Capítulo 10
JURAJ
Un año antes…
Habían pasado meses desde la última vez que la vi en Aspen.
Supe por los demás que tampoco había ido a las vacaciones que habían planeado juntos.
No me dieron detalles, pero, escuchando con atención y leyendo entre líneas lo que mis amigos dejaban caer, entendí que su ausencia se debía a problemas familiares y no al «vértice» de aquella relación poliamorosa en la que estaba metida.
Durante un tiempo seguí su rastro en redes casi sin darme cuenta.
Tras el viaje a la nieve desapareció unos días, sin historias ni publicaciones.
Y cuando volvió a aparecer, algo en ella parecía distinto.
En varias cuentas empezaron a circular rumores: que ya no estaban juntos, que todo había terminado.
Al final, los tres salieron a desmentirlo.
No voy a negar que me habría gustado que los rumores fueran ciertos, que se alejara de una relación en la que, desde fuera, no parecía feliz.
Lo peor no fue eso, sino la crueldad. Las redes se volvieron una cloaca.
Comentarios diciendo que ella sobraba, que se notaba en su mirada, en su sonrisa, que a quien Owen amaba de verdad era a Asher.
Comparaciones, burlas, juicios lanzados con una ligereza brutal.
La gente celebraba la relación entre ellos mientras la borraba a ella, como si no importara.
Me pareció horrible vivir en un mundo así, donde todos opinan sin saber y no son conscientes del daño que pueden causar.
Y aun así, la princesita de los followers parecía más fuerte de lo que cualquiera habría imaginado.
O quizá no lo era y simplemente sabía disimularlo bien.
Ante la cámara seguía sonriendo, manteniendo el humor, jugando con esa película que se había montado del castillo francés y otras tonterías, aunque por dentro estuviera hecha polvo.
Visto así, no me sorprendió que viviera refugiada tras esa imagen. ¿Cuántos años llevaría interpretando, ocultando emociones, controlando gestos y palabras? Tenía que ser agotador.
Y allí estábamos otra vez los dos, en la fiesta por el regreso de Kai al hielo. Dos personas cuyas vidas habían cambiado de forma drástica tras volver de Aspen.
En el local bailaba y reía con Mischa y Liam. Sus otras amigas, embarazadísimas, ya se habían marchado. Sin embargo, esta vez, más allá de la euforia fingida, me di cuenta de algo distinto. No estaba actuando. Buscaba desesperadamente sentir algo real. Esa necesidad urgente de estar viva.
—Eh, ¿qué haces aquí solo? —la voz de Kai me alcanzó cuando se apoyó en la barra a mi lado.
—He venido a por un trago —mentí sin demasiado empeño. La verdad era que empezaba a agobiarme con tanta gente y con las conversaciones absurdas del equipo: que si el partido de esa noche, que si tías, que si cualquier tontería de vestuario.
—Claro —bufó—. Por eso el vaso sigue lleno, haciendo de adorno. Conmigo no hace falta que finjas. Conozco esa sensación, cuando lo único que quieres es largarte.
No lo contradije. ¿Para qué? Últimamente la cabeza de Kai y la mía parecían seguir el mismo rumbo.
—Ya sabes que socializar me aburre —resoplé—. Además, estoy cansado.
—Lo que estás es jodido —sentenció—. Ni siquiera te molestas en ligar. Se te acercan y las espantas. Eso no es normal en ti.
—Gilipollas —me reí, sin muchas ganas.
—Lo digo en serio. Estoy aquí, ¿vale? Si quieres hablar de lo de… bueno, ya sabes. O si no quieres hablar, también. Me llamas y hacemos algo juntos, sin conversaciones.
Asentí. No hizo falta decir nada más.
Entonces vi a Mischa acercarse a nosotros, algo achispada.
La sonrisa de Kai se hizo enorme. Estaba completamente pillado, y bien pillado.
Ella me dio un beso en la mejilla como si tal cosa.
Otro de esos pequeños cambios en mi relación con ellos: Mischa y River, besos; los tíos, abrazos y palmadas.
Tenían una obsesión con el contacto físico, pero empezaba a acostumbrarme.
Mischa rodeó la cintura de Kai, le dio un beso rápido en los labios y apoyó la cabeza en su pecho.
Joder. Eran tiernos. Yo pensando eso. Terrible.
Definitivamente me estaba afectando el aura de amor permanente en la que vivían todos. A veces me preguntaba si realmente merecía la pena dejarse llevar, probar, ver qué se sentía. Otras veces, en cambio, recordaba lo que ocurría cuando bajaba la guardia.
—Me la voy a llevar a casa —explicó Kai—. Le he preparado una sorpresa.
—Pues date prisa, porque se va a quedar dormida de pie.
—Vamos, pequeña, es hora de irse —anunció, estrechándola más contra él.
—Kels, tengo que despedirme de ella. Juraj, encárgate tú y cuídala, ¿vale?
—Sí, pesada, ya la aviso. Lárgate.
—Te quiero, gruñón —balbuceó Mischa, completamente perjudicada.
—Lo sé —añadí—. Siempre seré tu amor platónico.
Kai sonrió y me dio una colleja antes de irse, murmurando algo que ni me molesté en comprender.
Mis ojos se desviaron entonces hacia Kelsey. Estaba hablando y riendo con uno de los técnicos del equipo, demasiado cerca. Claramente le estaba tirando la caña.
