Contra toda táctica (Corazones en juego 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

JURAJ

​ Un año antes…

—¿Por qué no te quedas un rato y echamos una partida a la Play? —propuso Kai, bajando el volumen de la música del coche.

—¿Es que no te cansas de perder? —lo piqué, recordando el partido de tenis—. Además, sabes que con un mando en las manos nunca serás rival para mí.

Sonrió, resoplando. Podía parecer fanfarrón, incluso un poco creído, pero lo cierto es que tenía horas de entrenamiento a mis espaldas.

Crecí rodeado de hermanos pequeños y pasé media vida compitiendo con ellos, sobre todo con Andrej, cuando vivíamos en Bratislava.

Las consolas eran nuestra vía de escape, la forma de olvidar lo que pasaba puertas adentro.

Sacudí el pensamiento. Mirar atrás nunca era buena idea, menos aún cuando aquel lazo tan fuerte ya no existía.

—Eres un bocazas, Novák —bufó Kai—. Hoy ganaste porque no estoy en mi mejor momento. Si no, te habría pasado la raqueta por encima y te habría mandado a recoger pelotas.

—Claro, claro —me reí—. Excusas de perdedor.

—Y no te emociones tanto —continuó—, porque la próxima vez te voy a borrar esa sonrisa de superioridad de la jodida cara.

—Jones, todavía no te has bajado de mi coche y ya estás buscando pasar más tiempo conmigo —le devolví—. Encima planeas otra cita. Voy a pensar que estás desarrollando sentimientos por mí. Y, oye, no te hagas ilusiones: no eres mi tipo y no me involucro con nadie.

—Capullo —me dio una colleja—. Algún día llegará alguien que te rompa todos los esquemas y te deje tan jodido que, ni levantando muros, podrás escapar.

—Joder —me burlé—. El que está pillado de verdad eres tú con la pelirroja.

—Sí —admitió, serio por primera vez—. Y asusta. Porque sé que puedo hacerle daño… y, aun así, no soy capaz de alejarme. La necesito.

—Sois todos demasiado intensos con este tema —resoplé—. Espero no verme nunca así, porque dais un poco de pena.

—Torres más altas han caído —sonrió—. Y el día que te pase, nos sentaremos todos a verlo con palomitas, disfrutando de cómo te conviertes en un idiota enamorado.

—Mejor comprad entradas de cine, porque eso no va a pasar jamás.

Kai sacó el móvil mientras entrábamos en su urbanización.

—Hablando de mi chica… —me lo mostró—. Dice que vaya a la piscina; está allí con su amiga. ¿Vienes?

—Ni de coña —chasqueé la lengua—. Sabes que no me gusta socializar.

—Venga, tío —insistió al detener el vehículo—. A mí también me cuesta salir, dejar de esconderme en mi cuarto y cerrar la puerta al mundo.

Esa vulnerabilidad fue suficiente. Entendía a Kai mejor de lo que él creía. Yo también tenía días en los que no quería levantarme de la cama, en los que necesitaba silencio, parar, desaparecer un rato. Sin embargo, no podía permitírmelo. Había gente que dependía de mí.

—Está bien —apagué el motor—. Vamos. Conozcamos a la princesita de Manhattan.

—Te va a caer bien —me dio una palmada en el hombro, satisfecho.

—Lo dudo —respondí mientras caminábamos hacia la casa de Liam y Conor—. No suelo hablar lo suficiente con el sexo opuesto como para formarme una opinión que no sea en la cama.

—No tienes remedio —negó con la cabeza—. Y te aviso: guarda esos «encantos» —entrecomilló con los dedos—, si es que se les puede llamar así. Kelsey está en una relación y no eres para nada su tipo.

—Oye —sonreí con suficiencia—, yo soy el tipo de todas. Y, si me lo hubiera propuesto, Mischa me habría elegido a mí.

Me dio un pequeño puñetazo en el estómago mientras sonreía. Ambos sabíamos que la pelirroja nunca había tenido ojos para nadie que no fuera Kai.

Abrió la puerta de la piscina cubierta y no habíamos dado ni dos pasos cuando nos quedamos clavados en el sitio.

Parpadeé un par de veces, convencido de que estaba alucinando.

Ante nosotros se desplegaba una escena de lo más… joder, ¿cómo llamarla? Sensual. Ardiente. Irreal.

Mischa se estaba besando con la que debía de ser su amiga.

Mis ojos se fueron directos a ella.

Morena, de pelo largo, piel tostada y unos rasgos exóticos imposibles de ignorar. Su mirada rasgada se alzó y, para mi sorpresa, se quedó clavada en mí mientras seguía besando a Mischa, sabiendo muy bien lo que estaba provocando.

Una sonrisa lenta, casi involuntaria, se dibujó en mis labios al disfrutar del espectáculo.

No fui consciente de nada más a mi alrededor. Toda mi atención estaba puesta en ella.

En sus hombros.

En su cuello esbelto.

Joder… y en esos pechos impresionantes que el cuerpo de Mischa apenas lograba cubrir.

Nunca conocer a alguien había sido tan absurdamente grato.

Estaba claro que aquel recibimiento no era para mí, sino para mi amigo.

Y, aun así, no pude evitar pensar que el muy cabrón vivía montado en una fiesta constante.

Primero Hughes y su mujercita —la preciosa fisioterapeuta que, para mi desgracia, me había cogido cariño—; luego Mischa…

¿y ahora también la amiga? Un puñetero rey.

Le di un manotazo a Kai, pero algo no estaba bien.

Sentí la tensión en su brazo. Miré sus manos: los puños apretados, la mandíbula rígida.

