Capítulo 8 #3
—Vale, tranquila. Todo irá bien. Ya lo verás.
—Mira, odio mentir —bajó un poco la voz—, y me encantaría decirte que no hay nada que temer. Pero las dos sabemos que esta decisión es un error. Te vas a vivir con un hombre que apenas conoces y, además, tiene hermanos pequeños. Kelsey, ¿has pensado bien todo esto?
—No es tan desconocido para mí como crees. Recuerda que es amigo de los chicos y que coincidí con él en varias ocasiones.
—Claro, cruzar un par de palabras una o dos veces en un año ya se puede considerar «conocerlo» para dar el paso de mudarte a su casa —lanzó con ironía.
—Uf, nos vimos tres veces —contrataqué con una tontería.
—Me quedo más tranquila —continuó con el tono sarcástico.
—A ver. Mantuve conversaciones más íntimas con él. Y el día que me llamaste para informarme de lo sucedido con mis padres, me ayudó, igual que con tu entrevista. Ya te conté lo que pasó.
—No digo que no sea un buen chico —insistió Mia—, solo que es una locura. No lo conoces como para instalarte con él. Y por más que me vendas que hablasteis más de cuatro frases de cortesía, no cambia la situación.
—Me he acostado con él. ¿Te parece eso lo bastante íntimo?
—¿Qué? ¿Pero qué dices? ¿Fue hoy?
—No —alcé la voz sin querer—. Fue el chico con el que le puse los cuernos a Owen.
—Ay, Dios —Mia se llevó una mano a la cabeza—. Kelsey, escúchame bien: no puedes mudarte ahí. Ahora menos que nunca.
—Buenas noches —la voz de Davenport nos sobresaltó, como si nos hubieran descubierto haciendo algo ilegal—. ¿Estáis disfrutando de la fiesta?
—Supongo que sí —intentó sonar tranquila Mia—. Nunca he estado en un evento así. Cuando Kels me invitaba a alguna fiesta por su trabajo como creadora de contenido, nunca iba. No es para mí.
—He visto algunos vídeos tuyos —comentó, intentando animarla—, y lo hacías muy bien. Pero creo que lo mejor es lo que haces con los niños; todo el mundo está encantado.
—Gracias —sonrió con timidez—. Yo también prefiero cuidarlos. No me acostumbraría a esto. Es demasiado.
Su comentario le arrancó una sonrisa sincera a Davenport, que tenía los ojos clavados en ella.
Al fijarme en Mia, noté cierto nerviosismo; pensé que sería por el tema del que estábamos hablando.
Sin embargo, sus mejillas sonrojadas y esa sonrisa distraída me hicieron pensar que aquello se debía al elegante presidente de los Rift.
Era atractivo, con unos ojos verdes intensos y unos pocos años mayor que ella.
En otras circunstancias, ver a Mia interesada en un hombre me habría gustado.
Pero, en este caso, él no era una buena opción, y menos después de lo que me había contado Mischa sobre lo que pasaba en su matrimonio.
Más tarde tenía que hablar con ella. No podía dejar que se hiciera ilusiones, si es que las había y no era todo imaginación mía.
—Kelsey, muchacha —la voz grave de Davenport interrumpió mis pensamientos—.
Hoy tanto mi sobrina como tú habéis hecho un trabajo de primer nivel.
Sé que hubo varios inconvenientes y los solventasteis con eficacia.
Quiero felicitarte. Me alegro de que formes parte de los Rift.
Personas que se parten el alma en los momentos clave son importantes.
Además, le diste un punto en la boca a más de uno.
Nadie puede dudar de tu profesionalidad.
Asentí, sonriente. Escuchar esas palabras después de un día tan intenso, con emociones que parecían una noria, era de agradecer. Mis ojos se fijaron en Juraj, que bebía un vaso tras otro, apretando la copa con fuerza. Toda mi atención se centró en él, porque algo no andaba bien.
Seguí su mirada por la sala hasta dar con un grupo de gente donde estaba Zoey con su pareja, Henry Johnson. Sentí una punzada de molestia al ver cómo se tensaba al verlos, aunque enseguida comprendí que no era por ella. Su atención estaba en una mujer muy elegante y un joven bastante parecido.
—Oh, no. ¿Qué mierda hacen aquí? ¡Joder! —bramó el presidente, olvidando cualquier atisbo de formalidad—. ¿Dónde está Hughes? —buscó con la mirada—. ¿Y River?
