Capítulo 7 #2
—Siempre era lo mismo. Sexo en mi cama, las mismas posturas y luego dormir abrazados.
Y para mí era suficiente. Nunca he sido especialmente sexual.
A veces ni siquiera sentía demasiado placer y otras, nada.
Lo que de verdad me importaba era lo de después: los abrazos, los besos, tumbarnos juntos.
Esa era la mejor parte. Dormirme en sus brazos y despertarme con él haciéndome cosquillas en la barriga. Lo odiaba y, a la vez, me encantaba.
—Ay, Kels —suspiró, apretándome la mano.
—Un par de días antes de viajar a Europa los encontré teniendo sexo en la cocina.
Y no habría sido tan duro si no fuera porque teníamos normas: por respeto, eso solo debía pasar en las habitaciones.
Cuando los vi no pude evitar pensar en cuántas veces lo habrían hecho, en cuántos sitios.
Y lo comparé con lo nuestro. No tenía nada que ver.
Owen era otra persona. Estaba viendo una faceta suya que nunca había conocido.
—Dios, qué horror —murmuró—. Yo no podría soportar ver a Nathan con otra persona. ¿Qué hiciste? ¿Hablaste con ellos?
—No. Me fui. Fingí que no había sucedido.
—Joder, Kels. No puedes seguir haciéndote esto. No es sano.
—Lo sé. Y fui consciente de ello después de lo que pasó una noche en Londres.
—No me asustes. ¿Qué ocurrió?
—Owen habló con Asher y conmigo. Dijo que ese ritmo lo tenía agotado, que no tenía respiro entre el trabajo y dividirse entre los dos.
—Vaya, casi me compadezco —comentó con ironía—. A ver, no me cae mal, pero pena no me da. Él quiso ser el vértice de una relación en V. Si quieres tiempo y espacio, no te pongas en medio de dos personas. Perdón, es que me enciendo. Pero dime, ¿cuál fue la brillante idea esta vez?
—Propuso que hiciéramos todo a tres.
—Un segundo… ¿todo, todo?
—Sí. Todo. La primera noche fue en Londres. Hubo sexo. Asher y yo no hicimos nada entre nosotros, solo con él. Y fue muy duro.
Cuando se durmieron, lloré. No podía parar de mirarles y recordar cómo se besaban, cómo se tocaban.
Fue una pesadilla. Ahí supe que no podía continuar así.
Cada día me estaba rompiendo un poco más.
Por amarlo a él me olvidé de amarme a mí…
hasta que entendí algo peor: yo nunca me había querido de verdad.
—Joder —Jordan me abrazó con fuerza—. Sácalo todo, cielo. Te sentirás mejor.
En ese momento llamaron a la puerta y River asomó la cabeza.
—¿Qué ha pasado? Ey, Kels, ¿estás bien?
—River, dejemos el paseo para otro momento. Kels nos necesita ahora.
—Claro. Obvio. ¿Aviso a Mischa?
—No —me apresuré—. Déjala disfrutar con Kai. Ha pasado por mucho. Por favor, que nadie se entere.
—No te preocupes —dijo con suavidad—. Me encargo de que todos se marchen y preparo algo caliente.
—Gracias —murmuré cuando besó mi cabeza.
La vi salir y busqué de nuevo los ojos de Jordan.
—Por favor, no le cuentes lo de…
—El eslovaco —terminó por mí—. Tranquila. Será nuestro secreto. Joder, ¿en serio Juraj? —bromeó—. Si Nathan se entera, le da algo. Nunca le ha terminado de caer bien. Creo que hay un poco de celos: es más joven y lo ve incluso mejor de lo que él fue al principio.
—No está tan mal —murmuré.
—No, mal no está —sonrió—. Y además parece que es…
—No lo digas —la corté—. Me siento fatal.
—No voy a aplaudir unos cuernos, pero puede ser un punto de inflexión en tu relación. Ya lo veremos.
***
Cuando abrí la puerta del apartamento, me llegaron risas y voces desde el interior. Owen y Asher no estaban solos. Reconocí ese timbre al instante. Incluso antes de ponerle nombre, alguien me levantó del suelo y giró conmigo en brazos.
