Capítulo 3 #2
—Sí, va a ser enorme —respondí—. Estaba pensando en preparar algo para redes antes del anuncio. Algo muy sutil, sin revelar su nombre.
Mischa apoyó el codo sobre la mesa, interesada.
—A ver, sorpréndeme.
—Podríamos hacer un teaser centrado en la transición del equipo hacia «una nueva era».
Imágenes del hielo vacío, el sonido de un stick golpeando el suelo, los jugadores entrenando, primeros planos de manos tomando notas o ajustando el nudo de una corbata —expliqué—.
Algo que sugiera la llegada de una figura importante, alguien del mundo del hockey, sin mostrar de quién se trata. Y, al final, solo la fecha del partido.
Mischa abrió los ojos con satisfacción.
—Eso funcionaría muy bien. Misterioso, elegante y sin ningún guiño a Chicago. Perfecto.
—Pues voy a hablar con los chicos para que participen —añadí mientras me levantaba—. Si conseguimos un par de tomas naturales de ellos en el entrenamiento, le dará autenticidad. Que parezca algo de lo que solo los insiders se estén dando cuenta.
—Hazlo, Kels —me animó ella con un gesto de aprobación—. Y, cuando tengas el primer montaje, quiero verlo.
Salí del despacho todavía pensando en los planos, el ritmo del vídeo y cómo convertir aquella idea en algo capaz de reventar las redes el día del partido.
El clic del ascensor me distrajo y, cuando levanté la vista, mis ojos se abrieron como platos: Zoey estaba allí, con el abrigo puesto y el maletín en la mano.
Eso solo significaba una cosa.
Se iba.
Y no. No podía hacerlo. Tenía que entrevistar a Mia. Hacía apenas unos minutos me había mandado un mensaje diciendo que ya había aterrizado.
Corrí hacia el ascensor; sin embargo, las puertas se cerraron en mi cara. Solté una maldición y me lancé escaleras abajo, saltando dos escalones por zancada. Cuando llegué al vestíbulo, la puerta metálica todavía estaba abriéndose.
—Eh, ¿adónde vas? —jadeé, medio doblada por la falta de aire.
—No tengo por qué darte explicaciones —cortó Zoey, sin siquiera mirarme mientras se dirigía a la salida.
Me adelanté y me planté delante de ella, bloqueándole el paso.
—Para. No me interesa tu vida, créeme. Solo te pregunto porque Mia ya está aquí y tienes que hacerle la entrevista. ¿Te acuerdas?
Zoey dejó escapar una risa sarcástica.
—Ah, sí. La entrevista que conseguiste para tu amiguita llorándole al presidente.
Apreté los puños. Noté el calor subirme por el cuello. No me gustaba discutir; perder el control me hacía sentir pequeña. Pero Zoey tenía un don para sacarme de mis casillas. Y, aun así, sabía que un mal gesto mío podía perjudicar a Mia.
—Hemos quedado en esto. Tienes que hacérsela —conseguí decir, reprimiendo mi enfado.
—Yo no me he negado. Pero no es mi problema que ella no haya llegado antes. Lo siento, tengo médico. Así que no podrá ser.
—No me lo puedo creer —murmuré, sintiéndome idiota—. Ayer me preguntaste la hora de llegada, no para agendarla, sino para buscar una excusa que no te perjudicara. Ya estabas planeando escaquearte.
Zoey sonrió. No hacía falta más; su silencio lo confirmaba todo. Era, sin duda, la persona más odiosa que había conocido.
Discutir con ella no serviría de nada. Tenía que intentar otra cosa. Apelaría a algo parecido a la empatía, si es que quedaba algo de eso en ella.
—Escucha, esto no va de mí, ¿vale? No sé por qué me detestas tanto, pero lo acepto. Lo que no es justo es que ella pague esa animadversión. Venir hasta aquí le supone un esfuerzo enorme. Posiblemente pierda algún trabajo por esto. Por favor, no le cierres la puerta en la cara.
Zoey se encogió de hombros.
—Lo siento por tu amiga, pero ya llego tarde.
—¡No puedes irte! —le agarré de la muñeca sin pensar.
En ese mismo instante, un brazo fuerte se cerró alrededor de mi cintura y me apartó. No necesitaba mirar. Su olor, la tensión de mi pecho, el martilleo de mi corazón… todo me gritó quién era.
Juraj.
—No insistas —señaló con la voz ronca; claramente había escuchado parte de la conversación—. No puedes esperar humanidad de Zoey. Le gusta hacer daño por deporte.
—¿Y este numerito caballeroso qué es, Novák? ¿Otra parte de tu teatrito para llevártela a la cama? —lanzó ella, clavándole la mirada—. No me digas nada, ¿es tu próxima conquista? ¿Sabes qué pasó con las anteriores? Están en la calle.
Él me soltó despacio y se interpuso entre ambas.
—Te advierto algo… —avanzó un paso—. No. Te. Metas. Con. Ella. Porque, entonces, me aseguraré de que la próxima que salga por esa puerta seas tú.
—Imbécil —arrojó Zoey antes de girarse y marcharse.
Juraj se volvió hacia mí, aún tenso.
—¿Qué has hecho? Se ha ido. Yo… —me froté la nuca—. Ya da igual.
—Princesa de los followers , un consejo gratis: nunca te humilles delante de un adversario que ya te ha ganado.
En ese momento mi móvil empezó a vibrar.
Mia.
