Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 5
12%

Capítulo 5

JURAJ

​ Un año antes…

Tardé más de lo necesario. Una parte de mí esperaba que se hubiera ido, porque aquello podía joderlo todo. Pero otra… suplicaba que siguiera allí.

Y cuando entré, la vi exactamente en el mismo lugar donde la había dejado.

Caminé hacia ella con el corazón golpeándome con fuerza, satisfecho de una alegría peligrosa.

Volví a pegar mi pecho a su espalda, aunque esta vez no la sujeté.

Lancé el preservativo sobre el reposabrazos y vi cómo desviaba la mirada hacia él.

Oí cómo tragaba saliva, nerviosa, temblando y, joder…

aquello me empujó a colocar las manos sobre sus brazos y a dejarle un beso lento en el cuello.

Masajeé sus hombros y aparté los labios de su piel. No comprendía por qué me estaba comportando así, qué me llevaba a tener esos gestos. Yo le había hablado de sexo. Sexo como el que tenía con todas. Ella no iba a ser distinta. Era otra más. Eso era. Me lo repetí mentalmente.

Entrelacé las tiras de su camiseta y las deslicé por sus brazos. Ella apretó la tela contra su pecho.

—¿Vamos a hacer esto aquí? —giró la cabeza para mirarme—. Puede bajar alguien.

—Eso le da más emoción —rocé su nariz con la mía—. Créeme, va a ser increíble. Tú solo piensa en disfrutar y olvídate de todo y de todos.

Deslicé mis manos por sus brazos hasta llegar a su cadera y la apreté contra mí, dejándole sentir la dureza de mi polla. Ella soltó un gemidito, jodidamente dulce.

Tomé el bajo de su camiseta y tiré de ella hacia arriba, lanzándola al sofá.

Al ser más alto, podía contemplar su abdomen firme y esos pechos generosos.

Mis brazos rodearon su cintura y pegué la nariz a su cabello, aspirando ese aroma increíble.

Con Kelsey me detenía en detalles que normalmente pasaban desapercibidos.

No sabía si era por verla tan vulnerable, nerviosa por lo que íbamos a hacer, pero despertaba en mí sentimientos que no me gustaban.

No era su novio, no jugaba a las «casitas» y no buscaba hacer lo que otros le hacían.

Llevé una mano a uno de sus pechos: lo acaricié, lo masajeé, lo estrujé y lo pellizqué, haciéndola retorcerse bajo mis dedos.

Pasé al otro, repitiendo la misma acción, esta vez aumentando la intensidad.

Su cuerpo se contorsionaba, reaccionando a cada roce.

Llevé mi otra mano a su garganta, empujé su cabeza hacia atrás contra mi hombro, levantándole la barbilla, y la atraje más cerca de mí, asegurándome de que sintiera cada contacto: la presión de mis pelotas, cada palpitar de mi erección.

—Quiero que me mires a los ojos mientras te toco —sentencié—. Quiero ver cada expresión que pongas en tu cara y no quiero que te contengas ni te reprimas.

Colé mis dedos en sus bragas, rozando con cuidado su sexo hasta adentrarme entre sus pliegues.

Estaba empapada, tan húmeda que su ropa interior la delataba.

Acaricié su clítoris con movimientos circulares.

Sus ojos no se apartaban de los míos; le costaba mantenerlos abiertos y, notando cómo bullía su excitación, se mordió el labio.

Joder, quería ser yo quien los mordiera, quien los probara, pero ese paso no lo iba a dar. Aquello era solo lo que era.

Su trasero se movía inquieto contra mi erección, frotándolo con desesperación, mientras yo no podía dejar de follármela con los dedos. Incliné mi frente contra la suya, respirando su aroma antes de hablar, sintiendo cómo cada segundo juntos avivaba un puñetero incendio.

—Te doy otra oportunidad para detener todo esto, porque yo no puedo —aclaré—.

Tienes dos opciones: la primera, dejar que mis dedos te regalen ese orgasmo que estás a punto de alcanzar; después, te vas a tu cuarto y te encierras.

La segunda, que sea mi polla quien te haga irte, pero para eso tendrás que pedírmelo tú.

Y no, esto no es parte de un juego autoritario ni fetichista; necesito esa confirmación de tu boca.

No eres el tipo de chica con la que suelo estar, que sabe lo que esperar de un momento como este… pero tú…

Retiró mi mano de su interior y sentí una punzada de decepción.

Mejor que se arrepintiera en ese momento y no al día siguiente.

Le di espacio. Sin embargo, ella se giró y tiró de la cinturilla de mis pantalones deportivos, dejando salir mi erección.

Tragué saliva y, sin apartar la vista de mí, con una seguridad y determinación que hasta ese momento no había mostrado, estiró el brazo y alcanzó el preservativo.

Rasgó el envoltorio con los dientes y lo sacó.

Después llevó la mano libre a mi polla y deslizó los dedos desde la base hasta la húmeda punta.

Apreté los dientes al mismo tiempo que detenía su movimiento, sujetándole la muñeca. No iba a pararme en jueguecitos, primero por el lugar en el que estábamos, porque no me hacía ninguna gracia que alguien bajara, y segundo porque no era algo que me agradara.

