Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Me concentré en eso. En el movimiento suave bajo mi palma. En cómo su pecho subía y bajaba. Poco a poco, el entumecimiento empezó a ceder. El mundo dejó de girar tan rápido.

—Eso es —murmuró—. Lo estás haciendo muy bien. Sigue así.

No sé cuánto tiempo pasamos de ese modo. Solo sé que me calmaba. Que ella me calmaba.

Cuando al fin abrí los ojos vi que el agua fría también caía sobre Kelsey. Tenía la piel erizada, el cuerpo tiritando ligeramente. Y aun así no se movió. No se apartó ni un segundo.

Levanté la mano hasta sus labios, que también temblaban, y con esfuerzo estiré el brazo para girar el mando de la ducha. El agua caliente nos cubrió de golpe. Ella se estremeció al sentirla.

—¿Estás mejor? —preguntó, apartándome el cabello de la frente.

Asentí. Intenté incorporarme, torpe, con los músculos rígidos y el cuerpo todavía pesado. Ella me sostuvo, paciente, hasta que conseguimos ponernos de pie.

—Bien —susurró—. Estás helado. Vamos a dejar que entres en calor y luego salimos de aquí, ¿sí? Ya pasó.

Mientras hablaba, acariciaba mi cara y mi pelo con una delicadeza que me descolocó. Me fijé en su rostro. En la preocupación sincera de sus ojos. En la ternura con la que me miraba, como si yo fuera algo que merecía ser cuidado.

Cerré los ojos.

Esta vez fui yo quien apoyó la frente contra la suya. Rodeé su cintura y la atraje hacia mí, pegándola a mi cuerpo. Ella no paró de acariciarme. Yo no dejé de sostenerla.

Nos quedamos así. Muy cerca. En silencio.

Yo necesitaba ese abrazo.

Ese contacto.

La necesitaba a ella y la paz que, sin darse cuenta, me estaba regalando.

—¡¿Se puede saber qué significa esto?!

El grito atravesó la cortina de vapor y nos devolvió de golpe al mundo real.

Alcé la vista. Mis ojos recorrieron uno a uno a los miembros de la junta. Prescott. Dos directivos más. Y, por supuesto, Davenport, con el gesto duro, impenetrable.

Sentí cómo el cuerpo de Kelsey se tensaba entre mis brazos.

—Joder…

La solté de inmediato y cerré el grifo bajo el escrutinio de todos. El silencio que siguió fue espeso, incómodo, pero lo que más me dolió fue la expresión de Nathan y Davenport: decepción, pura y dura.

—Esto es inadmisible, Novák —declaró uno de los directivos—. Te hemos advertido que no vamos a tolerar más este tipo de comportamientos.

Dio un paso al frente, señalándome sin pudor.

—No puedes ir teniendo aventuras con todo el maldito personal. ¿Es que no tienes límites? Eres una auténtica decepción.

Después miró a Kelsey.

—Y tú, jovencita, desde luego estas no son formas de empezar en un trabajo.

Negué muy despacio, aunque no dije nada.

—Por mi parte, esto queda inaugurado —sentenció—. No pienso perder más tiempo aquí.

Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Esperé. De verdad que esperé que Kelsey hablara. Que dijera algo. Que explicara que nada de lo que estaban pensando era cierto. Que aquello no había sido una escena caliente, ni una imprudencia, ni una falta de respeto.

Sin embargo, al verme callado, ella también guardó silencio.

Y se lo agradecí con todo mi ser.

Prefería mil veces cargar con la etiqueta de imbécil irresponsable antes que permitir que saliera a la luz la verdad. Porque no se trataba solo del Seattle. Se trataba de que ningún equipo de la NHL querría a un jugador inestable. Y, en ese deporte, la cabeza lo era todo.

—Mitchell —intervino otro—, después de la comida quiero una reunión urgente. Esto no se puede pasar por alto. Y espero que esta vez tomes la decisión correcta.

Su mirada fue clara.

—También habrá que valorar seriamente esta nueva incorporación.

Vi cómo Davenport cerraba los ojos un instante y negaba con la cabeza. Decepcionado. De ella y de mí.

Miró a Mischa, que seguía junto a Kai, empapada, pálida, sin decir una palabra.

Uno a uno fueron saliendo del vestuario hasta que solo quedamos cinco.

Prescott fue el único miembro de la junta que permaneció allí.

Me giré hacia Kelsey. Abrí la boca, intentando articular algo parecido a una disculpa. No llegué a decir nada.

Ella no me miró.

Salió del vestuario con pasos rápidos, la cabeza alta. Mischa fue tras ella sin dudarlo.

Y yo me quedé allí, de pie, sintiéndome una puta mierda.

—Eres gilipollas —soltó Prescott, empujándome fuera de las duchas y estampándome contra la pared—. ¿Se puede saber en qué cojones estabas pensando? ¿O es que no sabes tener la polla dentro de los pantalones?

No reaccioné. Ni me defendí. Me lo merecía.

—¡Basta! —intervino Kai, apartándolo de mí—. Déjalo ya.

—¿Qué pasa, Jones? ¿Ahora vas a defenderlo? —Nathan estaba fuera de sí—. No es cualquiera, joder. Es Kelsey. Tú sabes tan bien como yo que está hecha polvo, que su vida ahora mismo es un desastre. ¿Y a este le da igual? Solo piensa en follar sin medir las consecuencias.

—¡Cierra la puta boca! —lo cortó Kai—. No tienes ni idea de lo que pasó. Ha sido un malentendido.

—Venga ya —bufó Nathan—. Explícame entonces la escena de la ducha, porque yo solo he visto lo que vimos todos.

