Capítulo 6
JURAJ
Los días que jugábamos en casa no solíamos ir a la pista hasta unas horas antes del partido, salvo que ocurriera algo fuera de lo normal.
Y aquella mañana, desde luego, no lo era.
Mischa y Kelsey habían montado un despliegue digno de una final de conferencia. Todo para anunciar que Nathan Prescott, el maldito delantero estrella del Chicago, regresaba al hielo. No como jugador, esta vez, sino como uno de los nuevos accionistas del Seattle Rift.
Aquello iba a dar mucho que hablar. Muchísimo.
Prescott llevaba tiempo completamente alejado del foco.
Decía que necesitaba distancia, que su carrera había sido demasiado intensa, demasiado exigente.
Y seguramente era verdad. Pero el hockey tira.
Siempre lo hace. Puedes huir de él, intentar convencerte de que ya fue suficiente, aunque cuando lo llevas en la sangre acabas regresando de una forma u otra.
Para los Rift, su llegada significaba algo más que dinero o titulares. Nos colocaba en otro mapa. Dejábamos de ser el equipo pequeño que lo estaba intentando para convertirnos en una franquicia que empezaba a ser tomada en serio dentro de la NHL.
Aquí no se trataba solo de ganar.
Conor nos lo repetía cada día: «Vivirlo, sentirlo, disfrutarlo. Jugar como equipo, apoyarnos, pasarlo bien». Eso era lo que nos hacía distintos.
Lo cierto es que había piques, rencillas, equipos con los que el roce era real. Pero, aun así, hasta que llegué a Seattle nunca había vivido el hockey de esa manera.
En Eslovaquia me enseñaron otra cosa, competir, ser el mejor, no mirar a los lados. Muchos me comparaban con Prescott. Veían en mí un futuro parecido al suyo.
Sin embargo, yo nunca ambicioné eso.
Mis prioridades siempre habían sido claras: mis hermanos, mi familia, Seattle.
Cuando acepté mudarme a Estados Unidos y dejar Bratislava lo hice con un objetivo concreto y sin expectativas. Y, sin embargo, allí encontré algo que no estaba en mis planes: amigos, una familia, una vida que no sabía que necesitaba.
Así que ningún estrellato iba a hacerme renunciar a eso.
Creo que fue precisamente esa determinación —no dejarme deslumbrar por la fama ni por los ceros en la cuenta bancaria— lo que hizo que Nathan cambiara conmigo.
Al principio había sido distante. Me veía como un idiota.
Y no lo culpaba, nunca había sido simpático ni había ido por ahí buscando caer bien.
Decía lo que pensaba y disfrutaba demasiado viendo la cara de la gente cuando escuchaba lo que no quería oír.
Pero algo cambió.
Supuse que conoció mi historia. O al menos la versión pública. Y me gané su respeto. Desde entonces tuvimos una sincronía extraña, sólida. Tanto que se empeñó en que llegara a lo más alto, incluso si era vistiendo los colores del Rift.
Eso fue exactamente lo que me dijo cuando me enteré de que pasaría a formar parte del club.
No me lo esperaba. Que alguien así se preocupara por mi futuro, por mis logros. Me tocó más de lo que admitiría jamás.
Y allí estábamos esa mañana grabando clips para redes, teasers previos al anuncio oficial, contenido que se lanzaría antes de la rueda de prensa para calentar el ambiente. Después vendrían el vídeo institucional, las fotos, los discursos.
Además, no solo estaba toda la junta directiva por Prescott. También se inauguraban los nuevos vestuarios y varias reformas del club.
Davenport estaba allí, como siempre.
Davenport no era solo el presidente. Era un padre para todos nosotros. Se implicaba, nos cuidaba, nos defendía y, lo más importante, nos escuchaba. Vivía cada pequeño avance del equipo como una victoria personal.
Todos lo teníamos claro: si el Seattle Rift estaba donde estaba, era gracias a él.
—Listo, chicos. Hemos terminado —anunció Kelsey, trayéndome de vuelta al presente.
Levanté la vista justo cuando Mischa le hacía un gesto afirmativo desde la cabina de comentaristas, en lo más alto del pabellón, donde se sentaban los narradores durante los partidos.
—Gracias a todos —añadió la princesita, empezando a aplaudir.
El resto del equipo se sumó enseguida. Algunos se acercaron a ver las tomas en el teléfono; otros comentaban entre risas. Antes de que quedara completamente rodeada ya estaba dando indicaciones a los técnicos para que se prepararan para lo siguiente.
Salí del hielo sin dejar de observarla.
Se movía con soltura, hablaba con seguridad, reía sin esfuerzo.
Tenía una facilidad endemoniada para conectar con la gente.
Todo el mundo parecía encantado con ella: jugadores, técnicos…
sobre todo el encargado del material, el tipo que siempre estaba pendiente de las cuchillas de los patines y del estado del equipo y que no se le despegaba ni un segundo.
Y sí, Kelsey era preciosa. Esa belleza exótica no pasaba desapercibida. Pero, si tenía que ser honesto, lo que más llamaba la atención no era su físico, sino su manera de estar en el mundo.
Desde nuestro último encuentro, cuando se incorporó a los Rift, apenas habíamos hablado. Siempre por trabajo. Y así debía ser. Porque, cuando se trataba de ella, por alguna razón que no terminaba de comprender, yo acababa más implicado de lo necesario.
