Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

KELSEY

—No lo hagas —murmuró Mischa entre dientes.

Desvié la mirada hacia Nathan, a mi otro lado en el despacho de Davenport.

Él también negó con la cabeza en silencio, pidiéndome lo mismo.

Pero ya lo tenía decidido. Iba a presentar mi renuncia.

Era lo más digno que podía hacer dadas las circunstancias.

No pensaba esperar a que me echaran ni quedarme allí mientras todos dudaban de mi profesionalidad. Eso sí que sería humillante.

Otra vez mi vida daba un giro inesperado. Justo cuando creía que no podía ir a peor, lo hacía. Y, como siempre, el maldito Thor del hielo estaba cerca. Cada vez que aparecía en mi vida, algo se rompía. Como si tuviera el extraño don de desordenarlo todo.

—¿Qué es lo que quieres comunicarme, muchacha? —preguntó el presidente con voz grave.

—Yo… Antes que nada quiero disculparme por lo ocurrido. Siento mucho no haber estado a la altura y me duele decepcionar a las personas que confiaron en mí.

—Kels —murmuró Nathan, intentando frenarme.

—Aprecio tus disculpas —manifestó Davenport—.

Y créeme, tampoco me gusta cómo han salido las cosas.

Entiendo que sois jóvenes, que a veces uno se deja llevar; sin embargo, hoy no era el día.

Y menos con toda la junta presente. Fue una irresponsabilidad por parte de ambos.

Yo podría haber mirado hacia otro lado, pero el resto está muy molesto y no se lo ha tomado nada bien.

—Lo comprendo —lo interrumpí—. Y precisamente por eso estoy aquí.

Dos golpes en la puerta cortaron mis palabras. Se abrió de inmediato.

«Oh, no. Él no».

Ver a Juraj entrar solo podía significar una cosa: que todo iba a empeorar.

Crucé una mirada con Mischa; se encogió de hombros, tan perdida como yo. Nathan se frotó la frente, anticipando el desastre.

—Perdón por interrumpir —señaló Juraj, avanzando hasta colocarse a mi lado.

—Estoy ocupado —declaró Davenport con sequedad—. Espera tu turno. Iré de uno en uno o acabaréis volviéndome loco.

—No puede esperar. Esto nos afecta a los dos —insistió, haciendo un gesto para señalarlos.

—Mira, muchacho —Davenport se puso en pie y rodeó la mesa hasta quedar frente a nosotros—.

Estoy muy decepcionado contigo. No sabes los años de vida que me has quitado desde que llegaste aquí.

Y eso que estaba entrenado. Hughes, en su época rebelde, ya me hizo sudar lo suyo. Pero tú no me das tregua.

Juraj apretó la mandíbula.

—Llegaste a los Rift enfrentado a todo el mundo.

La afición te abucheaba, cada entrevista era una polémica, no conectabas con el equipo y además estaba tu fama con las mujeres.

Aun así, yo veía algo más en ti. A un chaval joven cargando con demasiadas responsabilidades, haciendo lo que podía para salir adelante.

Creí en ti cuando otros no lo hicieron. Te vi cambiar, crecer, abrirte poco a poco.

»Por eso te dimos un ultimátum —continuó—. Nada de relaciones con el personal del club. Las anteriores acabaron mal y dañaron la imagen, no solo la tuya, sino la de todos. Te pedimos discreción. Solo eso. Y ni siquiera así fuiste capaz de cumplirlo.

—Es cierto —admitió Juraj—. Me equivoqué. No lo hice bien. Pero desde entonces no he vuelto a estar con nadie del club. Y esas mujeres no se fueron por mí, sino por otra persona. Da igual. Sé que nadie me cree. Siempre es más fácil señalarme.

—Eso no es justo —objetó Davenport—. Cuando viniste a hablar conmigo te prometí que estaría atento a sus movimientos. Aunque, sin pruebas, no puedo hacer nada. Y no estamos hablando de cualquier empleada. Henry Johnson mueve hilos aquí dentro y todos sabemos que quiere mi puesto.

Intenté seguir la conversación sin éxito. Era la nueva. No entendía las tensiones internas ni las guerras. Solo me quedó claro que, pese a todo, entre ellos había respeto, incluso afecto.

—Novák —siguió Davenport—, cuando me hablaste de la entrevista de Mia pensé que lo hacías por empatía, por ayudar. Me emocionó. Ahora empiezo a creer que había un interés detrás. Y eso me decepciona.

Percibí cómo Juraj se tensaba a mi lado.

Sus puños se cerraron con fuerza, molesto ante la insinuación de que todo lo que había hecho aquel día era un intento de seducirme, de ligar conmigo.

Estaba muy equivocado. El Thor del hielo no perdía el tiempo en juegos ni en conquistas innecesarias: iba de frente, pedía lo que quería y punto.

Y, en mi caso concreto, aquella teoría rozaba lo absurdo, teniendo en cuenta lo que ya había pasado entre nosotros.

No pude frenar el pensamiento.

Se me escapó en forma de palabras.

—No es cierto. Él no ha intentado nada. Su gesto fue genuino.

Juraj giró la cabeza hacia mí. Sus ojos se abrieron, claramente extrañado.

Es posible que yo fuera la última persona de la que esperaba una defensa.

Y, siendo sincera, hasta yo misma estaba sorprendida: allí estaba, en ese despacho, pidiendo disculpas y dando explicaciones a medias por algo que, en el fondo, tenía que ver con él.

