Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Ya ves —repitió mi gesto—. Tenía otros compromisos más importantes.

Me deslicé por el sofá hasta que nuestras rodillas chocaron. Levanté la mano y le sujeté el mentón, obligándola a mirarme. Durante un segundo no hubo nada más que silencio y ese maldito pulso eléctrico entre los dos.

—Pues déjame decirte una cosa: si tu novio, el vértice —se le escapó una risa al oírme—, no te prioriza, es un idiota.

—No digas eso —contradijo enseguida—. Es muy bueno y hace todo lo que puede para que esta situación funcione. Solo que a mí me está costando adaptarme.

—Ey, para —la detuve sin soltarla—. Si ya llamas «situación» a tu relación, algo no está bien. Y, por lo poco que te conozco, aunque quizá me equivoque, esto no va de adaptarse, sino de aceptar que no eres tan modernita ni tan liberal como me vendiste en la piscina.

Se apartó de golpe, cruzando los brazos.

—Paso de ti. No voy a escuchar los sermones de alguien que no se compromete con nadie y que vive solo para el fornicio.

Solté una carcajada sonora.

—¿Fornicio? —me incliné hacia ella—. Joder, princesita… Qué poco fina suena esa palabra saliendo de tu boquita tan controlada.

Sus ojos chispearon. Enfadada. Incómoda. Y peligrosamente cerca.

Me fijé en cómo le subía el color por las mejillas, al mismo tiempo que su pecho se agitaba. Así me gustaba verla, natural, sin filtro. Y una pregunta nada oportuna me cruzó la mente. ¿Diría alguna vez alguna marranada follando?

«Pero ¿qué coño…?». Se me estaba yendo la olla. No sabía por qué narices ese pensamiento había acudido a mi cabeza.

—¿Y cómo quieres que llame a lo que tú haces? —soltó—. Porque está lejos de hacer el amor.

Volví a desternillarme.

—Princesa, ¿has estado preguntando por mi vida sentimental?

—¿Quééé? —se puso aún más roja—. Estás loco. ¿Por qué haría eso? Ni que me interesara. Lo que sé es de oídas.

—Ya, bueno —me encogí de hombros—. Pues déjame decirte algo: lo que hago yo con otras personas no es tan distinto de lo que haces tú con tu novio.

La diferencia es que yo no lo romantizo ni uso ridículas palabras poéticas para comparar un acto puramente sexual, nacido del deseo y cuyo único fin es el placer, con el amor.

Tonterías para suavizar nuestros instintos más animales.

—No sé por qué estoy hablando de esto contigo —objetó, molesta—, pero, desde luego, lo que tú haces dista mucho de lo que hago yo con mi pareja.

Para mí, el acto en sí es lo menos importante.

Lo bonito es el momento previo, los besos, las caricias, el amor mezclado con el deseo, y también lo que viene después.

Esa calma, abrazar a la persona que amas, sentir el calor de su cuerpo contra el tuyo.

—Joder, tía, háztelo mirar —resoplé—, porque decir que el sexo no es importante en una pareja es de estudio.

—¿Qué vas a saber tú? —espetó—. Debes de tener complejo de animal en celo.

—Yo no tengo complejo de nada. Simplemente sé diferenciar entre sexo y amor.

El primero es un instante de placer que nos satisface; el segundo es mucho más grande.

Está en todas partes, en un desayuno, en una llamada, en un abrazo, en un puto beso, incluso en dormir con alguien.

Eso sí que es íntimo. Y eso es lo que no elijo tener en mi vida.

—Pues mala suerte para ti —me clavó la mirada—. Eres un reverendo idiota, Thor del fornicio.

Se puso en pie y apartó la manta, dejándola sobre el reposabrazos.

—Me voy a la cama. Está claro que tú y yo no podemos mantener una conversación normal.

No había dado dos pasos cuando mi mano la sujetó por el antebrazo y la detuvo. Me incorporé sin soltarla. Con el reflejo de la chimenea podía ver toda su figura, cubierta únicamente por aquella camisa.

Pegué mi pecho desnudo a su espalda y acerqué la boca a su oído.

—¿Has follado alguna vez?

Giró la cabeza con brusquedad y, con ese movimiento, nuestros labios quedaron a escasos centímetros. Ninguno de los dos se apartó.

—Tengo novio, ¿lo recuerdas? Y no ha sido la única persona con la que he estado.

—No has respondido a mi pregunta. No se trata de con quién estás o con quién estuviste. ¿Has follado alguna vez sin esperar nada, solo por placer?

—No sé a qué te refieres —respondió, con su pecho subiendo y bajando acelerado.

Rodeé su cintura con el brazo y mis dedos se deslizaron lentamente por su cadera.

—Muy sencillo, princesa —solté el agarre y llevé la otra mano a su muslo, subiendo despacio—. Me hablas de los momentos previos: besos…

Rocé mi nariz contra su mejilla; si seguíamos así, iba a acabar besándola.

—Caricias. Y luego dormir abrazados. Pero, si borramos todo eso de la ecuación, lo único que queda es el placer de dos cuerpos. Sentir lo que ocurre en ese instante. Sin promesas. Sin después. Solo el puto orgasmo.

—No —respondió, pegándose aún más a mi espalda, contrayéndose al notar cómo mi mano se colaba bajo la camiseta y se acercaba a su sexo.

—¿Te gustaría saber lo que se siente? —susurré—. ¿Quieres ser libre? Dejarte llevar solo por el placer.

Su respiración se volvió más entrecortada. Acerqué la boca a su oreja y continué:

—Voy a ir a la entrada. En mi chaqueta está la cartera, donde tengo preservativos.

Te doy ese tiempo para que pienses qué quieres hacer.

Si, cuando vuelva, sigues aquí, asumiré que deseas que te folle.

Y, si te has ido, entenderé que aún no estás preparada para ponerte a prueba, ni para conocer tus límites.

Me separé de ella y, de repente, el aire frío golpeó mi pecho.

Tenía una erección brutal, precisamente porque no me estaba permitiendo perder el control.

Los preservativos eran una excusa para darle espacio, para darle elección.

Por mucho que me apeteciera estar con ella, quería que fuera porque ella también lo deseaba.