Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Y, si estás pensando en Liam y Conor, tampoco es buena idea —añadí—. ¿De verdad vas a interrumpirles la velada con Jordan y Prescott? Pésima elección.

—Voy a llamar a un cerrajero —aclaró, tirando de su mano y rompiendo el contacto entre nosotros.

—Sí, buena opción —admití—. El problema es que tardarán en llegar. Y después está ese pequeño detalle de que alguien tiene que abrir el portón principal.

Me incliné un poco hacia ella.

—Y está claro que tú y yo —murmuré, señalándonos—, encerrados aquí, no podemos hacerlo. Molestaríamos a Kai y a la pelirroja. Así que te aconsejo que tomes asiento.

Di un par de palmadas sobre la tumbona.

—Y esperes a que alguien venga a abrirnos.

Nunca me había visto en una situación tan ridícula y, sin embargo, la estaba disfrutando mucho más de lo que debería.

Lo cierto es que yo jamás perdía tanto tiempo con una mujer; aquello era distinto.

No estaba allí esperando sexo, sino diversión, provocar, retarla, descubrir qué se escondía detrás de esa belleza exótica y de ese autocontrol casi perfecto.

Su teléfono empezó a sonar y su expresión cambió al instante; lo silenció. Un rato después volvió a vibrar y ella se removió, nerviosa.

—Oye, puedes cogerlo.

Saqué los AirPods del bolsillo y me los coloqué. Fingí desinterés mientras buscaba una lista de reproducción; sin embargo, no pude evitar fijarme en cómo se recolocaba en el asiento, cómo volvía a adoptar esa postura perfecta y esa sonrisa.

Demasiado comedida. Demasiado falsa.

Cuando iba a darle al play , algo me hizo detenerme. La música nunca llegó a sonar.

Era un FaceTime.

Y la voz de un tipo, al que no podía ver, se escuchó con total claridad.

—Hola, cariño. ¿Qué tal todo por Seattle?

—Hola, amor —respondió ella. Sí, esas palabras sonaron sinceras; la mirada con la que observaba la pantalla lo fue aún más—. Muy bien, pero te echo mucho de menos.

—En nada estamos juntos y tengo una sorpresa para ti.

—¿El qué? —se le iluminó la cara, genuina por primera vez desde que estábamos allí.

—Si te lo digo ya no es sorpresa. Aguanta un poco, merecerá la pena. Por cierto, ¿dónde estás?

—En la piscina de unos amigos de Mischa.

Miró hacia mí, comprobando si estaba atento. Lo estaba. Pero fingí que no.

—Pásamela —insistió él—. Tengo muchas ganas de hablar con Pecas. Desde que se fue de Nueva York se ha olvidado de sus otros amigos.

—Bueno… —se rascó la nuca—. Ahora mismo no está. Ha ido a la otra casa a por bebidas.

«Mentirosilla».

Y eso hizo que mi curiosidad se disparara.

—¿Y tú qué tal, Owen? —cambió rápido de tema.

—Nada especial. Asher y yo hemos estado en casa casi todo el tiempo. Solo salí para acompañarlo al gimnasio; ya sabes cómo se pone si falta un día.

Y ahí estaba otra vez: la sonrisa falsa, las uñas clavándose en la palma, el móvil apretado con demasiada fuerza.

—Owen, cariño, ya he preparado el baño.

Otra voz masculina se coló en la llamada.

Parpadeé.

Hasta ese momento había asumido que Owen era el novio. El único. Pero ahora… otro hombre hablaba con la misma familiaridad.

—Hola, Kels —saludó la nueva voz—. ¿Qué tal? ¿Cómo está Mischa?

—Bien. Está donde tiene que estar, Asher.

—Dile que la quiero. Y que no se olvide de nosotros —añadió con un marcado acento británico—. Cariño, te espero en la bañera.

Ese «cariño» obviamente no iba dirigido a ella.

No disimulé más. La miré directamente. Kelsey apretó con fuerza la colchoneta de la tumbona.

—Owen, hablamos luego. No lo hagas esperar —añadió rápido—. Voy a buscar a Mischa; está tardando.

—¿Va todo bien, amor?

—Sí, genial.

Sonrisa falsa. Palabras falsas.

—No olvides que te quiero. Ya falta menos para vernos.

—Yo también te quiero, Owen.

Colgó.

Y, con la llamada, la sonrisa se evaporó.

Su pecho subía y bajaba con rapidez, como si le faltara el aire. No me miraba. Me incorporé y caminé hasta ella. Volvió el rostro, encogiéndose, recogiendo las piernas contra el pecho como un escudo.

Me senté frente a ella. Tomé su mentón con suavidad, obligándola a mirarme. Sus ojos oscuros brillaban. Y supe, en ese instante, que la princesita perfecta estaba hecha de grietas.

—Has estado escuchando, ¿no? —su voz salió baja, casi apagada.

—Eso no es lo importante —aclaré, sin soltarle el mentón. Deslicé el pulgar con un gesto lento, casi una caricia.

—¿Entonces qué lo es? —tragó saliva.

—Tú.

—¿Yo? —susurró, con los ojos clavados en los míos.

—Sí. Tú… y por qué mientes.

La magia se rompió. Se apartó de golpe, cortando el contacto.

—Yo no miento. Simplemente no vi necesario contarles el problema de esta noche con Mischa. Son sus amigos y no quiero que se preocupen. Seguramente ya esté todo arreglado. Y decirles que me quedé encerrada con un desconocido no iba a tranquilizarlos precisamente.

—Me llamo Juraj y tú Kelsey, por lo que escuché —dije con calma—. Y ahora que ya nos hemos presentado, vayamos a lo importante, que no es Mischa. Eres tú. ¿Por qué finges todo el tiempo?

