Capítulo 6 #2
—Me encanta que ahora te preocupen los estudios. Seguro que sabrás apañártelas. Y más te vale que, cuando llegue a casa, te vea rodeado de libros. No querrás comprobar cuál es el siguiente castigo.
Colgué.
Le di un golpe seco a las taquillas al salir. Joder, odiaba ser así. Ellos no entendían que a mí también me dolía. Pero alguien tenía que educarlos. Guiarlos. Intentar que tuvieran un futuro mejor.
Ya había fallado una vez con Andrej. No pensaba repetirlo, aunque me ganara su odio para siempre.
Esa palabra.
Odio.
Últimamente salía demasiado de la boca de mi hermano pequeño. Y cada vez que la decía me golpeaba directo en el estómago.
Definitivamente no me iba a quedar al brunch .
Después de las grabaciones y de inaugurar las nuevas zonas del estadio habían montado algo informal: café, zumos, bandejas con comida y sonrisas educadas.
Yo no estaba para eso. Necesitaba volver a casa y hablar con mi hermano antes del partido de esa noche.
No podía permitirme pasar el día fuera. Sabía perfectamente lo que iba a hacer Amelia si yo no estaba.
Acabaría cubriéndolo, como siempre. Matej tenía ese don heredado de nuestro padre, el de engatusar cuando le convenía.
Sacudí la cabeza, borré esa imagen y caminé hacia donde estaban los chicos para avisar de que me marchaba.
Entonces lo escuché.
—Vaya, vaya… Mira a quién tenemos aquí. El pequeño Novák.
Apreté los puños al instante.
No debía estar allí. Davenport jamás habría autorizado su entrada, no después de lo que había provocado. River, Hughes… incluso Kai habían sido víctimas de su mierda. Lo que nadie sabía era que aquel hijo de puta no solo había estado a punto de joderles la vida a ellos. A mí me la había destrozado.
—Me enteré de lo de tu hermano —continuó, con una voz falsa, casi amable—. Lo siento mucho. Debió de ser un golpe duro.
No respondí.
—Aunque… —añadió— ya no erais tan cercanos, ¿no? Por lo que tengo entendido volvió a Bratislava. Huyendo de ti.
Me giré despacio, fuera de mí. La rabia me subía por el cuerpo como lava. No pensaba. Solo sentía el dolor y unas ganas salvajes de hacerlo pagar por todo.
—Hijo de puta —escupí—. Mi hermano está muerto por tu culpa. Te voy a joder la vida. Voy a convertirla en un infierno hasta que odies existir.
Sonrió.
—A Andrej lo mataste tú —contraatacó—. No soportaba tu presencia. Su héroe se cayó el día que supo de lo que fuiste capaz de hacer. El culpable eres tú, Novák. Solo tú.
Lo golpeé.
Una vez.
Otra.
Perdí el puñetero control.
—Que te jodan —gruñí—. Sé perfectamente cómo hundirte. A ti y a Vera.
—No lo harás.
Forcejeó sin éxito.
—Hasta ahora tenías a mi madre aterrorizada con delatarla con su maridito —continuó—, pero eso se acabó. Porque si hablas sales tú también implicado. Y no poco.
—No tuve alternativa.
—Siempre la hay —objetó, clavándome la mirada—. Eso es lo que pensarán los mellizos cuando se enteren. Y no te vas a arriesgar a perderlos también. No después de todo lo que has sacrificado por ellos.
El pasado me había traído hasta Seattle y la sed de venganza me había hecho aguantar, pero ya nada era suficiente desde la muerte de Andrej.
Lo miré a los ojos. Vi su sonrisa triunfal.
El mismo odio que me había tenido desde niños.
Siempre me había envidiado. Yo destacaba en todo: estudios, deportes.
Él nunca estuvo a la altura. Su padre lo decía en voz alta.
Su madre me protegía por ser el pequeño.
Todo eso había alimentado su rabia durante años.
Los recuerdos me invadieron de golpe.
Le agarré del cuello.
Quería que dejara de mirarme así. Que se callara. Que no volviera a acercarse a ninguno de mis hermanos.
Y en ese momento todo se volvió borroso.
Un pitido agudo. Voces. Brazos tirando de mí.
Kai. Prescott.
Cuando reaccioné, Cole ya no estaba debajo de mí. Estaba en el suelo, doblado, intentando respirar. Nathan seguía hablándome, pero no lo escuchaba. Mi mirada se fue a Hughes. Percibí en su rostro la misma ira, el mismo dolor. Y lo vi lanzarse hacia Cole, igual que yo había hecho antes.
—¡No! —gritó Kai, soltándome para ir a por él.
Prescott me agarró del cuello de la camiseta y me sacudió como a un muñeco.
—Lárgate ahora mismo —me ordenó—. No puedo frenar a dos trenes a toda velocidad. Lo que ha pasado aquí es muy grave. Si no llegamos, esto habría acabado mucho peor. Ese cabrón no merece que te jodas la carrera ni la vida por él. Así que desaparece.
Me empujó antes de volver con Kai.
Se me había ido la cabeza. Y no solo estaba poniendo en riesgo mi vida, sino la de mis hermanos. Y ellos aún no eran mayores de edad.
Golpeé la pared con el puño.
—Mierda, joder.
No.
No.
No.
Llevé la mano al pecho y apreté con fuerza, como si así pudiera detener lo que estaba a punto de pasar.
«Aquí no. Por favor, aquí no».
El aire dejó de entrar bien. O tal vez era yo, que ya no sabía cómo respirar. La visión se me nubló y ese hormigueo asqueroso comenzó en los pies, subiendo despacio, implacable, recorriéndome las piernas, el estómago, el pecho… hasta explotar en una sensación de vacío absoluto.
