necesitaba para empezar a hablar de lo que más me dolía.

Mis padres se conocieron rodando una serie juvenil que, durante un tiempo, fue un éxito.

Mi madre era francesa y hacía de la chica elegante, la que todo el mundo adoraba.

Mi padre era el protagonista caribeño, el simpático, el que caía bien a todos.

En realidad, aunque había nacido en Puerto Rico, se había criado desde niño en California, pero eso daba igual; la historia vendía mejor así.

La fama les llegó demasiado rápido y, cuando se acabó, nunca supieron aceptarlo. Se casaron casi de inmediato, como si el matrimonio fuera otro capítulo más de la serie. Yo llegué después. No porque quisieran una hija, sino porque necesitaban seguir siendo noticia.

Crecí con la sensación de que no era una persona para ellos, sino una idea con la que lucrarse.

Algo que servía para alargar su historia, para que la gente siguiera hablando de ellos un poco más.

Nunca sentí que me miraran como a una hija.

Siempre fui una responsabilidad incómoda, un estorbo cuando no les resultaba útil.

Vivíamos como si todavía fueran grandes estrellas: siempre aparentando, siempre gastando más de lo que había, siempre fingiendo que seguían en el centro de todo. Yo aprendí muy pronto a hacerme cargo de sus problemas, a no pedir nada, a no molestar. A crecer deprisa porque no había otra opción.

Nunca aceptaron haberse quedado encasillados en personajes adolescentes.

El mundo siguió adelante y ellos se quedaron atrás, aferrados a algo que ya no existía.

Cuando empecé a ganar dinero, lo vi claro: no era su hija triunfando, era su última oportunidad.

Yo tenía que arreglar lo que ellos destrozaban.

Mientras yo estaba en Europa cerrando eventos, todo terminó de fracturarse. Mi gestor financiero, el mismo que también hacía de mánager, el que se suponía que debía protegerme, estaba compinchado con ellos.

Montaron una productora falsa. Prometían proyectos, papeles, una carrera que nunca iba a existir. Vendían sueños a personas con hambre de futuro. Engañaron a muchos, no solo a mí.

Me pusieron documentos delante y firmé. Creí que estaba cubriendo los gastos de la casa donde vivían mis padres, evitando que los echaran. Firmé porque confiaba. Porque estaba agotada. Porque jamás pensé que fueran capaces de algo así.

Cuando quise reaccionar, ya no quedaba nada. Se lo habían llevado todo.

No volví a verlos. Tampoco buscaron acercarse a mí; ya tenían lo único que les interesaba. Intenté recuperar lo que era mío, pero había contratos con mi firma y cláusulas imposibles de romper. Legalmente, todo parecía correcto. Llevo meses peleando y todavía no sé si voy a conseguir algo.

Hoy me llamó Mia, mi niñera. La única persona que me quiso sin pedir nada a cambio.

Me dijo que la abogada de mis padres se había puesto en contacto con ella para comunicarle que los habían detenido.

Que la policía estaba investigando la productora, las estafas, las cuentas.

No sé lo grave que es todo esto. No sé hasta dónde puede llegar.

Quieren hablar conmigo. Dicen que la policía va a revisar las transferencias, que tendré que justificar el dinero y demostrar que no sabía nada.

Mia me recordó que no estoy sola. Que, si hace falta, venderá su escuela infantil para pagar un abogado que me defienda de verdad.

Y eso es lo que más duele: darme cuenta de que la única persona que ha estado dispuesta a perderlo todo por mí nunca fue mi madre ni mi padre. Fue alguien que no tenía ninguna obligación de quererme.

Juraj no hizo nada de lo que la gente suele hacer cuando no sabe qué decir. No intentó consolarme ni restarle importancia ni soltar palabras vacías.

Solo me apretó la mano. Tiró de mí hasta que quedé pegada a él; mi cabeza se hundió en su pecho y su brazo me rodeó. Nos quedamos así, en silencio, cada uno perdido en su propio mundo, pero juntos al mismo tiempo.