Capítulo 7
KELSEY
Un año antes…
El teléfono volvió a vibrar con insistencia. Ver el nombre de Owen en la pantalla no hizo más que avivar los remordimientos por lo ocurrido la noche anterior.
Una y otra vez, sin tregua, mi mente regresaba a lo vivido. A lo sentido. Giraba sin descanso, como una coctelera agitada con fuerza, mezclando ingredientes que nunca deberían haberse fusionado y que, aun así, habían encajado de una forma peligrosamente perfecta.
Porque, cuando acepté entrar en el juego de Juraj, jamás imaginé algo así. El mejor sexo de mi vida. Provocado por un extraño por el que, en teoría, no sentía nada. Alguien que, para colmo, me caía fatal.
Sin embargo, lo que realmente me descolocaba no era mi cuerpo —aunque ese último orgasmo me había dejado rota, sin fuerzas—, sino mi cabeza.
Esa era la parte verdaderamente dañada. La necesidad casi desesperada de besarlo.
La facilidad con la que dejé que me vistiera después, quedándome entre sus brazos más tiempo del que debía, deseando que aquel instante no se rompiera.
Y luego estaba el beso. Ese beso breve que me dio antes de irse, creyendo que yo dormía. Un gesto mínimo, casi inocente, que me aceleró el corazón y me robó el sueño. Desde entonces, más de una vez me descubrí llevándome los dedos a los labios, como si aún pudiera sentirlo.
Ahí fue cuando todo estalló. Cuando mi cabeza colapsó.
Ahora estaba tumbada en la cama, sintiéndome fatal por lo que había hecho. Tenía pareja. La amaba. Y, aun así, le había sido infiel.
«Bravo por mí».
Nunca, en toda mi vida, me había comportado así. Jamás había dañado a alguien a quien quería de ese modo. Pero con él, con ese maldito Thor del hielo, perdía el control. Completamente.
Así que tenía que mantenerme lejos. Muy lejos. A kilómetros, si era posible. Olvidar lo ocurrido, resistir el último día que nos quedaba en Aspen y regresar a Nueva York para enfrentarme a las consecuencias de mis actos.
El móvil volvió a iluminarse. Otra vez Owen.
Cogí una almohada y la coloqué sobre la pantalla, ocultándola. Apoyé la cabeza contra el cabecero y di un par de golpes suaves, frustrados, antes de cubrirme el rostro con el edredón.
Desaparecer.
O borrar lo sucedido la noche anterior.
Eso era lo único que deseaba.
—¿Una mala noche, Kels? —la voz de Jordan llegó desde la puerta, acompañada de unos suaves toques en la madera.
Bajé el cobertor de la cara y la vi ya vestida. Caminó hasta la cama, alzó un cojín y me golpeó con él antes de murmurar, divertida:
—Dormilona. Todos están listos para ir a las pistas. ¿No quieres acompañarlos? O, si lo prefieres, puedes venir con River y conmigo. Vamos a dar una vuelta.
—Creo que me voy a quedar —anuncié, acomodándome mejor—. Algo de la cena no me sentó bien. Prefiero descansar.
Mentira. No había sido la cena. Había sido el puñetero postre. Y, siendo sincera, quería posponer todo lo posible volver a cruzarme con el pastel y con su recuerdo.
Jordan suspiró y tomó asiento en la cama.
«Oh, oh».
Aquello no presagiaba nada bueno.
—Kels —empezó—. Ayer por la noche digamos que yo tampoco tenía el estómago muy fino. Bueno, en realidad no lo tengo desde que estoy embarazada, pero eso no es ninguna novedad. La sorpresa vino cuando iba a bajar a la cocina y vi salir al eslovaco de tu cuarto.
«Mierda».
Sentí cómo el corazón se me aceleraba y los ojos se me abrían de puro pánico.
—A ver, ya fue llamativo verlo precisamente a él —continuó—. Aunque lo que de verdad hizo saltar todas mis alarmas fue su comportamiento. Salió derrotado, se apoyó en el umbral de la puerta, revolvió el pelo y se frotó la cara como si estuviera desesperado.
Se arrepentía.
Eso fue lo primero que pensé.
Y, aunque no tenía derecho alguno, me dolió. Porque, siendo honesta, yo también lo hacía.
—Kels —su tono se suavizó—, ¿qué ha sucedido entre tú y Juraj? Dime que mis sospechas son erróneas, porque es imposible que pasara algo… ya sabes. No os conocéis, tú estás con Owen. ¿Por qué sigues con él? ¿O nos estás ocultando algo?
Dejé caer la cabeza contra el cabecero, maldiciendo en silencio.
Jordan sospechaba.
Y a ella no podía mentirle.
Para mí se había convertido en alguien muy importante.
La conocí cuando Mischa y yo nos fuimos a vivir juntas.
Ella venía muchas veces a verla porque la carrera de Nathan cada día era más exigente.
Entre eventos, partidos, pretemporada, temporada regular, playoffs …
jugando en el Chicago —uno de los Original Six de la NHL—, su vida giraba en torno al hockey.
Estrella desde sus inicios en Toronto, varias Stanley Cup a sus espaldas, actos, premios, compromisos…
su presencia era casi obligatoria en todo lo relacionado con el deporte.
Jordan siempre lo apoyó. Aprovechó para seguir estudiando, para trabajar, y rara vez podía acompañarlo. Así que, cuando tenía un par de días libres, cogía un vuelo a Nueva York y nos visitaba. Y así nació nuestra amistad.
