Capítulo 3 #3
Entonces se giró y, al verme, una sonrisa enorme le iluminó la cara. Sonreí igual, casi de forma automática, porque la quería muchísimo y no sabía qué habría sido de mí sin ella. Pero aquella alegría se desvaneció en segundos al ver las maletas que arrastraba.
Soltó todo en el suelo y vino hacia mí. Me abrazó fuerte, con ese olor suyo a cítricos, fresco y familiar.
Y por un instante quise llorar otra vez.
—¿Cómo estás, cariño? —me tomó el rostro entre sus manos.
Me tragué las lágrimas que estaban a punto de escaparse y le regalé una sonrisa.
—Bien, y ahora que estás tú aquí, mejor.
—Kels, los cambios al principio son complicados, pero mira esta oportunidad como un nuevo comienzo. Uno en el que, por fin, eres libre para ser tú misma. Ya no hay millones de ojos observándote, cielo.
—Tienes razón —admití—. Todo ha pasado tan rápido que todavía no sé muy bien dónde estoy parada.
—Es comprensible, pero no te exijas tanto. Recuerda: un paso cada vez —asintió despacio, como invitándome a imitarla.
Y lo hice. Siempre me repetía esa frase cuando intentaba arreglarlo todo de golpe y, por alguna razón, funcionaba. Me tranquilizaba.
—Cielo, hablamos con calma después, ¿sí? No quiero dar mala imagen llegando tarde a la entrevista —añadió—. ¿Dónde puedo dejar el equipaje? ¿Te lo quedas tú?
«Mierda».
Me había olvidado. Mi cuerpo se tensó al instante.
—Eh… es que… Mia, ha habido unos pequeños cambios y la persona encargada de hacerte la entrevista no está.
—Kels, ¿qué significa eso? —preguntó, y el gesto preocupado en su rostro me remató por dentro.
—Significa que la haré yo —intervino una voz masculina.
«Ay, Dios…».
Me volteé despacio, reconociendo el tono antes de verlo. Y ahí estaba Juraj, acompañado de Davenport. Miré al primero con los ojos muy abiertos, buscando una explicación, una señal, algo. Él solo respondió con una de sus sonrisas arrogantes.
—Soy Mitchell Davenport, presidente de los Rift. Tú debes de ser Mia, ¿cierto?
—Mia Anderson —contestó ella, tímidamente. Su mirada, completamente desconcertada, se clavó en mí un segundo antes de estirar la mano para corresponder al saludo formal.
Davenport le indicó con la cabeza que lo siguiera y ambos se dirigieron al ascensor. Cuando se cerraron las puertas, me giré hacia Juraj, que estaba recogiendo la bolsa de deporte que había dejado abandonada antes de arrastrarme hasta los aseos.
—Oye, ¿qué es todo esto? —lo detuve tirando del asa.
—¿El qué? —respondió con esa indiferencia suya que me sacaba de quicio. Dios, cómo odiaba esa pose de «me resbala todo».
—Sabes perfectamente de qué hablo.
—Tenías un problema; pues aquí está la solución —intentó recuperar la bolsa—. Y ahora suéltame, me quiero ir. Ya perdí demasiado tiempo contigo.
«Argh».
Me hervía la sangre cuando se comportaba así. Tiré tan fuerte del asa que la bolsa cayó al suelo y me planté delante de él. Si había una persona con la que perdía el control —en todos los sentidos— era ese idiota. El puñetero Thor del hielo.
—Yo no te he pedido ayuda —arrojé—. Y no vuelvas a meter la nariz en mis asuntos. Puedo arreglármelas sola.
Él dio un paso. Solo uno. Y fue suficiente para atraparme contra el cristal de la entrada. Su cuerpo bloqueó el mío sin esfuerzo; agachó la cabeza y, con dos dedos, me levantó el mentón.
—Permíteme que lo dude, princesa. Si tu estrategia para «solucionar problemas» es arrastrarte, te va a ir muy mal. O quizá ya lo sabes… Si no, ¿por qué estarías aquí en vez de en tu castillito de Nueva York?
—Idiota —lo empujé; sin embargo, no se movió ni un milímetro—. No opines sobre algo que no conoces. Y te lo advierto: no quiero tu ayuda. Ni quiero nada tuyo. Tú y yo no somos amigos. No somos nada.
Soltó una carcajada corta, claramente falsa, y se apartó un poco, aunque no lo suficiente como para que pudiera respirar tranquila.
—Este no es el mundito perfecto de tus redes, princesa —chasqueó la lengua, como si le diera pereza hasta mirarme—.
Aquí no flotas entre likes ni followers .
Y, por si te interesa, no hice esto por ti.
Solo quería darme el gusto de fastidiar a esa maldita mujer.
Te aconsejo que te mantengas lejos de ella.
Le caes fatal y, para tu desgracia, se cree que tú me importas. Ridículo, ¿no?
Lo soltó con una suficiencia que me enfureció.
¿Quién demonios se creía que era ese tipo?
Ni que fuera para tanto. Sin embargo, cuando levanté la vista para ponerlo en su lugar…
joder. Qué rabia daba que fuera tan sumamente atractivo.
Altísimo, enorme, con músculos hasta donde no deberían existir, esos ojos ámbar tan oscuros y esa maldita sonrisa que solo aparecía para acompañar alguna tontería.
Y la gorra al revés, imposible no mirarlo. Imposible y humillante.
—Eso que estoy viendo por aquí… —rozó la comisura de mis labios con el dedo, lento y provocador—. ¿Es babilla?
Le di un manotazo y alcé la barbilla, tratando de fingir dignidad.
«Mierda, debí de ser muy obvia».
—Más quisieras tú. No hay absolutamente nada que me guste de ti. Así que borra esa sonrisa de autosuficiencia, porque ni en un universo alterno me fijaría en un idiota como tú.
—¿Segura? —dio un paso y me empujó suavemente con su cuerpo contra el cristal. Bajó la cabeza, acercando su boca a la mía sin llegar a tocarla, lo justo para erizarme la piel—. Porque puedo recordarte momentos, princesa. Como Aspen, donde no parecía que te desagradara tanto. O también…
Un murmullo de voces y pasos nos obligó a bajar la guardia. Varias personas nos miraban con curiosidad y él dejó escapar un suspiro, como si estuviera exasperado conmigo o consigo mismo.
Negó despacio, con ese fastidio irritante que me ponía de los nervios. Recogió su mochila, aunque no antes de que sus dedos rozaran los míos, un contacto breve, casi accidental o quizá no.
Se dirigió a la puerta con rapidez, como si quedarse un segundo más significara romper todas las reglas que fingíamos cumplir.
Yo me quedé allí, con el corazón latiéndome a mil, consciente de que estábamos jugando a algo peligroso: queríamos negarlo, pero la chispa entre nosotros seguía ahí. Maldita sea, siempre ahí.