Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Joder. Esa sonrisa estuvo a punto de hacerme perder el poco autocontrol que me quedaba. Las ganas de besarla me invadieron de nuevo, aunque me contuve.

—Me alegro —mascullé—, porque todavía no hemos terminado.

Mis manos descendieron hasta su trasero y la levanté sin darle tiempo a reaccionar. Se aferró a mí por puro instinto, rodeándome con las piernas.

—¿Quééé…? —exclamó, entre sorprendida y divertida.

No respondí. Simplemente caminé con ella hasta la gran mesa de la sala y la recosté allí, con cuidado, mirándola como si acabara de tomar la mejor decisión de la noche.

Con una mano empujé su torso hasta dejarla completamente tumbada y deslicé la palma por sus senos suaves.

Delineé con los dedos cada uno de sus pezones, sintiendo su dureza bajo mis caricias.

Continué el recorrido hasta llegar a su boca, donde pasé el pulgar por sus labios entreabiertos, despacio, saboreando la reacción que provocaba ese gesto mínimo: su lengua rozando mi yema, lenta, deliberada, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo conmigo.

La leche… aquella visión era jodidamente caliente y, sinceramente, no ayudaba en absoluto a calmar la tensión que sentía en mis pelotas.

Regresé por el mismo camino hasta llegar a sus piernas; sujeté ambas rodillas y las doblé, dejando las plantas de sus pies apoyadas en la mesa.

Le lancé una última mirada antes de colar la cabeza entre sus muslos e, inmediatamente, mi boca se hundió en su sexo.

Disfruté cada segundo de esa humedad contra mis labios como si fuera el manjar más exquisito, el dulce más prohibido.

Llevé una de las manos hacia sus pliegues e introduje los dedos en su interior, concentrándome en la sensación que le producía, en el pequeño poder que sentía al tenerla bajo mi control.

De repente, un fuerte gemido salió de su garganta.

Le cubrí la boca con la mano libre, consciente de que, si nos escuchaban en la planta superior, mis planes se irían a la mierda.

Aun así, mi lengua no le dio tregua, igual que mis dedos, que continuaban embistiéndola sin descanso.

No voy a mentir, no siempre me tomaba el tiempo para deleitarme con ese tipo de juegos orales; si no era necesario, no lo hacía.

Pero la excusa de darle un momento a mi entrepierna no me había calmado; todo lo contrario, me estaba poniendo cada vez más cachondo y, al final, la verdad era una sola, deseaba llevarme algo más de la princesa de los followers .

Necesitaba probarla, saborearla, convertir aquel instante en un recuerdo de la noche, uno que no se repetiría jamás, porque tenía claro que algo así no volvería a suceder entre nosotros.

Las manos de Kelsey, enredadas en mi cabello, actuaban como animadoras incansables que me empujaban a seguir con lo que estaba haciendo.

Tiraba de algunos mechones mientras sentía cómo sus músculos empezaban a contraerse, una señal clara de que estaba llegando al orgasmo.

Sin destaparle la boca, noté cómo su frustración y sus protestas vibraban bajo mi mano cuando detuve todo movimiento de golpe, cortando de raíz cualquier posibilidad de que alcanzara el placer.

—¿Qué dices? No te escucho muy bien —la provoqué, consciente de que no podía hablar.

Se revolvió, molesta. Entonces llevé mi boca a sus pechos temblorosos; sus protestas se transformaron en un gemido suave.

Mis dedos la penetraron de vuelta, entrando y saliendo de su interior, avivando de nuevo su excitación.

La sentí agitarse una vez más, con la cabeza echada hacia atrás, y no pude resistirme a abandonar su pezón y acercarme a su cuello para besarla allí. Volví a notar cómo se revolvía, cómo su cuerpo se tensaba y cómo doblaba los dedos de los pies, perdiendo el control poco a poco.

Y entonces frené. Otra vez.

Observé cómo abría los ojos de golpe; el enfado volvió a apoderarse de su rostro y juro que no pude contener una sonrisa. Empezó a forcejear, aunque seguía cubriéndole la boca, y aun así supe interpretar cada uno de los insultos que me estaba dedicando sin necesidad de oírlos.

