Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Kelsey, si estás esperando un coche, yo puedo acercarte a donde necesites —intervino el técnico, demasiado solícito—. No me importa.

—Claro que no te importa. Eres demasiado obvio —mascullé, lo bastante alto para que me oyera.

Ella me lanzó una mirada de advertencia. Iba a responderle y sabía perfectamente que era capaz de aceptar con tal de no venir conmigo. Era justo a eso a lo que nos habíamos dedicado el último día en Aspen: a evitarnos como si estuviéramos infectados.

—Puedes irte tranquilo —intervine—. Se viene conmigo. De hecho, estaba a punto de subir cuando la interrumpiste.

La decepción se reflejó en su cara. Le había chafado el plan, aunque dudaba que, incluso sin mi intervención, hubiera conseguido algo con ella. Miré a Kelsey y le hice un gesto inequívoco con los ojos: no iba a aceptar un no.

—Muchas gracias, eres muy amable —respondió ella con un tono tan correcto que me dieron ganas de vomitar—. Pero ya me lo había ofrecido Juraj y le he dicho que sí. En otra ocasión.

—Claro, otra ocasión —murmuré para mí—. Mentirosilla.

Incliné la cabeza a modo de despedida para que se largara de una vez.

—Me encantó conocerte —insistió el pesado—. Estaré pendiente de tus redes. Quizá volvamos a coincidir.

—Venga, vámonos. Tengo prisa —corté.

Kelsey subió al coche. Sonrió al técnico y, antes de cerrar la puerta, se despidió con un gesto. En cuanto se abrochó el cinturón, se giró hacia mí.

—¿Hace falta ser tan desagradable?

—Con él, sí.

—¿Y conmigo? ¿A qué venían esas órdenes de «súbete al coche»? ¿Quién te crees que eres?

—El mismo de hace unos meses —respondí sin pensar—. El mismo con el que te acostaste en la casa que compartías con tus amigos.

Mis palabras salieron tan rápido como el coche al arrancar.

—Oh, Dios, cierra la boca —soltó—. Definitivamente no tienes filtro.

Si he aceptado venir contigo es porque ese chico llevaba toda la noche agobiándome, no porque me apetezca compartir espacio contigo, que te quede claro.

Y en cuanto a esa noche, supéralo. Para haber sido un polvo más, lo tienes demasiado presente.

—Hay cosas que merece la pena recordar. Solo las memorables, princesa.

Me encantaba sacarla de quicio. Estaba preciosa con el entrecejo fruncido, los labios apretados y los ojos más brillantes de lo normal.

—¿Y tú? —añadí—. ¿Piensas mucho en ello? Reconócelo, estuvo bien. Te derrumbaste en mis brazos.

—Sí, claro —cantó con un tono que no me gustó nada—. Marcó un antes y un después.

Su sarcasmo me puso en alerta.

—Tan significativo fue —continuó— que destrozó mi relación. Así que no, no lo he olvidado. Hice daño a alguien a quien quería y lo arruiné todo.

Giró la cabeza y subió el volumen de la música, dando por zanjada la conversación.

Mierda. No me esperaba eso. Y, por una vez, me callé. No tenía derecho a hurgar ahí. Aun así, me jodía que su recuerdo de aquella noche fuera ese.

El resto del trayecto transcurrió en silencio. Solo me dijo que la llevara a casa de Prescott. La música seguía sonando, pero la incomodidad no se disipaba. Intenté centrarme en la carretera, aunque no ayudó que empezara I Wanna Be Yours .

Esa canción hablaba de entregarse por completo, de querer ser refugio, fuego, hogar. De desear ser todo para alguien, incluso a costa de uno mismo.

Después sonó My Moon My Man . La luna y el hombre, lo cambiante y lo firme, orbitando sin terminar de encajar. Ella resopló y se frotó las manos con nerviosismo. Yo apreté el volante. Nada de aquello estaba mejorando la situación.

Cuando entré en el vecindario de los chicos, respiré aliviado. Abrió el portón de la casa de Jordan y Nathan, y ella me indicó que parara frente a la zona de la piscina.

—Gracias —fue lo único que pronunció antes de desabrochar el cinturón y llevar la mano a la manilla.