—Kai… por favor —le pedí en voz baja, casi suplicando—. No lo hagas.

—Juraj, tío —dijo mirándome—. No tenemos otra opción. Él está en la junta. Puede ayudarte. Estás hasta el cuello. Confía en Prescott. Es de los nuestros. Siempre lo ha sido.

—Haz lo que te dé la gana, pero como te equivoques… —lo miré de frente— es mi puto final en la NHL.

Me aparté de ellos y fui hasta las bancadas. Me dejé caer, apoyando la cabeza contra la pared.

—¿Qué pasa, Kai? —indagó Nathan, bajando el tono—. ¿Debería preocuparme?

—Está teniendo ataques de pánico —explicó Kai sin rodeos—. Desde lo de su hermano. Hoy tuvo uno. Mischa vino a buscarme. Ella y Kels no podían moverlo.

Nathan soltó un puñetazo contra la bancada.

—Joder, ¿y ahora qué hago con esto? —se pasó la mano por la cara—. Estoy en la junta. Se supone que no debería cubrir algo así. Me cago en mi vida.

—Sabes perfectamente qué hacer —alegó Kai—. Ayudar a un amigo. Eres el único que puede evitar que lo sancionen.

—Vale —suspiró Nathan—. Supongamos que consigo que se quede. ¿Y después qué? Porque esto no es algo que pueda controlar. Necesita ayuda.

—Si estás pensando en terapia y pastillas —hablé por primera vez—, ya te digo que no.

—¿Y por qué no? —me encaró—. ¿Te crees que lo puedes arreglar solo?

—Vete a la mierda, Prescott —me puse en pie—. ¿No ves que no puedo medicarme? ¿Cómo coño voy a rendir? ¿Y los controles? ¿Piensas que esto es tan fácil?

Me presioné el puente de la nariz, agotado.

—Si quieres ayudarme de verdad, no hagas nada. Prefiero que me sancionen por conducta que por estar jodido de la cabeza.

—Eres un pedazo de mierda —dijo Nathan, sin dureza—. Y muchas veces te mataría. Pero eres mi colega. Y no te voy a dar la espalda.

Me agarró de los hombros y me atrajo contra él en un abrazo fuerte.

—Intentaré calmar las aguas. Luego veremos cómo cojones gestionamos lo tuyo. Pero algo habrá que hacer, porque hoy fue en las duchas… ¿y si te pasa en mitad de un partido?

—Lo he pensado —admití, con la voz rota—. Y me acojona.

—Lo arreglaremos, tío —aseguró, separándose—. Ahora voy a ver qué se cuece arriba. Deséame suerte.

—Gracias, Prescott.

—Tanto tú como Hughes me disteis la bienvenida a los Rift por todo lo alto, capullos. Podíais haber esperado a otro día para montar el numerito.

Supuse que lo de Cole y Caden también se había ido de madre. Por suerte, nadie sacó el tema ni lo relacionó directamente con lo que me había pasado a mí. Imaginé que todos llegarían a la misma conclusión: que me lancé contra ese imbécil por lo que les había hecho a mis amigos. Y así debía quedarse.

Ya tenían demasiada información sobre mi vida. No pensaba regalarles ni un detalle más.

—Oye, Kai —hablé cuando por fin nos quedamos solos—. ¿Qué pasó con Hughes y Cole?

—Ni preguntes. Casi termina lo que tú empezaste. Lo peor es que a Caden lo han sancionado.

—¿Cómo que lo han sancionado? —me giré hacia él—. ¿Pero qué cojones les pasa? ¿Es que nadie recuerda lo de River?

—En la junta hay gente que parece haberlo olvidado —reconoció con molestia—. Eso fue lo que más lo enfureció. Acabó soltándole un puñetazo a Henry Johnson. Fue él quien invitó a Cole al brunch .

Me quedé en silencio, encajando las piezas. Henry. Zoey. Vera. Cole.

Todo cuadró de golpe.

Aquello no había sido una provocación para Caden. Había sido para mí. Vera y su hijo querían dejar claro que ya no me tenían miedo, que el poder había cambiado de manos. Un mensaje directo.

—No me jodas —soltó Kai de pronto, sacándome de mis pensamientos mientras miraba el móvil—. Mischa acaba de escribirme.

Levanté la vista.

—¿Qué pasa ahora?

—Kelsey quiere renunciar —reveló, serio—. Va a decir que fue ella la que entró en las duchas. Que tú no tuviste nada que ver.

—¿Qué? ¿Pero por qué cojones haría eso?

—Porque prefiere que solo caiga uno de los dos —aclaró Kai—. Es así. Mischa está intentando pararla. Necesita este trabajo.

—Joder —gruñí—. Obstinada, testaruda y con esa puta manía de querer hacer todo bien.

Me quedé quieto, respirando. Y entonces algo hizo clic en mi cabeza, como si de pronto lo hubiera visto todo claro.

—Kai, quítate los pantalones. Ahora.

—¿Qué?

—Que te quites la ropa, joder.

—¿Estás loco?

—O me dejas tu ropa o me planto empapado en el despacho de Davenport. No hay tiempo.

Kai me miró como si hubiera perdido la cabeza.

—Tío…

—Confía en mí. Una puta vez. Por favor.

Suspiró largo.

—Vale. Espero no arrepentirme.

Nos desnudamos a toda prisa. Me lanzó la ropa.

—No la jodas —me advirtió.

No podía prometer eso.

Pero no iba a quedarme quieto mientras ella estaba dispuesta a perderlo todo por mí.