Capítulo 9
JURAJ
No podía sacarme de la cabeza la sonrisa de Vera y de Cole, la forma en que disfrutaban del momento, del control, de saberse vencedores.
Esa maldita mujer. Después de años manteniéndose lejos de los Rift por miedo, ahora, tras lo de mi hermano, había recuperado el poder que tuvo tiempo atrás y lo estaba saboreando, devolviéndome el golpe con su sola presencia, igual que yo había hecho con la mía al recordarle que conocía su secreto mejor guardado, la basura que dejó en Eslovaquia.
Solo pensar en aquella época me revolvía el estómago, porque yo también había sido parte de todo aquello que tanto detestaba.
Creí que los protegía, que cargando yo solo con el peso salvaría a mis hermanos, pero me equivoqué.
Cuando Andrej lo descubrió, por culpa de Cole, me odió y rompió nuestro vínculo.
Yo era su apoyo y dejé de serlo. Hasta que no pudo soportarlo más, se fue de casa, después del país y, finalmente, de nuestras vidas para siempre.
El hormigueo empezó a subir desde los pies y el calor me golpeó de lleno en la cara.
Apagué la calefacción del coche y bajé una ventanilla.
No bastó. Bajé todas. Tampoco. Me arranqué la chaqueta como pude y fue entonces cuando vi que Kelsey me observaba, preocupada.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba con ella; cuando mi cabeza se iba, era como si yo desapareciera de este plano.
«Mierda, Juraj, contrólate. No otro ataque delante de ella. No otra vez».
Me reprendí en silencio, como si eso sirviera de algo.
Mi cabeza siempre hacía lo que le daba la gana y luchar contra ella era absurdo; cada vez tenía más poder.
Desvié la mirada, me remangué la camisa, desabroché los primeros botones y, con la mano temblorosa, cogí la botella de agua.
Bebí demasiado rápido; parte del agua me cayó por la barbilla y el pecho.
De repente, un volantazo. Luego, un frenazo en seco.
La miré, desconcertado.
—¿Pero qué coño…? ¿Quieres matarnos o qué?
—Lo siento —se disculpó—. En mi defensa diré que este coche todavía no lo controlo mucho y he visto la salida cuando ya la teníamos encima.
Miré alrededor. Estábamos en un área de descanso cerca del Seattle Center, con una cafetería abierta, un local de batidos y un salón recreativo iluminado con neones.
—¿Se puede saber qué hacemos aquí? —Señalé alrededor mientras ella subía las ventanillas.
—Vamos —indicó, bajándose del coche.
La agarré del brazo para detenerla.
—¿Es que no ves que no me encuentro bien?
Se soltó, molesta.
—Claro que lo veo. Llevo rato observándote. No estoy ciega, solo un poco miope. Pero tranquilo, uso lentillas.
Si no me sintiera tan mal, hasta me habría hecho gracia.
—Genial, me tranquiliza esa información —bufé—. Y ahora, ¿puedes arrancar de una puñetera vez?
—No. Te está dando otro ataque de pánico. He esperado a ver si lo controlabas a tu manera, pero cada vez estás peor. Así que voy a ayudarte.
—¿Y desde cuándo eres psicóloga? —solté, irritado.
—No lo soy. Ni de lejos. Pero llevo yendo a terapia desde muy joven y sé que la cabeza puede ser tu peor enemiga. Yo también he tenido que pelear con la mía y quizá siempre tenga que hacerlo.
No me esperaba aquella confesión. Sabía que tenía problemas, sí, aunque no imaginé que vinieran de tan atrás. Por fuera, cualquiera envidiaría su vida, su sonrisa constante en los vídeos.
No pregunté.
No quería saber más.
No pretendía crear un vínculo. Bastante peligro tenía ya esa mujer como para añadirle la etiqueta de hogar compartido.
—Venga —insistió, más suave—. No perdemos nada por probar. Si no funciona, nos vamos. Te lo prometo.
—Diez minutos —cedí.
