Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

KELSEY

​ Un año antes…

La lluvia le resbalaba por el cuerpo mientras me miraba con la misma intensidad que aquella noche en Aspen, cuando todo se nos fue de las manos.

No sabía qué significaba aquello ni hasta dónde podía llevarnos, y eso me asustaba.

Porque con él estaban saliendo a la superficie cosas que llevaba toda la vida controlando.

Siempre había tenido esa necesidad de afecto, de sentirme querida, elegida, importante para alguien.

A veces la confundía con amor; otras, con compañía; otras, simplemente, con no estar sola.

Y ahora temía que estuviera regresando transformada en algo distinto: en deseo.

En uno que nunca había sentido así, tan físico, tan directo, tan fuera de control.

Yo no era especialmente sexual, jamás le había dado demasiada importancia a eso y, sin embargo, con él mi cuerpo reaccionaba antes de que pudiera pensarlo.

Mi cabeza era un caos de dudas y miedo, pero mi cuerpo iba por libre.

Imprudente. Temerario. Lo deseaba, aunque no quisiera admitirlo.

Aunque supiera que no era buena idea. Cuando dio un paso hacia mí, tuve claro que ya no iba a detenerlo.

Y en el instante en que sus manos llegaron a mi rostro, dejé de intentarlo.

No esperó más. Una de sus manos se enredó en mi pelo húmedo y la otra tiró de mi cintura, apretándome contra su cuerpo.

Su boca cayó sobre la mía, caliente, ansiosa.

Sentí su lengua abrirse paso, su aliento mezclarse con el mío y la descarga subir desde los pies hasta el estómago.

Cada movimiento era más profundo, más desesperado.

Me mordía suavemente el labio y después lo calmaba con la lengua, y yo solo podía aferrarme a sus hombros para no desplomarme.

Sin romper el beso, tiré de él hacia la casa de la piscina.

Caminaba de espaldas, tropezando, mientras él me guiaba torpemente porque nuestros rostros no se separaban.

Sus labios volvieron a apretarse contra los míos con avidez justo cuando chocamos con la puerta de la entrada.

Su lengua se deslizó en mi boca, cálida y urgente, arrancándome un gemido.

Lo rodeé por la cintura, hundiendo los dedos en su espalda para atraerlo más.

Metió una mano en mi bolso buscando las llaves y, cuando las encontró, este cayó al suelo.

Ninguno le prestó atención. Se las arranqué de los dedos con prisa y, a tientas, intenté abrir la puerta sin mirar, en una postura torpe e inútil.

Frustrado, me apartó lo justo para intentarlo él sin dejar de besarme.

La puerta cedió y casi caí de espaldas, pero me sostuvo entre sus brazos.

La cerró de una patada y seguí avanzando de espaldas, chocando con todo a nuestro paso, derribando cualquier objeto que se interpusiera.

El calor me subía por la columna; tenía los músculos tensos y las piernas me temblaban.

Cada vez que su lengua buscaba la mía era como un latigazo que me recorría entera.

Tiró de mi chaqueta, empapada y pegada al cuerpo.

Yo le agarré del jersey, arrastrando la camisa con él, y por un instante nos separamos solo para volver a fundirnos en un beso desesperado mientras avanzábamos sin control.

Sus manos intentaron desabrochar mi camisa, sujeta al cuello y con la espalda al descubierto, pero la tela no cedía.

Con un movimiento brusco de frustración, la arrancó de un tirón.

Me empotró contra la pared de enfrente con las caderas sin apartar su boca de la mía, y yo respondí arqueando el cuerpo, pegándome a él.

Sentí su erección y una corriente me recorrió el bajo vientre.

Él jadeó contra mis labios y descendió por mi cuello, mordiéndolo y lamiéndolo después, dejando la piel ardiendo.

Le agarré la cinturilla del pantalón y lo desabroché hasta colar las manos dentro; necesitaba sentir su piel, su calor.

Con un gruñido ahogado me agarró del trasero y me alzó del suelo sin esfuerzo. El aire se me escapó al rodearle la cintura con las piernas, aferrándome a él como si no existiera nada más. En ese movimiento torpe y precipitado, mi móvil cayó al suelo. La pantalla se encendió al instante. Mia.

Volví la mirada hacia Juraj. Sus labios descendían por mi cuello, lentos e insistentes, dejando besos húmedos.

Sentí su erección presionándome y mi cuerpo reaccionó sin pedir permiso.

Le enredé los dedos en el pelo, tiré de él hasta obligarlo a alzar la cabeza y lo besé con hambre.

Le mordí el labio inferior. Su respuesta fue inmediata: un sonido bajo, casi animal, antes de girar conmigo y estamparme contra el mueble de la entrada. Todo tembló. Todo cayó.

Mi trasero quedó apoyado allí y sus manos fueron directas a mis vaqueros.

Me moví para ayudarle a quitarlos, desesperada, pero la tela empapada se resistía, pegada a mi piel.

Nos separamos un segundo, lo justo para maldecir en voz baja, y fue entonces cuando volví a ver el móvil. Otra llamada. Otra vez Mia.

Tenía que cogerlo. Si insistía así, era porque algo iba mal.

Juraj volvió a atrapar mi boca como si no existiera el mundo fuera de ella, y tuve que reunir cada resto de voluntad para no dejarme arrastrar.