Fue algo casi mágico. De esas personas que conoces y sientes que lo haces desde siempre. Yo, además, tenía muchas campañas abiertas en Chicago y aprovechaba para quedarme en su casa. Poco a poco, el vínculo se fue estrechando.
Era diferente al que tenía con Mischa. Con ella estaban las locuras, la convivencia, las confidencias, los eventos, las vacaciones; la amistad pura y caótica.
Con Jordan era distinto. Era mi amiga, sí, pero también algo más fraternal.
La hermana mayor que nunca tuve. Me aconsejaba, me cuidaba…
y hubo un momento en mi vida en el que fue clave.
Quizá esa unión nació de nuestro pasado. El instituto dejó marcas profundas en ambas y creo que solo ella, por lo que había vivido, me entendía de verdad. Sabía que hay vivencias que siempre dejan secuelas.
Por eso, si había alguien a quien no podía engañar, era a ella.
—Si te lo cuento tienes que prometerme que no se lo contarás a nadie. Es importante —sujeté sus manos entre las mías—. Prométemelo.
—Vale, vale, no diré nada, Kels —cedió enseguida—, pero me estás asustando. ¿Tan grave es lo que pasó?
—A ver cómo te lo explico para que lo entiendas.
No quiero que todo el mundo se entere y se vuelva incómodo.
Por un lado está Juraj y por otro estoy yo.
Y lo que pasó, de verdad, no fue importante para ninguno de los dos.
No quiero que nuestros amigos se preocupen cuando tengamos que coincidir otra vez. Solo fue sexo.
—¿Solo sexo? —repitió despacio, frunciendo el ceño antes de bufar—. ¿Seguro? Porque, para ser algo físico, estáis los dos bastante incómodos. Él se fue a las pistas antes que el resto y tú estás encerrada en la habitación.
—JoJo, te lo juro. Solo fue eso. Lo hablamos.
—Ah, lo hablasteis —ironizó—. Me quedo más tranquila. Una buena conversación antes de echar un polvo siempre es importante.
—Ay, joder, deja de hablar así. Suena fatal.
—¿Y cómo quieres que suene? Es que, de verdad, no lo entiendo —se levantó y empezó a pasearse por la habitación—. No conozco tanto al chaval como el resto, pero su fama lo precede. Y tú… no sé, Kels. Tú no sueles hacer estas cosas.
—Tienes razón —admití—. Se me fue la olla, ¿vale? Desde que lo conocí siempre ha sacado algo de mí. Me provoca. Lo hace de una forma que no pienso. Me cae mal, muy mal… aunque no voy a negar que también me atrae. Y ayer sentí algo dentro de mí. Joder, deseo. Y me dejé llevar.
»Lo peor es que disfruté del sexo como nunca antes. Jamás pensé que un orgasmo pudiera dejarte tan hecha polvo. Me duele que haya sido con él y no con Owen, y ahí es cuando empiezo a preguntarme qué narices está pasando en mi cabeza.
Jordan volvió a sentarse a mi lado y secó las lágrimas que ya no podía contener.
—Kels, cielo… No me preocupa que te hayas acostado con el eslovaco. Y me alegra que lo disfrutaras. Lo que me inquieta es si lo del pasado está volviendo a suceder, si te estás aferrando a algo que no…
—No. No, no, no —negué con firmeza—. Definitivamente no. Sé lo que puede parecer, pero te repito que fue solo sexo. No hay expectativas de nada. Ni siquiera nos besamos, JoJo.
—Bien —soltó aire, un poco más tranquila—. Sin embargo, hay algo que no termino de comprender. ¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Qué te llevó a dejarte llevar? Esto no es propio de ti.
Sé que quieres a Owen y todo lo que has soportado en silencio en esa relación poliamorosa solo por él.
Aunque también me he dado cuenta de que, desde que llegaste a Chicago, has evitado hablar de ellos y del viaje a Europa.
Te centraste únicamente en contarme lo de Kai.
Era cierto. Había salido de Londres con Kai a Nueva York y de ahí directamente a Chicago y, finalmente, a Aspen. Con Owen solo había hablado por mensajes. No tenía fuerzas ni ganas. Pensé que la distancia me ayudaría a aclararme, aunque lo único que hice fue complicarlo todo más.
—¿Vas a contármelo? —guardó silencio unos segundos y, al ver que no hablaba, insistió—. Puedes engañar al resto, pero no a mí. Cuando llegaste a casa quise darte espacio; sin embargo, creo que ya necesitas desahogarte con alguien.
—Tú y Mischa teníais razón —admití al fin—. Adoro a Owen. Lo ha sido todo para mí, la persona correcta. Pensé de verdad que podría sobrellevar esta relación con él y con Asher, aunque no fue así, por más que intenté convencerme.
»Vivir los tres en la misma casa fue duro, sobre todo cuando Mischa se fue. Las noches en las que no dormía con él y escuchaba sus risas desde la otra habitación, o cuando los oía juntos. Me dolía tanto que me ponía los cascos y lloraba.
Con el tiempo me di cuenta de que, cuando estábamos solos, cuando éramos solo nosotros dos en la intimidad, todo era distinto. No reía igual. No sonaba igual que con Asher. Todo era más…
—Aburrido y monótono —completó ella.
Asentí.
—Y para ti también, ¿verdad?
Volví a asentir, ocultando las lágrimas.