—¿Qué está pasando? —indagué—. ¿Quién es esa gente?
—Ella es mi mujer —confesó, tenso, como si le costara reconocerlo—. Y él es Cole, su hijo.
Vi a Mia girar la cabeza, decepcionada con aquella aclaración.
—No puedo permitir que se repita lo de esta mañana aquí. Hughes está penalizado y Novák se libró de milagro —continuó—. Muchacha, tienes que ayudarme. Sácalo de aquí. Se está conteniendo, aunque dudo que aguante mucho más —señaló a Juraj—. Yo debo encontrar a Caden.
Y se fue sin esperar respuesta.
Me quedé paralizada un segundo. ¿En serio pretendía que yo hiciera algo? Como si Thor fuera a hacerme caso a mí.
Me fijé de nuevo en Juraj, que posó el vaso con un golpe seco sobre la barra y se alejó, rígido, decidido.
«Oh, no. Va hacia ellos».
Eché a andar deprisa, esquivando gente, hasta que choqué de lleno con su pecho. Ni me miró ni se disculpó; era como si estuviera en trance.
—Ey —protesté, plantándome delante—. ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Puedes frenar un poco y mirarme, por favor? Casi me tiras al suelo.
—Ahora no, Kelsey. No estoy para tonterías —intentó esquivarme.
—Yo tampoco lo estoy —repliqué, firme—, así que no me voy a mover. Si quieres pasar, va a tener que ser por encima de mí.
Bajó la cabeza y me miró. Estaba que echaba fuego. Daba miedo, la verdad, aunque también vi dolor, rabia, algo roto.
Llevé las manos a sus mejillas, después a las sienes, y acaricié su cabello con cuidado.
—No estoy para jugar a las parejitas felices ahora mismo, Kelsey. Apártate.
—He dicho que no, porque si lo hago vas a cometer una gilipollez enorme aquí, delante de todo el mundo, de la junta.
Hoy ya te has metido en suficientes líos y no voy a permitir que, después de todo lo que pasó, de las mentiras, de casi perder los trabajos, lo tires todo por la borda.
Así que esa rabia te la guardas para otro momento. Ahora me vas a dar la mano.
Bajé las mías y estiré la derecha.
—Vas a respirar y vamos a salir de aquí juntos. Piensa, no actúes por impulso. Por favor.
Me sostuvo la mirada unos segundos y, al final, entrelazó nuestros dedos.
Fui delante, guiándolo, alejándonos de ese grupo mientras permanecía alerta, pendiente de cada movimiento. Zoey. Henry Johnson. La familia de Davenport. Nadie parecía mirarnos directamente, pero sentía sus ojos clavados en nosotros.
Juraj me apretaba los dedos con fuerza. Me hacía daño, aunque no creo que fuera consciente.
No dije nada; con la mano libre alcancé la suya, la que llevaba cerrada en un puño, y la coloqué en mi cintura para que me rodeara con el brazo.
No fue un gesto cariñoso, sino práctico.
Necesitaba sujetarlo por si se le ocurría lanzarse contra ellos.
Al llegar a la entrada, junto al ropero, indicó que saldría a pedir el coche. Yo notaba cómo los nervios volvían a apoderarse de él; necesitaba aire frío.
Cuando por fin salí, lo vi apoyado contra el capó de un Range Rover negro, dando golpes suaves con los puños y la cabeza baja. Me despedí del aparcacoches, insinuando que él había bebido un poco e intentando ocultar la realidad de su estado.
—¿Estás bien? —pregunté, acercándome despacio.
—Venga, vamos —me apremió, seco—. Te llevo a casa.
—No. Conduzco yo. Tu estado es lamentable.
—No exageres, no es para tanto.
Me pegué a él, alcé la barbilla y lo miré a los ojos.
—Vas a mover tus firmes glúteos hasta el asiento del copiloto y yo voy a conducir. Y esto no es negociable. Así que deja de tocarme las narices, porque cada vez que me cruzo contigo todo en mi vida se tuerce.
—Está bien, princesa —cedió—. Te dejo conducir. No por el sermón de mierda que acabas de soltar, sino porque me encanta cuando te enfadas y sacas ese carácter que le ocultas a todo el mundo.
Tiró suavemente de mi mentón.
—Idiota —murmuré, apartándolo.
No pude evitar que se me escapara una sonrisa. Antes de que me delatara del todo, ya me estaba montando en el coche.