—Para, para —le puse las manos en el pecho, creando una barrera mínima, aún sin aliento.

—¿No quieres que te bese? —sus labios rozaron los míos, tentadores.

—Sí… no. Es que así no puedo ni pensar.

Sonrió, lento, peligroso.

—¿Y quién te ha dicho que tengas que pensar? —musitó—. Podríamos repetir lo de Aspen, pero esta vez sin prisas, sin escondernos. Toda la noche para nosotros, princesa.

Sus labios descendieron por mi mandíbula y mi cuello. Sus manos se deslizaron por mis muslos, haciéndome olvidar por qué estaba intentando parar aquello.

—Joder, claro que quiero —admití con la voz entrecortada—, pero tengo que coger esa llamada. Y si sigues besándome así, no voy a hacerlo.

—Puedes hablar después —insistió—. Temo que, si me aparto, te lo pienses mejor y te arrepientas.

Le sujeté el rostro entre las manos y lo besé despacio, sin prisa, como una promesa.

—Eso no va a pasar. Quiero una noche entera contigo.

«Oh, Dios. ¿Qué acabo de decir?».

Al ver la sonrisa divertida que se le dibujó, lo empujé y salté del mueble. Recogí el móvil y su ropa del suelo, y se los lancé, intentando borrar esa expresión.

—En la cocina hay una puerta; la secadora está ahí. Vas a necesitarla, a no ser que prefieras irte empapado o sin nada.

—¿Es tu forma educada de echarme para poder hablar en privado? —me agarró de la cintura y me robó otro beso, rápido y descarado.

—Es mi forma de alejarte antes de que vuelva a olvidarme de todo —contradije—. Necesito decir dos frases sin que tu boca esté sobre la mía.

Soltó una carcajada al empujar ese muro que tenía por torso. Esta vez no insistió. Cuando ya se giraba, lancé:

—Thor, para alguien que decía no ser de besos, hoy te has cebado conmigo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta.

—Eso no ha sido nada, princesita. Tengo intención de recorrer tu cuerpo sin prisas. De aprenderme cada rincón de memoria.

Me apoyé contra la pared y cerré los ojos un segundo.

—Por Dios…

Sonó exactamente así: como un juramento. Y lo peor era que una parte de mí, la más estúpida y la más hambrienta, deseaba con todas sus fuerzas que lo cumpliera.

La pantalla volvió a iluminarse y tuve que sacarme al maldito eslovaco y sus promesas de la cabeza a empujones. Busqué algo de intimidad y me metí en el vestidor. Deposité el móvil sobre una balda, activando el manos libres mientras me quitaba la ropa empapada.

—Kels, ¿dónde demonios te habías metido? —la voz de Mia sonaba alterada—. Es imposible localizarte. Te he llamado mil veces.

—Lo siento. Tenía el móvil en silencio. Estuve en un local con música y luego la noche se alargó. No importa. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

Mientras hablaba, abrí el cajón de la ropa interior. Mi cabeza seguía en otro sitio, enganchada a la imagen de él, probablemente medio desnudo en mi cocina. Encontré un conjunto negro, bonito, peligroso. Sonreí sin querer.

«¿Pero qué narices estás haciendo?», me reprendí, lanzándolo de nuevo al cajón. Elegí uno sencillo, casi aburrido, y me lo puse deprisa, como si así pudiera borrar lo que acababa de pasar.

—Kels —insistió Mia—, ¿me estás escuchando?

Mierda. Estaba hablando.

—Sí, perdona. Se te oye un poco entrecortada —mentí, buscando una excusa para recomponerme.

—Tienes que volver a Nueva York cuanto antes.

La frase me descolocó. Estaba pensando en quedarme más días en Seattle. Me hacía bien estar allí, con mis amigos, lejos de mi vida en la Gran Manzana, lejos de todo.

—La abogada de tus padres me ha llamado —continuó—. Dice que ha sido imposible localizarte.

No. Mis padres, no.

Cada vez que aparecían era para algo malo. Los había bloqueado hacía tiempo, igual que a su abogada, igual que a cualquiera que orbitara a su alrededor.

—¿Y ahora qué quieren? —balbuceé, con un nudo en el estómago mientras cogía un chándal—. ¿No fue suficiente con el dinero que me robaron?

Toda la magia de la noche se deshizo al pronunciarlos. Juraj tenía razón. Coger el teléfono lo había roto todo.

—Los han detenido —reveló Mia con cuidado—. Han descubierto que usaban la productora para estafar. Al parecer, hay varias denuncias en su contra.

Las piernas me fallaron y tuve que sentarme en el taburete del vestidor. Aquello solo era el principio. Lo tenía claro.

—Cariño, es posible que también te investiguen a ti por el traspaso de dinero.

—No lo digas como si yo hubiera donado algo —estallé—. Me robaron. Mis propios padres me robaron, joder.

—Lo sé, cielo.

—Es que no lo entiendo, Mia —la voz se me desquebrajó—. Yo fui una víctima más y ahora van a tratarme como si fuera igual que ellos. ¿Qué voy a hacer?

—La abogada quiere que te reúnas con ella en Los Ángeles para hablar de su caso y del tuyo.