Con un movimiento brusco se soltó de mi agarre, colocó el condón sobre mi miembro y clavó los ojos en él mientras lo desenrollaba despacio. Lo hacía de manera deliberada, provocadora, y no pude evitar soltar un pequeño gruñido.

Cuando terminó, alzó la mirada.

Joder.

Era puro fuego.

Y entonces, muy cerca de mi boca, susurró una sola palabra, una capaz de cambiarlo todo:

—Fóllame —dijo, mientras deslizaba las bragas por sus piernas hasta que cayeron al suelo.

—Será un placer, princesa —sonreí de forma casi perversa antes de darle la vuelta e indicarle que se recostara boca abajo sobre el reposabrazos del sofá, dejando su precioso trasero alzado.

«Me cago en todo».

Aquella visión era demasiado. Una fantasía. Mejor incluso que muchas de las que me había imaginado desde el día en que la conocí, porque sí, más de una vez me había tocado pensando en ella. Muchas más de las que me gustaría admitir.

Me recoloqué detrás, con la polla entre sus pliegues, y puse una mano en su omóplato. Dejé un reguero de besos húmedos recorriendo su columna hasta alcanzar su cuello; después, el lóbulo de su oreja, que mordí con suavidad.

Separé ligeramente sus piernas con mis rodillas y llevé la mano para introducirla entre sus muslos. Estaba mojada, lista para mí. Acaricié con los dedos su sexo hasta llegar al clítoris y tracé círculos a su alrededor mientras inclinaba mi cadera hacia delante para situar el glande en su entrada.

Deslicé la mano desde su centro hasta su cintura y, con la otra, la llevé al cuello, inmovilizándola con firmeza. Sin previo aviso, empujé mi miembro lentamente hasta introducirlo casi por completo.

Ella siseó. Acto seguido, subió los brazos, aferró las manos a un cojín y respiró hondo.

Retiré la polla lo suficiente para volver a empujar con más fuerza y metérsela entera.

—Oh, Dios.

—¿Estás bien? ¿Fue demasiado, princesa?

—Cierra la boca, Thor. Y cumple con lo que me has prometido.

En otro momento me habría causado gracia, pero allí, justo así como estábamos, fue el empujón que necesitaba para que mi autocontrol se hiciera añicos.

La saqué de nuevo y, acto seguido, me hundí con una embestida todavía más firme, que la hizo gemir y arquearse al mismo tiempo.

—No pares —me exigió, alzando aún más sus nalgas, avivando el impulso frenético de mi polla. Joder, decir que me estaba poniendo malo se quedaba muy corto.

Le solté el cuello y me aferré a su cadera mientras comenzaba un ritmo constante. Kelsey también se movía, empujando su trasero hacia atrás para recibir cada embestida. Estaba tan dentro de ella que sentí como si nuestros cuerpos hubieran sido diseñados el uno para el otro.

Incliné el torso hacia atrás y la cadera hacia delante para bombear con más intensidad. Ella gimoteó antes de estremecerse y aferrarse con más fuerza al sofá. La inmovilicé hundiendo su espalda con la mano y me adueñé de toda ella.

—Joder, princesa, sabía que iba a gustarme, pero no así. Esto no es bueno para ninguno de los dos. Si quieres que baje el ritmo, dilo ahora, porque, si sigo, no voy a hacerlo con cuidado —murmuré, apretando con fuerza sus nalgas y follándomela a un ritmo despiadado.

—No, ni se te ocurra parar ahora. Creo que… Oh, mierda… yo… —gimió, arrastrando el cojín para llevárselo a la boca.

—Vamos, pequeña, córrete para mí.

Deslicé mis dedos entre sus pliegues, torturando su clítoris con desesperación. Kelsey jadeó, empujó hacia atrás y tensó la espalda al tiempo que ahogaba un grito en el cojín mientras se liberaba.

La imagen, sumada a la presión que ejercía sobre mi polla, estuvo a punto de arrastrarme con ella. Apreté los dientes y clavé las manos en su cadera para contenerme. Aquello era una tortura. Una deliciosa, jodidamente deliciosa.

Lo sensato habría sido dejarme llevar. Estábamos en medio de una sala, en una casa llena de gente, haciendo demasiado ruido. Un polvo rápido, intenso, sin más ingredientes en la coctelera. Siempre habían sido mis favoritos.

Sin embargo, por alguna maldita razón, no deseaba que terminara así.

No quería verla desaparecer escaleras arriba y fingir al día siguiente que no había pasado nada. Porque sí, seguramente eso era lo que haríamos. Pero ahora, justo ahora, necesitaba alargar el momento. Pretendía que lo recordara, que no fuera algo efímero.

Así que, para seguir sin cruzar ese punto de no retorno, tuve que darme un respiro. Mis pelotas necesitaban unos minutos. Si volvía a adentrarme en terreno enemigo, estaba derrotado antes de empezar.

Kelsey no se había movido. Seguíamos unidos, respirando todavía agitados.

Retiré mi polla despacio y la incorporé con cuidado.

Cuando estuvo de pie, le di la vuelta sin soltar su cintura.

Tenía el cabello revuelto, cayéndole sobre el rostro.

Lo aparté con suavidad y vi el rubor encendido en sus mejillas.

—¿Estás bien? —pregunté, otra vez, como si no llevara repitiéndolo toda la noche.

—Sí —sonrió—. Muy bien.