Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

JURAJ

​ Un año antes…

Ese viaje a Aspen no era solo una celebración por el regreso de Kai. Para mí significaba algo mucho más grande, aceptar por fin que formaba parte de esa familia que había encontrado en el hockey.

Me había pasado meses levantando muros, comportándome como un gilipollas profesional, convencido de que, si no dejaba entrar a nadie, no podían hacerme daño. El resultado fue obvio, no funcionó.

Primero fue la fisioterapeuta. Esa mujer preciosa tenía una habilidad casi diabólica para ver más allá de lo evidente.

Después vino Mischa; luego Kai, Conor y Caden…

y, sin darme cuenta, todo el grupo. Estar allí con ellos era permitirme sentir, abrir una parte de mí que solo reservaba para mis hermanos.

Era ponerme en un lugar vulnerable, aceptar que podían lastimarme y, aun así, cuando todo se fue a la mierda con Kai, no lo dudé ni un segundo.

Tenía que estar con ellos, pelear a su lado, porque ese cabrón de Jones me importaba.

Lo que no vi venir fue que, en el jet privado de Nathan, también apareciera ella.

La princesa de los followers . Así la había bautizado después de nuestro primer —y único— encuentro y, desde aquella noche, no había dejado de buscarla en redes todos los días, casi como un ritual antes de dormir.

Me decía que era simple curiosidad, y quizá lo era, pero lo que pasó entre nosotros fue extraño; demasiado extraño para dos desconocidos.

Lo que empezó como un juego de provocación terminó llevándonos a una conversación más profunda de lo que debería haber sido. Hubo momentos en los que tuve la sensación de conocerla de verdad, y lo peor fue descubrir que quería ayudarla, hacerle ver cosas, protegerla… sin saber muy bien por qué.

Y después llegó la piscina.

Cuando la tuve tan cerca que noté su respiración, el impulso fue inmediato: besarla.

Joder. Fue como rozar la Stanley Cup y perderla en el último segundo porque, si había tres cosas que no hacía por el mismo motivo, estaban claras.

No besaba, no dormía con nadie ni abrazaba.

Bueno, esa última ya había tenido que tacharla de la lista gracias a ese grupo de personas que insistían en llamarse mis amigos y tenían una fijación enfermiza con el contacto físico.

Y ahí estábamos ahora, cenando entre risas, celebrando el regreso de Kai y los nuevos embarazos, con Kelsey y yo fingiendo ignorarnos delante de todos, como si no estuviéramos perfectamente atentos el uno al otro.

Estaba sentada a mi lado. Al principio rígida, tensa; después empezaron a aparecer los detalles.

Las miradas rápidas, el modo en que se frotaba el muslo bajo la mesa, cómo apretaba la tela de ese maldito vestido rojo cada vez que se movía.

Cada gesto parecía involuntario y, aun así, peligrosamente provocador.

Deslicé la pierna lo suficiente para rozarla. Nada más. Un accidente.

Su respiración se detuvo un segundo, casi imperceptible, y no se apartó.

Apoyé la mano en mi muslo, colocándola de manera que el dorso rozara el suyo. Me detuve. Le di tiempo; si la retiraba, todo acabaría ahí.

No lo hizo.

Mierda.

Mi meñique buscó su mano con cuidado, como si no supiera lo que estaba haciendo. Ella bebió de su copa sin mirarme; yo hice lo mismo. El cristal chocó contra mis dientes y casi ni lo noté.

«¿Qué coño estás haciendo? Esto no es tu estilo», me recriminé, porque no podía ser un polvo de una noche. No con ella. No podía seguir ese juego sin dinamitar todo lo que compartíamos con nuestros amigos.

Entonces sentí el roce. Su piel contra la mía.

Giré la cabeza; Kelsey seguía mirando a Jordan, sonriendo y participando en la conversación como si no estuviera tocándome bajo la mesa. Pensé que lo había imaginado hasta que volvió a hacerlo.

A la mierda.

Si había algo en lo que era experto era en cruzar líneas que no debía.

Mi mano regresó a su muslo y el pulgar recorrió despacio la piel que quedaba al descubierto, lo justo para que fuera una pregunta y no una afirmación. Tragué saliva mientras mis ojos descendían desde la curva de su cuello hasta el escote.

Joder. Era preciosa.

Deslicé la mano sobre la tela del vestido hasta encontrar la suya y nuestros dedos se entrelazaron sin prisas, sin urgencia, rozando lo peligroso. Jugué con sus nudillos; ella apretó los míos. Tuve que beber, porque ese contacto mínimo me tenía completamente a cien.

Era la primera vez que disfrutaba así de una caricia, de la contención, de no ir más allá, y aquello fue nuevo, aterrador y jodidamente íntimo.

Entonces Liam se levantó para proponer un brindis y juro que me cagué en el puñetero brindis.

Nos soltamos al instante y nos pusimos en pie. El choque de copas rompió algo que ya no volvió a recomponerse; el momento se disipó como si nunca hubiera existido.

Después nos evitamos. No por ella —que le dieran a su novio, el vértice del poliamor—, sino por mí, porque había entrado en aguas en las que no sabía nadar.

Tras la cena hubo alcohol, risas y charlas. Kelsey bailó; yo no. Aun así, durante todo el rato seguía sintiendo su piel.