Di un paso hacia allí.
Tenía la excusa perfecta para interrumpir y apartarla de ese idiota.
—Eh —me abordó Conor, deteniéndome.
Genial. ¿Y ahora qué coño quería? Seguro que remarcarme todos mis errores durante el partido. Aunque, joder, había hecho un buen juego. Me había centrado al máximo. Era el regreso de Kai y todos queríamos demostrar quiénes éramos los Rift.
—Si vienes a decirme que la cagué en ese mano a mano, ya lo sé —me adelanté—. Me bloqueé, dudé y no solté el tiro cuando debía. No reaccioné rápido. Lo siento.
—No, no estoy aquí por eso —negó Conor—. Aunque la fastidies, sigues siendo un centro cojonudo. Tienes lectura de juego, velocidad en el primer paso y un instinto innato. Eso no se pierde por fallar una jugada.
Se apoyó frente a mí y bajó la voz.
—Lo que me preocupa es otra cosa. En el hielo vienes, cumples y te vas.
Sin emoción. Sin hambre. Sé que muchas veces te he apretado demasiado y que mis mierdas con Liam no ayudaron.
He estado más borde de lo normal y lo siento.
Pero no te forzaba por capricho; lo hacía porque sé que eres mucho más de lo que estás mostrando.
Fruncí el ceño, aunque no lo interrumpí.
—Hay un monstruo ahí detrás —continuó—. Lo sé porque en los Wolves jugué con uno igual: Nathan Prescott.
Tú me recuerdas mucho a él, con una diferencia.
Era obsesivo, disciplinado hasta el extremo y daba siempre más de lo que le pedían.
Tú, sin esa presión, dando solo lo justo, ya estás casi a ese nivel.
Si empujaras un poco más, si te lo creyeras de verdad, te comerías el hielo.
No tienes ni idea del talento que tienes ni de lo lejos que podrías llegar.
Solté aire despacio.
—No sé a dónde quieres llegar con esto, Conor, pero no me interesa ser Prescott. Considero que lo dejé bastante claro cuando rechacé Detroit para quedarme en Seattle. Eso dice bastante de cuáles son mis prioridades.
—Ahí está la cuestión —replicó—. Te quedaste porque disfrutabas del hockey. Porque aquí somos una familia. Porque te divertía salir al hielo, crecer con el equipo, construir algo desde abajo. Se te notaba que amabas lo que hacías, por mucho que intentaras disimularlo.
Me sostuvo la mirada.
—Ahora no. Ahora no está esa luz. No sales con adrenalina, no disfrutas, no juegas con hambre. Hasta eres menos imbécil.
—Eso es bueno, ¿no? Todos queríais que dejara de serlo.
—No lo es cuando el motivo es que te estás apagando —recalcó, sin rodeos—.
Y me preocupa mucho. No hablas con nadie de lo que sucedió con tu hermano.
Ese hermetismo te está pasando factura. No digo que sea conmigo ni con los chicos, pero, aunque sea con un profesional, tienes que sacar esa rabia y ese dolor.
Te lo estás tragando todo y te está consumiendo.
Di un paso atrás.
—Me piro. Estoy cansado y lo último que me apetece es traer a mi hermano muerto a esta conversación. Y te pido que no vuelvas a tocar el tema. Yo no me metí en los problemas que tuviste con Liam. Haz tú lo mismo conmigo.
Eché a andar lleno de furia y salí del local sin despedirme de nadie. No estaba de humor para ser cordial. Crucé el aparcamiento a zancadas y me metí en el coche a toda prisa. Quería largarme de allí de una vez.
Al incorporarme a la carretera, un semáforo me obligó a detenerme frente al edificio. Miré hacia donde sabía que estaban mis compañeros y, como si pudieran oírme, grité:
—Que os den, capullos.
Estaba harto de esa manía que tenía todo el mundo de meterse en la vida de los demás, como si el dolor fuera a desaparecer o a hacerse más pequeño cuanto más se hablara de él.
Yo no funcionaba así. Nunca lo había hecho.
Hasta ese momento siempre había podido manejarlo todo solo.
Lo aprendí siendo muy pequeño y no pensaba cambiarlo ahora.
No iba a confiar en nadie para que me fallaran otra vez.
Si a las personas a las que se suponía que les importaba les dio igual, ¿por qué iba a ser distinto con otras a las que conocía desde hacía apenas dos días?
Encendí la música. Mis dedos tamborileaban contra el volante mientras volvía a mirar el semáforo. Seguía en rojo. Barrí la carretera y las aceras con la vista, distraído, hasta que la vi. Kelsey salía del edificio con el teléfono en la mano.
Un pitido me devolvió a la realidad. Arranqué al ver que el semáforo cambiaba y, al adelantar, reconocí al encargado de material del equipo. Pegué un volantazo y me coloqué a la altura de otro coche, obligándolo a frenar. Bajé la ventanilla. Se sorprendió al reconocerme.
—Sube, te llevo.
Frunció el ceño antes siquiera de responder.
—Un «hola» no estaría de más. ¿O es que a ti no te enseñaron a saludar? Y no, gracias, prefiero coger un taxi.
—Buenas noches, princesa. ¿Así mejor? —no le di tiempo a contestar; abrí la puerta del vehículo—. Ahora monta. Estoy mal estacionado.