Como si me estuviera muriendo.
Porque eso era lo que se sentía. Muerte. Pura y simple.
Uno detrás de otro. Sin tregua. Sin aviso. Ataque tras ataque hasta que el cuerpo ya no podía más.
Escuché voces a lo lejos, distorsionadas, como si vinieran de debajo del agua. No podía permitir que nadie me viera así. Me giré como pude y entré en los vestuarios casi a ciegas.
Mierda. Estaba perdiendo el control.
Había momentos en los que mi mente simplemente se desconectaba de la realidad. No veía. No oía. No estaba allí. Y ese era el verdadero terror.
«Para. Para. Para».
Pero no se detenía.
El mareo se intensificó. El suelo parecía inclinarse bajo mis pies. Tragué saliva, con el estómago revuelto, el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse.
—Dios… —murmuré.
Me arranqué la camiseta con torpeza, me quité las zapatillas y avancé hasta las duchas. Abrí el grifo del agua fría y metí la cabeza debajo sin pensarlo.
El impacto fue brutal.
—Vamos… —jadeé—. Vamos, joder… para.
No paró.
Grité. Un sonido ahogado, desesperado, cuando sentí cómo el ataque se apoderaba de mí por completo. Ya estaba dentro. No había forma de detenerlo. No era capaz de controlar mi propia cabeza.
Todo había empezado cuando mi hermano regresó a Bratislava. Se intensificó cuando murió. Y entonces todo se fue definitivamente a la mierda.
Ya no tenía fuerzas.
Había noches en las que me decía que aguantara un poco más. Solo un poco más. Hasta que los mellizos fueran mayores de edad. Después podría desaparecer. Pararlo todo.
Y sí, ese pensamiento últimamente aparecía demasiadas veces en mi cabeza.
Las manos me resbalaron y caí de rodillas contra el suelo. El agua seguía cayendo con fuerza, golpeándome la nuca, la espalda, como si intentara arrastrarlo todo.
Aunque no lo hacía.
Cole apareció en mi cabeza. Su cara.
Y después la de mi hermano.
El día que se enteró de todo.
La carta.
La maldita carta que nunca abrí.
No podía. No soportaría leer sus últimas palabras. No podría vivir sabiendo cuánto me odiaba. Cuánto me detestaba.
Apoyé la espalda contra la pared, encogí las piernas y dejé caer la frente sobre ellas. Me tapé los oídos con las manos y cerré los ojos, como si así pudiera borrar los recuerdos.
Nunca funcionaba.
El ataque podía durar minutos o una eternidad. Yo no marcaba los tiempos. Mi cabeza mandaba.
Así que me rendí.
Permití que esa sensación de estar muriendo —una y otra y otra vez— me sacudiera por completo. Dejé que me venciera.
Entonces, entre el ruido del agua, escuché algo más.
—¿Pero quién narices se está duchando ahora? —protestó una voz—. Con la gente a punto de llegar para inaugurar los vestuarios.
No sabía si era real.
—No lo sé, Kels, aunque me va a oír —respondió otra.
Pasos.
Más cerca.
—Joder, Juraj.
Mi nombre.
Flotando.
—¿Qué pasa, Mischa? —regresó la otra voz, alarmada—. Oh, Dios, ¿qué le ocurre?
—Creo que es un ataque de ansiedad. O de pánico —expuso Mischa, ya a mi lado—. Juraj, mírame. Vamos, tienes que levantarte. Ayúdame, Kels.
Sentí el roce de unas manos sobre mí, intentando apartar las mías de mis oídos. Pero no respondían. Rígidas. Bloqueadas. No podía liberarlas.
No podía.
—Mischa, no vamos a lograrlo sin ayuda —advirtió Kelsey con la voz tensa.
—Tienes razón. Y la gente está a punto de llegar. Voy a escribirle a mi tío para ganar tiempo.
—Hazlo. Y ve a buscar a Kai. O a cualquiera de los chicos.
—Vale, vale… —dijo, alejándose—. No te muevas. No lo dejes solo.
—No pienso hacerlo —aseguró ella sin dudar—. Pero date prisa.
Me quedé allí. Empapado. Temblando. Con el pecho luchando por cada bocanada de aire.
—Ey… va a pasar —susurró Kelsey muy cerca—. Tranquilo, Juraj.
Sentí unos labios posarse en mi cabeza. A continuación, sus brazos rodeándome con cuidado, como si pudiera romperme. Sus manos recorrieron mi espalda despacio, firmes, constantes.
—Te prometo que vas a estar bien —continuó, bajito—. Escúchame. Solo a mí.
Su voz era suave. Me aferré a ella como a un salvavidas.
—Si me oyes, intenta apartar las manos de la cara. No las fuerces. Déjalas caer. Permite que el cuerpo descanse un poco también.
Las descargas seguían recorriéndome, haciéndome encogerme de vez en cuando. Sin embargo, su contacto me traía de vuelta. Reparé en cómo, con infinita paciencia, apartaba mis manos de mi rostro. Cómo levantaba mi barbilla cuando yo intentaba bajarla, esconderme.
Antes de que pudiera desviar la mirada apoyó su frente contra la mía, bloqueando cualquier intento de huida. Me sostuvo el rostro entre las manos.
—Respira conmigo —pidió—. Solo inténtalo.
Negué, apretando los ojos cuando otra sacudida me traspasó. Entonces tomó uno de mis brazos, que colgaban sin fuerza, y apoyó mi mano contra su pecho.
—Siente cómo respiro. Sigue mi ritmo.