—Y si a los diez estás mejor, nos quedamos un poco más —negoció.
—¿Necesitas tanto tiempo para un café o una hamburguesa?
Sonrió.
Joder. Esa sonrisa.
Y se bajó del coche sin hacerme caso.
Caminó hasta mi lado y me tomó de la mano. La miré. Nunca tocaba así a nadie. Solo a mis hermanos cuando eran pequeños. Y con ella ya era la segunda vez en el día.
Entramos en el salón recreativo. Un antro lleno de adolescentes medio colocados, máquinas ruidosas, luces parpadeantes y parejas magreándose sin pudor.
No me lo podía creer.
—Ey, tío —un chaval se apoyó en mi hombro.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Nunca te han dicho que te pareces la hostia a Juraj Novák?
—Sí. Todos los días —contesté, seco.
Kelsey se estaba partiendo de risa.
—Bah —dijo otro crío—. Ese tío es más alto y está más tocho que él.
—Pues yo creo que mi novio es más fuerte que ese jugador de hockey con cara de amargado y desabrido —intervino ella, divertida, señalando mis brazos—. Cariño, ven. Demuéstrales lo fuerte que eres.
La miré a modo de advertencia. Kelsey se encogió de hombros y señaló una máquina de boxeo, de las que miden lo fuerte que pegas.
—Venga, a ver si tu novia está en lo cierto. ¿O eres de los que se hinchan a gimnasio y luego no pueden ni levantar una botella de leche? —soltó el niñato que antes me había dado una palmada en el hombro.
El chaval golpeó primero. Números mediocres. Sus amigos lo celebraron igual.
Después Kelsey. Penoso.
Una chica del grupo lo hizo mejor y empezó el cachondeo.
Y ahí me piqué.
Me coloqué frente a la máquina, balanceé el puño y golpeé. Seco. Atroz.
El marcador subió sin parar. Muy por encima del resto.
Antes de que terminara de pitar, rodeé la cintura de Kelsey y la saqué de allí.
—Espera. Quería ver cuánto sacaste.
—Princesa, se acabó la diversión. Un segundo más ahí y me detienen por cargármelos a todos.
Se rio y entrelazó su mano con la mía mientras salíamos al aire frío.
No sabía cómo mi brazo había acabado rodeándola ni por qué ella se aferraba a mi mano. Sin embargo, por primera vez, el hormigueo empezaba a ceder.
—Ven —se zafó de mi agarre, aunque nuestros dedos seguían entrelazados mientras tiraba de mí—. Vamos allí.
—No voy a ningún sitio más. Nos marchamos a casa.
—Por favor —puso morritos—. Quiero un milkshake triple de chocolate con brownie y nata.
—No sé en qué momento se me ocurrió meterte en mi casa —gruñí—. Dime que no eres así todos los días, porque mando construir una casita en un árbol y te instalo allí.
Soltó una carcajada. Le dio exactamente igual mi comentario.
—¿Qué quieres? —preguntó al llegar al mostrador—. Pídete uno como el mío. Está buenísimo.
—No tomo esas porquerías. No son nada saludables.
—Buah, qué soso.
—No es eso. Simplemente prefiero comer bien. Vosotros, los americanos, tenéis un problema serio con este tipo de comida.
—Tú te lo pierdes —me ignoró.
Llevó el vaso a los labios, saboreando el batido con exageración, manchándose la boca de chocolate. Durante un segundo, mis ojos no hicieron otra cosa que seguir el recorrido de su lengua limpiándose el labio superior.
Y, otra vez, las ganas irrefrenables de besarla.
Me aparté de golpe y me metí en el coche, cerrando la puerta con un portazo. Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos. En mi mente apareció el último día que estuvimos juntos, lo diferente que había sido y la cagada monumental que había hecho al decirle que se mudara conmigo.
—Eh, Juraj, ¿estás otra vez mal? —movió mi pierna.
Su mano estaba sobre mi muslo.
Joder.
Gruñí por lo bajo y debió notarlo, porque retiró la mano enseguida.