Poco a poco dejé de pensar en la princesa de los followers para disfrutar de mis amigos: bromear con River, escuchar a Hughes amenazarme con matarme si le subía el azúcar con los chocolates que le prometí comprarle, ver a Kai hablar de ser un tío presente, emocionado ante la idea de que, si el bebé de la fisioterapeuta era un niño, llevaría su nombre.

Y, por un momento, todo fue casi perfecto.

Después llegaron los juegos de Liam y sus malditos cócteles, y entendí algo: éramos como un puzle. Por separado, piezas sin sentido; pero juntas creábamos algo grande.

Algo real.

***

Salí de mi cuarto y la casa estaba sumida en el silencio, envuelta en la penumbra y apenas iluminada por las luces de cortesía del pasillo. No había conseguido pegar ojo. Llevaba casi tres horas dando vueltas en la cama, incapaz de frenar la cabeza.

Estar bajo el mismo techo con personas que no eran mis hermanos, compartir espacios, rutinas, risas…

como si fuéramos una familia, resultaba extraño.

Pero también bonito. Quizá fuera esa emoción de algo completamente nuevo para mí.

O quizá el insomnio tuviera más que ver con haber pasado demasiado tiempo mirando las redes de la princesa de los followers .

Lo reconozco, había estado pendiente de si publicaba algo.

No lo hizo. En cambio, su novio, Owen, y su otra pareja, Asher, habían subido varios vídeos a TikTok desde algún lugar lleno de influencers , exactamente donde Kelsey debería estar.

Y sí, también los tenía fichados, por si ella aparecía en algún comentario, en alguna historia, en cualquier rincón digital que delatara su presencia.

Nada.

Y eso, sorprendentemente, me gustó. Que no solo estuviera aquí de cuerpo presente, sino también de pensamiento.

Al llegar al fondo de las escaleras me di cuenta de que el fuego de la chimenea de la sala seguía ardiendo con fuerza. Me extrañó; hacía horas que todos nos habíamos retirado, así que alguien se estaba encargando de mantener la llama viva. Sin embargo, a simple vista, parecía estar vacía.

Me acerqué despacio al sofá y entonces la vi, enroscada bajo una manta, con el móvil abandonado en el suelo. Tuve que reprimir una sonrisa. No sabía si bendecir o maldecir al puñetero destino.

Con sigilo, me acerqué por detrás. Me incliné hasta pegar mi boca a su oreja y, en un susurro, murmuré:

—¿Una mala noche?

Ella dio un pequeño brinco y la manta cayó de sus hombros, dejando al descubierto una camiseta de tirantes de algodón. Sencilla. Demasiado fina. A través de la tela se marcaban sus pezones y, mierda, aquello no ayudaba en absoluto.

Estaba bien jodido. Debería haber huido. Haber cogido el vaso de agua por el que había bajado o, directamente, darme media vuelta y encerrarme en mi cuarto.

—No podía dormir, ¿y tú? —dijo.

Perfecto. Seguía la conversación. Así que me vi en la «obligación» de no ser un borde y sentarme a su lado.

—La verdad es que todo este tema de confraternizar tanto es nuevo para mí —confesé—. Me siento un poco pegote entre todos vosotros. Como fuera de lugar.

Y ahí estaba yo, hablando como si lo mío fuera conversar. Lo absurdo era que estaba nervioso y, aun así, las palabras me salían solas.

—¿Por qué dices eso? —se giró hacia mí, cruzando las piernas y cubriéndose de nuevo con la manta.

Yo me recosté contra el respaldo sin saber muy bien por qué adoptaba aquella postura tan cómoda.

—Esto parece la mansión del amor. Todos enamorados, con pareja, familia… Si hasta mi cuarto debe de ser el único con dos camas —me reí—. Joder, no entro en el colchón.

Soltó una carcajada. Qué sonrisa más bonita. Y lo mejor era que no era forzada; era genuina.

—Si te sirve de consuelo, mi cama también es individual, aunque tuve un poco más de suerte que tú, entro perfectamente.

Me sonrió. Yo le devolví el gesto, girando la cabeza hacia ella y subiendo una pierna, doblándola sobre el asiento.

En ese momento comprendí que la alegría que había llevado puesta toda la noche ya no estaba.

Su expresión tenía algo distinto. Tristeza, quizá.

Cansancio. Y me gustó —aunque sonara mal— que no intentara disimularlo al verme.

No porque me agradara ver a la gente rota, sino porque valoraba lo real, incluso en sus tonos más grises.

Y justo ahí, sin saber muy bien por qué, el nombre de Owen se coló en mi cabeza.

La pregunta me nació antes de que pudiera frenarla. Una de esas que cualquier persona con un mínimo de tacto se guardaría.

—¿Esta vez tampoco te acompaña tu novio?

—No.

Breve. Cortante. Concisa.

«Mierda».

Ni un solo dato. ¿Debería haber parado ahí? Sí. ¿Lo hice? Por supuesto que no.

—Una pena —me encogí de hombros—. Este lugar es bastante romántico, creo.

Para mí solo era una montaña cubierta de nieve donde soltar adrenalina, pero Kelsey sonrió ante el comentario y, a continuación, bajó la mirada. No me gustó nada que hiciera eso.