Frunció el ceño.

—Estabas sonriendo a la pantalla como si fueras feliz —continué—, aunque por dentro estabas tensa, cabreada. Aplastabas el cojín, te rascabas la nuca cada dos segundos.

—Tú no me conoces. No sabes nada de mí.

—Sé que te escondes detrás de un papel —repliqué sin bajar la voz—. Me di cuenta desde el minuto uno, cuando estabas en el agua.

—Vete a la mierda —soltó, intentando levantarse.

La agarré de la muñeca y volvió a caer sentada, esta vez más cerca de mí de lo que pretendía.

—Ahí está —murmuré—. Eso sí es real. Estás enfadada. Me miras con rabia porque sabes que digo la verdad. Porque estás conteniendo algo que duele.

—No seas ridículo —espetó—. Estoy perfectamente. Soy muy feliz.

—¿Seguro? —arqueé una ceja—. Porque que tu novio, o lo que sea, se esté acostando con otro mientras tú no estás… no me parece precisamente motivo para celebrar.

—¿Ves? Sacas conclusiones por cuatro frases que oíste.

—Si estoy tan equivocado, demuéstramelo, princesa —acerqué mi rostro al suyo—. Aunque me temo que no tienes argumentos con los que hacerlo.

—Los tengo todos —alegó, pegándose aún más a mí—. Tengo una relación poliamorosa en V.

—¿En V? —curioseé, completamente descolocado.

El poliamor no me era ajeno; sin embargo, aquello sonaba a jeroglífico.

—Es sencillo —explicó—. Asher y yo tenemos una relación exclusiva con Owen. Y Owen la tiene con los dos. Por eso es una V, porque él es el vértice. Puede parecer extraño para mentes cerradas, pero nosotros somos felices así.

Me quedé mirándola en silencio. Porque, si decía lo que pensaba, le derribaba de un golpe ese castillo perfecto que acababa de construirme.

—Vamos —insistió—. Di algo. Sé que ya te has formado una opinión. Todo el mundo lo hace. Estamos acostumbrados a que no nos comprendan.

—No te va a gustar —advertí.

—No me va a importar —me retó.

Y ahí estaba otra vez, esa grieta en su fachada perfecta. Breve, aunque real.

—Me parece una mierda —declaré sin rodeos—. Lo que yo veo es a una persona disfrutando a lo grande bajo la excusa de amar a dos, mientras las otras partes le guardan exclusividad. Si, al menos, os lo montarais todos con todos, tendría algo más de sentido. Más justo.

—No lo entiendes —resopló, tensa—. Nosotros amamos de forma libre y generosa.

—Yo no lo llamaría generoso, sino egoísta —contraataqué—. Porque esa relación tan idílica que me vendes, tú no la estás viviendo igual.

»Estabas jodida. Muerta de celos pensando en ellos dos juntos. Y, aun así, finges que todo está bien cuando te está destrozando.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. Y ahí supe que había dado en el clavo.

No pretendía que aquello se volviera tan profundo. Yo nunca entraba en ese terreno. Sin embargo, algo en ella… algo roto, contenido, me empujó a decirlo.

—Puedo concebir que algo así funcione cuando es solo sexo —añadí más bajo—. Pero no cuando hay sentimientos de verdad de por medio.

Apartó la mirada, respirando hondo.

—Hablas con demasiada ligereza de las relaciones —comentó al fin—. Solo porque tú conoces el modelo tradicional, el de dos personas y ya está. Pero el amor se siente, se vive… no se juzga.

Se puso en pie y se alejó. No me miraba. Estaba a un paso de romperse.

Fui tras ella y le agarré del brazo.

—Joder, y tú hablas del amor como si fuera lo más grande del mundo, aunque te olvidas del más importante: el que deberías tenerte a ti misma. Porque, si te lo tuvieras, no te estarías haciendo esto.

Eso fue suficiente.

Me empujó. Una vez. Dos. Con rabia. Con dolor acumulado. No paró.

Retrocedí sin darme cuenta hasta que sentí el borde de la piscina en mis pies… y, al siguiente segundo, caímos los dos al agua.

Emergimos entre salpicaduras.

Seguía furiosa. Me golpeaba el pecho, me empujaba, me lanzaba agua como si quisiera borrarme de allí.

La agarré de las muñecas y la inmovilicé contra el borde, usando mi cuerpo para frenar sus patadas.

—Para —gruñí.

Nuestros cuerpos estaban demasiado cerca.

Demasiado conscientes el uno del otro.

—Puede que no sea la persona más indicada para hablar de amor —dije, con la respiración acelerada—. De hecho, no creo en él. Lo veo como una debilidad humana. Algo que inventamos para sentir adrenalina o una felicidad momentánea, no lo sé.

Se quedó quieta. Me miró.

—Pero, si tengo que hablarte como el anti-Cupido —añadí—, como el que viene a pinchar globos, te diré esto: si te metes en algo así, que al menos sea para disfrutar. No para sufrir.

Sus labios estaban entreabiertos y su respiración chocaba con la mía mientras soltaba sus muñecas despacio, esperando un empujón, una huida, cualquier cosa. Pero no ocurrió nada.

Sin pensarlo, llevé los dedos a sus mejillas y deslicé el pulgar por su piel húmeda. Aparté un mechón de su cara y lo coloqué tras su oreja, preguntándome por qué estaba haciendo aquello. No tenía ni idea. Solo sabía que quería cinco minutos más.

Entonces unos faros iluminaron la cristalera y el mundo volvió de golpe. Fue lo mejor que podía pasar, porque, si me quedaba un segundo más, ya no habría marcha atrás.