Me incliné hacia delante y, con los labios rozándole la oreja, susurré:

—Me imagino que debe de ser frustrante estar tan cerca del placer y no llegar a alcanzarlo.

Y lo sé, maldita sea, porque yo estoy a punto de explotar solo con verte.

Pero, princesa, créeme cuando te digo que esta noche vas a recibir el mejor orgasmo de tu vida, y seré yo quien te lo provoque.

Y así, cada vez que veas el número veinte, te acordarás de este jugador de los Rift, el que te hizo ganar la puñetera Stanley Cup.

Volví a enterrar la boca entre sus pliegues, chupando, lamiendo, succionando cada rincón de su sexo, castigando ese clítoris, alcanzando con los dedos su punto sensible.

Y entonces volvió a manifestarse con fuerza, aferrándose a mi cabeza con una intensidad aún mayor que antes.

No sabía si podía presionar un poco más sin que ella perdiera el control, sin pasar ese límite que la haría correrse en mi boca.

Y eso no lo quería. No. Era mi polla la que tenía que estar ahí, abriendo el camino hacia el orgasmo.

Si aún me quedaba alguna duda sobre si era el momento exacto para frenar, desapareció cuando mi glande comenzó a gotear. Me detuve de nuevo, tiré de ella para incorporarla y sentí su enfado estrellarse contra mi pecho en forma de golpes.

Me coloqué entre sus muslos y la levanté por la cintura.

Se aferró a mi cuello y enredó sus piernas alrededor de mí.

Al pegarla contra mi cuerpo, deslicé las manos por sus nalgas.

Acorté la distancia con mi objetivo y la empotré contra la cristalera que daba a las montañas blancas.

Sin poder aguantar un segundo más, mi polla encontró su entrada.

La miré a los ojos por un instante y, justo ahí, la embestí.

—¡Dios, oh, joder! —gritó.

Sentí cómo su estrechez me estrangulaba con fuerza mientras me adentraba más en su interior. La presión era tan intensa que supe que mi resistencia se desharía en segundos. Lo que me tranquilizaba era que ella tampoco necesitaba más; estaba lista.

Kelsey se aferró a mí con todas sus fuerzas.

Ahogó sus gemidos contra mi hombro mientras empezaba a bombear con fuerza, enterrándome hasta el fondo.

Con movimientos desesperados, fuera de sí, nos dejamos llevar por completo.

Aquello se nos había escapado de las manos, hasta un punto en el que no había control para ninguno de los dos.

Los golpes contra el cristal retumbaban con fuerza, mezclándose con los impactos de nuestros cuerpos y los gemidos que escapaban de nuestras gargantas.

Pero era imposible frenar; ni aunque despertáramos a toda la maldita casa, nada nos detendría.

Sentí sus uñas arañando mis hombros y, casi al mismo tiempo, tiró de mi pelo mientras hundía los talones en mi trasero.

Dolor y placer se mezclaban como fuego en la piel, derritiendo cualquier resquicio de resistencia.

Nuestros cuerpos sudados se empujaban sin control; cada embestida era una sacudida del placer que estaba por venir.

—¡Oh, Dios, Dios! —Los párpados y el cuerpo de Kelsey temblaban de desesperación mientras yo la penetraba más rápido y más fuerte.

—Córrete, princesa. Muéstrame cuánto ansiabas sentirme dentro de ti.

Chilló y balanceó la pelvis con más vehemencia contra mí, dejándose llevar por un fuerte orgasmo, pronunciando mi nombre justo al final: «Juraj». Y, en ese instante, todo dentro de mí estalló; apoyé mi frente contra la suya y me entregué por completo.

—No aguanto más. Me voy a… Aaah… Joder, ¡sí! Kelsey —gruñí mientras terminaba con un par de embestidas más fuertes, contagiado por la intensidad del orgasmo que nos envolvía.

Kelsey dejó que su cuerpo cayera sobre el mío, todavía temblando.