Aun así, no aparté la mirada.

Durante un segundo observé algo distinto en Juraj. Algo auténtico. Casi vulnerable. El mismo chico asustado que había visto en las duchas. Sostuvo mis ojos unos segundos más antes de hablar. Y lo que dijo lo cambió todo.

—No es mi estilo fingir quién no soy para echar un polvo. Quien está conmigo sabe exactamente lo único que puedo ofrecerle.

«Vale. Genial. Maravilloso», pensé. Sonaba fatal. Porque, al final, yo había sido eso: un polvo. Y no es que quisiera nada más de él, aunque escucharlo así, en voz alta, dolía un poco.

Entonces continuó hablando. Y la bomba cayó.

—Pero este no es el caso de Kelsey —añadió—. Porque ella es diferente.

«Diferente», repetí mentalmente, descolocada.

—Ella es mi pareja.

Boom.

«Mi pareja».

La frase se repitió en mi cabeza una y otra vez, incapaz de creer lo que acababa de decir. ¿Qué demonios le pasaba a ese chico? Tenía un don especial para complicarlo absolutamente todo.

Juraj apartó la mirada y la dirigió al presidente. Yo abrí los ojos como platos al ver a Mischa apoyada contra la pared, pálida, como si la hubieran empujado contra ella.

Una pequeña risa nos devolvió a la realidad. Davenport negaba con la cabeza, divertido e incrédulo.

—¿Qué clase de broma es esta? —insistió—.

Sé que aquí hay algo más. Algo que ninguno me está contando.

He tirado de la cuerda esperando sinceridad por vuestra parte, que me explicarais qué ocurrió realmente en los vestuarios.

Aunque veo que seguís escurriendo el bulto.

Y no, no me miréis así. Y menos tú, Mischa —añadió—.

Vuestra ropa mojada os delata a los tres.

Aquella observación tensó el ambiente al instante. Vi el pánico atravesar el rostro de Juraj. Davenport no pensaba como el resto, eso estaba claro, y tampoco iba a conformarse con una versión a medias. Su mentira no había colado. Juraj debía de sentirse acabado.

Mischa me había contado que no era la primera vez que algo así le sucedía.

La muerte de su hermano, hacerse cargo de los mellizos, todo lo que había tenido que cargar desde demasiado joven.

Se me partió el corazón. Y por eso había decidido presentar mi renuncia: porque él tenía mucho más que perder que yo.

Me acerqué un poco, lo justo para que nuestros brazos se rozaran. Juraj me miró. Quise transmitirle que estaba con él, que guardaría su secreto. Él asintió con los ojos, en un gesto silencioso de agradecimiento.

Entonces levantó la cabeza con más seguridad y, como si se colocara una armadura, volvió a aparecer el Thor de siempre.

—Lo que pasó en los vestuarios fue una tontería que todo el mundo sacó de contexto —explicó—. Las chicas estaban revisándolo todo cuando empecé a meterme con ellas. Entre bromas acabé empujándolas bajo la ducha. Nada más.

—Es cierto —intervino Mischa, echándole un cable—. Yo me cabreé porque sabía que veníais de camino y aquello era un caos por culpa de su broma. Por eso te mandé el mensaje para retrasarlo todo, necesitábamos arreglarlo y cambiarnos de ropa.

Davenport se quedó pensativo. Nada parecía terminar de cuadrarle. Juraj seguía nervioso; levantó la mano y, con los nudillos, rozó los míos. Me tensé, temiendo que alguien se diera cuenta. Sin embargo, no rompí el contacto.

—Cuando Mischa se fue —continuó él—, seguí picando un poco a Kelsey. Me gusta cuando se enfada, cuando saca esa fierecilla que lleva dentro. Y fue justo entonces cuando nos encontrasteis. Nada más.

—Dudo mucho que este relato convenza a la junta —alegó Davenport—.

No se lo van a creer. Vieron lo que quisieron ver y, con tus antecedentes, Novák, no creo que cambien de opinión.

Las cosas están complicadas para ambos, aunque tanto Prescott como yo estemos de vuestra parte.

Y, por favor, dejad de mentirme en la cara. Me ofende.

—Espera —intervino Nathan—. Técnicamente, Juraj no ha incumplido lo que se le pidió.

—No te sigo —reconoció el presidente—. ¿A dónde quieres llegar?

—Vale, lo de las duchas no estuvo bien; se lo concedemos a la junta. Pero no pueden acusarlo de volver a liarse con personal del club si ellos ya mantenían una relación de antes.

—Oh, por favor —bufó Davenport—. No se lo van a tragar. Estamos hablando de Novák. ¿Cuántas parejas estables ha tenido?

—Tío, puede funcionar —insistió Mischa—. Ellos se conocían de fuera. Coincidieron alguna vez cuando nos juntábamos todos. No es tan extraño. Pudo surgir la chispa.

«¿Chispa? Si tú supieras, Mischa. Aquella noche en Aspen no fue una chispa; fue un cortocircuito. Al menos para mí».

—Además, ahora se ha mudado a Seattle y la razón puedo ser yo perfectamente. No soportaba estar lejos de mí —soltó Juraj.

Le di un golpe seco en el estómago, más en señal de protesta que de ataque.

—Vale, princesa —añadió enseguida, con media sonrisa—. Nos amamos tanto que decidimos dar un paso más. ¿Así te gusta más?