Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Idiota —murmuré—. Esto no va a funcionar. Es imposible que alguien se crea que entre él y yo hay algo. No podemos ser más distintos. Si es que casi no nos soportamos.

—¿Seguro? —susurró junto a mi oído, tan bajo que nadie más pudo oírlo.

Le lancé una mirada asesina.

—A ver, chicos —intervino Davenport—. La idea no es mala.

Podría frenar cualquier decisión drástica de la junta.

Pero coincido con Kelsey: no resulta creíble.

Si estás en una relación lo bastante seria como para dar un paso así, muchacho, no estarías liándote con otras mujeres. Eso tira el plan por tierra.

—Son solo rumores —aclaró Juraj—. Llevo tiempo sin estar con nadie. Desde lo de… —se detuvo un segundo; supe que iba a mencionar a su hermano—. Da igual. El caso es que eso, en realidad, refuerza la versión de que estaba conociéndola a ella.

Hizo una breve pausa, como si midiera el impacto de lo que iba a decir a continuación.

—Y además podemos hacerlo todavía más realista. Que se mude a mi casa.

—¿Qué? —me giré hacia él, horrorizada—. ¿Te has vuelto loco? Estás fatal si piensas que voy a aceptar algo así. Verte al levantarme, al acostarme y también en el trabajo. No. Definitivamente no.

—¿Qué pensáis vosotros? —indagó Davenport, mirando a Prescott y después a Mischa.

—Es una locura —admitió Nathan—, aunque puede funcionar. Lo único que me preocupa es que acaben matándose.

—Kels —intervino Mischa—, es un buen plan. No puedes perder este trabajo. Y no lo digo solo por el dinero. Aquí estamos todos: tus amigos, ahora Mia… ¿Qué vas a hacer si no? Piénsalo. Además —añadió, mirándome con una media sonrisa—, Juraj no es tan malo como parece.

«No, es peor», pensé con ironía.

—Y su casa es agradable —continuó—. Sus hermanos te encantarán.

—Oye —la voz del maldito Thor del hielo volvió a imponerse—, a mí tampoco me entusiasma la idea.

No me gusta meter gente en mi casa ni que mis hermanos se encariñen para luego sufrir.

Intento que tengan un hogar estable, no una noria de personas entrando y saliendo.

Así que esto, para mí, también es complicado.

Los dos sabemos lo que pasó ahí abajo y cómo se malinterpretó todo, pero no es justo que nuestra carrera se vea perjudicada por cuatro moralistas con principios de cartón piedra.

Piénsalo bien. Tenemos mucho que perder.

Solo será por un tiempo. Cuando se convenzan, te podrás ir. ¿Qué dices? ¿Lo hacemos?

Cerré los ojos un instante. Sabía que aquello era una pésima idea. Entendía por qué Mischa o Nathan lo veían como una salida, pero ellos no sabían que Juraj y yo no solo compartíamos enemistad, sino algo más. Y ahora íbamos a vivir bajo el mismo techo.

Aceptar era un suicidio.

Aun así, me lancé de cabeza.

—Está bien. Intentémoslo.

Sentí cómo soltaba el aire, aliviado, antes de esbozar una sonrisa.

—Chicos —intervino Davenport—, solo una cosa: esto lo pueden saber únicamente los más cercanos.

Los que os conocen bien. Nadie más. Y menos dentro del equipo.

Prescott y yo os estamos cubriendo. Si esto se descubre, mi cabeza será la primera en caer.

Id asumiendo que los Rift cambiarían de presidente.

Tenedlo muy en cuenta. Confío en vosotros dos.

«Mierda». Aquello acababa de convertirse en algo mucho más grande de lo que había imaginado. Definitivamente era una idea horrible.

En ese momento, Juraj levantó la mano y se la tendió al presidente. A simple vista parecía un gesto frío, casi automático, pero era su manera de dar las gracias.

Davenport aceptó el apretón y, contra todo pronóstico, tiró de él para abrazarlo, dándole un par de palmadas en la espalda.

—Confío en ti. No me falles.

Cuando se separaron, añadió:

—Algún día tendrás que contarme la verdad de lo que pasó. Y ahora, fuera todos de mi despacho. Hay mucho que hacer. Prescott y yo tenemos que arreglar este «problemilla».

Tras salir del despacho, todavía incrédula por los giros de los acontecimientos, Mischa y yo tuvimos que volver al trabajo.

No había tiempo para procesar nada. Quedaba mucho por delante: el brunch previo al partido, comprobar que el montaje de los vídeos promocionales estuviera listo para proyectarse en el marcador central, coordinar tiempos antes del anuncio oficial de que Prescott pasaría a formar parte de la junta de los Seattle Rift.

Las acreditaciones, la zona VIP, la organización de la rueda de prensa posterior. Todo tenía que salir perfecto. No solo porque Prescott volvía al hielo como accionista del equipo, sino porque su regreso tenía un peso simbólico enorme.

Después del partido estaba previsto un evento privado en un local del centro de Seattle, un espacio industrial reconvertido con vistas al skyline y música en directo.

Un sitio elegante, aunque sin perder ese aire crudo que tanto encajaba con el hockey.

Allí se reunirían patrocinadores, jugadores, directivos y prensa seleccionada. Otro frente más que cubrir.