Con un gruñido y sin romper el contacto, caminé hasta el sofá.

Y justo ahí, en ese preciso momento, lo supe, nuestras frentes estuvieron pegadas, nuestros labios casi rozándose mientras los gemidos se mezclaban con la respiración entrelazada.

Y, joder, era la primera vez que nos llamábamos por nuestros nombres.

Hasta ese momento todo había sido «princesa» o «Thor», una especie de código que mantenía la distancia que todos creían que existía entre nosotros.

Pero esa noche, esa noche todo se desmoronaba, y yo estaba demasiado ocupado disfrutando de cada segundo para preocuparme.

Me senté en el sofá con ella entre mis brazos, completamente agotada, la cabeza apoyada en mí, sus brazos abrazándome.

Joder, no quería que ese momento terminara.

No quería despedirme todavía. Por primera vez, sentí unas ganas irreprimibles de seguir allí, de quedarme más tiempo con alguien sin pensar en un próximo polvo, sin que fuera solo eso.

Mis ojos se desviaron hacia sus bragas en el suelo. Sonreí ligeramente, estiré el brazo y la recoloqué sobre mi regazo, sentándola de lado para poder hacer lo que necesitaba sin romper ese instante.

Cogí su camiseta y la ayudé a ponérsela, apartándole el cabello del rostro antes de enredar los dedos en él y acariciar sus mejillas con el pulgar. Sus ojos me buscaron y, al encontrarlos, regresaron con fuerza esas ganas irrefrenables de besarla.

—¿Bien? —indagué, apartando la mirada de sus labios para volver a sus ojos.

Asintió antes de responder:

—Sí, bien.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? No sé… Podrías mostrar un poco más de entusiasmo. Algo como: «Fue el mejor polvo de mi vida».

Soltó una risita. Estaba preciosa, los ojos brillantes, las mejillas encendidas y esa sonrisa que parecía una invitación a ser correspondida.

—¿Necesitas que te alimente el ego todavía más? —bromeó antes de dejarse caer, rendida, apoyando de nuevo la cabeza en mi hombro y haciéndose un ovillo en mi regazo.

—No, no es eso —confesé, dándole permiso a mis dedos para perderse en su pelo mientras la otra mano descansaba sobre su muslo—. Solo… necesitaba saber que no ha sido demasiado. Al final he perdido el control. Todo se ha vuelto jodidamente intenso.

—Muy intenso —recalcó—. Lo he disfrutado muchísimo.

No me imaginaba algo así sin sentimientos de por medio.

Hubo un momento en el que mi cerebro colapsó.

No podía pensar, no sabía si estaba respirando…

solo sentía. Sentía cómo el orgasmo crecía dentro de mí hasta que explotó.

Y, cuando pasó, estaba agotada, sí, pero también ligera.

—¿Así te sientes ahora?

—Sí —murmuró, ya medio dormida—. Es una sensación cálida, de calma.

Su mano, que descansaba sobre mi pecho, fue descendiendo poco a poco mientras añadía, casi en un susurro:

—¿Tú también lo sientes?

—Siento de todo menos paz, Kelsey —respondí.

La alcé en brazos. No iba a dejarla dormir en el sofá. Subí las escaleras con cuidado; por suerte, su habitación era la primera. Lo último que necesitaba era que alguien nos encontrara así. Abrí la puerta con el pie. La luz de la mesilla seguía encendida.

La acomodé en la cama y la cubrí despacio. Aparté un mechón de su rostro y recorrí con los dedos la suavidad de sus facciones, las pestañas espesas rozándole las mejillas.

—Descansa, princesa.

Me incliné e hice lo único que había evitado toda la noche: besarla. Fue apenas un roce. Una tontería para cualquiera, menos para mí. Porque aquel gesto no nacía del lugar correcto.

Cerré la puerta y tuve que apoyarme en el quicio, respirar hondo antes de alejarme de ese cuarto y de ella. Para siempre.

«Una sola vez. Sexo. Solo sexo», me repetí mientras bajaba las escaleras.

Necesitaba aire. Aire frío.