—Mierda —murmuré al ver su nombre en la pantalla.
No podía atenderla. No podía decirle que había vuelto a fastidiarlo todo.
Un mensaje entró: «Ya estoy llegando. Estoy tan emocionada…».
Y ahí fue cuando me derrumbé.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y la voz se me quebró sin llegar a salir.
Sentí su mano levantarme el mentón, firme aunque cuidadosa, obligándome a mirarlo. Con la otra me secó las lágrimas, rozando mi piel con los nudillos, como si cada toque fuera una decisión peligrosa.
—Ven —su voz vibró en mi pecho más que en mis oídos—. Nadie debe verte así.
Entrelazó sus dedos con los míos y me llevó directo a los aseos. Entró conmigo, cerró y apoyó una mano contra la puerta, tan cerca que mi espalda casi chocó con su torso.
Me guio hacia el lavabo y me dejó atrapada entre la cerámica fría y su cuerpo.
—Ahora sí —sus ojos ardían—. Explícame qué demonios te ha puesto así.
—No sé si lo recuerdas. Te hablé de la mujer que me crio la última vez que estuvimos juntos.
Él asintió. Yo buscaba algún destello de burla, de arrogancia, de ese sarcasmo suyo que siempre me hacía enfadar; sin embargo, solo encontré silencio. Silencio y atención. Silencio y peligro.
—Tiene trabajos de mierda en Nueva York y yo le debo demasiado —mi voz se rompía, aunque él no pestañeaba—. Pensé que la vacante de cuidadora en los Rift podría ser para ella. Pero Zoey me odia. Ha hecho todo para dejarla fuera. Y ya no hay más oportunidades. Mia vino hasta aquí para nada.
Tragué aire como si me faltara.
—Todo se derrumba a mi alrededor —confesé—. Siempre.
—La vida no es sencilla, princesa de los followers . Pero tú no eres de las que se rinden. Aunque hoy quieras hacerlo.
Negué, temblando.
Entonces él me colocó frente al espejo. Mi reflejo era un desastre; casi no pude examinarme porque sentí su presencia detrás de mí, envolviéndome. Su respiración chocaba contra mi cuello.
Él también lo percibió. Lo vi en sus ojos, ese segundo en el que ambos nos dimos cuenta de que estábamos demasiado cerca y de que ninguno quería alejarse.
Abrió el grifo con una mano. Con la otra tomó mi mandíbula y la inclinó hacia abajo. El agua cayó y me mojó el rostro con la punta de los dedos. Lentamente. Deliberadamente lento.
Cada gota rodó hasta la curva de mi boca y él la siguió con el pulgar. Mis labios se abrieron solos, no por decisión, sino por instinto.
Mi respiración se volvió irregular. Su pecho rozó mi espalda. Su cadera tocó mi trasero. Ese contacto que no debía existir me encendió como si alguien hubiera prendido un fósforo en mi interior.
El agua dejó de correr, aunque su mano siguió deslizando su rastro por mi piel.
—No deberías mirarme así —musitó él, tan cerca de mi oreja que la frase me derritió.
—No te estoy mirando —mentí. Nos reflejábamos en el espejo, los ojos del uno fijos en los del otro.
Me giró y, a continuación, me secó con un papel, la textura raspando mi piel. Después volvió a tocarme. Primero la línea de mis pómulos. Luego mis labios. Después el borde de mi cuello, donde el pulso me latía demasiado rápido.
Yo no era consciente de en qué momento mis manos habían llegado a su cintura ni de cómo acabé tirando de él hacia mí. Solo sabía que mi cuerpo reaccionaba con una sinceridad infernal.
«No. No puedes hacer esto. Trabajáis juntos. Él es un error. Él siempre ha sido un error».
Pzzz, pzzz.
Mi móvil vibró, cortando el momento. Él se apartó de golpe, como si tocarme lo hubiera quemado.
Miré la pantalla.
Mia: Ya estoy en la entrada.
—Mierda… —me cubrí el rostro, intentando volver a respirar con normalidad.
Juraj atrapó mis muñecas, bajándolas despacio.
—Ve con ella y espera hasta que regrese —me indicó, sin apartar la mirada de mis labios—. Pero no le digas nada de lo sucedido.
—¿Cómo…? —mi pregunta se perdió en el aire.
Porque ya se había marchado.
Me miré en el espejo. No tenía mi mejor cara, pero tendría que servirme.
Respiré hondo, abrí la puerta y salí.
No tardé en verla. La figura de Mia apareció al final del pasillo, con ese cabello rubio cayéndole sobre una chaqueta sencilla y sus inseparables vaqueros.
Era increíble que una mujer tan bonita como ella, con esos rasgos delicados y esa calma que parecía envolverlo todo, no tuviera un ejército de pretendientes detrás.
Pero, claro, durante años se había dedicado únicamente a mí, a criarme como si fuera su hija.
Después llegó su escuela infantil y, aun así, tampoco se permitió mucho más, un par de hombres, dos citas mal contadas.
Y me daba una pena enorme, porque era joven, porque adoraba a los niños y porque siempre supe que le habría encantado ser madre.
Yo la animaba con la idea de la fecundación una y otra vez.
Pero ahora esa opción ya no estaba sobre la mesa.
No con todo lo que había sacrificado por mí.
Ella siempre le restaba importancia; decía que yo era como una hija para ella. Y sí, se portó como tal. Aunque, biológicamente, hubiera tenido que tenerme muy, muy joven.