Y, en medio de todo eso, yo seguía sin haber podido hablar con Mia. No había tenido ocasión de contarle mi nueva y surrealista situación sentimental.

Jordan había traído a la pequeña Rachel para que viera a su padre antes de que empezara toda la locura y también para buscar la ayuda de Mia, que estaba siendo clave en su transición a mamá. Gracias a eso, conseguimos unos minutos para hablar.

Supe que ya estaba al tanto de lo ocurrido.

Mi amiga, que era la única que sabía lo que había pasado un año atrás y todo lo que desencadenó aquella noche en Aspen, insistía en que aquello era una locura.

Que teníamos que buscar otra solución. Temía, con razón, que yo saliera herida de esa farsa.

Pero tampoco había muchas más opciones. Así que le pedí que confiara en mí, que se calmara y que se lo contara todo a Mia para que no la cogiera por sorpresa.

No pudimos seguir hablando. Davenport me llamó. La conversación se quedó a medias.

El presidente me aseguró que, oficialmente, todo estaba solucionado. Aunque también me advirtió: no todos estaban contentos con la decisión. Nos iban a observar de cerca. Buscarían cualquier fisura, cualquier error. No habría margen para fallos.

Después de aquella charla tan «alentadora», no me quedó otra que seguir trabajando.

El partido fue un éxito. Seattle ganó. La rueda de prensa salió impecable y Prescott estuvo a la altura en todo momento. Yo, en cambio, no tuve ni un segundo para respirar. Ni para pensar. Mucho menos para hablar con mis amigos. Con nadie.

Solo con Mischa, que estaba a cien, como yo.

Y eso, inevitablemente, también incluía a Juraj.

Aquella ausencia de contacto me estaba poniendo nerviosa.

No había un plan. No había reglas claras.

Y sé que suena horrible hablar de una relación organizada, pero aquello no era un romance natural.

Era una mentira entre dos desconocidos. Y no quería que nos pillaran la primera noche en un renuncio absurdo.

Así que no paré. Trabajar era más fácil que pensar.

Hasta que lo vi entrar.

Mi corazón se detuvo.

Estaba impresionante. Llevaba un traje oscuro, perfectamente ajustado, que marcaba sin esfuerzo su cuerpo fuerte y atlético. Tenía las facciones duras, la mandíbula cuadrada, el gesto serio, de esos que imponen. Y, para mi desgracia, era así de injustamente guapo. Tan atractivo como insufrible.

Me miró sin el menor pudor, de arriba abajo, con descaro. Después me guiñó un ojo y sonrió, luciendo esa arrogancia que me sacaba de quicio.

«Idiota engreído».

Caminó hacia mí y, por un instante, sentí que todo lo demás desaparecía. Como si solo existiéramos él y yo en la sala. Mi corazón se aceleró y un nerviosismo extraño me revolvió el estómago. Me asustó, pero traté de convencerme de que solo era la ansiedad de no controlar la situación.

Justo antes de llegar a mi altura, uno de los patrocinadores lo detuvo. Juraj respondió al saludo con desgana, poco interesado.

En ese momento, mis ojos se desviaron hacia donde estaba Mia, que se había quedado sola tras terminar de hablar con una de las esposas de los jugadores. La observé un momento: su sonrisa tranquila, esa que siempre esbozaba cuando algo la superaba un poco, pero que aun así la hacía feliz.

La verdad era que había encajado sorprendentemente bien en el puesto. Desde el primer día la recibieron con los brazos abiertos, y se notaba. Estaba encantada. Incluso diría que más que cuando tenía su escuela infantil.

El mundo del hockey era nuevo para ella.

Y para mí también. Pero, aun así, tenía algo difícil de explicar: una vez que entrabas, te atrapaba.

El hielo, la velocidad, el sonido de los patines, el golpe del puck contra las vallas.

Y cuando veías un partido en directo, la adrenalina se te metía bajo la piel.

No importaba si entendías todas las reglas o no; la emoción lo arrasaba todo.

Me dirigí hacia ella. Quizá por fin podríamos tener un momento a solas. Necesitaba hablar con Mia, asegurarme de que entendiera mi decisión. Porque, por primera vez en todo el día, yo no estaba segura de nada.

—Cielo —murmuró, abriendo los brazos.

Correspondí a su abrazo.

—¿Cómo estás? —preguntó, todavía sin soltarme.

—Fue un día agotador. Muchos nervios, un montón de cosas de las que estar pendientes. Por suerte salió todo perfecto y creo que, en general, todo el mundo está satisfecho —rompí un poco el abrazo, aunque no solté sus manos; necesitaba sentirla de alguna manera.

—Kels, no me refiero a eso —indicó, seria—. Me ha quedado claro que tú y Mischa hicisteis un trabajo excelente. Me refiero al otro tema, al que te viste obligada a aceptar.

—No lo digas así, que suena fatal —sonreí, un poco nerviosa—. Nadie me obligó. Solo buscamos una solución práctica para ambos por un malentendido que crearon unas mentes demasiado cuadriculadas.

—Mentes cuadriculadas o no, son los que mandan. No lo olvides. No todo el mundo es como Davenport o Nathan; tenlo muy presente.