—No. Ya pasó —aseguré. Y, sorprendentemente, era verdad. La tontería del salón recreativo había frenado el caos de mi cabeza.
—Venga, pruébalo —insistió—. Está muy rico.
Señaló el batido antes de darle otro trago y volver a mancharse los labios. Si quería probar algo, no era precisamente la bebida.
Para acabar con el suplicio, le quité el vaso y bebí de una vez.
—¿Y bien? —curioseó, expectante.
—Terrible. Esto te provoca un pico de azúcar que te manda directo al hospital.
—Qué exagerado —rio.
Depositó la bebida en el portavasos y fue a arrancar el motor. La detuve.
—Espera. Tenemos que hablar.
Me miró, seria.
—Ya que vamos a vivir juntos, necesito que tengas en cuenta una cosa.
En mi casa hay menores a mi cargo. Siempre he intentado que tengan un entorno estable.
Nunca he metido a nadie. No quiero que se encariñen con personas que solo estén de paso.
Ya lo hicieron con Amelia, mi asistente, y no voy a añadir a más gente.
Así que necesito que mantengas cierta distancia. Tu estancia es temporal. Recuérdalo.
Vi cómo algo se le apagaba en la mirada.
—Lo intentaré —indicó—. Aunque no prometo nada. Yo no soy de hielo como tú. ¿Qué más?
El tono era frío. Cortante.
—Mientras el equipo piense que estamos juntos, será conveniente que nos cuidemos a la hora de estar con otras personas.
—Me parece bien.
¿Le parecía bien?
A mí no. Había esperado otra reacción.
—No podemos arriesgarnos —insistí—. Si no estamos seguros, no se hace.
—Vale. Lo he pillado.
Mierda.
No cedía. Y lo cierto era que no soportaba la idea de que hubiera alguien más mientras mantuviéramos esa relación falsa.
—¿Algo más? —preguntó, con retintín.
—Tendrás tu cuarto.
—Oh, vaya, casi lloro de la emoción. Es muy amable por tu parte cederme una habitación.
Resoplé.
—A mis hermanos les diremos la verdad: que eres una amiga que se ha mudado a Seattle, que trabajas conmigo en el equipo y que te quedarás unos días hasta que encuentres algo.
—Bueno, tú y yo no somos amigos. Eso es mentir.
—Es un detalle menor.
Negó con la cabeza.
—Y sobra decir que entre tú y yo no va a pasar nada —añadí—. Aspen estuvo bien, pero no se va a repetir. No en mi casa. No con mis hermanos allí.
—Ja —bufó—. ¿Y quién te ha dicho a ti que yo quiero repetir algo contigo? ¿En qué momento tu cerebro, claramente tocado por los golpes del hockey, llegó a esa conclusión?
Estaba preciosa cuando se enfadaba.
Me acerqué despacio. Noté cómo se tensaba. Le subí la tira del vestido que se le había caído y le aparté el pelo detrás de la oreja. Mi boca quedó muy cerca de la suya.
—Llámame loco, pero es solo una impresión. Por cómo me miras. Por cómo antes hablaste de mis… ¿cómo era? Ah, sí. Firmes glúteos.
Me aparté riendo.
—Eso solo significa una cosa, princesa: que tus bonitos ojos rasgados vuelan constantemente hacia mi trasero.
La miré.
Balbuceaba, roja como un tomate, sin saber qué decir.
Me recosté en el asiento, disfrutando del momento.
—Eres odioso —estalló—. No te soporto más. He llegado a mi límite. Así que te llevo a casa. Dime por dónde.
—Te recuerdo que este es mi coche.
—Y yo te recuerdo que has bebido —refutó—. Además, lo necesito para meter mi equipaje. Por si lo olvidaste en este breve inciso en el que presumes de trasero, me mudo a tu casa. Te lo devuelvo cuando me instale.
—Está bien, princesita de los followers . Úsalo. Pero mañana, que tenemos medio día libre, te quiero allí. Estoy deseando disfrutar de nuestra luna de miel.