—¡Pierre! —reí sin poder evitarlo.
Era otro influencer muy conocido. Aunque vivía en Europa, nos veíamos varias veces al año por trabajo: colaboraciones, campañas, viajes.
Además, era imposible no quererlo. Me dejó en el suelo y llevé las manos a su pelo, ahora más largo y teñido de rosa.
Se inclinó y me dio un beso rápido en los labios, su saludo de siempre.
—¿Qué haces aquí? No sabía que venías —dije, aún jugueteando con su cabello.
—¿No te alegras? —fingió indignación mientras me soltaba y abrazaba a Asher.
Asher me rodeó los hombros y me dio un beso en la frente.
—Sabes que me encanta verte, así que no te hagas el ofendido —le devolví, dándole un pequeño golpe en el abdomen.
Durante unos segundos olvidé todo lo demás. Hasta que unos brazos me envolvieron por detrás, zarandeándome con cariño. Sentí un beso en la mejilla, giré la cabeza y sus labios encontraron los míos. En ese instante, algo dentro de mí se rompió.
—Pierre se queda unos días con nosotros —explicó Owen mientras me soltaba y entrelazaba sus dedos con los míos, llevándome hacia el salón—. Y no es la única sorpresa. Mira.
Abrió la funda de un vestido. Era precioso.
—Para la premiere de esta noche.
—¿La de esta noche? —murmuré—. Me había olvidado.
Era la presentación privada de una superproducción en el Lincoln Center, una premiere a la que invitaban a creadores de contenido con millones de seguidores: alfombra roja, prensa, marcas y cócteles incluidos. Normalmente me encantaban, pero aquella noche no.
—¿Estás bien? —preguntó Owen desde detrás, apoyando el mentón en mi hombro.
Cada gesto suyo me hacía sentir peor.
—Sí. Es solo cansancio —mentí—. Creo que no voy a ir. No me encuentro muy bien, quizá me esté resfriando.
Las miradas se cruzaron, extrañadas.
—Acuéstate un rato —indicó Asher—. Te preparo algo caliente.
—Sí, buena idea.
—Te acompaño —añadió Owen.
—No —negué enseguida—. Descanso un poco y más tarde hablamos, ¿vale? Quédate con ellos.
Asintió, aunque no parecía convencido. Vi cómo su mirada y la de Asher se buscaban, llenas de preguntas.
—Más tarde te enseño lo que te traje —comentó Pierre, tocándome el hombro—. Tengo una idea brutal para grabar con Mia. Te va a encantar.
Sonreí. Pierre, francés como mi madre, siempre jugaba con la broma de mi «lado aristocrático», y nuestros vídeos juntos eran de los más extravagantes y de los más vistos. Recordé aquella vez en la que acabamos con caracoles en la cara por una tendencia absurda. Me reí sola al pensarlo.
Cerré la puerta de mi cuarto y aspiré hondo, pero el aire no fue suficiente.
Las fotos, la ropa, los recuerdos. Mi historia con Owen estaba en cada rincón. Me lancé sobre la cama y, sin poder evitarlo, pensé en el eslovaco. En esa noche. En lo que había sucedido.
Me cubrí la cara con la almohada.
—Mierda. ¿Qué he hecho?
Había arruinado todo por alguien que no significaba nada. Y con quien, desde entonces, no había vuelto a cruzar ni una palabra ni una mirada.
Sentí unos golpes suaves en la puerta.
No tuve tiempo de decir nada antes de que se abriera.
Owen entró y cerró detrás de él. Se acercó a la cama y se tumbó a mi lado, rodeándome con el brazo. Apoyó la cabeza en mi cuello, como siempre, dejando besos lentos.
—No quiero estar con ellos —murmuró—. Quiero estar contigo. Te he echado de menos.
Cerré los ojos. Mi cuerpo se tensó, pero él no pareció percibirlo.
