Capítulo 3
KELSEY
—Ya está. Se hizo efectiva la transferencia de participaciones del Seattle Rift —anunció Nathan, depositando el móvil en la mesa mientras se acercaba a donde Jordan y yo cenábamos.
Él, sin perder la sonrisa, añadió:
—Uno de los socios principales quería vender su parte desde hace meses. Llegamos a un acuerdo hoy. Ahora soy accionista minoritario, pero con suficiente peso para participar en decisiones importantes.
Tenía ese brillo en los ojos que solo le salía cuando hablaba de hockey. Y, obviamente, que su nombre —una leyenda nacional— apareciera ligado a un equipo joven como los Rift era oro puro para la imagen del club y también para él.
Un nuevo capítulo, pero sin cascos ni sticks .
Jordan lo agarró por la barbilla con cariño.
—Me pone muy contenta, Minnesota —murmuró antes de besarlo.
Nathan se rio, bajando la cabeza.
Había dejado el hielo por completo desde que nació su hija, aunque estaba claro que no quería desprenderse del deporte. Era su vida, solo que ahora quería vivirla sin ser un padre ausente, sin repetir historias que a él todavía le dolían.
—Mañana se lo contaremos a todos —añadió, señalándome—. Kels, boca cerrada hasta entonces.
—Puedes confiar en mí. Aunque… —deposité el tenedor en el plato— estaría bien que, además de la rueda de prensa, hiciéramos algo más informal para redes. Algo con los chicos, más cercano. Un behind the scenes o así.
Jordan soltó una carcajada ligera.
—Aún no has empezado y tu cabeza ya está a mil. Y luego decías que no ibas a estar a la altura del trabajo…
»Entre tú y la pequeñaja —continuó Jordan, utilizando ese apodo cariñoso que siempre usaban con Mischa— vais a darle mucha vida al equipo.
—Tienes demasiada confianza, JoJo. Espérate un poco —murmuré, sintiendo ese cosquilleo de inseguridad que me acompañaba desde que acepté el puesto.
—Y tú demasiada poca —replicó Nathan.
—Vale, vale, me rindo —levanté las manos con una risa resignada—. Pero me gustaría daros las gracias. No solo por acogerme a mí, sino también a Mia. Todo fue tan rápido… Si mañana le dan el puesto y se muda a Seattle, buscaremos un sitio donde vivir las dos.
Jordan negó con fuerza, apoyando su mano sobre la mía.
—Eh, no. Esta casa es gigante, Kels. Hay cuartos de sobra. Os podéis quedar el tiempo que queráis. Y, si no os convence la casa de invitados, os cambiáis a la principal y listo.
—No, ahí estaremos de lujo —aseguré—. Aunque también necesito empezar a organizar mi vida, acostumbrarme a lo que tengo ahora.
Nathan sonrió con esa calma que siempre lo caracterizaba.
—Jordan tiene razón. No hay prisa. No tienes que demostrarle nada a nadie. Y menos a nosotros.
Y entonces me entró ese calorcito tonto en el pecho, mezcla de cariño y ganas de llorar de lo mucho que los apreciaba.
—Jo, sois los mejores.
Un lloriqueo se escuchó por el monitor. Nathan fue el primero en ponerse en pie, casi por instinto. Jordan intentó frenarlo con un gesto cariñoso y un «yo me ocupo», pero él ya estaba a medio camino de las escaleras.
Mi amiga soltó el tenedor y bebió un trago largo de agua. Le vi los hombros caer.
—Ey —le apreté la mano—. ¿Qué sucede?
—Me siento una pésima madre —murmuró, con un temblor en la voz que no le había escuchado jamás—.
Veo a Nate tan metido en su papel de padre con Rachel y me siento horrible.
Ya el embarazo fue una tortura, un maldito infierno.
Nunca me había sentido tan mal ni tan inútil en mi vida. Y ahora, ahora no sé cómo se es madre.
Tragó saliva.
—Miro a River y todo le sale natural. Con tres hijos. ¡Tres! Y yo no soy capaz ni de cuidar a una.
—Venga, JoJo —le acaricié el dorso de la mano—. No tenerlo todo bajo control no te convierte en una mala madre. Créeme, sé muy bien lo que es tener unos padres desastrosos.
—No lo entiendes. Nathan siempre sabe qué hacer. Siempre. El otro día preparé un biberón y estaba demasiado caliente. No hizo ningún comentario, pero desde entonces prefiere encargarse él de todo. Y debería molestarme; sin embargo, lo que siento es alivio, porque sé que con él la niña está bien.
—Tus hormonas siguen descolocadas. Es normal verlo todo más grande de lo que es.
—Vale, hormonas, lo que quieras —se secó una lágrima con el dorso de la mano—.
Aunque eso no cambia que soy inepta. No la calmé ni un día, Kels.
Lloraba y, cuando la cogí, se puso peor, porque me tiemblan las manos, sudo y le transmito mi ansiedad.
Y, aunque veas esta casa enorme, siento que se me está haciendo pequeña, como si me faltara aire. No sé qué narices me sucede.
Me levanté y la abracé fuerte.
—Shhh… Va a estar todo bien, ya lo verás.
Ella apoyó la frente en mi pecho.
—No sé ni dónde estoy parada. No reconozco esta vida. Me siento fuera de lugar; hasta mi relación es rara. Nate solo es padre ahora. Y supongo que también es culpa mía, porque, como yo no logro ser madre, él termina cargando con todo. Y ya no queda tiempo para nosotros.