Aun así, estaba más pendiente de ella de lo que me convenía.
No era algo habitual en mí. Desde que la conocí despertó una inquietud rara, una necesidad de entenderla.
Quizá porque quería saber qué había detrás de esa chica que subía vídeos a redes —a veces excéntricos— junto a la mujer que presentaba como su ama de llaves en su castillo francés, que en realidad había sido su niñera y ahora también formaba parte del equipo.
En esos vídeos siempre aparecía perfecta: simpática, divertida, luminosa. Sin embargo, yo tenía claro que eso no podía ser todo. Cuando la conocí en persona seguía manteniendo ese perfil tan pulido y supongo que por eso se convirtió en un reto: nadie podía sostener una fachada así todo el tiempo.
Y, aun así, había visto destellos de algo distinto. Ella decía que conmigo sacaba su peor versión. Puede que tuviera razón. Pero yo prefería creer que había más capas, como las tenemos todos.
Con el paso de los días descubrí a alguien cercano, amable, sorprendentemente sencilla. Siempre bromeando. La vi más de una vez compartiendo comida en los descansos con el personal de limpieza, incluso fumándose un cigarro con el de seguridad. Gestos pequeños, aunque reveladores.
Diría que conocía a más gente por su nombre que yo, y eso que llevaba años allí.
Éramos opuestos.
Ella caía bien sin esfuerzo.
Yo no.
Ella era abierta.
Yo, reservado.
Ella encajaba.
Yo chocaba.
Posiblemente eso era lo que me atraía de ella: esa mezcla de luz y sombra. Las ganas de encontrar una grieta en esa imagen tan perfecta. Porque, a veces, cuando caminaba sola, esa alegría desaparecía. Como si se permitiera bajar la guardia solo cuando nadie miraba.
Y, lejos de ahuyentarme, eso no hacía más que acercarme un poco más.
Después de ponerme la ropa técnica del equipo cogí el teléfono y llamé a Amelia.
Era extranjera, como yo. De las pocas personas en las que confiaba de verdad. Tenía hijos, nietos y una familia a la que ayudaba desde lejos. En mi casa se encargaba de todo: del orden, de la logística y de mis hermanos cuando yo no estaba. Sin ella nada funcionaría.
La llamé por Matej.
Últimamente se estaba metiendo en demasiados líos. El último había terminado en una expulsión y sus notas no eran precisamente el mejor aval para entrar en una buena universidad. Me tenía preocupado. Mucho. Demasiado.
El miedo real no era la expulsión. Era que siguiera los pasos de Andrej. Y yo ya sabía cómo acababa ese camino.
No lograba llegar a él. Ni a su melliza. Ya no sabía realmente qué pasaba por sus cabezas. Al principio pensé que era por Andrej. Desde que nos mudamos a Seattle adoptó el título de su hermano favorito. El divertido. El cercano. Yo ocupé otro lugar: el del adulto, el que pone límites.
A veces me hubiera gustado ser otra cosa para ellos. Un hermano de verdad. De los que se equivocan juntos, se pelean y luego se cubren las espaldas. Sin embargo, en nuestra familia eso nunca fue una opción. Alguien tenía que hacerse cargo. Y me tocó a mí.
Tras varios intentos fallidos al móvil llamé a casa.
Eso solo significaba una cosa. Amelia estaba encubriendo a Matej.
—¿Sí? —respondió al otro lado.
Había caído en la trampa.
—Amelia, ¿por qué no coges el móvil? —inquirí. No era un reproche.
—No lo tenía encima.
Mentira. Siempre lo llevaba cuando los chicos debían estar en casa.
—No te creo. Estás cubriendo a Matej. ¿Ha salido sin mi permiso?
—No, no. Está aquí.
—Pásamelo.
—Es que…
—Amelia —la corté—, no pongas a prueba mi paciencia.
Escuché pasos, murmullos y las protestas de mi hermano.
—¿Qué quieres, Juraj? No me he movido de casa. ¿Contento? Sigo encerrado en esta cárcel.
—Estabas durmiendo. No me jodas, Matej. Te han expulsado y te lo estás tomando como unas vacaciones. Pon el manos libres. Ya.
Hubo más protestas.
—Escuchadme bien los dos —continué—. Matej, te levantas de la cama, te duchas y ordenas tu cuarto. Después estudias. Es lo único que vas a hacer durante los próximos tres días. Quizá así pienses mejor antes de ganarte otra expulsión.
—Juraj… —empezó Amelia.
—Y tú —seguí—, no lo cubras más. No le estás ayudando. Sácale la consola del cuarto y que te entregue el móvil.
—¿Estás de broma? —saltó Matej—. No puedes hacerme eso.
—Claro que puedo. Y ya está decidido. Cada acción tiene consecuencias.
—Te odio.
—Ódiame lo que quieras. Esto es lo que hay.
—¿Y el ordenador? —preguntó nuestra asistenta.
—¡Amelia! —protestó él—. Pensé que estabas de mi lado.
—Ella no tiene que estar de parte de nadie —aclaré—. Solo cumple órdenes. Y no hace falta que toques el ordenador. No va a usarlo para tonterías porque, desde este momento, se queda sin internet.
—Juraj, lo necesito para estudiar.