—Estoy preocupado, Kels. Después de Londres te fuiste sin decir nada, con Kai. No me creo la excusa que pusiste. Y tengo miedo de haberlo estropeado todo con mi idea.
No respondí.
Si supiera.
—Lo siento —añadió—. De verdad pensé que sería más fácil si los tres… Yo me sentía en medio. No quise hacerte daño. Te amo.
Alzó mi mentón y me besó.
Y ahí lo supe.
No podía seguir fingiendo.
Mis lágrimas empezaron a caer sin permiso. No le devolví el beso. Él se apartó, desconcertado, y me miró con atención.
—Ey —susurró—. Perdóname.
Apoyó su frente en la mía. Ese gesto fue lo que me lapidó.
Me incorporé despacio y me senté en el borde de la cama, dándole la espalda. Necesitaba aire. Valor. Algo.
—No estoy así por ti, Owen —hablé al fin—. Estoy así por mí. Por lo que hice. Por lo que nos hice.
—¿Por Londres? ¿Por irte sin avisar? ¿Por no coger el teléfono?
—Para —lo corté—. Escúchame.
El silencio se volvió denso.
—No tiene que ver con Londres. Tiene que ver con Aspen.
Tragué saliva. Me temblaban las manos.
—Allí… —me froté los ojos—. Te fui infiel.
Se levantó de golpe.
—No —rio, nervioso—. Venga, Kels. ¿Dónde está el móvil? Esto es una broma. Seguro que Asher y Pierre están metidos en esto.
Lo agarré de la muñeca.
Se giró. Me miró de verdad.
—Dime que no es cierto.
Negué despacio.
Cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban brillantes.
—Te fuiste con tus amigas. Todo el mundo allí tiene pareja. Y tú no eres así. No tienes sexo con alguien si no sientes algo. Nunca lo has hecho.
No contesté.
—Así que dime qué explicación tiene esto —añadió, roto—. Porque no reconozco a la mujer que tengo delante.
—No la tengo —balbuceé—. Me dejé llevar. Y sucedió.
Se pasó las manos por el pelo, caminando por la habitación.
—Te escucho y siento que me están arrancando algo. Confiaba en ti más que en nadie. Eras mi todo. Pensé que lo nuestro era fuerte. Creí que me amabas.
—Te quiero —aseguré, alzando la voz—. Y por eso aguanté lo que aguanté. ¿Crees que alguien que no ama soporta vivir así? Ver cómo ríes, duermes y follas con otra persona. Escucharlo todo. Compararlo todo. Sentir que nunca eres suficiente.
Bajó la mirada.
—Pero lo que me destrozó fue Londres —seguí—. Esa noche entendí algo que no quería ver. Que lo que Asher te da yo no puedo dártelo. Y que mi amor no te basta.
—Kels… yo…
—No —levanté la mano—. Déjame terminar.
Respiré hondo.
—No podía seguir perdiéndome por amor. Y no, no fue venganza. Fue confusión. Fue dolor. Fue descubrir que no sé quién soy ni qué deseo.
—¿Y por eso me traicionas?
—Por eso me rompí —reconocí—. Y sí, te fallé. Lo sé.
Cayó de rodillas frente a mí y apoyó la cabeza en mis piernas.
—Necesito tiempo para procesar toda esta información —declaró, con la voz hecha pedazos—. Ahora mismo solo siento que se me ha roto el corazón.
Le acaricié el pelo.
—Yo también necesito pensar. Y aceptar que esta relación a tres, a mí, me ha superado.
Entrecerré los ojos, reuniendo fuerzas.
—Me iré unos días a casa de Mia.
Alzó la vista de golpe.
—No. No te vayas.
—No es un adiós —mentí un poco—. Es espacio.
Se levantó, negando una y otra vez.
—Si te vas, te pierdo —aseguró—. Te amo. No quiero renunciar a ti.
Bajé la cabeza.
—Yo tampoco quiero perderte. Pero ahora mismo es lo mejor.
Salió dando un portazo.
El golpe seco me atravesó el pecho.
Me dejé caer sobre la cama, llorando en silencio.
«Te amo, pero no sé cómo quedarme».