—Ahora sí. ¿Puedo arrancar o todavía sigues editando tu lista interminable?
—Sí, me falta algo importante.
—Venga, dime que es una broma —frunció el entrecejo.
—No. Esto va más allá del acuerdo. Es un favor personal.
—Te estás poniendo demasiado serio. Me estás asustando.
Se inclinó hacia mí y la intensidad en sus ojos me hizo tragar saliva.
—Hoy has visto que tengo problemas para controlar la ansiedad. Necesito que me guardes el secreto.
—Confía en mí. Nadie del equipo lo sabrá.
—No hablo de ellos. Hablo de mi familia. No deben enterarse de que tengo estos ataques. Mis hermanos ya han perdido a mis padres y después a Andrej. No quiero que sufran por mí ni que piensen que esto me sobrepasa. Siempre estaré para ellos. Me necesitan.
Apartó la mirada y se mordió el labio inferior. Le levanté el mentón. Sus ojos brillaban.
—¿Qué te pasa? —inspeccioné, acariciándole la mejilla.
—Me emocionas, Thor del hielo —confesó, bajito—. Hay veces que pienso que eres un idiota y otras veo algo en ti que me deja sin palabras: vulnerable, humano. Cuando hablas de tus hermanos se nota todo el amor que sientes. Ojalá yo hubiera tenido alguien así. Alguien que me cuidara y me protegiera.
—No me veas de ese modo —sonreí con ironía—. Soy un desastre. La he cagado muchas veces. Este papel me queda grande.
—Yo no lo creo.
—¿Ah, no? —arqueé la ceja—. Tienes toda una lista de calificativos negativos sobre mí. Di solo uno bueno. Uno que sea sincero.
—Lo tengo. Eres dulce —rio, tapándose la boca.
—¿Dulce? ¿Yo, dulce? —balbuceé, incrédulo—. Táchalo de la lista.
Ella negó, divertida.
—Thor dulce, idiota dulce, tunante dulce…
—Basta —le cubrí la boca con la mano—. Esa palabra me hace sentir como el batido que te tragaste.
—Dulce. Muy dulce. Sumamente dulce —me vaciló, y yo no pude evitar reír.
Se dejó caer de espaldas contra la puerta, apoyando la cabeza en el cristal. Me lancé sobre ella y empezamos a forcejear, riendo. Sus piernas golpeaban mis costados; yo sujetaba sus brazos hasta que hicimos sonar el claxon. Nos miramos y rompimos en otra carcajada.
Pero, de repente, nos quedamos quietos. Yo sobre ella, pegados, respirando con fuerza. Sus ojos brillaban y el calor de su cuerpo me encendió. Lo que empezó como un juego se volvió intenso.
Deslicé mi mano por su mejilla, enredando los dedos en su cabello. Sus labios estaban a centímetros de los míos. Cada respiración era un aviso, un impulso que no sabíamos si atrevernos a seguir.
Entonces sonó I Just Died in Your Arms , de Cutting Crew.
La canción frenó cualquier intento de ir más allá.
Nos quedamos en silencio. La música nos devolvió a nuestro último encuentro.
Fue como si la letra hablara de nosotros: atrapados, vulnerables, sintiendo algo que no habíamos querido admitir.
Sus manos sobre mi pecho, mi mano en su cabello.
La tensión estaba allí, palpable, hasta que la memoria de lo ocurrido tras escucharla hizo que ambos nos apartáramos.
De manera abrupta, ella se revolvió y yo me retiré torpemente a mi asiento.
—Es tarde. Deberíamos irnos —indicó, abrochándose el cinturón.
—Sí, buena idea —mentí, intentando romper el momento—. Te pongo la dirección en el GPS. Cerraré los ojos un rato; me duele un poco la cabeza.
«Joder. Casi la beso otra vez».
La música seguía sonando, recordándome todo: la risa, la cercanía, lo cerca que habíamos estado de cruzar la línea.