Aquello no le estaba gustando en absoluto. Había algo en esa escena que le dolía.

Hice un pequeño comentario que fue ignorado. Se giró y abandonó el recinto de la piscina sin mirar atrás.

Mischa reaccionó al instante: salió del agua de un salto, cogió una camiseta y unas chanclas y corrió tras él, cerrando la puerta de golpe.

Y entonces solo quedamos ella y yo.

Los dos descolocados.

Consciente de que estaba sin la parte de arriba, se cubrió los pechos con el antebrazo, desviando la mirada hacia la tela que descansaba al lado del jacuzzi. Antes de que pudiera alcanzarla, fui más rápido.

Atrapé la prenda y, cuando su mano llegó, entrelacé mis dedos con los suyos, dejándola colgando entre ambos.

Por primera vez desde que había entrado allí, sonreí de verdad.

Y supe que aquella noche acababa de complicarse mucho más de lo que esperaba.

Ella tiró del bikini sin éxito. Sus ojos regresaron a los míos y un rubor se le instaló en las mejillas. De cerca era todavía más bonita. Tenía una belleza salvaje y, al mismo tiempo, unos rasgos delicados. Una mezcla perfecta. Peligrosa.

—¿Podrías devolverme la parte de arriba?

Su voz era dulce, pero sonaba falsa, como si estuviera sujetando sus emociones con pinzas. Cualquiera en su lugar habría hecho una de dos cosas: gritarme o seguirme el juego hasta acabar follando. Pero ella no hizo ninguna.

Y eso, por alguna razón, me incitó.

—Esas no son maneras de pedir las cosas —respondí, tensando un poco más la cuerda—. ¿Qué tal si le añades un «por favor»?

Sus ojos se abrieron, furiosos, como si estuviera a punto de estrangularme. Sin embargo, volvió a desviar la mirada y, cuando regresó a mí, ahí estaba otra vez esa calma impostada.

—Por favor —dijo—. Me gustaría vestirme. Creo que la situación ya ha sido lo suficientemente bochornosa.

«Pero ¿qué cojones…?»

No me gustó. Y, a la vez, hizo que mi curiosidad se disparara. Quería una reacción real. Un gesto. Una palabra fuera de ese control perfecto. Así que hice lo que mejor sabía hacer.

Me comporté como un gilipollas.

No era un papel. Era mi peor versión, la que llevaba años usando porque nadie podía herirme desde ahí.

Le di un tirón a la prenda y me la llevé conmigo al ponerme en pie. Sentí cómo, con ese gesto, la sacaba de la zona en la que se sentía segura.

«Vamos, princesa. A ver qué haces».

Sonreí, jugando con las tiras entre los dedos.

—No me lo vas a devolver, ¿verdad?

—No lo sé —me encogí de hombros, me agaché y le susurré al oído, provocándola—. Quizá me lo quede de recuerdo.

Esperé un salpicón de agua. Un insulto. Cualquier cosa.

Pero lo que hizo me dejó completamente descolocado.

Se apartó. Salió del jacuzzi todavía cubriéndose con el antebrazo, aunque eso no impedía ver ese cuerpo espectacular. Alta, tonificada, con curvas que incitaban a ser tocadas. Esa vez fui yo quien retiró la mirada un segundo.

Cuando volví a centrarme en ella, ya llevaba puesta una camiseta.

Chica lista.

Y entonces dio un paso más. Literalmente.

Bajó el lateral del bikini y deslizó la braguita con una calma insultante. Seguí cada uno de sus movimientos, muy atento. Enrolló la prenda en una mano y…

Plaf.

Me dio de lleno en la cara.

—Querías un recuerdo. Pues ahí lo tienes completo, idiota.

Cogió unos pantalones y comenzó a ponérselos. Yo me quedé sin palabras. Y eso no me pasaba casi nunca. La gente era predecible. Ella no.

Lancé una carcajada. No solo por lo absurdo, sino porque por fin había dejado ver ese otro lado que se empeñaba en ocultar bajo tanta corrección.

Pasó a mi lado y me dio un golpe en el brazo antes de dirigirse a la puerta. Mi mirada la siguió, jodidamente hechizado.

Se agachó y recogió algo del suelo. La manilla. La levantó entre las manos, horrorizada. Empujó la puerta una, dos, tres veces. Atascada.

Mischa, con el portazo al salir, nos había dejado encerrados.

Sonreí despacio.

Iba a aprovechar aquel pequeño accidente para conocer mejor a la princesita de Manhattan.

—La puerta está atrancada —explicó, como si no me hubiera dado cuenta antes.

Intenté ocultar la sonrisa mientras me encogía de hombros y tomaba asiento en una de las tumbonas.

—¿Se puede saber qué haces? —saltó, indignada—. Ven a ayudarme. Eres como Thor; tu tamaño debería servir para algo, ¿no?

Tuve que morderme la lengua para no reírme. Se estaba desesperando. Y me gustaba. Ya no había control.

—Los músculos no abren puertas, princesa —indiqué, tranquilo—. Además, soy jugador de hockey, no cerrajero.

—Vete al infierno.

Caminó hacia la tumbona de al lado, donde se hallaba su móvil. Sabía perfectamente cuál iba a ser su siguiente movimiento. Cuando lo cogió, estiré la mano y le agarré la muñeca.

Se giró hacia mí, furiosa.

Fuego. Eso había en sus ojos.

—¿Qué vas a hacer? ¿Llamar a Mischa? —negué despacio—. No, no. Eso no estaría bien. Creo que ahora mismo tiene una situación bastante más importante que venir al rescate de su amiga.

Se quedó pensativa un segundo; sin embargo, no desistió.