Me agaché un poco para secarle la cara con mis dedos.
—Cielo, todo se va a acomodar. Aunque, si puedo darte un consejo, habla con él.
Cuéntale cómo te sientes —tragué saliva con cuidado—.
Quizá sería bueno que un profesional te eche un ojo.
Podría ser un poquito de depresión posparto.
No es culpa tuya ni es nada malo; solo significa que necesitas apoyo.
Ella resopló, agotada.
—Puede ser, no sé.
—Oye, si queréis, puedo ayudar a cuidar de Rachel también. No tengo ni idea de bebés, pero seguro que formamos un buen equipo.
—¿Ves? —volvió a sollozar—. Hasta tú te atreves. ¿Por qué a mí no me sale de manera natural?
—JoJo, por favor —le hice un gesto para que respirara—. Tienes que enfrentar ese miedo que va creciendo poco a poco y que se está haciendo gigantesco. Cielo, no hay nadie mejor que tú para cuidar de tu hija.
—Gracias por tus ánimos, pero no estoy ciega. Si tus palabras fueran ciertas, sería como Nate, él sí es un superpapá.
—Creo que ahí está el problema: en compararte. Esto no es una competencia.
—Ya lo sé… Es que… pfff. Nada de lo que digo tiene sentido. ¿Cuándo me he convertido en esto?
—Preciosa —sequé sus lágrimas con los pulgares—. Mia llega mañana. Permite que te ayude. Es alguien neutral, así no te sentirás tan insegura. Escúchala y deja que te guíe en todo esto, como hace Susan Hughes cuando el tiempo se lo permite con los tres hijos de Caden.
Ambas reímos, porque aquella casa era un caos completo, pero también perfecto.
—Sí, tienes razón en todo. No puedo seguir alimentando estos miedos. Debo enfrentarlos, y está claro que sola no puedo. Voy a hablar con Nate; eso es lo primero que voy a hacer.
—Me parece una gran idea. Venga, sube, yo me encargo de recoger esto.
—¿Seguro?
—Sí, segurísimo. No tengo mejores planes; de hecho, no tengo ningún plan.
—Gracias —me abrazó fuerte, con esa fragilidad que últimamente dejaba ver—. Me alegra tanto que estés aquí…
—Yo también me alegro —le di un azote en el culo para hacerla reír—. Venga, lárgate ya.
Se giró desde el umbral, insegura.
—¿Todo bien? —claramente se refería a mi estado emocional.
—Todo va a estar bien —aseguré.
Y, por primera vez en días, lo sentí de verdad.
Tan pronto como Jordan desapareció escaleras arriba, respiré hondo y busqué mi móvil en el bolsillo. No había parado de vibrar.
—Mierda, mi abogado —protesté.
Eso nunca era buena señal.
Y había más llamadas. Números desconocidos. Muchos.
Genial. Exactamente lo que necesitaba: media humanidad intentando contactarme y yo sin ganas de escuchar a nadie que no estuviera guardado en la agenda. Había aprendido por las malas que los números desconocidos solían venir acompañados de conflictos con el apellido Marlow.
Me senté en la silla, tomé un trago de agua y abrí mis redes.
Error fatal.
Esa tarde había subido a TikTok un video rápido frente al estadio de los Rift. Algo muy simple, muy de «nuevo capítulo», con la fachada enorme detrás de mí iluminada al atardecer.
El clip era de cinco segundos, música suave de fondo, yo sonriente con una chaqueta oversized y un texto en pantalla que decía:
Nuevo lugar. Nueva historia. Sea lo que sea, aquí voy. #NewChapter #SeattleRift #WorkLife
Nada demasiado elaborado. Para mí era solo una forma de decir: sigo viva.
Entré a los comentarios…
Y me arrepentí al instante.
Primero fueron los pasivo-agresivos:
—«JAJA, la red flag de la relación se fue lejos, mejor pa’ ellos».
—«Están mejor sin ti».
—«Con razón estabas escondida, qué vergüenza lo de tus padres».
—«Pensé que ibas a desaparecer. Una pena que no».
A continuación, llegaron los más crueles. Y después, el silencio: seguidores que se iban.
Notificaciones de «—1.402», «—3.112», «—8.900».
Cada refresh era un mazazo.
No quería que eso me afectara; me lo había prometido.
«Cuando llegue a Seattle, no vuelvo a husmear mis redes».
Lo juré. Lo escribí en una nota en el móvil. Y, aun así, ahí estaba.
Maldije mi propia curiosidad y, por supuesto, acabé metiéndome justo donde más dolía: las tendencias donde me etiquetaban.
Y ahí estaban ellos: Owen y Asher. En Miami.
Sonrientes, bronceados, subidos a yates, en fiestas con otros creadores, posando para la cámara.
Parecían felices. Radiantes. Como si yo nunca hubiera formado parte de nada.
Sentí cómo algo se me quebraba por dentro e intenté contener las lágrimas, aunque terminaron escapándose igual. Me cubrí la boca con la mano mientras la pantalla seguía iluminando lo poco que quedaba de mi amor propio.
Todo el mundo avanzaba. Menos yo.
***
—El día del partido anunciaremos que Nathan Prescott forma parte de la nueva junta directiva del Seattle Rift —dijo—. Va a ser un bombazo, Kels. Una estrella como él regresando al hockey, aunque sea desde otro lugar. Los medios van a perder la cabeza.
Pude imaginarlo perfectamente: titulares, debates, fans reaccionando en masa.