—Espera —la detuve, sujetándola por el brazo. La solté de inmediato, como si aquel gesto estuviera mal, y apagué el motor junto con el limpiaparabrisas. Las gotas de lluvia quedaron suspendidas en el cristal, inmóviles. Bajé un poco la música. De pronto, el coche se volvió demasiado pequeño.

»Oye… —me rasqué la nuca; aquello se me daba de puta pena—. Sobre lo que dijiste antes, lo de Aspen y las consecuencias, lo siento. Imagino que no fue fácil para ti.

Kelsey suspiró sin mirarme.

—No lo fue. Aunque la culpa es mía. Yo estaba en una relación y no lo respeté.

—No sé cómo estáis ahora —probé con cautela—, pero quizá aún podáis arreglarlo.

Sonrió con ironía.

—No te pongas en plan dios del hielo, Thor. Aquella noche fue solo la guinda del pastel. Lo que nos obligó a tomar decisiones sobre una relación que ya estaba desgastada, aunque yo me empeñara en no verlo.

—Si sirvió para que algo mejorara, me alegro de haber echado una mano. Y algo más.

—Estamos en una especie de transición. Ahora vivo con la que fue mi niñera.

Nos dimos un tiempo. Seguimos viéndonos, aunque no compartimos casa.

Él continúa con Asher. Y mi relación con él es abierta.

¿Y para qué? Para nada. No soy capaz de estar con nadie que no sea él.

Creo que los dos nos aferramos a cualquier cuerda con tal de no tomar la decisión definitiva. Así que no, no va mejor. Duele igual.

—Joder… —exhalé—. Ya me parecía complicado antes, pero ahora suena directamente insostenible.

—Creo que no hay una palabra más acertada.

—Kelsey, lo siento. No debí proponerte nada en Aspen. No sé en qué estaba pensando. Bueno, sí —nos reímos a la vez—. Mejor me callo. Pero en serio, lo siento.

Alzó una ceja.

—Guau. O debo dar muchísima pena o el mundo está a punto de acabarse si el mismísimo Thor del hielo se disculpa.

—Es lo segundo. Tú no das pena.

—Y encima amable —añadió—. ¿Qué han hecho con el tipo que conocí en la piscina?

—El tipo de la piscina no se siente muy bien viéndote así —admití—. Y, para qué engañarnos, también le has magullado un poco el orgullo. No todos los días alguien te dice a la cara que se arrepiente de haberse acostado contigo.

Me llevé una mano al pecho, exagerando. Ella se giró hacia mí, más cerca.

—Yo no he dicho que me arrepienta. De hecho, no lo hago. Aunque debería. Me ayudó a sincerarme con Owen y, además, me gustó. Mucho. Fue increíble.

Se mordió el labio.

—Aunque…

—¿Aunque? —repetí, con la voz grave.

Sin darme cuenta, aparté un mechón de su rostro y lo coloqué detrás de la oreja. Entonces empezó a sonar I Just Died in Your Arms . Demasiado oportuna.

—Aunque creí morir de placer, también fue frío —aclaró—. Solo me habría gustado besarte. Nada más. Es una tontería. Olvídalo.

No lo era. Y me arrepentí de no haberlo hecho.

Bajó la mirada. Cuando la levantó, me regaló una de esas sonrisas falsas: perfecta por fuera, rota por dentro.

—Me voy. Es tarde. Gracias.

Abrió la puerta. Esta vez no la detuve. La lluvia empezó a empaparla al instante. Antes de alejarse, se giró una última vez y se despidió con la mano. La canción seguía sonando, insistente, como un desafío.

Abrí la puerta y salí del coche.

—¡Kelsey!

Se detuvo bajo la lluvia y se volvió despacio.

El pecho le subía y bajaba con rapidez, el pelo mojado se le pegaba al rostro y los ojos le brillaban con una intensidad que no supe interpretar.

La lluvia caía con fuerza, empapándola sin que pareciera importarle, y en ese instante comprendí que estaba a punto de cometer una estupidez.

Una enorme. Una de esas que cambian las cosas para siempre.

Y, lo peor de todo, era que quizá no quería evitarla.